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  Cultura  Empédocles y los cuatro elementos
Cultura

Empédocles y los cuatro elementos

12 de enero de 2026
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Cuando la filosofía antigua cruza las olas del mar, su rumbo lleva indefectiblemente el curso del sol de oriente a occidente. «Ex oriente lux», dicen los antiguos, y lo hacen desde el punto de vista europeo: viene el saber arcano de Grecia para Roma, y, para ambas, acaso de Anatolia, Mesopotamia o la India. En el mundo presocrático, la navegación de las ideas va desde Mileto hacia Sicilia y la llamada Magna Grecia, en el opulento Occidente griego: allí varias figuras clave hacen avanzar la historia de las ideas en ese recorrido de este a oeste, repetido vital e intelectualmente por muchos filósofos. Pitágoras provenía de Samos pero asienta su escuela en Crotona. También la familia de Parménides, procedente de Focea, se aposenta en la recién fundada Elea. Otro tanto, en su escuela, pasa con la peripecia de Meliso, que también procedía de la isla de Samos, no lejos de Mileto, y se convierte en parte de la escuela de los eléatas. Más raro es el camino inverso, pero lo hay: el del poeta Íbico de Regio o el médico Alcmeón de Crotona, que van a ejercer en la Jonia microasiática. Hay un trasiego axial de comercio e ideas entre la costa jónica y la Magna Grecia.. Hoy vamos más allá, cruzando el estrecho de Mesina, con Empédocles de Acragante, la actual Agrigento, espléndida ciudad de Sicilia donde nace este filósofo poeta hacia comienzos del siglo V a.C., quizá en 494-2, y muerte un poco antes del comienzo de la guerra del Peloponeso. Esa vieja colonia griega de Acragante era conocida por sus espléndidas monumentos y su riqueza, y es la patria de este gran pensador que, como su colega Parménides, quiso expresar su filosofía utilizando la poesía tradicional en el lenguaje que habían utilizado Homero y Hesíodo. Empédocles es autor de numerosos fragmentos –la suerte de nos ha deparado tener gran número, acrecido desde los años 90 merced al meritorio trabajo de arqueólogos y papirólogos, con la edición Martin-Primavesi de 1999– en una suerte de colección de poesías didácticas que sigue la tradición de Hesíodo pero la revoluciona: pretende conducirnos hacia el saber a partir de la inestabilidad de la ignorancia.. Empédocles parece un filósofo inspirado por la divinidad, un santón oriental trasplantado a occidente: parte de la tradición de sus predecesores pero supone un avance importante. Frente a Parménides, del que parte respetuosamente –el no-ser no puede ser– pero a quien contesta –va a confiar en los sentidos y explicar lo múltiple y el movimiento–, tiene un aura de hombre divino que era capaz de conocer sus vidas pasadas y de controlar los fenómenos atmosféricos, según algunos fragmentos. Ahí está la relación clave con otro grande de ese rincón presocrático del mundo, Pitágoras, con cuya escuela se le ha solido relacionar. Empédocles considera que podemos basar nuestro conocimiento en los sentidos, lo que denomina «mañas» (así traduce Bernabé las «palamai» del poeta filósofo) que se extienden por «los miembros del cuerpo», y que son «angostas»: de cierto modo, son el único puente de nuestro entendimiento con la realidad del ser y la única herramienta para abordar su conocimiento que podemos tener. Frente a Parménides, que desconfía de la vía de la opinión y la sensación, Empédocles nos lleva hacia la filosofía a través de la observación: es un paso previo al empirismo posterior.. Empédocles se suele tener como un filósofo pluralista, que defiende la existencia de cuatro elementos básicos o raíces («rhizomata»), que explican el surgimiento del cosmos: estos son fuego, agua, tierra, aire. En el fragmento 6DK los llama con nombres de dioses: Zeus, Nestis, Aidoneo, Hera. Con ello, seguramente conecta con la idea de los principios o «archai» de los pensadores jónicos, que eran reales y primarios en la constitución del universo (recordamos el agua y el aire con Tales y Anaxímenes). Pero en Empédocles hay mucho más, hay procesos que ya anticipan las fuerzas de la física posterior, sobre todo del atomismo. Se dan ciertas combinaciones entre estos elementos a través de distintas operaciones y en diversas proporciones, siguiendo acaso los postulados teóricos del pitagorismo –o, al menos, de acuerdo con la idea de que todo ser participa en su composición de determinadas pautas numéricas–, habían dado lugar al mundo tal y como lo conocemos. Así, lo único real, en cuanto al debate ontológico, eran estas cuatro «raíces» que existían desde el principio y perdurarían de forma indestructible, siendo las criaturas de lo visible combinaciones casuales de estos elementos. Pero la lección de Parménides quedaba aprendida: de lo que no es, nada nace (12 DK) y el ser era también para Empédocles eterno. Se parece a los milesios cuando dice que el nacimiento y muerte de las criaturas no eran sino la unión y la separación de estos elementos. Así nos habla: «Otra cosa te diré: no existe nacimiento de ninguna de todas las cosas mortales, ni ningún final de muerte funesta, sino que sólo hay cambio de cosas entremezcladas, y se le llama entre los hombres nacimiento». (8DK). Su pensamiento revolucionario cautiva hoy, desde su lectura directa, que es preciosa: pero también a través de Schopenhauer, Nietzsche o Freud. Larga vida a sus ideas.

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El filósofo griego, con formas de santón oriental, piensa y observa: él defendió la existencia de cuatro elementos: fuego, agua, tierra y aire

  

Cuando la filosofía antigua cruza las olas del mar, su rumbo lleva indefectiblemente el curso del sol de oriente a occidente. «Ex oriente lux», dicen los antiguos, y lo hacen desde el punto de vista europeo: viene el saber arcano de Grecia para Roma, y, para ambas, acaso de Anatolia, Mesopotamia o la India. En el mundo presocrático, la navegación de las ideas va desde Mileto hacia Sicilia y la llamada Magna Grecia, en el opulento Occidente griego: allí varias figuras clave hacen avanzar la historia de las ideas en ese recorrido de este a oeste, repetido vital e intelectualmente por muchos filósofos. Pitágoras provenía de Samos pero asienta su escuela en Crotona. También la familia de Parménides, procedente de Focea, se aposenta en la recién fundada Elea. Otro tanto, en su escuela, pasa con la peripecia de Meliso, que también procedía de la isla de Samos, no lejos de Mileto, y se convierte en parte de la escuela de los eléatas. Más raro es el camino inverso, pero lo hay: el del poeta Íbico de Regio o el médico Alcmeón de Crotona, que van a ejercer en la Jonia microasiática. Hay un trasiego axial de comercio e ideas entre la costa jónica y la Magna Grecia.. Hoy vamos más allá, cruzando el estrecho de Mesina, con Empédocles de Acragante, la actual Agrigento, espléndida ciudad de Sicilia donde nace este filósofo poeta hacia comienzos del siglo V a.C., quizá en 494-2, y muerte un poco antes del comienzo de la guerra del Peloponeso. Esa vieja colonia griega de Acragante era conocida por sus espléndidas monumentos y su riqueza, y es la patria de este gran pensador que, como su colega Parménides, quiso expresar su filosofía utilizando la poesía tradicional en el lenguaje que habían utilizado Homero y Hesíodo. Empédocles es autor de numerosos fragmentos –la suerte de nos ha deparado tener gran número, acrecido desde los años 90 merced al meritorio trabajo de arqueólogos y papirólogos, con la edición Martin-Primavesi de 1999– en una suerte de colección de poesías didácticas que sigue la tradición de Hesíodo pero la revoluciona: pretende conducirnos hacia el saber a partir de la inestabilidad de la ignorancia.. Empédocles parece un filósofo inspirado por la divinidad, un santón oriental trasplantado a occidente: parte de la tradición de sus predecesores pero supone un avance importante. Frente a Parménides, del que parte respetuosamente –el no-ser no puede ser– pero a quien contesta –va a confiar en los sentidos y explicar lo múltiple y el movimiento–, tiene un aura de hombre divino que era capaz de conocer sus vidas pasadas y de controlar los fenómenos atmosféricos, según algunos fragmentos. Ahí está la relación clave con otro grande de ese rincón presocrático del mundo, Pitágoras, con cuya escuela se le ha solido relacionar. Empédocles considera que podemos basar nuestro conocimiento en los sentidos, lo que denomina «mañas» (así traduce Bernabé las «palamai» del poeta filósofo) que se extienden por «los miembros del cuerpo», y que son «angostas»: de cierto modo, son el único puente de nuestro entendimiento con la realidad del ser y la única herramienta para abordar su conocimiento que podemos tener. Frente a Parménides, que desconfía de la vía de la opinión y la sensación, Empédocles nos lleva hacia la filosofía a través de la observación: es un paso previo al empirismo posterior.. Empédocles se suele tener como un filósofo pluralista, que defiende la existencia de cuatro elementos básicos o raíces («rhizomata»), que explican el surgimiento del cosmos: estos son fuego, agua, tierra, aire. En el fragmento 6DK los llama con nombres de dioses: Zeus, Nestis, Aidoneo, Hera. Con ello, seguramente conecta con la idea de los principios o «archai» de los pensadores jónicos, que eran reales y primarios en la constitución del universo (recordamos el agua y el aire con Tales y Anaxímenes). Pero en Empédocles hay mucho más, hay procesos que ya anticipan las fuerzas de la física posterior, sobre todo del atomismo. Se dan ciertas combinaciones entre estos elementos a través de distintas operaciones y en diversas proporciones, siguiendo acaso los postulados teóricos del pitagorismo –o, al menos, de acuerdo con la idea de que todo ser participa en su composición de determinadas pautas numéricas–, habían dado lugar al mundo tal y como lo conocemos. Así, lo único real, en cuanto al debate ontológico, eran estas cuatro «raíces» que existían desde el principio y perdurarían de forma indestructible, siendo las criaturas de lo visible combinaciones casuales de estos elementos. Pero la lección de Parménides quedaba aprendida: de lo que no es, nada nace (12 DK) y el ser era también para Empédocles eterno. Se parece a los milesios cuando dice que el nacimiento y muerte de las criaturas no eran sino la unión y la separación de estos elementos. Así nos habla: «Otra cosa te diré: no existe nacimiento de ninguna de todas las cosas mortales, ni ningún final de muerte funesta, sino que sólo hay cambio de cosas entremezcladas, y se le llama entre los hombres nacimiento». (8DK). Su pensamiento revolucionario cautiva hoy, desde su lectura directa, que es preciosa: pero también a través de Schopenhauer, Nietzsche o Freud. Larga vida a sus ideas.

 

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