El legado de Gaudí nos constata que atesoraba una poderosa imaginación. Aunque ni con esa capacidad de llegar donde otros eran incapaces de mirar pudo plantearse que la colocación del brazo superior de la Cruz en lo más alto de la Sagrada Familia podría verse en directo en todo el mundo. Y con una precisión hipnótica.. Varias señales en vivo han mostrado una atrayente cuenta atrás de la culminación de la que ya es iglesia más alta. Como si fuera un capítulo especial de ‘Megacontrucciones’, pero con el aliciente del nervio de asistir al hito en tiempo en real. Lo que se traduce en el morbo del “ay”, que siempre engancha más frente a la pantalla: “ay, saldrá todo bien”, “ay, la grúa encajará el brazo con el soporte a la primera”, “ay, se caerá algo», ay, qué vértigo, los obreros ahí arriba están como si nada”.. Una emisión que es documentación para la historia de Barcelona y, también, un atractivo acercamiento a la arquitectura. La manera en la que se observa cómo se conectan las piezas prefabricadas a 172,5 metro de altura. Incluso remite a montar un Lego, pero de tamaño gigante. Ahí nacerá un nuevo mirador para una ciudad -turístico, sí- que ya toca el cielo como quiso Gaudí. Sin rebasar en altura a la montaña de Montjuïc. Ninguna obra humana podía adelantar a la naturaleza, decía.. Solo ha faltado a la retransmisión hacer unos agujeritos en las lonas de los andamios gigantes que rodean la torre central para poder observar con más detalle el momento del encaje de la parte superior de la Cruz con su base. Unas aberturas como las que hacen los abuelos con sus propias manos en las obras a ras de suelo. Saben que el tiempo no puede esperar y así, por esas mirillas improvisadas, no se pierden detalle de la evolución de cualquier zanja. Hasta las obras más pequeñas cambian los lugares que damos vida.. Y la Sagrada Familia ya tiene su cruz tridimensional sobre la imponente torre de Jesucristo. Ahora falta la fachada de la Gloria, con sus cuatro campanarios y la escalinata hacia la que será la entrada principal. Es el último escollo: hay que demoler los edificios de enfrente para abrir hueco. Derribo que a buen seguro también veremos en riguroso directo. O, en su defecto, habrá decenas de móviles grabándolo. Todo lo inmortalizamos en la sociedad hiperconectada donde hacemos todo el rato fotos que jamás volveremos a ver. Como perogrullosa consecuencia, las imágenes de hoy tienen menos valor que las fotos que continúan sorprendiéndonos de cuando Gaudí terminó la primera fachada del ambicioso templo, la fachada del Nacimiento. Podía haber avanzado la construcción por todo el perímetro, pero decidió centrar esfuerzos en un costado al completo para conquistar los ojos de los barceloneses. No era otra iglesia, era su iglesia. En la fachada del Nacimiento dejó el modelo a seguir a sus sucesores. Es más, contagió en la capital las ganas de persistir en la construcción de un símbolo. Gaudí, arquitecto y maestro del marketing. Y sin necesidad de redes sociales. Solo con la inteligencia creativa que aprende de la belleza y rigor de la naturaleza. Hasta permitirse ser único… e inmortal. Al menos, en la memoria colectiva.
La coronación de la Sagrada Familia retransmitida al minuto.
20MINUTOS.ES – Televisión
El legado de Gaudí nos constata que atesoraba una poderosa imaginación. Aunque ni con esa capacidad de llegar donde otros eran incapaces de mirar pudo plantearse que la colocación del brazo superior de la Cruz en lo alto de la Sagrada Familia podría verse en directo en todo el mundo. Y con una precisión hipnótica.. Varias señales en vivo han mostrado una atrayente cuenta atrás de la culminación de la que ya es iglesia más alta. Como si fuera un capítulo especial de ‘Megacontrucciones’, pero con el aliciente del nervio de asistir al hito en tiempo en real. Lo que se traduce en el morbo del “ay”, que siempre engancha más frente a la pantalla: “ay, saldrá todo bien”, “ay, la grúa encajará el brazo con el soporte a la primera”, “ay, se caerá algo», ay, qué vértigo, los obreros ahí arriba están como si nada”.. Una emisión que es documentación para la historia de Barcelona y, también, un atractivo acercamiento a la arquitectura. La manera en la que se observa cómo se conectan las piezas prefabricadas incluso remite a montar un Lego, pero de tamaño gigante. Ahí nacerá un nuevo mirador para una ciudad -turístico, sí- que ya toca el cielo como quiso Gaudí. Sin rebasar en altura a la montaña de Montjuïc. Ninguna obra humana podía adelantar a la naturaleza, decía.. Solo ha faltado a la retransmisión hacer unos agujeritos en las lonas de los andamios gigantes que rodean la torre central para poder observar con más detalle el momento del encaje de la parte superior de la Cruz con su base. Unas aberturas como las que hacen los abuelos con sus propias manos en las obras a ras de suelo. Saben que el tiempo no puede esperar y así, por esas mirillas improvisadas, no se pierden detalle de la evolución de cualquier zanja. Hasta las obras más pequeñas cambian los lugares que damos vida.. Y la Sagrada Familia ya tiene su cruz. Ahora falta la fachada de la Gloria, con sus cuatro campanarios y la escalinata hacia la que será la entrada principal. Es el último escollo: hay que demoler los edificios de enfrente para abrir hueco. Derribo que a buen seguro también veremos en riguroso directo. O, en su defecto, habrá decenas de móviles grabándolo. Todo lo inmortalizamos en la sociedad hiperconectada donde hacemos todo el rato fotos que jamás volveremos a ver. Como perogrullosa consecuencia, las imágenes de hoy tienen menos valor que las fotos que continúan sorprendiéndonos de cuando Gaudí terminó la primera fachada del ambicioso templo, la fachada del Nacimiento. Podía haber avanzado la construcción por todo el perímetro, pero decidió centrar esfuerzos en un costado al completo para conquistar los ojos de los barceloneses. No era otra iglesia, era su iglesia. En la fachada del Nacimiento dejó el modelo a seguir a sus sucesores. Es más, contagió en la capital las ganas de persistir en la construcción de un símbolo. Gaudí, arquitecto y maestro del marketing. Y sin necesidad de redes sociales. Solo con la inteligencia creativa que aprende de la belleza y rigor de la naturaleza. Hasta permitirse ser único… e inmortal. Al menos, en la memoria colectiva.
