La Unión Europea ha pasado de la «contención» a la movilización ante una realidad que ya no puede ignorar: las pretensiones del presidente estadounidense, Donald Trump, sobre Groenlandia han dejado de ser una excentricidad para convertirse en una amenaza real. Europa camina sobre la cuerda floja, entre resistir el expansionismo de Trump en el Ártico y evitar poner en peligro la alianza con Washington, esencial para la supervivencia de Ucrania.. Este dilema crítico marca la agenda europea. Aunque la UE lidera la ayuda financiera a Kiev, los gobiernos europeos son conscientes de que carecen de la autonomía militar necesaria para sostener el frente o negociar una paz futura beneficiosa para Ucrania sin el peso político de Washington. Esta dependencia fuerza a los líderes a un equilibrio difícil entre la defensa de la integridad danesa y el temor a desatar la hostilidad de Trump.. El precedente más inmediato de esta tensión es Venezuela, donde la Administración estadounidense demostró que está dispuesta a utilizar la fuerza. La respuesta europea ante la intervención estuvo marcada por un calculado silencio diplomático. Mientras la mayoría de los socios comunitarios optaron por la cautela -limitándose a pedir «contención» para una transición democrática liderada por María Corina Machado-, España rompió la unidad de acción. El Gobierno de Pedro Sánchez fue el único en denunciar una «apropiación externa» y una violación del derecho internacional. Esta postura contrastó con la línea de la Comisión Europea, que evitó la condena legal para priorizar la oportunidad política surgida tras la caída de Maduro.. Sin embargo, la tibieza no es una opción cuando el objetivo es Groenlandia. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ya advirtió que «si Estados Unidos ataca a otro país de la OTAN, todo se acabará, incluida la OTAN y, en consecuencia, la seguridad que se ha proporcionado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial». La tensión entre Copenhague y Washington ha entrado en una fase crítica tras confirmar el secretario de Estado, Marco Rubio, una reunión la próxima semana en el Capitolio con el ministro de Exteriores danés, Lars Lokke Rasmussen, y la consejera groenlandesa del ramo, Vivian Motzfeldt.. Aunque Dinamarca ha intentado presentar la cita como un avance en la vía del diálogo, el trasfondo es una oferta de adquisición formal. El mensaje de Washington es difuso: mientras Rubio intenta mantener las formas, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, insiste en que «todas las opciones están sobre la mesa», una alusión directa al uso de la fuerza militar. Esta estrategia de presión busca condicionar el tablero y alterar el equilibrio de la conversación antes de que los diplomáticos se sienten a la mesa.. Para Trump, la anexión no es un capricho territorial, sino una necesidad estratégica. La isla es una pieza clave para vigilar los movimientos de Rusia y frenar las inversiones de China en el Ártico, además de ser un punto vital para detectar misiles. Pero el interés también es comercial: el territorio alberga reservas de petróleo y tierras raras. Impulsado por el precedente de Venezuela, Trump busca ahora el control directo sobre los recursos del Ártico, acusando a Dinamarca de no proteger adecuadamente la isla.. Ante este escenario, el eje formado por Francia, Alemania y Polonia -el llamado Triángulo de Weimar- ha cerrado filas con Copenhague. El ministro de Exteriores francés, Jean-Noël Barrot, calificó las amenazas de «sinsentido» y exigió un respeto mutuo entre aliados que parece haberse desvanecido. Para estas potencias, lo que está en juego no es solo un mapa, sino la credibilidad de la UE para proteger a sus propios miembros frente a las ambiciones de su socio más poderoso. «Sea cual sea la forma y el origen de la intimidación, hemos comenzado a trabajar en el ministerio de Exteriores para prepararnos para tomar represalias», aseguró Barrot.. La crítica más dura llegó este jueves durante la Conferencia de Embajadores en el Elíseo. El presidente francés, Emmanuel Macron, denunció que Estados Unidos «está dando la espalda progresivamente a sus aliados y rompiendo con el orden internacional que él mismo impulsó». Macron advirtió sobre un «nuevo imperialismo» donde las grandes potencias ceden a la tentación de repartirse el mundo, alertando contra la «vasallización» de Europa.. En la misma línea, Pedro Sánchez aprovechó la apertura de la Conferencia de Embajadores, celebrada en la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, para advertir que el compromiso atlantista de España no debe traducirse en un «vasallaje» hacia Estados Unidos. Sánchez calificó de «grave» que amenazas territoriales que se creían superadas hayan resurgido en el Ártico y reclamó a la Unión una mayor firmeza y una relación «de igual a igual» con Washington.
La Unión Europea ha pasado de la «contención» a la movilización ante una realidad que ya no puede ignorar: las pretensiones del presidente estadounidense, Donald Trump, sobre Groenlandia han dejado de ser una excentricidad para convertirse en una amenaza real. Europa camina sobre la cuerda floja, entre resistir el expansionismo de Trump en el Ártico y evitar poner en peligro la alianza con Washington, esencial para la supervivencia de Ucrania.. Este dilema crítico marca la agenda europea. Aunque la UE lidera la ayuda financiera a Kiev, los gobiernos europeos son conscientes de que carecen de la autonomía militar necesaria para sostener el frente o negociar una paz futura beneficiosa para Ucrania sin el peso político de Washington. Esta dependencia fuerza a los líderes a un equilibrio difícil entre la defensa de la integridad danesa y el temor a desatar la hostilidad de Trump.. El precedente más inmediato de esta tensión es Venezuela, donde la Administración estadounidense demostró que está dispuesta a utilizar la fuerza. La respuesta europea ante la intervención estuvo marcada por un calculado silencio diplomático. Mientras la mayoría de los socios comunitarios optaron por la cautela -limitándose a pedir «contención» para una transición democrática liderada por María Corina Machado-, España rompió la unidad de acción. El Gobierno de Pedro Sánchez fue el único en denunciar una «apropiación externa» y una violación del derecho internacional. Esta postura contrastó con la línea de la Comisión Europea, que evitó la condena legal para priorizar la oportunidad política surgida tras la caída de Maduro.. Sin embargo, la tibieza no es una opción cuando el objetivo es Groenlandia. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ya advirtió que «si Estados Unidos ataca a otro país de la OTAN, todo se acabará, incluida la OTAN y, en consecuencia, la seguridad que se ha proporcionado desde el fin de la Segunda Guerra Mundial». La tensión entre Copenhague y Washington ha entrado en una fase crítica tras confirmar el secretario de Estado, Marco Rubio, una reunión la próxima semana en el Capitolio con el ministro de Exteriores danés, Lars Lokke Rasmussen, y la consejera groenlandesa del ramo, Vivian Motzfeldt.. Aunque Dinamarca ha intentado presentar la cita como un avance en la vía del diálogo, el trasfondo es una oferta de adquisición formal. El mensaje de Washington es difuso: mientras Rubio intenta mantener las formas, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, insiste en que «todas las opciones están sobre la mesa», una alusión directa al uso de la fuerza militar. Esta estrategia de presión busca condicionar el tablero y alterar el equilibrio de la conversación antes de que los diplomáticos se sienten a la mesa.. Una necesidad estratégica. Para Trump, la anexión no es un capricho territorial, sino una necesidad estratégica. La isla es una pieza clave para vigilar los movimientos de Rusia y frenar las inversiones de China en el Ártico, además de ser un punto vital para detectar misiles. Pero el interés también es comercial: el territorio alberga reservas de petróleo y tierras raras. Impulsado por el precedente de Venezuela, Trump busca ahora el control directo sobre los recursos del Ártico, acusando a Dinamarca de no proteger adecuadamente la isla.. Ante este escenario, el eje formado por Francia, Alemania y Polonia -el llamado Triángulo de Weimar- ha cerrado filas con Copenhague. El ministro de Exteriores francés, Jean-Noël Barrot, calificó las amenazas de «sinsentido» y exigió un respeto mutuo entre aliados que parece haberse desvanecido. Para estas potencias, lo que está en juego no es solo un mapa, sino la credibilidad de la UE para proteger a sus propios miembros frente a las ambiciones de su socio más poderoso. «Sea cual sea la forma y el origen de la intimidación, hemos comenzado a trabajar en el ministerio de Exteriores para prepararnos para tomar represalias», aseguró Barrot.. La crítica más dura llegó este jueves durante la Conferencia de Embajadores en el Elíseo. El presidente francés, Emmanuel Macron, denunció que Estados Unidos «está dando la espalda progresivamente a sus aliados y rompiendo con el orden internacional que él mismo impulsó». Macron advirtió sobre un «nuevo imperialismo» donde las grandes potencias ceden a la tentación de repartirse el mundo, alertando contra la «vasallización» de Europa.. En la misma línea, Pedro Sánchez aprovechó la apertura de la Conferencia de Embajadores, celebrada en la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, para advertir que el compromiso atlantista de España no debe traducirse en un «vasallaje» hacia Estados Unidos. Sánchez calificó de «grave» que amenazas territoriales que se creían superadas hayan resurgido en el Ártico y reclamó a la Unión una mayor firmeza y una relación «de igual a igual» con Washington.
El expansionismo estadounidense pone en jaque las capacidades y credibilidad de los socios europeos
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