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  Internacional  El nuevo reparto de África: minerales críticos, seguridad y poder
Internacional

El nuevo reparto de África: minerales críticos, seguridad y poder

10 de marzo de 2026
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Cuando ciertos círculos mencionan un «nuevo reparto de África», la expresión lleva a imaginar otra Conferencia de Berlín (1884-1885). Escenas de diplomáticos muy ancianos y muy blancos trazando líneas en un mapa y decidiendo fronteras de territorios muy alejados de su Europa natal. Sin embargo, el mundo ha cambiado. Las guerras ya no se luchan a caballo, y el reparto de un continente acorralado dejó de ser territorial, evidente y desvergonzado.. Antes depende de controlar las palancas que permiten extraer recursos, mover mercancías, financiar a aliados, sostener regímenes afines, derribarlos. No hace falta cambiar ninguna bandera de ningún mástil; basta con manipular el significado de esa bandera.. La Conferencia de Berlín ni siquiera repartió todo el continente de golpe, pese a las conocidas imágenes de Bismarck, Leopoldo de Bélgica y la Reina Victoria cortando el pastel africano. Lo que sí hizo fue fijar un marco de competencias y legitimidades entre las potencias europeas que participaron en el proceso. Esos límites y esas competencias hoy no se deciden en una única conferencia, en un lugar exclusivo, sino que se deciden en cada contrato, cada sanción, cada acuerdo recién rubricado entre las partes contratantes. África se reparte a diario.. Nuevos actores. En el siglo XIX se buscaba el caucho, el marfil, el oro y el control de rutas comerciales. En el siglo XXI, la lista aumenta e incluye minerales críticos, energía, nodos portuarios, cables y datos; y, cada vez más, la capacidad de acumular cadenas de suministro en un planeta de rivalidades.. Otra novedad incuestionable es la aparición de nuevos actores en el tablero. La absoluta hegemonía europea en África ha dado paso al auge de las naciones asiáticas, donde China ocupa hoy una posición impensable hace tres décadas, gracias a su combinación de minería y construcción de infraestructura. Rusia ofrece alternativas de seguridad para los Estados asediados por la insurgencia islamista y cobra a cambio un precio pactado: oro, acuerdos, permisos, bases….. Cada cliente del Kremlin escoge su moneda de cambio. Emiratos Árabes Unidos combina la compra de enormes extensiones de terreno para obtener créditos de carbono con una probada colaboración con las Fuerzas de Apoyo Rápido en Sudán y una participación indirecta que es responsable de una guerra civil que empezó hace tres años. Incluso Turquía ha convertido su industria de drones en una carta de entrada rápida en países como Marruecos, Mali, Túnez o Libia.. Viejas dinámicas actualizadas. El ejemplo más nítido de estas ambiciones nuevas con sabor a viejo es el cobalto de la República Democrática del Congo, que supone una pieza central en la industria de baterías eléctricas. Las veces que Kinshasa interviene en el flujo de exportaciones (primero con suspensiones y luego con un sistema de cuotas) es evidente que no está dibujando una frontera en un mapa. Está dibujando un precio que debilite el poder de negociación de un sistema industrial que, en muchos aspectos, es más poderoso que el propio país africano.. De hecho, las restricciones congoleñas en años recientes sobre la exportación de sus minerales tensaron el suministro y expusieron una vulnerabilidad estructural. Que China refina la mayor parte del cobalto, sí, pero depende de materia prima importada, sobre todo congoleña. Y esa dependencia, que en años de normalidad parecía una parte corriente del negocio, corre el riesgo de convertirse en un riesgo inadmisible si se considera el actual contexto geopolítico.. Una vez se obtiene la materia prima, falta una nueva pieza que encaje: los corredores. Porque no basta con poseer un yacimiento. Hay que sacarlo de una zona con graves problemas de seguridad, procesarlo en el tiempo adecuado, financiarlo sin fisuras, asegurarlo ante los inversores y embarcarlo con la agilidad que requiere un negocio.. Lobito Corridor. El Lobito Corridor (Angola–Cinturón del Cobre–Atlántico) impulsado en los últimos años por Estados Unidos se ha convertido por estos motivos en un símbolo de este «nuevo» uso del suelo africano sin la necesidad de colonizar a nadie, aunque obteniendo los mismos resultados. El corredor conecta minerales críticos con el Atlántico, lo que reduce la dependencia de rutas alternativas y ofrece cierta independencia a las empresas extractoras frente a los Estados donde se extraen los minerales.. Lo que antes se resolvía con una ocupación efectiva, armas y guerras costosas, hoy se negocia con planes de financiación y contratos a décadas vista. Los ferrocarriles, puertos y aeropuertos no se limitan al servicio del ciudadano, sino que trasmutan en llaves, llaves que abren puertas, y una concesión portuaria o una línea ferroviaria financiada en el momento adecuado deciden quién decide, valga la redundancia, por dónde sale el cobre, el cobalto, el coltán… y quién lo opera.. Todo proceso de reparto, aunque modernizado, conlleva consigo una dosis de violencia. De oscuridad e injusticia en un ejercicio donde el reparto, cuando lo dirige un tercero, implica arrebatar a unos para dar a otros, incluso al mismo que se encarga de repartir.. En la Edad Moderna, esta violencia en favor de la economía tenía su máxima representación en el triángulo comercial que unía Europa, África y América: manufacturas (armas inclusive) bajaban desde Europa hasta la costa africana, de donde salía mano de obra esclava hacia el Nuevo Mundo. El ciclo se cerraba con el azúcar, el tabaco, la plata o el cacao que se trasportaba de vuelta a Europa. Y hoy, en el Sahel y en Sudán, el «triángulo» comercial mantiene demasiadas semejanzas con el patrón original: salen oro y diamantes de países africanos atravesados por la inseguridad; se concentran en hubs financieros y logísticos del Golfo que refinan, mezclan y reexportan; y los africanos reciben de los árabes armas, munición y servicios de seguridad que sostienen regímenes autoritarios o alimentan guerras sin fin.. A los barcos y los puertos se suman los aviones y los aeropuertos (Bamako, Bangui, Birao, Port Sudan, Bosaso); y donde antes operaban compañías privilegiadas con capacidad militar (la Compañía Real Africana o la Compañía Francesa de las Indias Occidentales, entre otras), hoy aparecen empresas de seguridad privadas con el aval de sus naciones de origen, como Blackwater o Wagner. Actores armados semiprivados, con objetivos estratégicos y económicos, capaces de sostener gobiernos y de asegurar recursos. Que Wagner haya sido absorbido o sustituido por Africa Corps no cambia el patrón, sino que lo profesionaliza, en este caso, dentro del aparato ruso.. Similitudes y diferencias. La semejanza principal entre el reparto del continente africano en el siglo XIX y el siglo XXI es aquella que define a África como una oportunidad para maximizar el poder de los agentes involucrados. Continúa el incentivo de extraer materia prima con poco una escasa colaboración local, como no sea para utilizar la mano de obra barata. Continúa la disputa por nodos logísticos (antes puertos, hoy también aeropuertos, corredores y terminales).. Continúa el uso de intermediarios africanos, armados o políticos. Continúan las contradicciones entre los discursos nobles y que dicen buscar la estabilidad y el desarrollo, y la realidad moldeada por contratos abusivos, guerras financiadas en remoto y el desprecio sistemático por el africano.. La diferencia crucial, si se busca alguna más allá de la intromisión de los actores asiáticos, es que hoy hay Estados africanos soberanos y una opinión pública africana escenificada en parlamentos, prensa y sociedad civil, que puede presionar o resistir a las ambiciones que llegan de fuera. Cuando RDC impone cuotas al cobalto, está ejerciendo agencia.. Y Angola y Zambia, cuando se convierten en piezas de un corredor comercial como Lobito. Incluso las juntas del Sahel, por discutible que sea su legitimidad, han tomado decisiones soberanas que pasan por expulsar a antiguos socios, firmar nuevos acuerdos… En 1885, esa capacidad de acción africana sencillamente no estaba sobre la mesa.. La cara B. Es evidente que esta presencia africana tiene una cara B: la complicidad de las élites que actúan como facilitadoras del saqueo, tal y como ya ocurría en el siglo XIX. Investigaciones como los Luanda Leaks sobre Isabel dos Santos, hija del expresidente angoleño, o los procesos por ‘bienes mal adquiridos’ contra Teodorín Obiang en Guinea Ecuatorial, evidencian cómo se desvían auténticas fortunas a paraísos fiscales. Los Papeles de Panamá también revelaron vínculos de familiares de mandatarios en Ghana o Nigeria con firmas offshore, lo que demuestra que el nuevo reparto cuenta con socios internos que cobran un cuantioso peaje a costa del desarrollo de su propio pueblo.. Claro que la asimetría en los poderes sigue siendo abismal. Un país africano puede ser formalmente soberano y, aun así, negociar desde la urgencia de las deudas, la guerra y la crisis económica. Es esa asimetría, esa urgencia acumulada, la que permite prosperar a este nuevo reparto que, teóricamente, no debería haber sido posible a partir del periodo de las independencias. La victoria de las naciones extranjeras es innegable en África porque ya no les hace falta conquistar y perder soldados en guerras de lejos. Basta con convertirse en el financista imprescindible, un comprador recurrente, el operador de un puerto, un proveedor de armas y seguridad, el intermediario preciso.. El nuevo reparto de África no es una repetición literal de Berlín. Es una actualización de la misma pregunta, aunque formulada con otra voz: ¿Quién decide el precio y el destino del oro, del cobalto o del cobre? ¿Quién controla el corredor por el que salen? ¿Quién arma y quién protege? Y, sobre todo, ¿qué fracción de esa riqueza desbocada se queda en África para invertir en desarrollo?

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Cuando ciertos círculos mencionan un «nuevo reparto de África», la expresión lleva a imaginar otra Conferencia de Berlín (1884-1885). Escenas de diplomáticos muy ancianos y muy blancos trazando líneas en un mapa y decidiendo fronteras de territorios muy alejados de su Europa natal. Sin embargo, el mundo ha cambiado. Las guerras ya no se luchan a caballo, y el reparto de un continente acorralado dejó de ser territorial, evidente y desvergonzado.. Antes depende de controlar las palancas que permiten extraer recursos, mover mercancías, financiar a aliados, sostener regímenes afines, derribarlos. No hace falta cambiar ninguna bandera de ningún mástil; basta con manipular el significado de esa bandera.. La Conferencia de Berlín ni siquiera repartió todo el continente de golpe, pese a las conocidas imágenes de Bismarck, Leopoldo de Bélgica y la Reina Victoria cortando el pastel africano. Lo que sí hizo fue fijar un marco de competencias y legitimidades entre las potencias europeas que participaron en el proceso. Esos límites y esas competencias hoy no se deciden en una única conferencia, en un lugar exclusivo, sino que se deciden en cada contrato, cada sanción, cada acuerdo recién rubricado entre las partes contratantes. África se reparte a diario.. Nuevos actores. En el siglo XIX se buscaba el caucho, el marfil, el oro y el control de rutas comerciales. En el siglo XXI, la lista aumenta e incluye minerales críticos, energía, nodos portuarios, cables y datos; y, cada vez más, la capacidad de acumular cadenas de suministro en un planeta de rivalidades.. Otra novedad incuestionable es la aparición de nuevos actores en el tablero. La absoluta hegemonía europea en África ha dado paso al auge de las naciones asiáticas, donde China ocupa hoy una posición impensable hace tres décadas, gracias a su combinación de minería y construcción de infraestructura. Rusia ofrece alternativas de seguridad para los Estados asediados por la insurgencia islamista y cobra a cambio un precio pactado: oro, acuerdos, permisos, bases….. Cada cliente del Kremlin escoge su moneda de cambio. Emiratos Árabes Unidos combina la compra de enormes extensiones de terreno para obtener créditos de carbono con una probada colaboración con las Fuerzas de Apoyo Rápido en Sudán y una participación indirecta que es responsable de una guerra civil que empezó hace tres años. Incluso Turquía ha convertido su industria de drones en una carta de entrada rápida en países como Marruecos, Mali, Túnez o Libia.. Viejas dinámicas actualizadas. El ejemplo más nítido de estas ambiciones nuevas con sabor a viejo es el cobalto de la República Democrática del Congo, que supone una pieza central en la industria de baterías eléctricas. Las veces que Kinshasa interviene en el flujo de exportaciones (primero con suspensiones y luego con un sistema de cuotas) es evidente que no está dibujando una frontera en un mapa. Está dibujando un precio que debilite el poder de negociación de un sistema industrial que, en muchos aspectos, es más poderoso que el propio país africano.. De hecho, las restricciones congoleñas en años recientes sobre la exportación de sus minerales tensaron el suministro y expusieron una vulnerabilidad estructural. Que China refina la mayor parte del cobalto, sí, pero depende de materia prima importada, sobre todo congoleña. Y esa dependencia, que en años de normalidad parecía una parte corriente del negocio, corre el riesgo de convertirse en un riesgo inadmisible si se considera el actual contexto geopolítico.. Una vez se obtiene la materia prima, falta una nueva pieza que encaje: los corredores. Porque no basta con poseer un yacimiento. Hay que sacarlo de una zona con graves problemas de seguridad, procesarlo en el tiempo adecuado, financiarlo sin fisuras, asegurarlo ante los inversores y embarcarlo con la agilidad que requiere un negocio.. Lobito Corridor. El Lobito Corridor (Angola–Cinturón del Cobre–Atlántico) impulsado en los últimos años por Estados Unidos se ha convertido por estos motivos en un símbolo de este «nuevo» uso del suelo africano sin la necesidad de colonizar a nadie, aunque obteniendo los mismos resultados. El corredor conecta minerales críticos con el Atlántico, lo que reduce la dependencia de rutas alternativas y ofrece cierta independencia a las empresas extractoras frente a los Estados donde se extraen los minerales.. Lo que antes se resolvía con una ocupación efectiva, armas y guerras costosas, hoy se negocia con planes de financiación y contratos a décadas vista. Los ferrocarriles, puertos y aeropuertos no se limitan al servicio del ciudadano, sino que trasmutan en llaves, llaves que abren puertas, y una concesión portuaria o una línea ferroviaria financiada en el momento adecuado deciden quién decide, valga la redundancia, por dónde sale el cobre, el cobalto, el coltán… y quién lo opera.. Todo proceso de reparto, aunque modernizado, conlleva consigo una dosis de violencia. De oscuridad e injusticia en un ejercicio donde el reparto, cuando lo dirige un tercero, implica arrebatar a unos para dar a otros, incluso al mismo que se encarga de repartir.. En la Edad Moderna, esta violencia en favor de la economía tenía su máxima representación en el triángulo comercial que unía Europa, África y América: manufacturas (armas inclusive) bajaban desde Europa hasta la costa africana, de donde salía mano de obra esclava hacia el Nuevo Mundo. El ciclo se cerraba con el azúcar, el tabaco, la plata o el cacao que se trasportaba de vuelta a Europa. Y hoy, en el Sahel y en Sudán, el «triángulo» comercial mantiene demasiadas semejanzas con el patrón original: salen oro y diamantes de países africanos atravesados por la inseguridad; se concentran en hubs financieros y logísticos del Golfo que refinan, mezclan y reexportan; y los africanos reciben de los árabes armas, munición y servicios de seguridad que sostienen regímenes autoritarios o alimentan guerras sin fin.. A los barcos y los puertos se suman los aviones y los aeropuertos (Bamako, Bangui, Birao, Port Sudan, Bosaso); y donde antes operaban compañías privilegiadas con capacidad militar (la Compañía Real Africana o la Compañía Francesa de las Indias Occidentales, entre otras), hoy aparecen empresas de seguridad privadas con el aval de sus naciones de origen, como Blackwater o Wagner. Actores armados semiprivados, con objetivos estratégicos y económicos, capaces de sostener gobiernos y de asegurar recursos. Que Wagner haya sido absorbido o sustituido por Africa Corps no cambia el patrón, sino que lo profesionaliza, en este caso, dentro del aparato ruso.. Similitudes y diferencias. La semejanza principal entre el reparto del continente africano en el siglo XIX y el siglo XXI es aquella que define a África como una oportunidad para maximizar el poder de los agentes involucrados. Continúa el incentivo de extraer materia prima con poco una escasa colaboración local, como no sea para utilizar la mano de obra barata. Continúa la disputa por nodos logísticos (antes puertos, hoy también aeropuertos, corredores y terminales).. Continúa el uso de intermediarios africanos, armados o políticos. Continúan las contradicciones entre los discursos nobles y que dicen buscar la estabilidad y el desarrollo, y la realidad moldeada por contratos abusivos, guerras financiadas en remoto y el desprecio sistemático por el africano.. La diferencia crucial, si se busca alguna más allá de la intromisión de los actores asiáticos, es que hoy hay Estados africanos soberanos y una opinión pública africana escenificada en parlamentos, prensa y sociedad civil, que puede presionar o resistir a las ambiciones que llegan de fuera. Cuando RDC impone cuotas al cobalto, está ejerciendo agencia.. Y Angola y Zambia, cuando se convierten en piezas de un corredor comercial como Lobito. Incluso las juntas del Sahel, por discutible que sea su legitimidad, han tomado decisiones soberanas que pasan por expulsar a antiguos socios, firmar nuevos acuerdos… En 1885, esa capacidad de acción africana sencillamente no estaba sobre la mesa.. La cara B. Es evidente que esta presencia africana tiene una cara B: la complicidad de las élites que actúan como facilitadoras del saqueo, tal y como ya ocurría en el siglo XIX. 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