La intervención militar americana en Venezuela del tres de enero ha desempolvado todas las teorías geopolíticas de los dos últimos siglos para encontrar un molde en el que cupiesen las razones de la destitución del sátrapa Nicolás Maduro y sus consecuencias. Los detonantes y la práctica política y militar son siempre autóctonos, porque no hay dos conflictos exactamente iguales, pero el trasfondo de la intervención muestra una similitud plena con la inmensa mayoría de los que vieron los siglos: un interés económico determinante, en este caso groseramente indisimulado. Es el precio de la nueva pax americana, de la democracia protegida y teledirigida cuyo modelo pretende rescatar tras años de pasividad y recurrentes episodios de aislacionismo; es el neocolonialismo 3.0 de Trump.. Seguir leyendo
El petróleo pagará la factura de Maduro, como los recursos naturales ucranianos pagarán la de Putin. ¿Y los de Groenlandia?
La intervención militar americana en Venezuela del tres de enero ha desempolvado todas las teorías geopolíticas de los dos últimos siglos para encontrar un molde en el que cupiesen las razones de la destitución del sátrapa Nicolás Maduro y sus consecuencias. Los detonantes y la práctica política y militar son siempre autóctonos, porque no hay dos conflictos exactamente iguales, pero el trasfondo de la intervención muestra una similitud plena con la inmensa mayoría de los que vieron los siglos: un interés económico determinante, en este caso groseramente indisimulado. Es el precio de la nueva pax americana, de la democracia protegida y teledirigida cuyo modelo pretende rescatar tras años de pasividad y recurrentes episodios de aislacionismo; es el neocolonialismo 3.0 de Trump.. Vaya por delante que hoy hay un dictador menos subyugando a un país y empobreciendo a sus moradores, algo que debe agradar a todos los demócratas, aunque alienta dudas sobre la efectividad del propósito liberador el hecho de que, 72 horas después de la captura de Maduro, sea su vicepresidenta Delcy Rodríguez quien le haya sustituido, como si no hubiese sido parte activa de la política represiva del chavismo y como si la declarada vigilancia americana fuese garantía infalible de democratización inmediata. Veremos qué hay de cierto y qué de impostura con el paso de las semanas.. Más información. El gran botín venezolano, un coloso petrolero venido a menos pero con millonarios recursos naturales. La práctica aplicada por la inteligencia y las fuerzas armadas estadounidenses se ha desenvuelto en parecidos términos a la de otras operaciones en los últimos años y décadas, aunque en esta es sospechoso que no se haya oído ni un solo tiro de resistencia. Pero hay diferencias notables que llevan el sello explícito de la segunda presidencia de Trump, en la que las decisiones son muy particulares, no se someten ni siquiera a la obligada comunicación al Congreso y se dirigen desde instancias personales como la residencia privada de Mar-a-Lago, en vez de hacerlo desde instituciones federales. Como si el Estado lo encarnase una sola persona; como si los intereses públicos se ciñesen como un guante a los de un ambicioso e inescrupuloso empresario.. Las extensas declaraciones de Donald Trump tras el secuestro de Maduro, tan poco diplomáticas como de costumbre, dejaron muchas dudas en el aire, y solo unas pocas certezas. Entre ellas, que tenía interés prioritario en la operación la captura de la industria petrolera venezolana para la explotación de las reservas por empresas norteamericanas, siguiendo un guion escrito a fuego en todas las intervenciones políticas y militares de la Casa Blanca en el último año: los intereses económicos, primero.. El petróleo es la sangre de la economía venezolana, que posee el 17% de las reservas mundiales de crudo, más incluso que Arabia Saudí, sin cuya circulación la actividad se paraliza. Y es de un atrevimiento solo justificable en dirigentes desinhibidos y heterodoxos como Trump expresar abiertamente su intención de apropiarse de los bienes naturales de un país soberano, por cleptómanos e incompetentes que fuesen sus dirigentes hasta ahora, que lo eran; por muy devastada y decrépita que estuviese la explotación de los hidrocarburos venezolanos; y por muchos conflictos y facturas impagadas del pasado a corporaciones americanas que estuviesen pendientes.. Trump ha dejado claro que la factura de la intervención militar y la eliminación política de Maduro, acusado de narcotraficante y narcoterrorismo -como si la condición de autócrata fuese tan poca cosa que no justificase la operación-, así como la estabilización de una democracia liberal en el país, se costeará con los recursos naturales de Venezuela. La democracia, al parecer, tiene un precio. Los cálculos apuntan a que, para recuperar niveles de producción razonables, por encima de los tres millones de barriles diarios que se bombeaban cuando al expirar el siglo XX llegó al poder Hugo Chávez, la industria petrolera precisa de más de 20.000 millones de euros de inversión, que aportarán las empresas americanas, entre ellas Chevron, que es ahora la única que tiene licencia para operar en Venezuela con restricciones comerciales.. Hoy Venezuela, con la industria nacionalizada y manejada de manera extractiva por élites políticas afines al chavismo, solo bombea un triste millón de barriles, mientras la economía está paralizada y la inflación desatada por una economía que no produce oferta carcome la miserable renta de unas familias forzadas a la pobreza o a la emigración.. El petróleo es el objetivo venezolano de un presidente que no se ha despojado desde el primer día de la gorra de empresario de inescrupulosa manera de hacer las cosas, como en otros países en los que ha intervenido de manera más o menos intensa el precio son los recursos naturales de que disponga o los réditos de la reconstrucción de los activos devastados por las guerras. Es el neocolonialismo 3.0; es la doctrina Monroe que sustituye colonialismo protector por dominación económica dos siglos después de ponerse en marcha en 1823; es la vuelta al arbitraje mundial de los estadounidenses tras el aislacionismo practicado desde el triunfo definitivo del liberalismo anunciado por Francis Fukuyana en El Fin de la Historia tras el desmoronamiento de la Unión Soviética. Es el trumpismo exportado.. El presidente estadounidense presume de haber cerrado hasta siete conflictos bélicos en su primer año de mandato, y solo es cierto que lo ha intentado, y que en todos ha puesto por delante los intereses económicos de su país o de las empresas de su país. En unos había más réditos que en otros, pero los que tienen la parte del león (Ucrania y Palestina-Israel), y en los que sorprendentemente tiene mejor y sospechosa relación con el agresor que con el agredido, están abiertos.. Ha intervenido, con distinta suerte, en los choques de Camboya con Tailandia; de Serbia con Kósovo, enquistado desde la guerra de los Balcanes; de Congo con Ruanda, donde solo prospera el acuerdo para permitir el acceso de empresas americanas a la explotación de materiales estratégicos como el berilio, el niobio, el litio y el coltán del Congo; de Pakistán e India a propósito de Cachemira, con un endeble alto el fuego a cambio de incrementar los flujos comerciales; de Egipto con Etiopía a propósito de la gran presa del Renacimiento etíope inaugurada en septiembre con las reservas egipcias por intervenir en el caudal el Nilo; de Armenia con Azerbaiyan, que disputan la soberanía de Nagorno Karabaj, y donde EE UU, a cambio de su mediación, gestionará por 99 años un corredor económico estratégico; y en el de Israel con Irán, que ensucia por pasiva los intereses de todo Oriente Medio.. En Gaza existe un endeble alto el fuego y Trump no ha disimulado su intención de hacer de la franja un oasis turístico, aunque no ha ofrecido alternativa geográfica para los gazatíes. Un conflicto de ochenta años no parece que pueda resolverse en ochenta días. Y el más reciente, la guerra en Ucrania, aunque su raíz es temporalmente tan profunda como la de Gaza, está en la mesa de operaciones. Los intereses de Ucrania están en solfa y los rusos no se cuestionan, pero los estadounidenses están expresados desde el inicio de las conversaciones de paz: la reconstrucción de Ucrania y el acceso estadounidense a los recursos naturales y tierras raras ucranianas, además de tratar de arrancar a Rusia la explotación conjunta de los recursos del Ártico y su control territorial.. En definitiva, bajo la excusa renacida expresada en su estrategia de seguridad nacional, Trump identifica primero los recursos naturales susceptibles de controlar para competir con el adversario económico hoy, político mañana y quizás militar pasado mañana: China. Así está el tema, y Dinamarca, y Europa, deberían tomarse en serio la cacareada boutade de controlar Groenlandia.. José Antonio Vega es periodista.
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