De Godard se han escrito infinidad de loas literarias, multitud de homenajes narrativos y visuales, inmensos y sesudos análisis explorando su militancia revolucionaria, su etapa iniciática como crítico de Cahiers de Cinéma y hasta su particular vertiente maoísta de la que luego renegó en el documental «Aquí y en otro lugar». Padre del gafapastismo cinéfilo más purista, explorador único de los universos subversivos de la imagen, lúdico relator de historias improvisadas, libérrimo defensor de canales discontinuos, valedor de la modernidad más pura, el mitificado cineasta franco-suizo supo cultivar la encarnación de la vanguardia en su mirada y en su obra el suficiente tiempo como para que todos los que vinieron después quisieran parecerse o en el mejor de los casos, recordarle (tras su fallecimiento hace apenas cuatro años por suicidio asistido) a través de sus películas.. Uno de esos admiradores en teoría culturalmente ajeno a la idiosincrasia francesa de la corriente encabezada por Godard debido a su condición de americano, Richard Linklater, aterriza hoy en salas con una grandilocuente y personal carta de amor al autor de «La Chinoise» o «Pierrot le Fou» titulada con el mismo nombre que el movimiento que representó de manera privilegiada, «Nouvelle vague».. Pasar tiempo dentro. El director estadounidense, propenso a la utilización del tiempo como un medidor cinematográfico efectivo de todo lo que nunca vuelve (recordemos que el rodaje de «Boyhood» duró nada menos que doce años: requerimiento esencial para poder retratar con fidelidad la evolución física de su protagonista o que su antológica trilogía de «Antes del amanecer» mantiene a los mismos dos actores principales –Ethan Hawke y Julia Delpy– en todas sus entregas para mantener la coherencia cronológica del desarrollo de su relación amorosa), vuelve a demostrar con este trabajo que cartografía y recrea el rodaje de «Al final de la escapada», (ópera prima de Godard) –y como consecuencia también de aquel París acelerado y salvajemente inspirador donde el juego no había hecho más que empezar– que entusiasmó a la crítica en la última edición de Cannes y operó como despertador de nostalgias generacionales tras su paso por San Sebastián, que la única manera de afrontar el rodaje de una película es «haciéndolo sobre cosas que amas, no a las que simplemente tienes cariño. Cuando hago películas siento que quiero estar ahí y pasar tiempo dentro», reconocía Linklater en entrevista con este periódico en el marco del certamen donostiarra.. «Cuando hago películas siento que quiero pasar tiempo dentro». Richard Linklater. Y a pesar de que no hay ninguna historia de amor entre dos personas explícitamente mostrada en esta cinta que recrea de manera ficcionada el rodaje de la película «Al final de la escapada» y apuesta por un celebratorio entusiasmo festivo para intentar recoger el espíritu de creación del movimiento, hay amor en forma de tributo: «Aquí recojo el amor por el cine. En ese sentido creo en las cartas de amor y esta película ya se puede considerar una de ellas. Al final sólo trato de hacer películas con personajes que me gustan», indicaba señalando el paralelismo soterrado entre un proceso iniciático sentimental de atracción y curiosidad por el otro y los planteamientos de gestación artística que propone el séptimo arte.. Paradójicamente y a pesar de su eterno dibujo del transcurso de la vida que mencionábamos con anterioridad, Linklater se muestra reacio a la nostalgia, entendida desde un punto de vista ideológico como el pretexto autoritario predilecto de los conservadores: «Yo puedo volver a determinadas áreas de mi vida y meterme ahí, igual que me puede gustar volver a áreas de la historia en las que no estaba sin que necesariamente eso signifique que me gustaría vivir ahí. La nostalgia es muy peligrosa. Nunca es bueno querer volver. Es la dirección equivocada. Políticamente y en todo en general. Siempre hay que mirar hacia delante, es mejor así», defiende.. «La nostalgia es muy peligrosa». Richard Linklater. Teniendo en cuenta el misticismo y la reverencia generalizada que existe hacia una figura como la de Godard, ¿le costó en algún momento no incurrir en el fetichismo o dejarse llevar por cualquier manifestación grande de idolatría a la hora de mostrar determinadas partes de él o de su manera de trabajar?: «No, no. De hecho recuerdo que les insistía mucho a los actores –que dan vida a Belmondo y a Jean Seberg– en esta idea de que todavía no eran quienes luego fueron para aligerar la carga de mito. «No eres Belmondo todavía, todavía no eres nadie, nadie te conoce». Y esto mismo lo intenté reflejar con Godard e incluso el equipo técnico. Esto se trata de una persona haciendo una película que probablemente no sea buena. Buen profesional, eso sí, pero no necesariamente un genio. En aquella época era divertido mostrar las versiones jóvenes de todos estos artistas, cómo se creaba, cómo se hacían las fotos. Incluso te puedes llegar a reír de Godard. Leyendo todo lo que leí de él sobre la primera vez que hizo cine, pensaba «este es como un general sin ejércitos». Es vulnerable, ¿no? Todos tenemos que empezar por algún sitio», remarcaba refiriéndose al maestro e incluso es probable que, también a sí mismo.. De hecho, una de las virtudes indudables de la propuesta de Linklater a propósito de esas declaraciones es su consciente alejamiento de la copia, la réplica intrascendente o la parodia burda de una obra reverenciada y consensuada como la pieza audiovisual fundacional del movimiento cinematográfico galo. En «Nouvelle Vague» no vemos la iconicidad de Jean Seberg y Jean-Paul Belmondo pero reconocemos la frescura de Zoey Deutch y Guillaume Marbeck, que se entregan sin concesiones a un carnaval interpretativo, visual y sonoro con el que el director no pretende otra cosa que compendiar el entusiasmo creativo compartido con Godard. Agrupar todas sus debilidades y querencias como director en una grandísima carta de amor. Al cine y a la vida.
El director de «Boyhood» y de la icónica trilogía de «Antes del amanecer» recrea fabuladamente el rodaje de la reverenciada cinta de Godard, «Al final de la escapada»
De Godard se han escrito infinidad de loas literarias, multitud de homenajes narrativos y visuales, inmensos y sesudos análisis explorando su militancia revolucionaria, su etapa iniciática como crítico de Cahiers de Cinéma y hasta su particular vertiente maoísta de la que luego renegó en el documental «Aquí y en otro lugar». Padre del gafapastismo cinéfilo más purista, explorador único de los universos subversivos de la imagen, lúdico relator de historias improvisadas, libérrimo defensor de canales discontinuos, valedor de la modernidad más pura, el mitificado cineasta franco-suizo supo cultivar la encarnación de la vanguardia en su mirada y en su obra el suficiente tiempo como para que todos los que vinieron después quisieran parecerse o en el mejor de los casos, recordarle (tras su fallecimiento hace apenas cuatro años por suicidio asistido) a través de sus películas.. Uno de esos admiradores en teoría culturalmente ajeno a la idiosincrasia francesa de la corriente encabezada por Godard debido a su condición de americano, Richard Linklater, aterriza hoy en salas con una grandilocuente y personal carta de amor al autor de «La Chinoise» o «Pierrot le Fou» titulada con el mismo nombre que el movimiento que representó de manera privilegiada, «Nouvelle vague».. El director estadounidense, propenso a la utilización del tiempo como un medidor cinematográfico efectivo de todo lo que nunca vuelve (recordemos que el rodaje de «Boyhood» duró nada menos que doce años: requerimiento esencial para poder retratar con fidelidad la evolución física de su protagonista o que su antológica trilogía de «Antes del amanecer» mantiene a los mismos dos actores principales –Ethan Hawke y Julia Delpy– en todas sus entregas para mantener la coherencia cronológica del desarrollo de su relación amorosa), vuelve a demostrar con este trabajo que cartografía y recrea el rodaje de «Al final de la escapada», (ópera prima de Godard) –y como consecuencia también de aquel París acelerado y salvajemente inspirador donde el juego no había hecho más que empezar– que entusiasmó a la crítica en la última edición de Cannes y operó como despertador de nostalgias generacionales tras su paso por San Sebastián, que la única manera de afrontar el rodaje de una película es «haciéndolo sobre cosas que amas, no a las que simplemente tienes cariño. Cuando hago películas siento que quiero estar ahí y pasar tiempo dentro», reconocía Linklater en entrevista con este periódico en el marco del certamen donostiarra.. «Cuando hago películas siento que quiero pasar tiempo dentro». Y a pesar de que no hay ninguna historia de amor entre dos personas explícitamente mostrada en esta cinta que recrea de manera ficcionada el rodaje de la película «Al final de la escapada» y apuesta por un celebratorio entusiasmo festivo para intentar recoger el espíritu de creación del movimiento, hay amor en forma de tributo: «Aquí recojo el amor por el cine. En ese sentido creo en las cartas de amor y esta película ya se puede considerar una de ellas. Al final sólo trato de hacer películas con personajes que me gustan», indicaba señalando el paralelismo soterrado entre un proceso iniciático sentimental de atracción y curiosidad por el otro y los planteamientos de gestación artística que propone el séptimo arte.. Paradójicamente y a pesar de su eterno dibujo del transcurso de la vida que mencionábamos con anterioridad, Linklater se muestra reacio a la nostalgia, entendida desde un punto de vista ideológico como el pretexto autoritario predilecto de los conservadores: «Yo puedo volver a determinadas áreas de mi vida y meterme ahí, igual que me puede gustar volver a áreas de la historia en las que no estaba sin que necesariamente eso signifique que me gustaría vivir ahí. La nostalgia es muy peligrosa. Nunca es bueno querer volver. Es la dirección equivocada. Políticamente y en todo en general. Siempre hay que mirar hacia delante, es mejor así», defiende.. «La nostalgia es muy peligrosa». Teniendo en cuenta el misticismo y la reverencia generalizada que existe hacia una figura como la de Godard, ¿le costó en algún momento no incurrir en el fetichismo o dejarse llevar por cualquier manifestación grande de idolatría a la hora de mostrar determinadas partes de él o de su manera de trabajar?: «No, no. De hecho recuerdo que les insistía mucho a los actores –que dan vida a Belmondo y a Jean Seberg– en esta idea de que todavía no eran quienes luego fueron para aligerar la carga de mito. «No eres Belmondo todavía, todavía no eres nadie, nadie te conoce». Y esto mismo lo intenté reflejar con Godard e incluso el equipo técnico. Esto se trata de una persona haciendo una película que probablemente no sea buena. Buen profesional, eso sí, pero no necesariamente un genio. En aquella época era divertido mostrar las versiones jóvenes de todos estos artistas, cómo se creaba, cómo se hacían las fotos. Incluso te puedes llegar a reír de Godard. Leyendo todo lo que leí de él sobre la primera vez que hizo cine, pensaba «este es como un general sin ejércitos». Es vulnerable, ¿no? Todos tenemos que empezar por algún sitio», remarcaba refiriéndose al maestro e incluso es probable que, también a sí mismo.. De hecho, una de las virtudes indudables de la propuesta de Linklater a propósito de esas declaraciones es su consciente alejamiento de la copia, la réplica intrascendente o la parodia burda de una obra reverenciada y consensuada como la pieza audiovisual fundacional del movimiento cinematográfico galo. En «Nouvelle Vague» no vemos la iconicidad de Jean Seberg y Jean-Paul Belmondo pero reconocemos la frescura de Zoey Deutch y Guillaume Marbeck, que se entregan sin concesiones a un carnaval interpretativo, visual y sonoro con el que el director no pretende otra cosa que compendiar el entusiasmo creativo compartido con Godard. Agrupar todas sus debilidades y querencias como director en una grandísima carta de amor. Al cine y a la vida.
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