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  Cultura  Elon Musk, la era de los millonarios que ansian gobernar los países
Cultura

Elon Musk, la era de los millonarios que ansian gobernar los países

6 de junio de 2026
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Hay libros para explicar a un personaje y están los que revelan una época. Estas páginas pertenecen a la segunda categoría. Pese a que el protagonista sea el controvertido [[LINK:TAG|||tag|||63361b1459a61a391e0a19d7|||Elon Musk]], el empresario más influyente y atrabiliario de la tierra, el objeto de estudio no es él, sino las ideas, obsesiones y contradicciones que han hecho posible que hoy sea quien es. El interrogante que guía este texto no pasa por dilucidar «quién es Musk», sino algo más complejo, «¿de qué es síntoma Musk?». Y pese a lo prometido en innumerables obras ensayísticas nacidas a pie de la actualidad, los autores consiguen darnos argumentos con una claridad y ambición intelectual infrecuentes.. Probablemente sea uno de los hombres más estudiados del planeta en diversas disciplinas. Mientras que para algunos es un visionario comparable con Edison –¿?– para otros es un un millonario ostentoso y ridículo que ha convertido las redes sociales en un laboratorio de provocaciones… Pero, los autores escoran esta dicotomía de forma voluntaria. Poco les importa manifestar un veredicto moral sobre Musk, ni elaborar una biografía. Su tesis tiene más altas miras y sostienen que encarna una nueva forma de comprender el poder, la tecnología y la política en esta centuria, de igual modo que el fordismo simbolizó una fase concreta del capitalismo industrial.. Soñada independencia. La comparación con Henry Ford no es casual. Es, de hecho, uno de los hallazgos más sugerentes. Si sus postulados prometían prosperidad colectiva mediante la producción en cadena y el consumo en masa, el muskismo promete dominación a través de la tecnología. No todo pasa porque el pueblo tenga acceso a los bienes de consumo sino de que seres humanos, empresas o estados logren una supuesta autonomía conectándose a infraestructuras, cómo no, privadas. Satélites, IA, plataformas de entretenimiento, coches eléctricos… cuanto más se intenta alcanzar la soñada independencia más dependientes somos de los controladores de todos esos sistemas. Tal idea resulta medular pues Musk no vende solo lo mencionado, amén de lanzamientos espaciales, sino una visión distópica del mundo. Una promesa de seguridad en una época que persigue seguridad tecnológica frente a incertidumbre gopolítica (¿alguien sabe los conflictos abiertos o congelados que hay en el planeta?). No estamos ante un libro de cerebritos criados en Silicon Valley sino sobre la crisis de este siglo. El acierto consiste en indagar el origen de esa visión que no pasa por California sino en la Sudáfrica del apartheid, donde nace el impulso ideológico del caballero de la armadura bastante oxidada pese a sus oropeles, que germinaría tiempo después.. La infancia del protagonista es fascinante, no porque nos aporte nada nuevo sino por la reinterpretación, casi psicológica de los hechos pues los autores describen aquella Sudáfrica blanca setentera y ochentera como una probeta de «futurismo fortificado», obsesionada con la tecnología venidera, la seguridad y la autosuficiencia. Incendiario. Un régimen cuya única intención pasaba por preservar la idea de una civilización tecnológicamente sofisticada. El relato se oscurece. Aparecen los primeros computadores para clasificar a la población, los sistemas de vigilancias, las veleidades tecnocráticas heredadas de Musk por su abuelo…, y la creencia de que la ingeniera era la solución para los males presentes y venideros. No simplifican los autores. En modo alguno lo consideran un producto del apartheid pero no dudan en sugerir que aquello le marcó. Demasiado.. Así, vemos a un joven Musk programando su Commodore VIC-20, devorando ciencia ficción y elucubrando cómo escapar de un país que sentía como una cárcel intelectual. Aparecen «Fundación», de Asimov; «La guía del autoestopista galáctico», de Douglas Adams; los dibujos de «Transformers» o «Robotech». No son meras referencias de cultura pop, sino que los autores se sirven de ellas para que sepamos cómo la imaginación tecnológica de su protagonista se nutrió de relatos donde las máquinas y los imperios interestelares ocupaban el centro de la vida.. En colaboración. Como empresario estamos cansados de saber que Musk representa la culminación del ideal libertario norteamericano, casi calvinista, de empresario hecho a sí mismo, pero que desconfía de su propio Estado Yo-mi-me-conmigo. Slobodian y Tarnoff argumentan lo contrario, que su gran imperio no se ha erigido al margen del país, sino en estrecha co-la-bo-ra-ción con él. Si analizamos SpaceX, Starlink o incluso Tesla, lo vemos meridiano. Los contratos públicos, la colaboración con la NASA, la dependencia de programas federales o la integración de sus tecnologías en la estructura de defensa norteamericana redibujan un panorama más vinculante que el relato heroico del emprendedor abandonado a su suerte. Solo así le vemos como un gran actor capaz de fusionar intereses privados y estatales de una manera nunca vista. Es aquí donde el ensayo culmina con su dimensión política más dura pues los autores sostienen que el muskismo no es otra cosa que una forma emergente de poder posliberal. Ni sustituye al país ni se limita a servirle. No es lacayo de nadie. Lo envuelve, lo somete, lo condiciona y puede parecer que intenta convertirse en una alternativa eficiente. Tiende a interpretar la realidad política mediante metáforas informáticas como «X» o «Grok», «La sociedad solo son ceros y unos, la burocracia un error de tiempos pasados, la empatía como debilidad.. Slobodian y Tarnoff evitan la caricatura. No caen en ella. El libro es crítico con su protagonista, pero jamás cae en la demonización. Reconocen su capacidad empresarial, su instinto tecnológico y su habilidad para detectar tendencias (lo cortés no quita lo valiente). Pero el problema no es su talento, que como en la mili el valor, se le da por supuesta, es la concentración de poder que le ha otorgado.. El ensayo recuerda a los mejores trabajos de historia intelectual contemporánea. No se limita a describir hechos; intenta reconstruir genealogías. Cada empresa, cada decisión y cada polémica se interconecta con corrientes ideológicas más amplias: la tecnocracia de entreguerras, el pensamiento libertario, la cultura hacker, el neoliberalismo o la actual reacción contra el universalismo liberal.. Una obra tan ambiciosa presenta fallas y quizá la mayor sea la que asumen sus autores. Aunque insisten en que el muskismo es más importante que el hombre, el libro no consigue desprenderse de la sombra de su alargada figura. Hay fragmentos en los que la teoría depende en exceso de las peculiaridades biográficas del personaje. El lector puede preguntarse si el sistema sobrevivirá a su «hacedor» o si estamos ante una construcción ligada a un individuo ¿excepcional? Igualmente es discutible hasta qué punto ciertas conexiones históricas están demostradas pues, en ciertos momentos, la relación entre la Sudáfrica del apartheid y algunas posiciones presentes de Musk parecen más teóricas que constatadas. No invalida el texto pero obliga al lector a mantenerse alerta.. Idolatría. Dicho esto, «Muskismo» es una rara avis en el universo de los ensayos, que iluminan fenómenos contemporáneos sin degollar complejidad. Escrito con claridad nítida, sustentado en una investigación íntegra y construido sobre una idea poderosa, no ofrece respuestas absolutistas, pero sí herramientas para darnos motivos de reflexión. Ahí reside su virtud. En un momento en que la conversación oscila entre la idolatría tecnológica y el rechazo brutal, Slobodian y Tarnoff proponen comprender. ¿Por qué Elon Musk ha adquirido una influencia tan extraordinaria? ¿Por qué millones de personas depositan en empresas tecnológicas expectativas que antes reservaban para sus gobiernos? Piénsenlo. Eso revela mucho de nosotros.. El tema no es Musk. Ni Tesla, SpaceX o X…, sino la tentación de delegar el futuro en quienes controlan este cotarro llamado infraestructuras tecnológicas y cómo viviremos las próximas décadas, sin ellos o a su merce. Pocas veces un ensayo sobre una figura tan omnipresente logra trascender a su protagonista. Por ello, merece ser leído no solo por quienes se interesan por Musk, sino por cualquiera que quiera entender hacia dónde va el poder en este siglo. Es una panorámica vista a través de un microscopio de un personaje incómodo, inquietante e ingenioso que está entre nosotros y decide parte de nuestras vidas. La pregunta no es quién es Elon Musk, sino quién gobernará el futuro cuando la tecnología, el dinero y el poder hablen con una sola voz.

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«Muskismo» es una reflexión para entender cómo el poder, la tecnología y la política se imbrincarán para dominar el mundo

  

Hay libros para explicar a un personaje y están los que revelan una época. Estas páginas pertenecen a la segunda categoría. Pese a que el protagonista sea el controvertido Elon Musk, el empresario más influyente y atrabiliario de la tierra, el objeto de estudio no es él, sino las ideas, obsesiones y contradicciones que han hecho posible que hoy sea quien es. El interrogante que guía este texto no pasa por dilucidar «quién es Musk», sino algo más complejo, «¿de qué es síntoma Musk?». Y pese a lo prometido en innumerables obras ensayísticas nacidas a pie de la actualidad, los autores consiguen darnos argumentos con una claridad y ambición intelectual infrecuentes.. Probablemente sea uno de los hombres más estudiados del planeta en diversas disciplinas. Mientras que para algunos es un visionario comparable con Edison –¿?– para otros es un un millonario ostentoso y ridículo que ha convertido las redes sociales en un laboratorio de provocaciones… Pero, los autores escoran esta dicotomía de forma voluntaria. Poco les importa manifestar un veredicto moral sobre Musk, ni elaborar una biografía. Su tesis tiene más altas miras y sostienen que encarna una nueva forma de comprender el poder, la tecnología y la política en esta centuria, de igual modo que el fordismo simbolizó una fase concreta del capitalismo industrial.. Soñada independencia. La comparación con Henry Ford no es casual. Es, de hecho, uno de los hallazgos más sugerentes. Si sus postulados prometían prosperidad colectiva mediante la producción en cadena y el consumo en masa, el muskismo promete dominación a través de la tecnología. No todo pasa porque el pueblo tenga acceso a los bienes de consumo sino de que seres humanos, empresas o estados logren una supuesta autonomía conectándose a infraestructuras, cómo no, privadas. Satélites, IA, plataformas de entretenimiento, coches eléctricos… cuanto más se intenta alcanzar la soñada independencia más dependientes somos de los controladores de todos esos sistemas. Tal idea resulta medular pues Musk no vende solo lo mencionado, amén de lanzamientos espaciales, sino una visión distópica del mundo. Una promesa de seguridad en una época que persigue seguridad tecnológica frente a incertidumbre gopolítica (¿alguien sabe los conflictos abiertos o congelados que hay en el planeta?). No estamos ante un libro de cerebritos criados en Silicon Valley sino sobre la crisis de este siglo. El acierto consiste en indagar el origen de esa visión que no pasa por California sino en la Sudáfrica del apartheid, donde nace el impulso ideológico del caballero de la armadura bastante oxidada pese a sus oropeles, que germinaría tiempo después.. La infancia del protagonista es fascinante, no porque nos aporte nada nuevo sino por la reinterpretación, casi psicológica de los hechos pues los autores describen aquella Sudáfrica blanca setentera y ochentera como una probeta de «futurismo fortificado», obsesionada con la tecnología venidera, la seguridad y la autosuficiencia. Incendiario. Un régimen cuya única intención pasaba por preservar la idea de una civilización tecnológicamente sofisticada. El relato se oscurece. Aparecen los primeros computadores para clasificar a la población, los sistemas de vigilancias, las veleidades tecnocráticas heredadas de Musk por su abuelo…, y la creencia de que la ingeniera era la solución para los males presentes y venideros. No simplifican los autores. En modo alguno lo consideran un producto del apartheid pero no dudan en sugerir que aquello le marcó. Demasiado.. Así, vemos a un joven Musk programando su Commodore VIC-20, devorando ciencia ficción y elucubrando cómo escapar de un país que sentía como una cárcel intelectual. Aparecen «Fundación», de Asimov; «La guía del autoestopista galáctico», de Douglas Adams; los dibujos de «Transformers» o «Robotech». No son meras referencias de cultura pop, sino que los autores se sirven de ellas para que sepamos cómo la imaginación tecnológica de su protagonista se nutrió de relatos donde las máquinas y los imperios interestelares ocupaban el centro de la vida.. En colaboración. Como empresario estamos cansados de saber que Musk representa la culminación del ideal libertario norteamericano, casi calvinista, de empresario hecho a sí mismo, pero que desconfía de su propio Estado Yo-mi-me-conmigo. Slobodian y Tarnoff argumentan lo contrario, que su gran imperio no se ha erigido al margen del país, sino en estrecha co-la-bo-ra-ción con él. Si analizamos SpaceX, Starlink o incluso Tesla, lo vemos meridiano. Los contratos públicos, la colaboración con la NASA, la dependencia de programas federales o la integración de sus tecnologías en la estructura de defensa norteamericana redibujan un panorama más vinculante que el relato heroico del emprendedor abandonado a su suerte. Solo así le vemos como un gran actor capaz de fusionar intereses privados y estatales de una manera nunca vista. Es aquí donde el ensayo culmina con su dimensión política más dura pues los autores sostienen que el muskismo no es otra cosa que una forma emergente de poder posliberal. Ni sustituye al país ni se limita a servirle. No es lacayo de nadie. Lo envuelve, lo somete, lo condiciona y puede parecer que intenta convertirse en una alternativa eficiente. Tiende a interpretar la realidad política mediante metáforas informáticas como «X» o «Grok», «La sociedad solo son ceros y unos, la burocracia un error de tiempos pasados, la empatía como debilidad.. Slobodian y Tarnoff evitan la caricatura. No caen en ella. El libro es crítico con su protagonista, pero jamás cae en la demonización. Reconocen su capacidad empresarial, su instinto tecnológico y su habilidad para detectar tendencias (lo cortés no quita lo valiente). Pero el problema no es su talento, que como en la mili el valor, se le da por supuesta, es la concentración de poder que le ha otorgado.. El ensayo recuerda a los mejores trabajos de historia intelectual contemporánea. No se limita a describir hechos; intenta reconstruir genealogías. Cada empresa, cada decisión y cada polémica se interconecta con corrientes ideológicas más amplias: la tecnocracia de entreguerras, el pensamiento libertario, la cultura hacker, el neoliberalismo o la actual reacción contra el universalismo liberal.. Una obra tan ambiciosa presenta fallas y quizá la mayor sea la que asumen sus autores. Aunque insisten en que el muskismo es más importante que el hombre, el libro no consigue desprenderse de la sombra de su alargada figura. Hay fragmentos en los que la teoría depende en exceso de las peculiaridades biográficas del personaje. El lector puede preguntarse si el sistema sobrevivirá a su «hacedor» o si estamos ante una construcción ligada a un individuo ¿excepcional? Igualmente es discutible hasta qué punto ciertas conexiones históricas están demostradas pues, en ciertos momentos, la relación entre la Sudáfrica del apartheid y algunas posiciones presentes de Musk parecen más teóricas que constatadas. No invalida el texto pero obliga al lector a mantenerse alerta.. Idolatría. Dicho esto, «Muskismo» es una rara avis en el universo de los ensayos, que iluminan fenómenos contemporáneos sin degollar complejidad. Escrito con claridad nítida, sustentado en una investigación íntegra y construido sobre una idea poderosa, no ofrece respuestas absolutistas, pero sí herramientas para darnos motivos de reflexión. Ahí reside su virtud. En un momento en que la conversación oscila entre la idolatría tecnológica y el rechazo brutal, Slobodian y Tarnoff proponen comprender. ¿Por qué Elon Musk ha adquirido una influencia tan extraordinaria? ¿Por qué millones de personas depositan en empresas tecnológicas expectativas que antes reservaban para sus gobiernos? Piénsenlo. Eso revela mucho de nosotros.. El tema no es Musk. Ni Tesla, SpaceX o X…, sino la tentación de delegar el futuro en quienes controlan este cotarro llamado infraestructuras tecnológicas y cómo viviremos las próximas décadas, sin ellos o a su merce. Pocas veces un ensayo sobre una figura tan omnipresente logra trascender a su protagonista. Por ello, merece ser leído no solo por quienes se interesan por Musk, sino por cualquiera que quiera entender hacia dónde va el poder en este siglo. Es una panorámica vista a través de un microscopio de un personaje incómodo, inquietante e ingenioso que está entre nosotros y decide parte de nuestras vidas. La pregunta no es quién es Elon Musk, sino quién gobernará el futuro cuando la tecnología, el dinero y el poder hablen con una sola voz.

 

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