Pienso que en el beso de Klimt hay una quietud que desconcierta, una especie de silencio dorado en el que todo parece haber encontrado su sitio definitivo. No, no es un beso arrebatado ni desesperado; es un gesto contenido, recogido, casi reverente, como si esos dos cuerpos inclinados el uno hacia el otro supieran que han llegado al único lugar posible…. Al verlo da la sensación que el mundo, fuera del lienzo, no importa. Quizá por eso seguimos mirando ese cuadro como quien mira algo más antiguo que la propia memoria. Porque ahí está resumido, con una claridad casi incómoda, lo que durante siglos se entendió por amar: una entrega sin cálculo, una forma de quedarse incluso cuando no había garantías de nada. Y desde ese gesto detenido, desde esa inclinación mutua que parece una promesa silenciosa, se despliega toda la galería de amantes que han ido poblando la literatura y la historia como si no fueran personas, sino destinos.. Ahí están los jóvenes que no tuvieron tiempo de aprender la prudencia y por eso se amaron con la solemnidad de quienes no conocen el mañana. Están los que hicieron del amor una devoción callada, los que escribieron durante años a una presencia casi imposible, los que se sostuvieron en la distancia como si el recuerdo fuera una forma de contacto. Están los que se encontraron tarde, los que se perdieron pronto, los que no supieron convivir con el mundo y, aun así, dejaron tras de sí una huella tan honda que todavía hoy nos parece que siguen respirando en cada página.. Ellos (los amantes de otras épocas) amaban como si el amor fuese una fuerza inevitable. No se preguntaban si convenía, si encajaba, si sería sostenible. Amaban y, a partir de ahí, la vida se desordenaba con una naturalidad que ahora nos parecería casi imprudente.. No había estrategias ni reservas. ¡El amor no se gestionaba! ¡Ocurría! Tal vez por eso han sobrevivido. Porque el tiempo, que todo lo desgasta, ha respetado esa intensidad como se respetan las cosas que no se pueden repetir.. El amor, cuando sucede de verdad, deja de ser una idea y se convierte en acontecimiento. Algo que interrumpe, que altera y que obliga a mirar de otro modo.. Como ese beso detenido, dorado y silencioso, que no pertenece a ninguna fecha concreta y, sin embargo, parece contenerlas todas.
«No, no es un beso arrebatado ni desesperado; es un gesto contenido, recogido, casi reverente, como si esos dos cuerpos inclinados el uno hacia el otro supieran que han llegado al único lugar posible…»
Pienso que en el beso de Klimt hay una quietud que desconcierta, una especie de silencio dorado en el que todo parece haber encontrado su sitio definitivo. No, no es un beso arrebatado ni desesperado; es un gesto contenido, recogido, casi reverente, como si esos dos cuerpos inclinados el uno hacia el otro supieran que han llegado al único lugar posible…. Al verlo da la sensación que el mundo, fuera del lienzo, no importa. Quizá por eso seguimos mirando ese cuadro como quien mira algo más antiguo que la propia memoria. Porque ahí está resumido, con una claridad casi incómoda, lo que durante siglos se entendió por amar: una entrega sin cálculo, una forma de quedarse incluso cuando no había garantías de nada. Y desde ese gesto detenido, desde esa inclinación mutua que parece una promesa silenciosa, se despliega toda la galería de amantes que han ido poblando la literatura y la historia como si no fueran personas, sino destinos.. Ahí están los jóvenes que no tuvieron tiempo de aprender la prudencia y por eso se amaron con la solemnidad de quienes no conocen el mañana. Están los que hicieron del amor una devoción callada, los que escribieron durante años a una presencia casi imposible, los que se sostuvieron en la distancia como si el recuerdo fuera una forma de contacto. Están los que se encontraron tarde, los que se perdieron pronto, los que no supieron convivir con el mundo y, aun así, dejaron tras de sí una huella tan honda que todavía hoy nos parece que siguen respirando en cada página.. Ellos (los amantes de otras épocas) amaban como si el amor fuese una fuerza inevitable. No se preguntaban si convenía, si encajaba, si sería sostenible. Amaban y, a partir de ahí, la vida se desordenaba con una naturalidad que ahora nos parecería casi imprudente.. No había estrategias ni reservas. ¡El amor no se gestionaba! ¡Ocurría! Tal vez por eso han sobrevivido. Porque el tiempo, que todo lo desgasta, ha respetado esa intensidad como se respetan las cosas que no se pueden repetir.. El amor, cuando sucede de verdad, deja de ser una idea y se convierte en acontecimiento. Algo que interrumpe, que altera y que obliga a mirar de otro modo.. Como ese beso detenido, dorado y silencioso, que no pertenece a ninguna fecha concreta y, sin embargo, parece contenerlas todas.
Noticias de Castilla y León: última hora local en La Razón
