Durante medio siglo, volar más rápido que el sonido ha sido, en la práctica, un lujo prohibido sobre tierra firme. No por falta de tecnología, sino por el ruido. Cuando un avión rompe la barrera del sonido, genera una onda de choque, el famoso boom sónico, capaz de sacudir ventanas y alterar la vida en tierra. Fue una de las razones por las que iconos como el Concorde desaparecieron de los cielos.. Desde entonces, la aviación supersónica ha vivido en una especie de limbo: posible, pero restringida. Ahora, la NASA quiere cambiar esa historia con una idea aparentemente simple, pero técnicamente compleja: convertir ese “boom” en un susurro.. El protagonista de este intento es el X-59, un avión experimental desarrollado junto a Lockheed Martin dentro del programa Quesst. A primera vista, el X-59 parece sacado de la ciencia ficción. Su fuselaje es extremadamente alargado, con una nariz afilada que recuerda a un pez espada. Pero esa forma no es estética: es pura física.. El diseño redistribuye las ondas de choque que se generan al superar la velocidad del sonido, evitando que se concentren en un único estallido. En lugar de un estruendo, el objetivo es producir un “golpe sordo” mucho más suave, casi imperceptible desde tierra. Ese pequeño matiz acústico podría tener consecuencias enormes. Porque si el ruido deja de ser un problema, también lo hacen las restricciones.. En este sentido, el X-59 ya ha dado un paso clave: su primer vuelo tuvo lugar a finales de octubre de 2025 (aunque se hizo público en noviembre), marcando el regreso de un avión experimental tripulado de este tipo tras décadas. Pero ese vuelo inicial fue solo el comienzo.. En esta nueva fase, el avión se prepara para una serie de pruebas progresivas, en las que los pilotos irán ampliando poco a poco los límites: más velocidad, más altitud, más complejidad. El objetivo no es solo comprobar que puede volar, sino entender cómo se comporta en condiciones reales y, sobre todo, validar su promesa clave: volar a velocidades supersónicas sin generar un boom molesto.. Algunas de estas pruebas comenzarán con lo que los ingenieros llaman “expansión de envolvente de vuelo”: vuelos controlados en los que el avión irá acercándose gradualmente a su velocidad objetivo, alrededor de Mach 1.4, y altitudes que rozan los 20.000 metros.. La próxima prueba del X-59 forma parte precisamente de ese proceso. Más que un único momento espectacular, es un paso dentro de una secuencia cuidadosamente diseñada. Cada vuelo añade datos: sobre estabilidad, comportamiento aerodinámico y, especialmente, sobre cómo se propagan esas ondas de choque modificadas. Para ello, la NASA no solo observa desde tierra. Utiliza aviones de seguimiento (como cazas F-15) que vuelan junto al X-59 midiendo en tiempo real sus emisiones acústicas y su rendimiento.. Todo está orientado hacia una meta muy concreta: recoger evidencia suficiente para cambiar las reglas del juego. La parte triste, por decirlo de algún modo y para los fanáticos de la aviación, es que el X-59 no transportará pasajeros. De hecho, no es un prototipo comercial, sino un laboratorio con alas. Su misión es convencer a reguladores, gobiernos y organismos internacionales de que el vuelo supersónico sobre tierra puede ser compatible con la vida cotidiana.. Por eso, en fases posteriores, el avión sobrevolará distintas comunidades para estudiar cómo perciben las personas ese nuevo tipo de sonido. Esos datos serán clave para redefinir las normativas que hoy prohíben este tipo de vuelos. Si el programa tiene éxito, permitiría diseñar nuevos aviones comerciales con vuelos transcontinentales que duren la mitad. Y la segunda prueba se llevará a cabo mañana mismo.
Se está preparando la segunda prueba de esta aeronave que busca revolucionar la aviación. Y las leyes de la física.
Durante medio siglo, volar más rápido que el sonido ha sido, en la práctica, un lujo prohibido sobre tierra firme. No por falta de tecnología, sino por el ruido. Cuando un avión rompe la barrera del sonido, genera una onda de choque, el famoso boom sónico, capaz de sacudir ventanas y alterar la vida en tierra. Fue una de las razones por las que iconos como el Concorde desaparecieron de los cielos.. Desde entonces, la aviación supersónica ha vivido en una especie de limbo: posible, pero restringida. Ahora, la NASA quiere cambiar esa historia con una idea aparentemente simple, pero técnicamente compleja: convertir ese “boom” en un susurro.. El protagonista de este intento es el X-59, un avión experimental desarrollado junto a Lockheed Martin dentro del programa Quesst. A primera vista, el X-59 parece sacado de la ciencia ficción. Su fuselaje es extremadamente alargado, con una nariz afilada que recuerda a un pez espada. Pero esa forma no es estética: es pura física.. El diseño redistribuye las ondas de choque que se generan al superar la velocidad del sonido, evitando que se concentren en un único estallido. En lugar de un estruendo, el objetivo es producir un “golpe sordo” mucho más suave, casi imperceptible desde tierra. Ese pequeño matiz acústico podría tener consecuencias enormes. Porque si el ruido deja de ser un problema, también lo hacen las restricciones.. En este sentido, el X-59 ya ha dado un paso clave: su primer vuelo tuvo lugar a finales de octubre de 2025 (aunque se hizo público en noviembre), marcando el regreso de un avión experimental tripulado de este tipo tras décadas. Pero ese vuelo inicial fue solo el comienzo.. En esta nueva fase, el avión se prepara para una serie de pruebas progresivas, en las que los pilotos irán ampliando poco a poco los límites: más velocidad, más altitud, más complejidad. El objetivo no es solo comprobar que puede volar, sino entender cómo se comporta en condiciones reales y, sobre todo, validar su promesa clave: volar a velocidades supersónicas sin generar un boom molesto.. Algunas de estas pruebas comenzarán con lo que los ingenieros llaman “expansión de envolvente de vuelo”: vuelos controlados en los que el avión irá acercándose gradualmente a su velocidad objetivo, alrededor de Mach 1.4, y altitudes que rozan los 20.000 metros.. La próxima prueba del X-59 forma parte precisamente de ese proceso. Más que un único momento espectacular, es un paso dentro de una secuencia cuidadosamente diseñada. Cada vuelo añade datos: sobre estabilidad, comportamiento aerodinámico y, especialmente, sobre cómo se propagan esas ondas de choque modificadas. Para ello, la NASA no solo observa desde tierra. Utiliza aviones de seguimiento (como cazas F-15) que vuelan junto al X-59 midiendo en tiempo real sus emisiones acústicas y su rendimiento.. Todo está orientado hacia una meta muy concreta: recoger evidencia suficiente para cambiar las reglas del juego. La parte triste, por decirlo de algún modo y para los fanáticos de la aviación, es que el X-59 no transportará pasajeros. De hecho, no es un prototipo comercial, sino un laboratorio con alas. Su misión es convencer a reguladores, gobiernos y organismos internacionales de que el vuelo supersónico sobre tierra puede ser compatible con la vida cotidiana.. Por eso, en fases posteriores, el avión sobrevolará distintas comunidades para estudiar cómo perciben las personas ese nuevo tipo de sonido. Esos datos serán clave para redefinir las normativas que hoy prohíben este tipo de vuelos. Si el programa tiene éxito, permitiría diseñar nuevos aviones comerciales con vuelos transcontinentales que duren la mitad. Y la segunda prueba se llevará a cabo mañana mismo.
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