La investigación sobre Julio Iglesias ha impactado al país. Como para no. Los testimonios de las mujeres son terroríficos. Ahora, incluso, quizá entendemos mejor determinadas actitudes en público del cantante, al que desde un tipo de prensa siempre se justificó con la etiqueta de seductor. Para las páginas del colorinchi, los desmanes de ellos siempre iban disfrazados del romanticismo de la libertad del “galán irresistible», mientras que ellas siempre eran sometidas al “van provocando”, “buscan el dinero”, “son unas…”. Palabras que hemos escuchado tantos años que no son necesarias de ni siquiera pronunciar.. Y que vuelven a relucir a ver con el enfoque de determinados programas sobre la denuncia de las trabajadoras de Julio Iglesias. Están los que intentan explicar con expertos para intentar entender y crear una sociedad más sensible para evitar situaciones así, como hizo La Sexta Clave. Y, luego, están los que se frotan las manos con el morbo de poner a debatir temas que nunca pueden estar a debate. Porque los derechos humanos jamás pueden estar a debate.. Pero todavía existen programas de televisión que pasan por encima de la responsabilidad social y prefieren subir audiencia enfocando situaciones incomparables como si fueran equiparables. Hasta se pone en el mismo nivel a oprimido con opresor. Hay equidistancias que son perversas. Un retorcimiento de la manera de presentar la información que empuja al precipicio a las víctimas que, encima, son señaladas como culpables por las miradas más machistas de la sociedad. Es una de las causas de que exista miedo a denunciar: el sentimiento de soledad de los que sufren abusos frente a la fuerza del poderoso. Una vulnerabilidad que azuzan determinados tratamientos televisivos.. No se puede permitir denigrar a una víctima por la trivialidad de «yo soy muy amigo» o «yo viví en esa casa», como ha hecho Ana Obregón en su tradicional afán de lucir protagonismo. Esta vez, con la excusa de defender a Julio Iglesias. Aunque sus argumentos no tengan ningún valor. Solo el sensacionalismo y la irritación que provocan, cóctel que quizá suba la cuota de pantalla. Pero a qué costa.. “¿Por qué no les dejamos?”, defendía Ana Obregón en busca de «dejar» tranquilo a Iglesias. Lo afirmaba en el plató De Viernes, a la vez que estaba en conexión en directo desde Marbella la periodista Rosa Villacastín que replicó a Obregón con otra pregunta: «¿Por qué te he creído Ana a ti de tantas cosas que has contado?”. Ana Obregón intentó defenderse del dardo con un “¿Y no eran verdad?”. Entonces, un silencio se rompió en el estudio. Y se dijo todo sin decir nada. Una foto perfecta de cómo el show, a menudo, fagocita a la realidad. Y la presencia de Ana, tanto en Y ahora Sonsoles como en De Viernes, solo frivoliza un asunto que no admite bromas. Sin embargo, para desacreditar la investigación periodística, ella se dirigía al público presente como si estuviera concursando en La ruleta de la suerte. Preguntaba en busca del aplauso fácil. Pero este tema no da para aplausos. Este tema no es un juego. Aquí la varieté no puede trivializar el dolor. Hay insensibilidades que no pueden ser una batalla perdida.
Las malas prácticas televisivas del tratamiento del caso de Julio Iglesias.
20MINUTOS.ES – Televisión
La investigación sobre Julio Iglesias ha impactado al país. Como para no. Los testimonios de las mujeres son terroríficos. Ahora, incluso, quizá entendemos mejor determinadas actitudes en público del cantante, al que desde un tipo de prensa siempre se justificó con la etiqueta de seductor. Para las páginas del colorinchi, los desmanes de ellos siempre iban disfrazados del romanticismo de la libertad del “galán irresistible», mientras que ellas siempre eran sometidas al “van provocando”, “buscan el dinero”, “son unas…”. Palabras que hemos escuchado tantos años que no son necesarias de ni siquiera pronunciar.. Y que vuelven a relucir a ver con el enfoque de determinados programas sobre la denuncia de las trabajadoras de Julio Iglesias. Están los que intentan explicar con expertos para intentar entender y crear una sociedad más sensible para evitar situaciones así, como hizo La Sexta Clave. Y, luego, están los que se frotan las manos con el morbo de poner a debatir temas que nunca pueden estar a debate. Porque los derechos humanos jamás pueden estar a debate.. Pero todavía existen programas de televisión que pasan por encima de la responsabilidad social y prefieren subir audiencia enfocando situaciones incomparables como si fueran equiparables. Hasta se pone en el mismo nivel a oprimido con opresor. Hay equidistancias que son perversas. Un retorcimiento de la manera de presentar la información que empuja al precipicio a las víctimas que, encima, son señaladas como culpables por las miradas más machistas de la sociedad. Es una de las causas de que exista miedo a denunciar: el sentimiento de soledad de los que sufren abusos frente a la fuerza del poderoso. Una vulnerabilidad que azuzan determinados tratamientos televisivos.. No se puede permitir denigrar a una víctima por la trivialidad de «yo soy muy amigo» o «yo viví en esa casa», como ha hecho Ana Obregón en su tradicional afán de lucir protagonismo. Esta vez, con la excusa de defender a Julio Iglesias. Aunque sus argumentos no tengan ningún valor. Solo el sensacionalismo y la irritación que provocan, cóctel que quizá suba la cuota de pantalla. Pero a qué costa.. “¿Por qué no les dejamos?”, defendía Ana Obregón en busca de «dejar» tranquilo a Iglesias. Lo afirmaba en el plató De Viernes, a la vez que estaba en conexión en directo desde Marbella la periodista Rosa Villacastín que replicó a Obregón con otra pregunta: «¿Por qué te he creído Ana a ti de tantas cosas que has contado?”. Ana Obregón intentó defenderse del dardo con un “¿Y no eran verdad?”. Entonces, un silencio se rompió en el estudio. Y se dijo todo sin decir nada. Una foto perfecta de cómo el show, a menudo, fagocita a la realidad. Y la presencia de Ana, tanto en Y ahora Sonsoles como en De Viernes, solo frivoliza un asunto que no admite bromas. Sin embargo, para desacreditar la investigación periodística, ella se dirigía al público presente como si estuviera concursando en La ruleta de la suerte. Preguntaba en busca del aplauso fácil. Pero este tema no da para aplausos. Este tema no es un juego. Aquí la varieté no puede trivializar el dolor. Hay insensibilidades que no pueden ser una batalla perdida.
