La imagen irrumpe, el audio requiere su tiempo. Su dedicación, su paciencia, su concentración construye fidelidad en la época del picoteo. ¿Se han fijado? Nuestros ojos están en muchos sitios y, a la vez, en ninguno en esta era de las sociales en las que recibimos constantemente impactos audiovisuales inmediatos, que cuando vamos a procesarlos son tapados por el siguiente reel.. La velocidad de consumo de la viralidad nos aturde y nos arrasa la calma que permite pensar mejor. Incluso nos va inmunizando sobre catástrofes naturales, demoliciones y accidentes. Los malos usos de la Inteligencia Artificial recrean con un hiperrealismo perturbador la tragedia que prende el morbo humano y que se utiliza en Instagram y TikTok como reclamo. Aunque, rápido, busquemos por los comentarios del vídeo a alguien que nos corrobore que solo es IA. Que es mentira. Que no pasó nada.. Ese incrédulo “solo es IA” es una oportunidad para la comunicación clásica. De hecho, entre tanto ruido de usar y tirar, cobra un profundo valor la voz. El usuario agradece el retorno a la conversación desde la que se teje la complicidad. Volveremos a los cronistas con mirada propia y credibilidad única porque nos hablan con minutos para hablar. Y nosotros los escuchamos con minutos para escuchar.. Ahí se cimienta un vínculo todopoderoso. La cordialidad de la radio de siempre y el podcast de ahora nos devuelve a una focalización mental que es antídoto contra tanto chute de estruendos que devoramos y olvidamos. Contra tanto discurso abreviado que nos sacude durante 40 segundos desde la irritación más que desde la credibilidad. En esta vorágine, nos vamos percatando, poco a poco, de lo difícil que es encontrar buena información y qué fácil es perderse en una batalla de anzuelos a la caza de vender, irritar o convencer.. Pero la experiencia de escuchar requiere más que un pegadizo estribillo. Por eso olvidamos tanto qué vemos y quién nos lo cuenta. Y, en cambio, recordamos los programas de audio porque marcan ya que acompañan en nuestra rutina desde las ideas más que desde el impacto inmediato. Las lealtades de la memoria crecen en la honestidad de la compañía. Ahí el sonido sigue entrando hasta lo más hondo de los oídos. Con la imperfección de los tirabuzones del habla. Con sus dudas, con sus titubeos, con sus silencios para pensar antes de decir. Matices humanos que no sabe todavía reproducir la IA en su intento de ser tan perversamente perfecta. Al final, la vida es encontrar interlocutores auténticos que sabes que te puedes fiar de su criterio. En los medios de comunicación, son los que están en la realidad contrastada por encima de los algoritmos excitados. Los que no son solo un ‘reel’ para engatusar. Los que son cómplices. Y tú también lo terminas siendo.
La autoría como herramienta para paliar los efectos adversos de la IA
20MINUTOS.ES – Televisión
La imagen irrumpe, el audio requiere su tiempo. Su dedicación, su paciencia, su concentración construye fidelidad en la época del picoteo. ¿Se han fijado? Nuestros ojos están en muchos sitios y, a la vez, en ninguno en esta era de las sociales en las que recibimos constantemente impactos audiovisuales inmediatos, que cuando vamos a procesarlos son tapados por el siguiente reel.. La velocidad de consumo de la viralidad nos aturde y nos arrasa la calma que permite pensar mejor. Incluso nos va inmunizando sobre catástrofes naturales, demoliciones y accidentes. Los malos usos de la Inteligencia Artificial recrean con un hiperrealismo perturbador la tragedia que prende el morbo humano y que se utiliza en Instagram y TikTok como reclamo. Aunque, rápido, busquemos por los comentarios del vídeo a alguien que nos corrobore que solo es IA. Que es mentira. Que no pasó nada.. Ese incrédulo “solo es IA” es una oportunidad para la comunicación clásica. De hecho, entre tanto ruido de usar y tirar, cobra un profundo valor la voz. El usuario agradece el retorno a la conversación desde la que se teje la complicidad. Volveremos a los cronistas con mirada propia y credibilidad única porque nos hablan con minutos para hablar. Y nosotros los escuchamos con minutos para escuchar.. Ahí se cimienta un vínculo todopoderoso. La cordialidad de la radio de siempre y el podcast de ahora nos devuelve a una focalización mental que es antídoto contra tanto chute de estruendos que devoramos y olvidamos. Contra tanto discurso abreviado que nos sacude durante 40 segundos desde la irritación más que desde la credibilidad. En esta vorágine, nos vamos percatando, poco a poco, de lo difícil que es encontrar buena información y qué fácil es perderse en una batalla de anzuelos a la caza de vender, irritar o convencer.. Pero la experiencia de escuchar requiere más que un pegadizo estribillo. Por eso olvidamos tanto qué vemos y quién nos lo cuenta. Y, en cambio, recordamos los programas de audio porque marcan ya que acompañan en nuestra rutina desde las ideas más que desde el impacto inmediato. Las lealtades de la memoria crecen en la honestidad de la compañía. Ahí el sonido sigue entrando hasta lo más hondo de los oídos. Con la imperfección de los tirabuzones del habla. Con sus dudas, con sus titubeos, con sus silencios para pensar antes de decir. Matices humanos que no sabe todavía reproducir la IA en su intento de ser tan perversamente perfecta. Al final, la vida es encontrar interlocutores auténticos que sabes que te puedes fiar de su criterio. En los medios de comunicación, son los que están en la realidad contrastada por encima de los algoritmos excitados. Los que no son solo un ‘reel’ para engatusar. Los que son cómplices. Y tú también lo terminas siendo.
