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  Cultura  ‘El corazón revolucionario del mundo’: la vida entre la fascinación y el horror dentro de un piso franco
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‘El corazón revolucionario del mundo’: la vida entre la fascinación y el horror dentro de un piso franco

1 de diciembre de 2025
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El primer párrafo de esta novela presenta a Valeria, su protagonista casi veinteañera en 1970, en un piso franco de Londres, viviendo una vida fuera de norma: pertenece, se nos cuenta, al Frente de Acción Revolucionaria, una organización internacional que utiliza la violencia para lograr sus objetivos políticos. Sin embargo, desde el principio hay algo extraño: de madrugada, cuando el mundo resulta misterioso, a Valeria le asalta la sensación de que todo lo que escapa a las pequeñas dimensiones de aquel apartamento no existe. Más significativamente, la voz narradora aclara que la única garantía de su pertenencia al FAR es la palabra de Joel, su amante y mentor (bien pensado, ¿es eso suficiente?). La realidad, pues, parece inestable, y la historia avanza en un tono mesmerizante, a media distancia, como recuerdos que alguien declamase en duermevela, cuando pueden confundirse con los residuos de un sueño, o su anuncio. Este tono, en especial durante el primer tercio del libro, ganador del premio Tusquets de Novela, es el gran éxito de Francisco Serrano. No el único.. Serrano retrata la vida clandestina alternando fascinación con horror: la célula tiene dinámicas más romantizables que romantizadas (la escritura al parecer inacabable de un manifiesto que nunca adquiere forma definitiva, el lenguaje que aspira a desnudar la historia, las ocultaciones y disfraces) que no impiden ver ni el machismo, ni las jerarquías en absoluto revolucionarias que la atraviesan, ni, por supuesto, el delirio del asesinato y la tortura. Los años setenta están captados de maravilla. Los mecanismos de la trama también funcionan a la perfección, con algún derrotero que puede rimar con el nuevo alt-horror que representa Mariana Enriquez, pero sin llegar a sonar deudor de nadie. Esas transiciones del thriller al terror o del relato psicológico a la fantasía oscura son muy delicadas, podrían romperse con desplazar solo un milímetro dos o tres piezas. Yo creo que tal cosa no ocurre, y lo achaco a esa naturaleza ambigua del concepto de realidad que Serrano plantó, como no quiere la cosa, ya en el principio de todo. ¡Y eso que el autor llega a correr verdaderos riesgos al introducir a una especie de mad-doctor psiconauta de la Guerra Fría! Por lo demás, su protagonista observa todo, dudando si debe desplazarse de la posición de testigo a la de heroína en un mundo arborescente.. Una vez establecido que la novela es buena (porque lo es), lo divertido es intentar caracterizarla. En este sentido, leyendo El corazón revolucionario del mundo se me ocurrió una analogía curiosa que, sin embargo, no me ha abandonado después de terminar el libro. A menudo, me pareció que la narración se comportaba como uno de esos actores de método a lo Lee Strasberg que componen su personaje mediante un buen número de pequeños gestos, mover una mesa mientras hablan, alargar el brazo sobre la barandilla, jugar con un pañuelo, en fin, que ponen en pie una coreografía no del todo verosímil, parcialmente artificiosa, pero que acaba por fascinarnos. Puntualmente puede haber algo irritante en ello, porque esos actores terminan por no permitirnos olvidar la condición ficticia de lo que ocurre, cerebral incluso, pero al mismo tiempo el carácter preciso de su trabajo multiplica su capacidad de sugerir, si se plantea desde la complicidad.. Algo así es lo que yo noto en el libro de Serrano, una novela convencida de ser novela (que resulta muy apropiada para el catálogo de Tusquets), plagada de oraciones breves atentas al detalle significativo o la narración sensorial, que a veces también cae en sus manierismos y sus artesanías, sin que molesten. Casi, casi, al contrario, salvo puntuales venidas arriba a lo sublime. Porque el juego y, repito, el tono, están claros. Y la temperatura es importante aquí, el frío de la atmósfera y del punto de vista en contraste con fogonazos de calor en forma de interiores rurales, descargas de violencia, iluminaciones de la conciencia. De ahí salen varias escenas perfectas y una novela valiosa.. Seguir leyendo

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El primer párrafo de esta novela presenta a Valeria, su protagonista casi veinteañera en 1970, en un piso franco de Londres, viviendo una vida fuera de norma: pertenece, se nos cuenta, al Frente de Acción Revolucionaria, una organización internacional que utiliza la violencia para lograr sus objetivos políticos. Sin embargo, desde el principio hay algo extraño: de madrugada, cuando el mundo resulta misterioso, a Valeria le asalta la sensación de que todo lo que escapa a las pequeñas dimensiones de aquel apartamento no existe. Más significativamente, la voz narradora aclara que la única garantía de su pertenencia al FAR es la palabra de Joel, su amante y mentor (bien pensado, ¿es eso suficiente?). La realidad, pues, parece inestable, y la historia avanza en un tono mesmerizante, a media distancia, como recuerdos que alguien declamase en duermevela, cuando pueden confundirse con los residuos de un sueño, o su anuncio. Este tono, en especial durante el primer tercio del libro, ganador del premio Tusquets de Novela, es el gran éxito de Francisco Serrano. No el único. Serrano retrata la vida clandestina alternando fascinación con horror: la célula tiene dinámicas más romantizables que romantizadas (la escritura al parecer inacabable de un manifiesto que nunca adquiere forma definitiva, el lenguaje que aspira a desnudar la historia, las ocultaciones y disfraces) que no impiden ver ni el machismo, ni las jerarquías en absoluto revolucionarias que la atraviesan, ni, por supuesto, el delirio del asesinato y la tortura. Los años setenta están captados de maravilla. Los mecanismos de la trama también funcionan a la perfección, con algún derrotero que puede rimar con el nuevo alt-horror que representa Mariana Enriquez, pero sin llegar a sonar deudor de nadie. Esas transiciones del thriller al terror o del relato psicológico a la fantasía oscura son muy delicadas, podrían romperse con desplazar solo un milímetro dos o tres piezas. Yo creo que tal cosa no ocurre, y lo achaco a esa naturaleza ambigua del concepto de realidad que Serrano plantó, como no quiere la cosa, ya en el principio de todo. ¡Y eso que el autor llega a correr verdaderos riesgos al introducir a una especie de mad-doctor psiconauta de la Guerra Fría! Por lo demás, su protagonista observa todo, dudando si debe desplazarse de la posición de testigo a la de heroína en un mundo arborescente.Una vez establecido que la novela es buena (porque lo es), lo divertido es intentar caracterizarla. En este sentido, leyendo El corazón revolucionario del mundo se me ocurrió una analogía curiosa que, sin embargo, no me ha abandonado después de terminar el libro. A menudo, me pareció que la narración se comportaba como uno de esos actores de método a lo Lee Strasberg que componen su personaje mediante un buen número de pequeños gestos, mover una mesa mientras hablan, alargar el brazo sobre la barandilla, jugar con un pañuelo, en fin, que ponen en pie una coreografía no del todo verosímil, parcialmente artificiosa, pero que acaba por fascinarnos. Puntualmente puede haber algo irritante en ello, porque esos actores terminan por no permitirnos olvidar la condición ficticia de lo que ocurre, cerebral incluso, pero al mismo tiempo el carácter preciso de su trabajo multiplica su capacidad de sugerir, si se plantea desde la complicidad. Algo así es lo que yo noto en el libro de Serrano, una novela convencida de ser novela (que resulta muy apropiada para el catálogo de Tusquets), plagada de oraciones breves atentas al detalle significativo o la narración sensorial, que a veces también cae en sus manierismos y sus artesanías, sin que molesten. Casi, casi, al contrario, salvo puntuales venidas arriba a lo sublime. Porque el juego y, repito, el tono, están claros. Y la temperatura es importante aquí, el frío de la atmósfera y del punto de vista en contraste con fogonazos de calor en forma de interiores rurales, descargas de violencia, iluminaciones de la conciencia. De ahí salen varias escenas perfectas y una novela valiosa. Seguir leyendo

  

El primer párrafo de esta novela presenta a Valeria, su protagonista casi veinteañera en 1970, en un piso franco de Londres, viviendo una vida fuera de norma: pertenece, se nos cuenta, al Frente de Acción Revolucionaria, una organización internacional que utiliza la violencia para lograr sus objetivos políticos. Sin embargo, desde el principio hay algo extraño: de madrugada, cuando el mundo resulta misterioso, a Valeria le asalta la sensación de que todo lo que escapa a las pequeñas dimensiones de aquel apartamento no existe. Más significativamente, la voz narradora aclara que la única garantía de su pertenencia al FAR es la palabra de Joel, su amante y mentor (bien pensado, ¿es eso suficiente?). La realidad, pues, parece inestable, y la historia avanza en un tono mesmerizante, a media distancia, como recuerdos que alguien declamase en duermevela, cuando pueden confundirse con los residuos de un sueño, o su anuncio. Este tono, en especial durante el primer tercio del libro, ganador del premio Tusquets de Novela, es el gran éxito de Francisco Serrano. No el único.. Serrano retrata la vida clandestina alternando fascinación con horror: la célula tiene dinámicas más romantizables que romantizadas (la escritura al parecer inacabable de un manifiesto que nunca adquiere forma definitiva, el lenguaje que aspira a desnudar la historia, las ocultaciones y disfraces) que no impiden ver ni el machismo, ni las jerarquías en absoluto revolucionarias que la atraviesan, ni, por supuesto, el delirio del asesinato y la tortura. Los años setenta están captados de maravilla. Los mecanismos de la trama también funcionan a la perfección, con algún derrotero que puede rimar con el nuevo alt-horror que representa Mariana Enriquez, pero sin llegar a sonar deudor de nadie. Esas transiciones del thriller al terror o del relato psicológico a la fantasía oscura son muy delicadas, podrían romperse con desplazar solo un milímetro dos o tres piezas. Yo creo que tal cosa no ocurre, y lo achaco a esa naturaleza ambigua del concepto de realidad que Serrano plantó, como no quiere la cosa, ya en el principio de todo. ¡Y eso que el autor llega a correr verdaderos riesgos al introducir a una especie de mad-doctor psiconauta de la Guerra Fría! Por lo demás, su protagonista observa todo, dudando si debe desplazarse de la posición de testigo a la de heroína en un mundo arborescente.. Una vez establecido que la novela es buena (porque lo es), lo divertido es intentar caracterizarla. En este sentido, leyendo El corazón revolucionario del mundo se me ocurrió una analogía curiosa que, sin embargo, no me ha abandonado después de terminar el libro. A menudo, me pareció que la narración se comportaba como uno de esos actores de método a lo Lee Strasberg que componen su personaje mediante un buen número de pequeños gestos, mover una mesa mientras hablan, alargar el brazo sobre la barandilla, jugar con un pañuelo, en fin, que ponen en pie una coreografía no del todo verosímil, parcialmente artificiosa, pero que acaba por fascinarnos. Puntualmente puede haber algo irritante en ello, porque esos actores terminan por no permitirnos olvidar la condición ficticia de lo que ocurre, cerebral incluso, pero al mismo tiempo el carácter preciso de su trabajo multiplica su capacidad de sugerir, si se plantea desde la complicidad.. Algo así es lo que yo noto en el libro de Serrano, una novela convencida de ser novela (que resulta muy apropiada para el catálogo de Tusquets), plagada de oraciones breves atentas al detalle significativo o la narración sensorial, que a veces también cae en sus manierismos y sus artesanías, sin que molesten. Casi, casi, al contrario, salvo puntuales venidas arriba a lo sublime. Porque el juego y, repito, el tono, están claros. Y la temperatura es importante aquí, el frío de la atmósfera y del punto de vista en contraste con fogonazos de calor en forma de interiores rurales, descargas de violencia, iluminaciones de la conciencia. De ahí salen varias escenas perfectas y una novela valiosa.. Francisco Serrano. Tusquets, 2025. 232 páginas, 19 euros. Búsquelo en su librería

 

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