El telefonillo de Alejandro Sanz suena como el de todos. Aunque él viva en esos chalets sofisticados, de techos de eco alto, paredes blancas -pero sin ser muy blancas- y luminosas vitrinas de cristal para salvar a los premios del polvo.. Sin embargo, hay soniquetes que ni entienden de éxito ni diferencian número de ceros en cuenta corriente. Existen rings rings que compartimos más allá de la clase social. De hecho, pueden irrumpir por igual en las villas de 1.500 metros cuadrados de Somosaguas o en los pisos de 55 metros cuadrados de Vallecas. O eso parece, al contemplar el documental Cuando nadie me ve, que ha estrenado Movistar Plus.. Cuando silba el timbre de la mansión del cantante es fácil dudar y pensar “¿será mi portero automático?”. Pero no, el ruido sale de la tele. Es la casa de Alejandro Sanz, mientras nos cuenta su repertorio emocional y profesional, junto y separado, en tres capítulos en los se contempla el poder de la televisión para aupar a los artistas.. Alejandro Sanz no solo era un guapo de póster central de la SuperPop el día que apareció por primera vez en la TVE de la resaca de los ochenta. Sobre todo transmitía travesura, el superpoder de la tele. Con su sonrisa pilla y sus bromas rápidas, nacía un carisma que acercaba a la multitudinaria audiencia su gran talento: las emociones comprimidas en himnos.. Y el documental narra con precisión cómo su equipo aprovechó una propuesta de Televisión Española para que protagonizara un concierto solidario en plena Navidad de 1991. Una mediática postal que impulsó una trayectoria que, después, pecó de la ambición que infla expectativas hasta desvirtuar lo que hace único al cantante por aquello de querer «sofisticarlo». Lo consiguieron poco. Porque Sanz, que en realidad es Sánchez, peleó por su Corazón partío, que no Partido, como quería una industria desconfiada del flamenco para el mainstream.. De eso habla el documental, entre otras cosas, aunque al final se quede a medio gas. Porque no deja de estar producido por el negociado del cantante. De nuevo, se utiliza la tele para amplificar la imagen del artista. Esta vez, con la moda del documental que nutre a tantas plataformas. Pero el buen documental es el que periodísticamente es independiente de su protagonista. De lo contrario, es sencillo terminar cayendo en el spot que empieza fuerte de interés y acaba siendo pronosticable. Es lo que ha sucedido: la historia se inicia con el magnetismo de Sanz y desemboca en el típico extra del DVD con entrevistas de artistas invitados y vídeos entre bambalinas. Podía haberse sintetizado todo en una entrega, sin embargo son tres episodios hechos a la medida de los intereses de Sanz. No como el telefonillo de la puerta de su casa, que podría ser el de todos.
‘Cuando nadie me ve’, la serie documental sobre Alejandro Sanz, se ha estrenado en Movistar Plus.
20MINUTOS.ES – Televisión
El telefonillo de Alejandro Sanz suena como el de todos. Aunque él viva en esos chalets sofisticados, de techos de eco alto, paredes blancas -pero sin ser muy blancas- y luminosas vitrinas de cristal para salvar a los premios del polvo.. Sin embargo, hay soniquetes que ni entienden de éxito ni diferencian número de ceros en cuenta corriente. Existen rings rings que compartimos más allá de la clase social. De hecho, pueden irrumpir por igual en las villas de 1.500 metros cuadrados de Somosaguas o en los pisos de 55 metros cuadrados de Vallecas. O eso parece, al contemplar el documental Cuando nadie me ve, que ha estrenado Movistar Plus.. Cuando silba el timbre de la mansión del cantante es fácil dudar y pensar “¿será mi portero automático?”. Pero no, el ruido sale de la tele. Es la casa de Alejandro Sanz, mientras nos cuenta su repertorio emocional y profesional, junto y separado, en tres capítulos en los se contempla el poder de la televisión para aupar a los artistas.. Alejandro Sanz no solo era un guapo de póster central de la SuperPop el día que apareció por primera vez en la TVE de la resaca de los ochenta. Sobre todo transmitía travesura, el superpoder de la tele. Con su sonrisa pilla y sus bromas rápidas, nacía un carisma que acercaba a la multitudinaria audiencia su gran talento: las emociones comprimidas en himnos.. Y el documental narra con precisión cómo su equipo aprovechó una propuesta de Televisión Española para que protagonizara un concierto solidario en plena Navidad de 1991. Una mediática postal que impulsó una trayectoria que, después, pecó de la ambición que infla expectativas hasta desvirtuar lo que hace único al cantante por aquello de querer «sofisticarlo». Lo consiguieron poco. Porque Sanz, que en realidad es Sánchez, peleó por su Corazón partío, que no Partido, como quería una industria desconfiada del flamenco para el mainstream.. De eso habla el documental, entre otras cosas, aunque al final se quede a medio gas. Porque no deja de estar producido por el negociado del cantante. De nuevo, se utiliza la tele para amplificar la imagen del artista. Esta vez, con la moda del documental que nutre a tantas plataformas. Pero el buen documental es el que periodísticamente es independiente de su protagonista. De lo contrario, es sencillo terminar cayendo en el spot que empieza fuerte de interés y acaba siendo pronosticable. Es lo que ha sucedido: la historia se inicia con el magnetismo de Sanz y desemboca en el típico extra del DVD con entrevistas de artistas invitados y vídeos entre bambalinas. Podía haberse sintetizado todo en una entrega, sin embargo son tres episodios hechos a la medida de los intereses de Sanz. No como el telefonillo de la puerta de su casa, que podría ser el de todos.
