La operación relámpago de las fuerzas especiales estadounidenses que culminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa en Caracas ha puesto en evidencia las limitaciones de los sistemas de defensa aérea venezolanos, fuertemente dependientes de tecnología china. El JY-27A, un radar antistealth de fabricación china promocionado como capaz de detectar aviones invisibles como el F-35 a cientos de kilómetros, parece haber sido completamente neutralizado durante el asalto.. Fuentes militares estadounidenses indican que, antes del avance de los helicópteros Delta Force, un intenso ataque de guerra electrónica y misiles antirradar paralizó la red de vigilancia venezolana. Esto permitió a las aeronaves estadounidenses penetrar el espacio aéreo como «en terreno propio», sin alertas ni respuestas efectivas. El complejo defensivo, que incluye radares JYL-1 y JY-11B junto al JY-27A y misiles rusos S-300VM, se convirtió en un costoso ornamento inútil ante la superioridad en jamming y supresión enemiga de defensas aéreas (SEAD) de Washington.. Este episodio revela las vulnerabilidades de los sistemas chinos en escenarios de alta intensidad contra un adversario tecnológico superior. Mientras Pekín presume de avances en radares de banda VHF para contrarrestar el stealth, la realidad operativa expone que la guerra electrónica estadounidense sigue dominando. Venezuela, que invirtió fortunas en este «escudo asiático», paga ahora el precio de su alineación geopolítica.
La operación relámpago de las fuerzas especiales estadounidenses que culminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa en Caracas ha puesto en evidencia las limitaciones de los sistemas de defensa aérea venezolanos, fuertemente dependientes de tecnología china. El JY-27A, un radar antistealth de fabricación china promocionado como capaz de detectar aviones invisibles como el F-35 a cientos de kilómetros, parece haber sido completamente neutralizado durante el asalto.. Fuentes militares estadounidenses indican que, antes del avance de los helicópteros Delta Force, un intenso ataque de guerra electrónica y misiles antirradar paralizó la red de vigilancia venezolana. Esto permitió a las aeronaves estadounidenses penetrar el espacio aéreo como «en terreno propio», sin alertas ni respuestas efectivas. El complejo defensivo, que incluye radares JYL-1 y JY-11B junto al JY-27A y misiles rusos S-300VM, se convirtió en un costoso ornamento inútil ante la superioridad en jamming y supresión enemiga de defensas aéreas (SEAD) de Washington.. Este episodio revela las vulnerabilidades de los sistemas chinos en escenarios de alta intensidad contra un adversario tecnológico superior. Mientras Pekín presume de avances en radares de banda VHF para contrarrestar el stealth, la realidad operativa expone que la guerra electrónica estadounidense sigue dominando. Venezuela, que invirtió fortunas en este «escudo asiático», paga ahora el precio de su alineación geopolítica.
El sistema defensivo de radares y misiles que afirmaba poder detectar cazas invisibles a cientos de kilómetros ha demostrado ser de adorno
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