Abraham Mateo subido a un pedestal. Su control escénico ensancha el escenario. Canta, interpreta, baila e ilumina la oscuridad de un pabellón repleto de público, que se siente. Hasta cuando no está en pantalla.. Acaba de empezar la segunda semifinal del quinto Benidorm Fest, el primero sin la tensión narrativa de Eurovisión. Empieza por la tele. Porque los programas comienzan mucho antes que su emisión. De hecho, el «Benifest» es lo que se ve y, también, lo que no se ve. Los prolegómenos son más esenciales que el clímax. Las ilusiones perduran más que las metas que las provocan.. Y aquí TVE congrega días de ensayo, trabajo y reunión de artistas y fans, fans y artistas, artistas que son fans, fans que sueñan ser artistas. Todos juntos, rompiendo con las crudezas de la monotonía a través de la fantasía de la música hecha emoción televisiva.. Todos intentan abrazar la oportunidad. Todos confían en el poder de la televisión, que es mejor cuando no solo distrae. Mejor entretener dando alas al talento. El Benidorm Fest lo logra desde las ruedas de prensa en las que la distensión gana a los institucionalizamos y los artistas se sienten libres para aprovechar la plataforma de Televisión Española en un tiempo en el que tanto pasa y tan poco queda. Efectos colaterales de la marabunta de impactos que recibimos en las redes sociales, donde es fácil mostrarse pero lo complicado es ser escuchado. Es sencillo enseñar pero lo difícil es ser mirado.. Ese también es el handicap del propio programa televisivo del Benidorm Fest: que las canciones transmitan que está aconteciendo un espectáculo único e irrepetible que invita a poner La 1. Un evento que no será igual verlo en diferido que en directo. Hay que votar, hay que apasionarse, hay que poder defenderlo o criticarlo. Porque eso significa que no padecemos del mal de la indiferencia. Incluso hay que sentir que estamos asistiendo como espectadores protagonistas a las que serán las actuaciones que alimentarán los Cachitos de Hierro y Cromo del futuro.. El propio Benidorm Fest debe aprender de los rótulos que se pondrán encima de sus canciones cuando ya no estemos aquí. No es un ejercicio de clarividencia, es recordar que la televisión más grande de nuestra historia siempre ha contado más que ha cantado. El éxito de Cachitos va muy unido a la capacidad de dar profundidad hasta al decorado más falso de cartón-piedra. Solo les basta un rótulo y las historias que guarda un archivo de RTVE que sigue, sigue y sigue enriqueciéndose mientras nos delata cómo somos en cada momento. Esta noche, lo han hecho todas las candidaturas de la segunda semifinal del Benidorm Fest.. Hemos celebrado la juguetona moto voladora con los gamberros de The Quinquis, el optimista tranvía amarillo movilizando la juventud de ASHA, la tienda de colchones con El Precio Justo de Miranda, la verja voladora por dopamina de Atyat, los sensitivos planos secuencias con sombras en el vestido de Rosalinda (una de las mejores puestas en escena)… Todo en una gala, como en la primera semifinal, con la mayoría de las actuaciones con luz muy contenida. Quizá como diciéndonos que estamos en una etapa en la que creemos que es mejor ser nórdicos que de andar por casa. Pero, de repente, aparece Luz Casal y las luces de colores de la tele de los ochenta se prendieron como antaño. Qué elegante, qué alegre: «Rufino es… Libertino, divino y superficial». En ese instante, es alzar la vista y la grada está a rebosar del color de la gente disfrutando el vivir la tele desde dentro. Como una fiesta en la que, por unos días, se sienten protagonistas aquellos que durante décadas teníamos que inventarnos los referentes con imaginación. Con las ideas traviesamente cómplices de Raffaella, con los decorados inmensos y la expresividad de los planos de reacción del público de la grada del Un, dos, tres…, con Eurovisión, donde lo más íntimo, lo más cómico y lo más melódico se entremezclaba.. Y, entonces, te percatas de que, vale, queremos ser siempre más vanguardistas, más internacionales, más portentosos y, al final, probablemente, lo más moderno, aquello que nos hace tan arrebatadamente únicos, continúa siendo nuestra pasión mediterránea: la alegría verbenera que nos pone a bailar a todos juntos. Hasta cuando vemos realidades de maneras distintas. Hasta cuando nos invitan a celebrar la uniformidad en vez de la diversidad. Fijo que de ahí sacará ideas brillantes la ironía de Cachitos con el Benidorm Fest 2026. Y no tendrá que esperar a 2076.
El ‘Benidorm Fest’ busca su trascendencia social sin ‘Eurovisión’
20MINUTOS.ES – Televisión
Abraham Mateo subido a un pedestal. Su control escénico ensancha el escenario. Canta, interpreta, baila e ilumina la oscuridad de un pabellón repleto de público, que se siente. Hasta cuando no está en pantalla.. Acaba de empezar la segunda semifinal del quinto Benidorm Fest, el primero sin la tensión narrativa de Eurovisión. Empieza por la tele. Porque los programas comienzan mucho antes que su emisión. De hecho, el «Benifest» es lo que se ve y, también, lo que no se ve. Los prolegómenos son más esenciales que el clímax. Las ilusiones perduran más que las metas que las provocan.. Y aquí TVE congrega días de ensayo, trabajo y reunión de artistas y fans, fans y artistas, artistas que son fans, fans que sueñan ser artistas. Todos juntos, rompiendo con las crudezas de la monotonía a través de la fantasía de la música hecha emoción televisiva.. Todos intentan abrazar la oportunidad. Todos confían en el poder de la televisión, que es mejor cuando no solo distrae. Mejor entretener dando alas al talento. El Benidorm Fest lo logra desde las ruedas de prensa en las que la distensión gana a los institucionalizamos y los artistas se sienten libres para aprovechar la plataforma de Televisión Española en un tiempo en el que tanto pasa y tan poco queda. Efectos colaterales de la marabunta de impactos que recibimos en las redes sociales, donde es fácil mostrarse pero lo complicado es ser escuchado. Es sencillo enseñar pero lo difícil es ser mirado.. Ese también es el handicap del propio programa televisivo del Benidorm Fest: que las canciones transmitan que está aconteciendo un espectáculo único e irrepetible que invita a poner La 1. Un evento que no será igual verlo en diferido que en directo. Hay que votar, hay que apasionarse, hay que poder defenderlo o criticarlo. Porque eso significa que no padecemos del mal de la indiferencia. Incluso hay que sentir que estamos asistiendo como espectadores protagonistas a las que serán las actuaciones que alimentarán los Cachitos de Hierro y Cromo del futuro.. El propio Benidorm Fest debe aprender de los rótulos que se pondrán encima de sus canciones cuando ya no estemos aquí. No es un ejercicio de clarividencia, es recordar que la televisión más grande de nuestra historia siempre ha contado más que ha cantado. El éxito de Cachitos va muy unido a la capacidad de dar profundidad hasta al decorado más falso de cartón-piedra. Solo les basta un rótulo y las historias que guarda un archivo de RTVE que sigue, sigue y sigue enriqueciéndose mientras nos delata cómo somos en cada momento. Esta noche, lo han hecho todas las candidaturas de la segunda semifinal del Benidorm Fest.. Hemos celebrado la juguetona moto voladora con los gamberros de The Quinquis, el optimista tranvía amarillo movilizando la juventud de ASHA, la tienda de colchones con El Precio Justo de Miranda, la verja voladora por dopamina de Atyat, los sensitivos planos secuencias con sombras en el vestido de Rosalinda (una de las mejores puestas en escena)… Todo en una gala, como en la primera semifinal, con la mayoría de las actuaciones con luz muy contenida. Quizá como diciéndonos que estamos en una etapa en la que creemos que es mejor ser nórdicos que de andar por casa. Pero, de repente, aparece Luz Casal y las luces de colores de la tele de los ochenta se prendieron como antaño. Qué elegante, qué alegre: «Rufino es… Libertino, divino y superficial». En ese instante, es alzar la vista y la grada está a rebosar del color de la gente disfrutando el vivir la tele desde dentro. Como una fiesta en la que, por unos días, se sienten protagonistas aquellos que durante décadas teníamos que inventarnos los referentes con imaginación. Con las ideas traviesamente cómplices de Raffaella, con los decorados inmensos y la expresividad de los planos de reacción del público de la grada del Un, dos, tres…, con Eurovisión, donde lo más íntimo, lo más cómico y lo más melódico se entremezclaba.. Y, entonces, te percatas de que, vale, queremos ser siempre más vanguardistas, más internacionales, más portentosos y, al final, probablemente, lo más moderno, aquello que nos hace tan arrebatadamente únicos, continúa siendo nuestra pasión mediterránea: la alegría verbenera que nos pone a bailar a todos juntos. Hasta cuando vemos realidades de maneras distintas. Hasta cuando nos invitan a celebrar la uniformidad en vez de la diversidad. Fijo que de ahí sacará ideas brillantes la ironía de Cachitos con el Benidorm Fest 2026. Y no tendrá que esperar a 2076.
