El Precio Justo ha vuelto a Telecinco con un injerto capital como regalo de su escaparate final. Novedoso y decadente, a la vez. ¿Se imaginan que el programa agasajara con una operación de estética -por ejemplo, de incremento de pecho- a una mujer? Nos saltarían las alarmas de la sociedad que te empuja a sentir que una característica estética te hace peor que otros. Pero aquí esta estigmatización no ha pasado el filtro de «es lo normal». Quizá hasta a alguno le ha parecido gracioso. Es lo anacrónico de este programa que ya regresó en 2021 y que malogra el recuerdo de los años gloriosos en TVE. Allí Joaquín Prat ponía al espectador a adivinar precios mientras soñaba con premios que nos acercaban a la modernidad.. Ahora el concurso transmite aires a teletienda de rebajas. Que si pronosticar el precio de una panificadora, que si adivinar lo que cuesta un masajeador de pies, que si por cuánto se vende un cayak que, de repente, se cae del decorado. Por suerte, está la rapidez de reflejos de Carlos Sobera que se ríe del percal: “ha tomado vida propia”, dice en el momento en el que el cayak parece desmoronarse. Y el programa no lo corta en edición, porque el sarcasmo mejora el propio guion. Sobera también bromea con el injerto capital, claro. El comunicador salva con su cercanía un concurso que no anima a ponerse a jugar porque se ve demasiado lowcost. Un espacio publicitario para Telecinco y anunciantes más que un derroche de premios de lujo real. Encima compite en la misma franja con la asentada La ruleta de la suerte con la que comparte ingredientes. Los dos formatos van pegados al azar. Los dos son sencillos de jugar desde casa. Los dos cuentan con premios humildes. Los dos tienen gradas con público de espontaneidad hipervitaminada. Los dos atesoran un plató colorista.. Sin embargo, El Precio Justo es más complejo en dinámica y le falta la travesura de la ensoñación de cuando triunfó en sus primeros años en España. Entonces, su escenografía remitió a lujo aspiracional (bien de dorado que se asocia al poder del dinero y bien de luces del vanguardista cabaret de aquella época) y los escaparates encontraban el equilibrio entre premios carísimos, última tecnología, viajes paradisiacos y algún giro de guion socarrón que hacía más difícil calcular la cantidad económica final.. El fuerte de El Precio Justo actual está en que no han sustituido por recreaciones digitales en pantallas de led las distintas pruebas. Estos juegos continúan siendo paneles de cartón-piedra listos para que los concursantes los toquen si hace falta. Lo que hace más singular al show.. Pero el programa se ve tan de otra época… En estética, en entonación, incluso en los concursantes que acuden. Muy extrovertidos. Muy acompañados de familiares que viven su participación con una emoción a rebosar. Pero, en cambio, no se conecta con ellos. Como favorece La ruleta de la suerte, donde siempre te puedes quedar en su emisión por la telegenia de uno u otro participante. Aunque no dé ni una en el panel.. A veces, en tele, se confunde la naturalidad identificable con la exageración de la extroversión. No es lo mismo. El precio justo peca de la impostación a la hora de celebrar premios que la sociedad ya no asocia a inaccesibles. Ni siquiera el injerto capilar lo es. La gente prefiere la emoción de un buen bote económico a un lote de cacharros que terminarás vendiendo en Wallapop, que es lo que pinta que harán la mayoría de los concursantes con los electrodomésticos que se llevan a casa.
Los pros y los contras del regreso del mítico programa a Telecinco. Esta vez, en el mediodía de lunes a viernes.
20MINUTOS.ES – Televisión
El Precio Justo ha vuelto a Telecinco con un injerto capital como regalo de su escaparate final. Novedoso y decadente, a la vez. ¿Se imaginan que el programa agasajara con una operación de estética -por ejemplo, de incremento de pecho- a una mujer? Nos saltarían las alarmas de la sociedad que te empuja a sentir que una característica estética te hace peor que otros. Pero aquí esta estigmatización no ha pasado el filtro de «es lo normal». Quizá hasta a alguno le ha parecido gracioso. Es lo anacrónico de este programa que ya regresó en 2021 y que malogra el recuerdo de los años gloriosos en TVE. Allí Joaquín Prat ponía al espectador a adivinar precios mientras soñaba con premios que nos acercaban a la modernidad.. Ahora el concurso transmite aires a teletienda de rebajas. Que si pronosticar el precio de una panificadora, que si adivinar lo que cuesta un masajeador de pies, que si por cuánto se vende un cayak que, de repente, se cae del decorado. Por suerte, está la rapidez de reflejos de Carlos Sobera que se ríe del percal: “ha tomado vida propia”, dice en el momento en el que el cayak parece desmoronarse. Y el programa no lo corta en edición, porque el sarcasmo mejora el propio guion. Sobera también bromea con el injerto capital, claro. El comunicador salva con su cercanía un concurso que no anima a ponerse a jugar porque se ve demasiado lowcost. Un espacio publicitario para Telecinco y anunciantes más que un derroche de premios de lujo real. Encima compite en la misma franja con la asentada La ruleta de la suerte con la que comparte ingredientes. Los dos formatos van pegados al azar. Los dos son sencillos de jugar desde casa. Los dos cuentan con premios humildes. Los dos tienen gradas con público de espontaneidad hipervitaminada. Los dos atesoran un plató colorista.. Sin embargo, El Precio Justo es más complejo en dinámica y le falta la travesura de la ensoñación de cuando triunfó en sus primeros años en España. Entonces, su escenografía remitió a lujo aspiracional (bien de dorado que se asocia al poder del dinero y bien de luces del vanguardista cabaret de aquella época) y los escaparates encontraban el equilibrio entre premios carísimos, última tecnología, viajes paradisiacos y algún giro de guion socarrón que hacía más difícil calcular la cantidad económica final.. El fuerte de El Precio Justo actual está en que no han sustituido por recreaciones digitales en pantallas de led las distintas pruebas. Estos juegos continúan siendo paneles de cartón-piedra listos para que los concursantes los toquen si hace falta. Lo que hace más singular al show.. Pero el programa se ve tan de otra época… En estética, en entonación, incluso en los concursantes que acuden. Muy extrovertidos. Muy acompañados de familiares que viven su participación con una emoción a rebosar. Pero, en cambio, no se conecta con ellos. Como favorece La ruleta de la suerte, donde siempre te puedes quedar en su emisión por la telegenia de uno u otro participante. Aunque no dé ni una en el panel.. A veces, en tele, se confunde la naturalidad identificable con la exageración de la extroversión. No es lo mismo. El precio justo peca de la impostación a la hora de celebrar premios que la sociedad ya no asocia a inaccesibles. Ni siquiera el injerto capilar lo es. La gente prefiere la emoción de un buen bote económico a un lote de cacharros que terminarás vendiendo en Wallapop, que es lo que pinta que harán la mayoría de los concursantes con los electrodomésticos que se llevan a casa.
