40 años después, la radiografía social de las tramas de Las chicas de oro no ha caducado. La curiosidad de las compañeras de piso de Miami poco envejece con el paso del tiempo. Porque sus historias nacían de esa risa que es más profunda de lo que parece a simple vista. O, lo que es lo mismo, la sonrisa cómplice que empatiza con la vulnerabilidad del incomprendido al que todos le dicen cómo debe de ser y, a la vez, también delata el delirio del avaricioso que piensa que lo sabe todo. Y todo lo impone.. Hace unos días, escuchando a Raquel Martos en Julia en la Onda de Onda Cero me volví a percatar de esa inteligencia trascendente desde la intrascendencia con la que Las chicas de oro no solo nos entretenían, sino que también nos invitaban a pensar hasta dónde podíamos llegar a ser como seres humanoides. La inspiración me sobrevino cuando Raquel rescató un fragmento del episodio Nido Vacío, de 1987. Allí, Blanche, Rose, Sophia y Dorothy recibieron la visita de su amiga René. Ella, muy peripuesta e incontinente verbal, confesó que llamó la noche anterior a un programa de actualidad política: “Llamé a la radio y les di la solución para la crisis de Oriente Medio”. “¿La de dar Groenlandia a los palestinos?”, contestó Rose. “Aquello es inmenso y nadie lo utiliza”, insistió convencida la visitante. Dorothy se quedó perpleja, claro: “¿Cogeríais a un pueblo del desierto y lo meterías entre el hielo y la nieve?“. No pasa nada, Rose encontró la solución: “Con ropa adecuada, podrían estar calentitos”.. La risa del público remató el gag. Todavía hoy, el surrealismo del diálogo sintetiza aquella frase que tan bien dijo Mafalda: “El problema de las mentes cerradas es que siempre tienen la boca abierta”. Pero Blanche sabía que a su amiga no le preocupaba Palestina: “Un consejo, cuando quieras hablar… no llames a una radio, hazlo con tu marido”, le soltó. René se sentía sola, algo fallaba en su relación de pareja. Sin embargo, no conversaba con él. Escabullía el tema. Prefirió evadirse solucionando la complejidad del mundo en los magacines radiofónicos. Y eso que aún no existían las redes sociales, donde empezaría a acuñar ideas cortas en frases efectistas con las que recibiría muchos likes. ‘Me gustas’ que nos hacen sentir que siempre tenemos la razón.. De ahí que no nos extrañaría nada que, en este acelerado tiempo que vivimos, Trump soltara en el despacho oval el mismo discurso que René. El presidente estadounidense se ha apropiado de la hipérbole de la comedia. Así deja noqueado al mundo, mientras va arrasando con el derecho internacional. Incluso con los derechos humanos. Difícil rebatir a la desmesura que no da risa. Mejor volver a Las chicas de oro que nos enseñaron a hacer piña frente al individualismo. La familia elegida que te escucha y, luego, te abraza con ese sarcasmo que neutraliza las insolencias que nos encontramos en el camino. Aunque sea solo un ratito.
Detrás del chiste de una serie que traspasa las décadas.
20MINUTOS.ES – Televisión
40 años después, la radiografía social de las tramas de Las chicas de oro no ha caducado. La curiosidad de las compañeras de piso de Miami poco envejece con el paso del tiempo. Porque sus historias nacían de esa risa que es más profunda de lo que parece a simple vista. O, lo que es lo mismo, la sonrisa cómplice que empatiza con la vulnerabilidad del incomprendido al que todos le dicen cómo debe de ser y, a la vez, también delata el delirio del avaricioso que piensa que lo sabe todo. Y todo lo impone.. Hace unos días, escuchando a Raquel Martos en Julia en la Onda de Onda Cero me volví a percatar de esa inteligencia trascendente desde la intrascendencia con la que Las chicas de oro no solo nos entretenían, sino que también nos invitaban a pensar hasta dónde podíamos llegar a ser como seres humanoides. La inspiración me sobrevino cuando Raquel rescató un fragmento del episodio Nido Vacío, de 1987. Allí, Blanche, Rose, Sophia y Dorothy recibieron la visita de su amiga René. Ella, muy peripuesta e incontinente verbal, confesó que llamó la noche anterior a un programa de actualidad política: “Llamé a la radio y les di la solución para la crisis de Oriente Medio”. “¿La de dar Groenlandia a los palestinos?”, contestó Rose. “Aquello es inmenso y nadie lo utiliza”, insistió convencida la visitante. Dorothy se quedó perpleja, claro: “¿Cogeríais a un pueblo del desierto y lo meterías entre el hielo y la nieve?“. No pasa nada, Rose encontró la solución: “Con ropa adecuada, podrían estar calentitos”.. La risa del público remató el gag. Todavía hoy, el surrealismo del diálogo sintetiza aquella frase que tan bien dijo Mafalda: “El problema de las mentes cerradas es que siempre tienen la boca abierta”. Pero Blanche sabía que a su amiga no le preocupaba Palestina: “Un consejo, cuando quieras hablar… no llames a una radio, hazlo con tu marido”, le soltó. René se sentía sola, algo fallaba en su relación de pareja. Sin embargo, no conversaba con él. Escabullía el tema. Prefirió evadirse solucionando la complejidad del mundo en los magacines radiofónicos. Y eso que aún no existían las redes sociales, donde empezaría a acuñar ideas cortas en frases efectistas con las que recibiría muchos likes. ‘Me gustas’ que nos hacen sentir que siempre tenemos la razón.. De ahí que no nos extrañaría nada que, en este acelerado tiempo que vivimos, Trump soltara en el despacho oval el mismo discurso que René. El presidente estadounidense se ha apropiado de la hipérbole de la comedia. Así deja noqueado al mundo, mientras va arrasando con el derecho internacional. Incluso con los derechos humanos. Difícil rebatir a la desmesura que no da risa. Mejor volver a Las chicas de oro que nos enseñaron a hacer piña frente al individualismo. La familia elegida que te escucha y, luego, te abraza con ese sarcasmo que neutraliza las insolencias que nos encontramos en el camino. Aunque sea solo un ratito.
