Eurovisión siempre fue un generador de ilusión. En una sociedad en la que se insistía cómo debíamos vestir, cómo debíamos hablar, cómo debíamos gesticular, incluso cómo debíamos sentir, el festival de la canción permitía, una noche al año, emocionarse descubriendo otros mundos que estaban en este. La combinación de música, creatividad televisiva y diversidad cultural creaba un acontecimiento único donde podías ejercer la imaginación sin que nadie te diera la espalda. Como mucho te juzgarían los de siempre. Pero, esta vez, después de que te hubieran experimentado con sus propios ojos.. La propia Unión Europea de Radiodifusión creó Eurovisión para conocernos y empatizarnos después de la destrucción europea tras la propagación del odio nazi. La idea caló. La diversidad se fue abriendo camino. Poco a poco. Aunque, a menudo, fuera tratada con condescendencia por los que se sienten mejor llamando frikis a los que bailan más que chutan pelotas. Pero, a veces, hay que provocar para ser visto. Así el eurofestival fue convirtiéndose en refugio tangible de los que todavía solo se podían conformar con fantasear. Y en festival se sentían protegidos. Un día al año no estaban solos y se podía ser distinto entre lo uniforme. De Abba a Salvador Sobral. De Massiel a Conchita Wurst. De lo normativo a lo normalizado.. El poder de la tele sacaba brillo al viejo continente. El interés por participar crecía. Estar en Eurovisión era asociar tu nación a la modernidad de la democracia europea. La propia dictadura franquista usó Eurovisión para mostrarse a la vanguardia ante el mundo. La apropiación sirvió para animar la rutina de unos ciudadanos que no siempre son responsables de los que mandan. Por fin, destacábamos en algo. Con aquellas canciones de Augusto Algueró o Juan Carlos Calderón que ayudaban a que empezara a no darnos vergüenza mostrar las emociones que, entonces, nos obligaban a dejarnos dentro. Himnos que incluso nos permitían reivindicar la alegría como forma de resistencia.. Y Eurovisión fue creciendo. Y Eurovisión fue retratando los nuevos tiempos. Con toda su prosperidad. Tanto que iba por delante: en técnica, probando la nueva tecnología. En arte, con artistas jugando a plasmar lo que no siempre se entiende a la primera. Porque te saca de tu molde. Cómo no iba a convertirse el festival en una celebración del colectivo LGTBIQ+. Por una vez, nos veíamos en el centro de un programa de máxima audiencia que nos unía a todos, fuéramos como fuéramos. La emisión no deportiva más vista del año.. Pero, en los últimos años, el espacio seguro de luces de colores se fue llenando de los matones de la clase de los que huíamos. Siempre estuvieron presentes, y hasta omnipresentes, los que piden una ejemplaridad especial para aceptar a los que ellos ven como los raros. Ejemplaridad que no pedirán a las Olimpiadas, mucho menos al mundial de fútbol, pero Eurovisión nació para festejar los derechos humanos y jamás mirar para otro lado ante un genocidio. Y las dos últimas ediciones daba la sensación de que su organización oprimía a los que se manifestaban y protegía a los que iban provocando a unos y otros en los auditorios. Eso ha pasado. Qué retrato del tiempo al que partimos.. Tras decidirse por mayoría que Israel continuará participando en el concurso, TVE ha confirmado que se marcha. Irlanda, Países Bajos y Eslovenia tampoco seguirán. La diferencia es que TVE es del big five, el núcleo duro de países de la UER y los que más dinero aportan. Con esta decisión y en un escenario tal polarizado, Televisión Española pierde su gran acontecimiento anual rompe-audiencias, pero gana en implicación política y social mientras la imagen del festival se tambalea: ha pasado de ser un espectáculo que transmitía esperanza a representar un mundo donde ganan los que odian. Un mundo donde hasta Eurovisión extravía los ideales que lo convirtieron en un refugio sin fronteras, físicas y mentales.
La marcha de RTVE de Eurovisión, tras 64 años participando, supone un antes y un después en el festival. Y en nuestro calendario de tradiciones anuales.
20MINUTOS.ES – Televisión
Eurovisión siempre fue un generador de ilusión. En una sociedad en la que se insistía cómo debíamos vestir, cómo debíamos hablar, cómo debíamos gesticular, incluso cómo debíamos sentir, el festival de la canción permitía, una noche al año, emocionarse descubriendo otros mundos que estaban en este. La combinación de música, creatividad televisiva y diversidad cultural creaba un acontecimiento único donde podías ejercer la imaginación sin que nadie te diera la espalda. Como mucho te juzgarían los de siempre.Pero, esta vez, después de que te hubieran experimentado con sus propios ojos.. La propia Unión Europea de Radiodifusión creó Eurovisión para conocernos y empatizarnos después de la destrucción europea tras la propagación del odio nazi. La idea caló. La diversidad se fue abriendo camino. Poco a poco.Aunque, a menudo, fuera tratada con condescendencia por los que se sienten mejor llamando frikis a los que bailan más que chutan pelotas. Pero, a veces, hay que provocar para ser visto. Así el eurofestival fue convirtiéndose en refugio tangible de los que todavía solo se podían conformar con fantasear. Y en festival se sentían protegidos. Un día al año no estaban solos y se podía ser distinto entre lo uniforme. De Abba a Salvador Sobral. De Massiel a Conchita Wurst. De lo normativo a lo normalizado.. El poder de la tele sacaba brillo al viejo continente. El interés por participar crecía. Estar en Eurovisión era asociar tu nación a la modernidad de la democracia europea. La propia dictadura franquista usó Eurovisión para mostrarse a la vanguardia ante el mundo. La apropiación sirvió para animar la rutina de unos ciudadanos que no siempre son responsables de los que mandan. Por fin, destacábamos en algo. Con aquellas canciones de Augusto Algueró o Juan Carlos Calderón que ayudaban a que empezara a no darnos vergüenza mostrar las emociones que, entonces, nos obligaban a dejarnos dentro. Himnos que incluso nos permitían reivindicar la alegría como forma de resistencia.. Y Eurovisión fue creciendo. Y Eurovisión fue retratando los nuevos tiempos. Con toda su prosperidad. Tanto que iba por delante: en técnica, probando la nueva tecnología. En arte, con artistas jugando a plasmar lo que no siempre se entiende a la primera. Porque te saca de tu molde. Cómo no iba a convertirse el festival en una celebración del colectivo LGTBIQ+. Por una vez, nos veíamos en el centro de un programa de máxima audiencia que nos unía a todos, fuéramos como fuéramos. La emisión no deportiva más vista del año.. Pero, en los últimos años, el espacio seguro de luces de colores se fue llenando de los matones de la clase de los que huíamos. Siempre estuvieron presentes, y hasta omnipresentes, los que piden una ejemplaridad especial para aceptar a los que ellos ven como los raros. Ejemplaridad que no pedirán a las Olimpiadas, mucho menos al mundial de fútbol, pero Eurovisión nació para festejar los derechos humanos y jamás mirar para otro lado ante un genocidio. Y las dos últimas ediciones daba la sensación de que su organización oprimía a los que se manifestaban y protegía a los que iban provocando a unos y otros enlos auditorios. Eso ha pasado. Qué retrato del tiempo al que partimos.. Tras decidirse por mayoría que Israel continuará participando en el concurso, TVE ha confirmado que se marcha. Irlanda, Países Bajos y Eslovenia tampoco seguirán. La diferencia es que TVE es del big five, el núcleo duro de países de la UER y los que más dinero aportan. Con esta decisión y en un escenario tal polarizado, Televisión Española pierde su gran acontecimiento anual rompe-audiencias, pero gana en implicación política y social mientras la imagen del festival se tambalea: ha pasado de ser un espectáculo que transmitía esperanza a representar un mundo donde ganan los que odian. Un mundo donde hasta Eurovisión extravía los ideales que le convirtieron en un refugio sin fronteras, físicas y mentales.
