Escasos días después de haber iniciado 2026, se pueden sacar varias conclusiones. Una de ellas, que el independentismo ha tenido uno de esos annus horribilis, tanto en Cataluña, como en Madrid, como en Europa. Lo que hace unos años era una marea política y social que parecía imparable, se ha convertido en un recuerdo que trata de reavivarse mientras cada día parece estar sumido en más divisiones, crisis, problemas de identidad y faltas de estrategia.. Este análisis se desprende del momento de Junts y ERC, pero no solo por lo que ellos son capaces de hacer o, mejor dicho, lo que no son capaces de hacer, como formar un frente común en el Congreso, sino también por la aparición de un tercer actor que ha revolucionado el tablero secesionista: Aliança Catalana.. Fracaso político. Lo cierto es que dejar de hablar de independencia y apostar por el autonomismo a la hora de investir a Pedro Sánchez y a Salvador Illa a cambio de cesiones de “autogobierno” ya fue un síntoma del abandono de las posiciones “de máximos” que abanderaron los partidos procesistas hace unos años. Sin embargo, al acabar 2024 parecía que la jugada les había salido bien: le habían arrancado al Gobierno y a la Generalitat los compromisos de la amnistía, de aprobar el catalán en la Unión Europea, del traspaso de las competencias de inmigración y de una nueva financiación singular para Cataluña.. Lejos de la realidad, con el año acabado, aún no han conseguido materializar ninguna reivindicación. Persiguen a Sánchez y a Illa y les exigen cumplir los acuerdos de investidura. La respuesta de estos es que “se está trabajando en ello” y apelan a la dependencia de otros actores para descargarse la responsabilidad. Sin embargo, Junts se niega a hacer caer al Gobierno de Sánchez, y ERC sigue siendo el socio prioritario de Salvador Illa.. Esta sensación entre las bases de “supeditación” de Junts y ERC al socialismo está canalizando en un nuevo actor: Aliança Catalana. El partido de Sílvia Orriols, según todas las encuestas, ha crecido notablemente hasta el punto de disputarle ser la fuerza más votada a los otros partidos independentistas. Según la última encuesta del CEO, podría obtener hasta 20 escaños, empatado con Junts (otros 20) y muy cerca de los 22-23 de ERC.. La irrupción de Aliança cogió a Junts en fuera de juego. La indecisión entre copiar las tesis más duras de Orriols relacionadas con la inmigración o sumarse al cordón sanitario del Parlament ha alimentado la percepción entre el independentismo de derechas de falta de estrategia clara y de no tener una identidad definida. Numerosos líderes municipales de Junts han alertado durante todo el año: “No se puede hacer política desde Waterloo alejados de la realidad territorial de los municipios catalanes”. Cuando Junts decidió sumarse a la ola anti inmigración que hay en Cataluña, ya era demasiado tarde: la gente, entre el original y la copia, el electorado está prefiriendo al original.. A esto, se le suma que los enfrentamientos entre Junts y ERC son cada vez más frecuentes. Mientras en el Parlament parecen ignorarse, viviendo una especie de “tregua” o de “pacto de no agresión”, en Madrid los reproches entre Miriam Nogueras y Gabriel Rufián son cada vez más frecuentes y más duros. Los partidos que un día fueron de la mano, hoy están más divididos que nunca a causa de sus diferencias no tanto nacionales sino ideológicas: Junts, derechizándose, y ERC, agarrada a la izquierda.. Fracaso social. Esta falta de estrategia, de unidad y de logros se ha traducido en un apoyo social más bajo que nunca. Así lo refleja la última encuesta del CEO. Según el barómetro, hoy en día los cuatro partidos independentistas (ERC, Junts, Aliança y la casi extinta CUP) sumarían un mínimo de 63 escaños y un máximo de 67 en el Parlament, cuya mayoría absoluta se encuentra en 68. Aunque no parezcan tan lejos, conviene tener en cuenta un dato: una parte muy significativa del crecimiento de Aliança Catalana no se explica por el independentismo. Solo el 48 % de sus votantes apuesta por un Estado independiente, mientras que una mayoría se sitúa en fórmulas de encaje dentro de España. Dicho de otro modo: muchos de sus electores no son independentistas y otros, aun siéndolo de forma identitaria o emocional, no priorizan la ruptura con el Estado, sino cuestiones como la inmigración, la seguridad o el rechazo al establishment político catalán.. Este fenómeno no es aislado y se inserta en una tendencia general de fondo. El Barómetro del CEO muestra que el apoyo a la independencia en el conjunto de Cataluña se sitúa en mínimos cuando se pregunta por el modelo territorial: solo un 31 % defiende un Estado propio, muy lejos de los picos del procés. Si se pregunta por el sentimiento de independencia, solo un 39% de catalanes se declara independentista, mientras que un 53% rechaza la fórmula y un 8% no sabe o no contesta. Entre los jóvenes (18-24 años) es especialmente significativa la tendencia: un 62% apuesta por seguir dentro de España.. Esta desafección no es solo cosa de las encuestas, sino que pudo constatarse claramente en la última Diada de Cataluña: lo que hace años era una demostración de fuerza, con movilizaciones masivas que desbordaban Barcelona y Cataluña, este año reunió a apenas 28.000 personas en la capital catalana y 40.000 si se suma a Girona y a Tortosa. La Asamblea Nacional Catalana, entidad convocante, había vetado en la previa a Aliança Catalana, lo que contribuyó a visibilizar todavía más la división política y social que vive el movimiento.. El independentismo, que hace apenas una década parecía imparable, se enfrenta ahora a una triple encrucijada: la pérdida de músculo popular, la división entre sus partidos y entidades, y la competencia interna de una Aliança Catalana que fragmenta aún más el tablero.
El movimiento ha acumulado numerosos reveses políticos y sociales en 2025
Escasos días después de haber iniciado 2026, se pueden sacar varias conclusiones. Una de ellas, que el independentismo ha tenido uno de esos annus horribilis, tanto en Cataluña, como en Madrid, como en Europa. Lo que hace unos años era una marea política y social que parecía imparable, se ha convertido en un recuerdo que trata de reavivarse mientras cada día parece estar sumido en más divisiones, crisis, problemas de identidad y faltas de estrategia.. Este análisis se desprende del momento de Junts y ERC, pero no solo por lo que ellos son capaces de hacer o, mejor dicho, lo que no son capaces de hacer, como formar un frente común en el Congreso, sino también por la aparición de un tercer actor que ha revolucionado el tablero secesionista: Aliança Catalana.. Fracaso político. Lo cierto es que dejar de hablar de independencia y apostar por el autonomismo a la hora de investir a Pedro Sánchez y a Salvador Illa a cambio de cesiones de “autogobierno” ya fue un síntoma del abandono de las posiciones “de máximos” que abanderaron los partidos procesistas hace unos años. Sin embargo, al acabar 2024 parecía que la jugada les había salido bien: le habían arrancado al Gobierno y a la Generalitat los compromisos de la amnistía, de aprobar el catalán en la Unión Europea, del traspaso de las competencias de inmigración y de una nueva financiación singular para Cataluña.. Lejos de la realidad, con el año acabado, aún no han conseguido materializar ninguna reivindicación. Persiguen a Sánchez y a Illa y les exigen cumplir los acuerdos de investidura. La respuesta de estos es que “se está trabajando en ello” y apelan a la dependencia de otros actores para descargarse la responsabilidad. Sin embargo, Junts se niega a hacer caer al Gobierno de Sánchez, y ERC sigue siendo el socio prioritario de Salvador Illa.. Esta sensación entre las bases de “supeditación” de Junts y ERC al socialismo está canalizando en un nuevo actor: Aliança Catalana. El partido de Sílvia Orriols, según todas las encuestas, ha crecido notablemente hasta el punto de disputarle ser la fuerza más votada a los otros partidos independentistas. Según la última encuesta del CEO, podría obtener hasta 20 escaños, empatado con Junts (otros 20) y muy cerca de los 22-23 de ERC.. La irrupción de Aliança cogió a Junts en fuera de juego. La indecisión entre copiar las tesis más duras de Orriols relacionadas con la inmigración o sumarse al cordón sanitario del Parlament ha alimentado la percepción entre el independentismo de derechas de falta de estrategia clara y de no tener una identidad definida. Numerosos líderes municipales de Junts han alertado durante todo el año: “No se puede hacer política desde Waterloo alejados de la realidad territorial de los municipios catalanes”. Cuando Junts decidió sumarse a la ola anti inmigración que hay en Cataluña, ya era demasiado tarde: la gente, entre el original y la copia, el electorado está prefiriendo al original.. A esto, se le suma que los enfrentamientos entre Junts y ERC son cada vez más frecuentes. Mientras en el Parlament parecen ignorarse, viviendo una especie de “tregua” o de “pacto de no agresión”, en Madrid los reproches entre Miriam Nogueras y Gabriel Rufián son cada vez más frecuentes y más duros. Los partidos que un día fueron de la mano, hoy están más divididos que nunca a causa de sus diferencias no tanto nacionales sino ideológicas: Junts, derechizándose, y ERC, agarrada a la izquierda.. Fracaso social. Esta falta de estrategia, de unidad y de logros se ha traducido en un apoyo social más bajo que nunca. Así lo refleja la última encuesta del CEO. Según el barómetro, hoy en día los cuatro partidos independentistas (ERC, Junts, Aliança y la casi extinta CUP) sumarían un mínimo de 63 escaños y un máximo de 67 en el Parlament, cuya mayoría absoluta se encuentra en 68. Aunque no parezcan tan lejos, conviene tener en cuenta un dato: una parte muy significativa del crecimiento de Aliança Catalana no se explica por el independentismo. Solo el 48 % de sus votantes apuesta por un Estado independiente, mientras que una mayoría se sitúa en fórmulas de encaje dentro de España. Dicho de otro modo: muchos de sus electores no son independentistas y otros, aun siéndolo de forma identitaria o emocional, no priorizan la ruptura con el Estado, sino cuestiones como la inmigración, la seguridad o el rechazo al establishment político catalán.. Este fenómeno no es aislado y se inserta en una tendencia general de fondo. El Barómetro del CEO muestra que el apoyo a la independencia en el conjunto de Cataluña se sitúa en mínimos cuando se pregunta por el modelo territorial: solo un 31 % defiende un Estado propio, muy lejos de los picos del procés. Si se pregunta por el sentimiento de independencia, solo un 39% de catalanes se declara independentista, mientras que un 53% rechaza la fórmula y un 8% no sabe o no contesta. Entre los jóvenes (18-24 años) es especialmente significativa la tendencia: un 62% apuesta por seguir dentro de España.. Esta desafección no es solo cosa de las encuestas, sino que pudo constatarse claramente en la última Diada de Cataluña: lo que hace años era una demostración de fuerza, con movilizaciones masivas que desbordaban Barcelona y Cataluña, este año reunió a apenas 28.000 personas en la capital catalana y 40.000 si se suma a Girona y a Tortosa. La Asamblea Nacional Catalana, entidad convocante, había vetado en la previa a Aliança Catalana, lo que contribuyó a visibilizar todavía más la división política y social que vive el movimiento.. El independentismo, que hace apenas una década parecía imparable, se enfrenta ahora a una triple encrucijada: la pérdida de músculo popular, la división entre sus partidos y entidades, y la competencia interna de una Aliança Catalana que fragmenta aún más el tablero.
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