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  Sociedad  El Papa que eligió hablar en español
Sociedad

El Papa que eligió hablar en español

6 de junio de 2026
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León XIV llega a España cuando acaba de cumplirse el primer aniversario de su elección y mientras el mundo católico intenta descifrar el verdadero alcance de su primera encíclica, dedicada al gran conflicto antropológico de nuestra época, es decir, la inteligencia artificial y la progresiva transformación tecnológica de la experiencia humana. Y puede que no sea del todo casual el hecho de que, en medio de semejante discusión global, el Papa haya elegido habitar el español.. Todavía permanece viva la memoria de aquella primera aparición en el balcón central de la basílica de San Pedro, cuando, para sorpresa de un mundo acostumbrado a identificar la hegemonía lingüística de la Iglesia, León XIV decidió dirigirse a los fieles también en español y no en inglés.. Y basta observar con cierta atención los primeros compases de su pontificado para advertir que el italiano, el español y el inglés no comparecen en su palabra pública como instrumentos neutros de comunicación universal, sino como registros distintos del ministerio petrino. Cada lengua activa una modulación concreta de su autoridad, una temperatura diferente de su presencia eclesial en el mundo.. El italiano continúa siendo, ante todo, la lengua de la forma romana. Es el idioma de la institución, de la liturgia pública, de la continuidad jurídica y del gobierno cotidiano de la Iglesia. En los ‘motu proprio’, en las disposiciones normativas, en los actos de administración ordinaria, León XIV emplea un italiano deliberadamente sobrio, casi refractario a toda tentación retórica. Es una lengua funcional, medida, consciente de que Roma no necesita exhibirse para ejercer autoridad. En ella resuena todavía la vieja convicción católica de que el poder más sólido es aquel que no precisa elevar la voz.. El español ocupa, sin embargo, un territorio completamente distinto. Es la lengua de la biografía pastoral, de la memoria misionera y del contacto directo con el pueblo fiel. Cuando León XIV pasa al español, el tono se modifica perceptiblemente, la palabra se vuelve más cercana, más cálida, menos institucionalizada. No parece hablar entonces el Pontífice desde la cátedra romana, sino el pastor marcado por las periferias humanas y espirituales de América Latina.. No fue casual que, en su primer saludo desde el balcón central de la basílica de San Pedro, quisiera dirigirse en español a la comunidad de Chiclayo, en Perú. Aquel gesto contenía ya una declaración silenciosa de pontificado. Porque en León XIV, que es estadounidense de nacimiento pero que también tiene la nacionalidad peruana, el español no funciona como una mera concesión protocolaria a un continente demográficamente decisivo para el catolicismo; funciona, más bien, como una lengua afectiva y casi testimonial, la lengua de una experiencia eclesial que él considera constitutiva de sí mismo.. El inglés desempeña una tercera función, todavía distinta. Paradójicamente, siendo su lengua materna, es quizá la lengua menos íntima de su pontificado. León XIV la utiliza sobre todo como idioma de interlocución global, el inglés de los organismos internacionales, de la diplomacia multilateral, de los grandes debates contemporáneos sobre la guerra, la economía, las migraciones o la inteligencia artificial. Es una lengua de interfaz con el mundo sistémico contemporáneo.. Así, mientras el italiano construye autoridad institucional y el español refleja proximidad pastoral, el inglés sirve para edificar universalidad estratégica. No se trata de un detalle menor. Porque en una época marcada por la fragmentación cultural y por la crisis de los grandes relatos comunes, León XIV parece haber comprendido que también las lenguas son una cartografía del poder y de la misión. El español sigue siendo una lengua atravesada por siglos de mezcla, evangelización y supervivencia histórica. Una lengua donde todavía conviven la solemnidad y la calle, la mística y la conversación popular.. Y tal vez León XIV intuya que el gran problema de nuestro tiempo no es solamente tecnológico, sino espiritual, la destrucción progresiva de los vínculos humanos en sociedades cada vez más organizadas por dispositivos técnicos y cada vez menos sostenidas por experiencias comunes.. En ese contexto debe leerse también su encíclica. No como una condena apocalíptica de la tecnología, pero tampoco como una celebración ingenua del progreso. Más bien como un intento de reconstruir una antropología cristiana en medio de una civilización que empieza a delegar incluso la percepción de la realidad en sistemas algorítmicos.. Por eso, el viaje a España posee una dimensión que trasciende ampliamente la protocolaria. Porque España sigue siendo, pese a su transformación cultural y religiosa, uno de los pocos lugares donde Europa conserva todavía restos visibles de una memoria católica profunda, capaz de dialogar con el catolicismo global.. Juan Pablo II expresó la universalidad de la Iglesia mediante la épica del viajero. Benedicto XVI leyó la crisis europea desde la inteligencia teológica. Francisco hizo de la misericordia y de las periferias una gramática pastoral. León XIV parece buscar otra cosa, todavía difícil de definir, una forma de universalidad capaz de atravesar fronteras culturales sin disolverlas.. Y quizá por eso eligió hablar en español desde el primer día.. * Silvina Pérez es editora jefe de la edición en español de L’Osservatore Romano

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Su manera de hablar revela también una forma de entender el pontificado

  

León XIV llega a España cuando acaba de cumplirse el primer aniversario de su elección y mientras el mundo católico intenta descifrar el verdadero alcance de su primera encíclica, dedicada al gran conflicto antropológico de nuestra época, es decir, la inteligencia artificial y la progresiva transformación tecnológica de la experiencia humana. Y puede que no sea del todo casual el hecho de que, en medio de semejante discusión global, el Papa haya elegido habitar el español.. Todavía permanece viva la memoria de aquella primera aparición en el balcón central de la basílica de San Pedro, cuando, para sorpresa de un mundo acostumbrado a identificar la hegemonía lingüística de la Iglesia, León XIV decidió dirigirse a los fieles también en español y no en inglés.. Y basta observar con cierta atención los primeros compases de su pontificado para advertir que el italiano, el español y el inglés no comparecen en su palabra pública como instrumentos neutros de comunicación universal, sino como registros distintos del ministerio petrino. Cada lengua activa una modulación concreta de su autoridad, una temperatura diferente de su presencia eclesial en el mundo.. El italiano continúa siendo, ante todo, la lengua de la forma romana. Es el idioma de la institución, de la liturgia pública, de la continuidad jurídica y del gobierno cotidiano de la Iglesia. En los ‘motu proprio’, en las disposiciones normativas, en los actos de administración ordinaria, León XIV emplea un italiano deliberadamente sobrio, casi refractario a toda tentación retórica. Es una lengua funcional, medida, consciente de que Roma no necesita exhibirse para ejercer autoridad. En ella resuena todavía la vieja convicción católica de que el poder más sólido es aquel que no precisa elevar la voz.. El español ocupa, sin embargo, un territorio completamente distinto. Es la lengua de la biografía pastoral, de la memoria misionera y del contacto directo con el pueblo fiel. Cuando León XIV pasa al español, el tono se modifica perceptiblemente, la palabra se vuelve más cercana, más cálida, menos institucionalizada. No parece hablar entonces el Pontífice desde la cátedra romana, sino el pastor marcado por las periferias humanas y espirituales de América Latina.. No fue casual que, en su primer saludo desde el balcón central de la basílica de San Pedro, quisiera dirigirse en español a la comunidad de Chiclayo, en Perú. Aquel gesto contenía ya una declaración silenciosa de pontificado. Porque en León XIV, que es estadounidense de nacimiento pero que también tiene la nacionalidad peruana, el español no funciona como una mera concesión protocolaria a un continente demográficamente decisivo para el catolicismo; funciona, más bien, como una lengua afectiva y casi testimonial, la lengua de una experiencia eclesial que él considera constitutiva de sí mismo.. El inglés desempeña una tercera función, todavía distinta. Paradójicamente, siendo su lengua materna, es quizá la lengua menos íntima de su pontificado. León XIV la utiliza sobre todo como idioma de interlocución global, el inglés de los organismos internacionales, de la diplomacia multilateral, de los grandes debates contemporáneos sobre la guerra, la economía, las migraciones o la inteligencia artificial. Es una lengua de interfaz con el mundo sistémico contemporáneo.. Así, mientras el italiano construye autoridad institucional y el español refleja proximidad pastoral, el inglés sirve para edificar universalidad estratégica. No se trata de un detalle menor. Porque en una época marcada por la fragmentación cultural y por la crisis de los grandes relatos comunes, León XIV parece haber comprendido que también las lenguas son una cartografía del poder y de la misión. El español sigue siendo una lengua atravesada por siglos de mezcla, evangelización y supervivencia histórica. Una lengua donde todavía conviven la solemnidad y la calle, la mística y la conversación popular.. Y tal vez León XIV intuya que el gran problema de nuestro tiempo no es solamente tecnológico, sino espiritual, la destrucción progresiva de los vínculos humanos en sociedades cada vez más organizadas por dispositivos técnicos y cada vez menos sostenidas por experiencias comunes.. En ese contexto debe leerse también su encíclica. No como una condena apocalíptica de la tecnología, pero tampoco como una celebración ingenua del progreso. Más bien como un intento de reconstruir una antropología cristiana en medio de una civilización que empieza a delegar incluso la percepción de la realidad en sistemas algorítmicos.. Por eso, el viaje a España posee una dimensión que trasciende ampliamente la protocolaria. Porque España sigue siendo, pese a su transformación cultural y religiosa, uno de los pocos lugares donde Europa conserva todavía restos visibles de una memoria católica profunda, capaz de dialogar con el catolicismo global.. Juan Pablo II expresó la universalidad de la Iglesia mediante la épica del viajero. Benedicto XVI leyó la crisis europea desde la inteligencia teológica. Francisco hizo de la misericordia y de las periferias una gramática pastoral. León XIV parece buscar otra cosa, todavía difícil de definir, una forma de universalidad capaz de atravesar fronteras culturales sin disolverlas.. Y quizá por eso eligió hablar en español desde el primer día.. * Silvina Pérez es editora jefe de la edición en español de L’Osservatore Romano

 

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