Desde que se convirtiera en una estrella internacional de la dramaturgia, con obras como «Arte», la parisina Yasmina Reza despierta sumo, y merecido, interés con cada uno de sus libros nuevos. Pongamos el ejemplo de una de sus últimas novelas, «Serge» (2021), en que propuso una historia familiar, protagonizada por el matrimonio de los Popper, judíos franceses de origen húngaro que tienen tres hijos: Serge, Nana y Jean. Todos estos personajes –el último de ellos era el narrador de toda la peripecia–, a partir de la desaparición de la madre –«Desde que murió, todo se ha venido abajo», se leía pronto–, servían a la autora para ahondar en la conducta humana, en sus afectos e hipocresías, con una tendencia clara a ironizar sobre las relaciones amorosas. Además, se encontraba un clímax muy singular, en torno a una visita al campo de exterminio de [[LINK:TAG|||tag|||6336118a87d98e3342b26648|||Auschwitz,]] convertido prácticamente ya en destino turístico y frívolo.. Pues bien, de alguna manera Reza desarrolla siempre estos ingredientes narrativos: las relaciones interpersonales y las consecuencias de la muerte, como ahora ocurre en «Casos reales» (traducción de Regina López Muñoz), a medio camino entre la no ficción, la autobiografía incluso y lo narrativo. A primera vista, podría leerse como un libro de crónica judicial: una escritora asiste durante años a tribunales franceses y toma notas. Sin embargo, ese marco es solo el punto de apoyo de una obra mucho más ambigua y exigente, en la que la autora francesa vuelve a explorar lo que ha recorrido toda su literatura: la fragilidad moral de las personas, la opacidad de las relaciones humanas y la imposibilidad de narrar la vida sin deformarla.. «He visto en los tribunales lo que me obsesiona desde siempre: la imperfección de la vida», afirma la autora en este libro. Reza no es una periodista ni pretende serlo, es una literata, y como tal su función no es moralista ni enjuiciadora, sino meramente observadora, se diría que deliberadamente incómoda de cara al lector. Y todo con un tono literario, al menos en el sentido de elaborar diferentes estampas, breves la mayoría, con las que captar casos judiciales, recuerdos personales, paseos por ciudades europeas… «He visto en los tribunales lo que me obsesiona desde siempre: la imperfección de la vida», afirma la autora, y esa frase funciona como clave de lectura de todo el libro desde el capítulo inicial, «Últimas sombras», situado en Venecia, en que describe a «parejas de ancianos» vistas siempre de espaldas, avanzando lentamente por un laberinto de agua. No hay aquí argumento ni conflicto, solo observación minuciosa y una conciencia aguda de la desaparición: «Cuando desaparezcan, sus atavíos majestuosos se arrojarán a una barca, se colgarán de las perchas de un mercadillo o se destruirán».. Criminales ya de papel. Cuando Reza se adentra en los procesos judiciales, evita tanto el sensacionalismo como la psicología explicativa, como se aprecia en uno de los casos que presenta más llamativos, el de Édith Scaravetti, narrado con una sobriedad absoluta, con gran precisión: «En el banquillo se la ve tan menuda y enclenque que cuesta imaginar todos estos actos». Esta distancia entre el cuerpo presente y los actos cometidos es uno de los núcleos del libro que el lector irá descubriendo. En esta ocasión, cabe decir que Scaravetti saltó a la atención pública en Francia por el asesinato de su pareja, Laurent Baca, cometido en agosto de 2014 en la región de Toulouse. El crimen no solo conmocionó por el homicidio en sí –un disparo con una carabina–, sino por lo que vino después. Scaravetti ocultó el cadáver durante meses: primero lo enterró en el jardín de la casa familiar y más tarde lo trasladó al ático, donde lo selló en una especie de sarcófago de hormigón. Durante ese tiempo sostuvo ante sus hijos y la familia de la víctima que Baca se había marchado por motivos profesionales.. La investigación reveló una convivencia marcada por la precariedad, el alcohol y una relación de pareja deteriorada. No en vano, Reza lanza al respecto una especie de pregunta sin respuesta: «La vida de una pareja es impenetrable», en su línea de alejarse de simplificaciones. En el juicio, la defensa subrayó los episodios de violencia sufridos por Scaravetti y una biografía atravesada por abusos y responsabilidades asumidas desde muy joven. En una primera sentencia fue condenada por homicidio involuntario a una pena leve, pero el tribunal recalificó los hechos como asesinato y la condenó a diez años de prisión. El caso abrió un debate en Francia sobre los límites entre la legítima defensa diferida, la violencia de género y la responsabilidad penal.. En este sentido, «Casos reales» muestra cómo el lenguaje judicial –sus fórmulas, sus clichés, sus repeticiones– fracasa a la hora de dar cuenta de lo vivido. La expresión «de todo un poco», repetida en un interrogatorio, se convierte en algo habitual que se reproducen en diálogos. Así, Reza añade a modo de conclusión: «En los tribunales se declara a menudo que las conversaciones versaban “de todo un poco”. Se ven en sitios que no están en ninguna parte, se dicen cosas cuya sustancia se desvanece al instante. Ni reproches ni penas. Es la otra cara de la vida. Hacerse compañía, pasar el rato. Algo liviano. De todo un poco significa ni más ni menos que estar presente, ni siquiera por las palabras». Reza detecta ahí una verdad mínima y devastadora: a veces la vida se sostiene en gestos sin contenido narrable, y el tribunal, como la literatura, llega siempre tarde.. La propia biografía. También hay pasajes más autobiográficos, como un paseo con Rainer Witzenbacher, su «primer agente extranjero y, de todos los que he tenido, el único que mantengo hasta el día de hoy». La revelación de la edad –«Tengo ochenta y un años»– irrumpe como un golpe físico para el personaje y para la misma Reza, que comprende de pronto «la ausencia de porvenir». Lejos de cualquier sentimentalismo, se inscribe esa experiencia en una reflexión más amplia sobre el tiempo compartido y la desaparición: «A cada instante de uno corresponde un instante del otro», escribe, lo que puede servir de lema para advertir un «tempus fugit» que haría absurdo cualquier conflicto judicial, cualquier crimen, frente a una vida tan pasajera.. Asimismo, otro caso destacado es el de la joven Dalila Ezzitouni, sobre la cual Reza vuelve a negarse a ofrecer un relato redentor o ejemplar; prefiere acumular datos –violencia, racismo– para que desemboquen en una constatación inquietante: «La ira va por delante». El tribunal intenta ordenar, clasificar, diagnosticar; la escritura, en cambio, se limita a mostrar cómo esas categorías se quiebran una y otra vez frente a la singularidad de una vida, parece sugerir Reza. Esta aborda vidas de gentes anónimas tanto de delincuentes que aparecieron en los medios de comunicación, como Robert Dawes, uno de los grandes intermediarios del tráfico de cocaína hacia Europa. Sobre él, por cierto, hay una serie de grabaciones en poder de la[[LINK:TAG|||tag|||6336122cecd56e3616931963||| Guardia Civil española]] en que se oye hablar a este traficante de un cargamento de cocaína incautado en París en 2013 procedente de Venezuela, por lo que se especula con que Dawes tuviera contacto con[[LINK:TAG|||tag|||633617945c059a26e23f7def||| Nicolás Maduro,]] si bien no hay prueba fehaciente de eso a día de hoy. Con todo, tanto en los casos de gentes de a pie como de aquellos que adquirieron notoriedad, la violencia, lejos de ser un accidente aislado, se inscribe en trayectorias vitales complejas y en contextos sociales específicos en que merece la pena indagar literariamente.
La escritora entrelaza juicios penales y episodios de su propia vida para observar cómo la violencia irrumpe en existencias comunes y las quiebra
Desde que se convirtiera en una estrella internacional de la dramaturgia, con obras como «Arte», la parisina Yasmina Reza despierta sumo, y merecido, interés con cada uno de sus libros nuevos. Pongamos el ejemplo de una de sus últimas novelas, «Serge» (2021), en que propuso una historia familiar, protagonizada por el matrimonio de los Popper, judíos franceses de origen húngaro que tienen tres hijos: Serge, Nana y Jean. Todos estos personajes –el último de ellos era el narrador de toda la peripecia–, a partir de la desaparición de la madre –«Desde que murió, todo se ha venido abajo», se leía pronto–, servían a la autora para ahondar en la conducta humana, en sus afectos e hipocresías, con una tendencia clara a ironizar sobre las relaciones amorosas. Además, se encontraba un clímax muy singular, en torno a una visita al campo de exterminio de Auschwitz, convertido prácticamente ya en destino turístico y frívolo.. Pues bien, de alguna manera Reza desarrolla siempre estos ingredientes narrativos: las relaciones interpersonales y las consecuencias de la muerte, como ahora ocurre en «Casos reales» (traducción de Regina López Muñoz), a medio camino entre la no ficción, la autobiografía incluso y lo narrativo. A primera vista, podría leerse como un libro de crónica judicial: una escritora asiste durante años a tribunales franceses y toma notas. Sin embargo, ese marco es solo el punto de apoyo de una obra mucho más ambigua y exigente, en la que la autora francesa vuelve a explorar lo que ha recorrido toda su literatura: la fragilidad moral de las personas, la opacidad de las relaciones humanas y la imposibilidad de narrar la vida sin deformarla.. «He visto en los tribunales lo que me obsesiona desde siempre: la imperfección de la vida», afirma la autora en este libro. Reza no es una periodista ni pretende serlo, es una literata, y como tal su función no es moralista ni enjuiciadora, sino meramente observadora, se diría que deliberadamente incómoda de cara al lector. Y todo con un tono literario, al menos en el sentido de elaborar diferentes estampas, breves la mayoría, con las que captar casos judiciales, recuerdos personales, paseos por ciudades europeas… «He visto en los tribunales lo que me obsesiona desde siempre: la imperfección de la vida», afirma la autora, y esa frase funciona como clave de lectura de todo el libro desde el capítulo inicial, «Últimas sombras», situado en Venecia, en que describe a «parejas de ancianos» vistas siempre de espaldas, avanzando lentamente por un laberinto de agua. No hay aquí argumento ni conflicto, solo observación minuciosa y una conciencia aguda de la desaparición: «Cuando desaparezcan, sus atavíos majestuosos se arrojarán a una barca, se colgarán de las perchas de un mercadillo o se destruirán».. Criminales ya de papel. Cuando Reza se adentra en los procesos judiciales, evita tanto el sensacionalismo como la psicología explicativa, como se aprecia en uno de los casos que presenta más llamativos, el de Édith Scaravetti, narrado con una sobriedad absoluta, con gran precisión: «En el banquillo se la ve tan menuda y enclenque que cuesta imaginar todos estos actos». Esta distancia entre el cuerpo presente y los actos cometidos es uno de los núcleos del libro que el lector irá descubriendo. En esta ocasión, cabe decir que Scaravetti saltó a la atención pública en Francia por el asesinato de su pareja, Laurent Baca, cometido en agosto de 2014 en la región de Toulouse. El crimen no solo conmocionó por el homicidio en sí –un disparo con una carabina–, sino por lo que vino después. Scaravetti ocultó el cadáver durante meses: primero lo enterró en el jardín de la casa familiar y más tarde lo trasladó al ático, donde lo selló en una especie de sarcófago de hormigón. Durante ese tiempo sostuvo ante sus hijos y la familia de la víctima que Baca se había marchado por motivos profesionales.. La investigación reveló una convivencia marcada por la precariedad, el alcohol y una relación de pareja deteriorada. No en vano, Reza lanza al respecto una especie de pregunta sin respuesta: «La vida de una pareja es impenetrable», en su línea de alejarse de simplificaciones. En el juicio, la defensa subrayó los episodios de violencia sufridos por Scaravetti y una biografía atravesada por abusos y responsabilidades asumidas desde muy joven. En una primera sentencia fue condenada por homicidio involuntario a una pena leve, pero el tribunal recalificó los hechos como asesinato y la condenó a diez años de prisión. El caso abrió un debate en Francia sobre los límites entre la legítima defensa diferida, la violencia de género y la responsabilidad penal.. En este sentido, «Casos reales» muestra cómo el lenguaje judicial –sus fórmulas, sus clichés, sus repeticiones– fracasa a la hora de dar cuenta de lo vivido. La expresión «de todo un poco», repetida en un interrogatorio, se convierte en algo habitual que se reproducen en diálogos. Así, Reza añade a modo de conclusión: «En los tribunales se declara a menudo que las conversaciones versaban “de todo un poco”. Se ven en sitios que no están en ninguna parte, se dicen cosas cuya sustancia se desvanece al instante. Ni reproches ni penas. Es la otra cara de la vida. Hacerse compañía, pasar el rato. Algo liviano. De todo un poco significa ni más ni menos que estar presente, ni siquiera por las palabras». Reza detecta ahí una verdad mínima y devastadora: a veces la vida se sostiene en gestos sin contenido narrable, y el tribunal, como la literatura, llega siempre tarde.. La propia biografía. También hay pasajes más autobiográficos, como un paseo con Rainer Witzenbacher, su «primer agente extranjero y, de todos los que he tenido, el único que mantengo hasta el día de hoy». La revelación de la edad –«Tengo ochenta y un años»– irrumpe como un golpe físico para el personaje y para la misma Reza, que comprende de pronto «la ausencia de porvenir». Lejos de cualquier sentimentalismo, se inscribe esa experiencia en una reflexión más amplia sobre el tiempo compartido y la desaparición: «A cada instante de uno corresponde un instante del otro», escribe, lo que puede servir de lema para advertir un «tempus fugit» que haría absurdo cualquier conflicto judicial, cualquier crimen, frente a una vida tan pasajera.. Asimismo, otro caso destacado es el de la joven Dalila Ezzitouni, sobre la cual Reza vuelve a negarse a ofrecer un relato redentor o ejemplar; prefiere acumular datos –violencia, racismo– para que desemboquen en una constatación inquietante: «La ira va por delante». El tribunal intenta ordenar, clasificar, diagnosticar; la escritura, en cambio, se limita a mostrar cómo esas categorías se quiebran una y otra vez frente a la singularidad de una vida, parece sugerir Reza. Esta aborda vidas de gentes anónimas tanto de delincuentes que aparecieron en los medios de comunicación, como Robert Dawes, uno de los grandes intermediarios del tráfico de cocaína hacia Europa. Sobre él, por cierto, hay una serie de grabaciones en poder de la Guardia Civil española en que se oye hablar a este traficante de un cargamento de cocaína incautado en París en 2013 procedente de Venezuela, por lo que se especula con que Dawes tuviera contacto con Nicolás Maduro, si bien no hay prueba fehaciente de eso a día de hoy. Con todo, tanto en los casos de gentes de a pie como de aquellos que adquirieron notoriedad, la violencia, lejos de ser un accidente aislado, se inscribe en trayectorias vitales complejas y en contextos sociales específicos en que merece la pena indagar literariamente.
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