El desenfrenado incremento del coste de la vida que ha acompañado al ciclo alcista de la actividad en los últimos años y el empobrecimiento de la clase media han activado un doble y creciente éxodo migratorio. La inflación en los bienes y servicios de consumo y la hiperinflación en los activos residenciales han empezado a expulsar población de las grandes ciudades, en tanto que la modestia generalizada de las rentas del trabajo ha doblado la apuesta y ha forzado a colectivos de jóvenes de elevada cualificación a migrar al extranjero, especialmente a Europa y Norteamérica.. Seguir leyendo
Si la vivienda expulsa población de las grandes ciudades, la parquedad salarial empuja hacia Europa a jóvenes más formados
El desenfrenado incremento del coste de la vida que ha acompañado al ciclo alcista de la actividad en los últimos años y el empobrecimiento de la clase media han activado un doble y creciente éxodo migratorio. La inflación en los bienes y servicios de consumo y la hiperinflación en los activos residenciales han empezado a expulsar población de las grandes ciudades, en tanto que la modestia generalizada de las rentas del trabajo ha doblado la apuesta y ha forzado a colectivos de jóvenes de elevada cualificación a migrar al extranjero, especialmente a Europa y Norteamérica.. Nunca antes había existido tanta divergencia en la evolución de las rentas del trabajo y los costes de la vida, porque unos y otros habían caminado a parecidos ritmos, y, si se producía una diferencia, terminaba corrigiéndose en el medio plazo. Pero el ciclo abierto tras la pandemia de Covid no parece respetar tales reglas, y mientras la inflación general ha avanzado un 20%, los precios de la alimentación un 30% y el coste de la vivienda, en propiedad o en alquiler, más de un 40%, los salarios apenas avanzan un 12%.. Si la vivienda ha sido siempre cara y su adquisición un ejercicio de esfuerzo supremo, en los últimos años tal sacrificio está fuera del alcance de la mayoría de la población, sobre todo de la juvenil. Los niveles de esfuerzo han alcanzado máximos nunca observados, tales como que un hogar medio precisa casi ocho años de su renta bruta disponible para adquirir una casa, algo que en un país de renta y precios tan asimétricos puede llegar a duplicarse en varias ciudades.. En Madrid, por ejemplo, se precisan ya más de 10 años para costear una vivienda, y en Baleares tal tasa de esfuerzo supera los 19. Soportar la financiación de una hipoteca, otra referencia utilizada por los servicios de riesgos de la banca, cuesta el 34,5% de la renta en media nacional, pero llega al 56% en Madrid, el 55% en Málaga o el 53% en Barcelona. Tales porcentajes son en términos reales los más altos de la serie histórica, pues, en los años de la burbuja, de 2003 a 2010, cuando llegaron a superar el 50%, estaban amortiguados por generosas deducciones fiscales, eliminadas en 2013 por imperativo europeo.. Si en aquellos años la voracidad de la demanda, estimulada por la prima fiscal y la política monetaria expansiva del dinero fácil y barato, llevó a contratos hipotecarios medios de más de 25 años o 300 meses (en 2007 la media contratada era de 28 años o 336 meses), ahora se ha vuelto a tales plazos de devolución por la presión de los precios y el endurecimiento de las condiciones bancarias para la concesión de crédito. En 2025 el plazo medio contratado fue de 303 meses (25,2 años).. Hay que tener en cuenta, además, que los datos medios nacionales no reflejan con exactitud la realidad, todavía más exigente, puesto que la renta de los hogares jóvenes es muy inferior a la media, y las tasas de desempleo juvenil siguen en los mismos niveles que a principios de siglo (18%), pese al mejor registro histórico de empleo. Recordemos que más de dos tercios de los asalariados cobran menos de dos veces el salario mínimo, que los menores de 44 años con trabajo cobran menos que la media del país, y que los menores de 25 años perciben la mitad.. Son precisamente estos colectivos los que no pueden soportar el ritmo del coste de la vida en las grandes ciudades, y han optado con un goteo continuo por abandonarlas. Unos lo hacen hacia ciudades residencialmente más amables, más baratas; otros, para superar la pobreza remunerativa de las colocaciones acordes con su preparación intelectual o técnica, optan por salir al extranjero en búsqueda de mejores oportunidades. La Encuesta de migraciones y cambio de residencia de Estadística refleja ambos fenómenos en los últimos años.. Uno de mis vecinos en estas páginas puso ya La Lupa sobre el fenómeno de migración interna, en el que no sorprende la salida de población de ciudades como Madrid, Málaga, Barcelona, Valencia, Alicante o incluso de ciudades de las áreas metropolitanas de las grandes urbes (L’Hospitalet del Llobregat, Sant Cugat del Vallès, Fuenlabrada o Coslada), donde el coste de los activos residenciales está fuera del alcance de los moradores más jóvenes.. Los precios inmobiliarios en los países europeos equiparables a España no son muy diferentes, y los niveles de esfuerzo para la adquisición son parejos. Pero la parquedad remunerativa del factor trabajo en España, sobre todo para los niveles formativos más sólidos, se ha convertido también en un acicate para buscar suerte laboral en Europa y Norteamérica. En términos medios, los sueldos anuales de un soltero sin hijos en España en la industria y los servicios en paridad de poder de compra (25.670 euros) son sensiblemente inferiores a la media de la zona euro (29.123), especialmente de Alemania (34.753), Francia (27.957) o Países Bajos (38.800), y muy inferiores a los suizos (46.900) o estadounidenses (34.900), según Eurostat.. En 2001, cuando Estadística preguntaba en qué condiciones los parados estaban dispuestos a aceptar un empleo, solo el 20% asumiría un cambio de residencia, aunque la pregunta no llegaba tan lejos como para distinguir si se trataba dentro del territorio nacional o del europeo. Desde luego que no salen de España el 20% de los parados a probar suerte en Europa. Pero salen colectivos crecientes de ciudadanos para disponer de empleos mejor remunerados que los nativos.. En los últimos cuatro años consultados (2021-2024), han salido más de medio millón de personas, y en torno al 25% lo han hecho porque disponían de una oferta de empleo, y en un porcentaje no pequeño (más del 18%) se trataba de técnicos y profesionales científicos e intelectuales, reconoce Estadística. En 2023, último año con datos detallados, un 30% de los españoles que migraron (31.496 de 105.440) eran graduados universitarios, licenciados, especialistas sanitarios o doctorados. Y, como en el caso del éxodo interior, curiosamente también las mayores tasas de emigración de españoles al extranjero se registran en Cataluña (5,1 salidas por cada mil personas), Madrid (4,62 por mil) y Baleares (4,5 por mil), allí donde el coste de vivir es más agresivo. Las edades medias de los migrantes se mueven entre 30 y 32 años y los destinos laborales más comunes son Francia, Alemania, Reino Unido y EE UU.. España lidera el crecimiento europeo en este ciclo, pero, en un mercado con libre circulación del capital humano, lo hace importando mano de obra barata y de formación limitada, y exportando, por la pobreza de las oportunidades internas, la más formada, la que se acopla mejor al modelo de crecimiento de los vecinos que al propio. Un modelo que ha corregido solo parcialmente los excesos del pasado y que no llega para atender todos los anhelos de las generaciones jóvenes que ha formado. Un modelo con muchas deficiencias, que apuesta más por la cantidad que por la calidad y que se ha desenvuelto más por dinámicas naturales que por decisiones políticas estratégicas, que son más fáciles de formular que de ejecutar. El cosmopolitismo es una inagotable fuente de riqueza cultural, pero algo más habrá que hacer para que buscar empleo en Europa sea más un deseo que una necesidad.. José Antonio Vega es periodista
Feed MRSS-S Noticias
