Brigitte Bardot fue enterrada en un ataúd de mimbre, como si se marchara del mundo en una cesta de picnic hacia ninguna parte mirando al mar en Saint-Tropez. Coherente hasta el insulto con su concepto de lujo inverso ¡Qué difícil es la coherencia en lo estético! Más que en lo moral: nada de mármol, ni de caoba, fibras vegetales y sofisticación silenciosa desmontando el boato funerario.. En su ataúd cabe casi todo Francia: la chica fotografiada, austeridad chic e individualismo irredento con los que vivió en su casa discretamente confortable (como su tumba florida), rodeada de burros y fotos de focas besadas.. El de Bardot es el ataúd más hermoso de la Tierra, de mi entero gusto, dicen que la decisión no fue estética sino ecológica pero se equivocan, todas las decisiones de una vida son estéticas lo sepamos o no. La estética habla del alma y las intenciones más que ninguna otra cosa, más que la ética de la que presumimos, con la que preformamos nuestro yo real. Ah…Toda decisión ecológica es también una declaración visual, una puesta en escena. Quiero enterrarme con ella ahí dentro, cubierta de margaritas naranjas y claveles, mis flores favoritas como veo que las suyas, las modestas, las menos cursis.. Qué francesa Bardot, qué parisina, ni siquiera París parece tan parisién como Bardot y el país no se pone de acuerdo sobre si levantarle una plaza o borrarla del callejero moral. La derecha la reclama como leyenda nacional, musa y vomitadora del progresismo, que se resiste a homenajear a una mujer condenada varias veces por incitación al odio racial y autora de invectivas furiosas contra inmigrantes y musulmanes. A mí me cae bien, lo siento, pese a sus faltas y su misantropía (que se entiende), no hay nada más liberal que zafarse de los zurdos castradores y sus evangelios.. Una persona tan radicalmente libre que se permitió el lujo de renunciar a la gloria de ser ella misma. Se escapó del cine a los 39, en la cumbre, cuando debía empezar su transición a señora respetable, y no se adhirió a ningún partido, ni etiqueta, nadaba sola sin realizar ningún movimiento que pretendiera explicar quién era. Tampoco se llamaba feminista, ¡mal y bien, BB! Como si aceptar esa palabra fuera una forma de disciplinarla, de archivarla en un cajón de buenas causas domesticadas o comestibles.. Se negó a ser la sex symbol ejemplar que envejece con dignidad, no cabe en ninguna pancarta sin implosionarla. Y en el catecismo de Occidente con la Virgen como el burka perfecto, la maternidad irreversible, con vientre a tiempo completo y sin cláusula de escape, Bardot llama al embarazo “tragedia personal” y al hijo “objeto de mi desgracia”. No es que se le hiciera cuesta arriba, es que la repudió en voz alta, por escrito, sabiendo que eso es casi el peor pecado que se puede confesar en una cultura que idealiza la madre abnegada, sumisa y disponible: “He elegido la soledad para defenderme. Me protejo de la humanidad que me rodea, de esta humanidad ruidosa e intrusiva. Vivo rodeada de animales, árboles, flores… Me siento mucho más cercana a la naturaleza y a los animales que a los humanos.”. Su retiro en La Madrague fue literal, monacal, gatos, gallinas, mar y un gusto impecable por la no ostentación, un lujo que pocos privilegiados se pueden permitir, el lujo (intelectual) que consiste en renunciar al lujo.. Y la rubia más hermosa que no era rubia (ninguna de las rubias míticas es rubia, por eso no nos cuestionan los chistes de rubias) era castaña, una adolescente tímida y miope, que se inventa a sí misma como chica dorada con flequillo de recién levantada; una lección de naturalidad que es el truco más elaborado. Pinta de chica descalza que seduce tanto como escandaliza: frágil y peligrosa, accesible y al mismo tiempo ingobernable.. Si hay una palabra Bardot es “libertad”. Para mostrar el cuerpo cuando nadie, para dejar de hacerlo y para negarse a la integración meliflua de lo políticamente correcto. En el mundo de las biografías ejemplares o cancelables, Bardot indecente, egoísta y hermosa, hasta el ataud, se sube al caballo por un lado y se cae por el otro.
Más que en lo moral: nada de mármol, ni de caoba, fibras vegetales y sofisticación silenciosa desmontando el boato funerario
Brigitte Bardot fue enterrada en un ataúd de mimbre, como si se marchara del mundo en una cesta de picnic hacia ninguna parte mirando al mar en Saint-Tropez. Coherente hasta el insulto con su concepto de lujo inverso ¡Qué difícil es la coherencia en lo estético! Más que en lo moral: nada de mármol, ni de caoba, fibras vegetales y sofisticación silenciosa desmontando el boato funerario.. En su ataúd cabe casi todo Francia: la chica fotografiada, austeridad chic e individualismo irredento con los que vivió en su casa discretamente confortable (como su tumba florida), rodeada de burros y fotos de focas besadas.. El de Bardot es el ataúd más hermoso de la Tierra, de mi entero gusto, dicen que la decisión no fue estética sino ecológica pero se equivocan, todas las decisiones de una vida son estéticas lo sepamos o no. La estética habla del alma y las intenciones más que ninguna otra cosa, más que la ética de la que presumimos, con la que preformamos nuestro yo real. Ah…Toda decisión ecológica es también una declaración visual, una puesta en escena. Quiero enterrarme con ella ahí dentro, cubierta de margaritas naranjas y claveles, mis flores favoritas como veo que las suyas, las modestas, las menos cursis.. Qué francesa Bardot, qué parisina, ni siquiera París parece tan parisién como Bardot y el país no se pone de acuerdo sobre si levantarle una plaza o borrarla del callejero moral. La derecha la reclama como leyenda nacional, musa y vomitadora del progresismo, que se resiste a homenajear a una mujer condenada varias veces por incitación al odio racial y autora de invectivas furiosas contra inmigrantes y musulmanes. A mí me cae bien, lo siento, pese a sus faltas y su misantropía (que se entiende), no hay nada más liberal que zafarse de los zurdos castradores y sus evangelios.. Una persona tan radicalmente libre que se permitió el lujo de renunciar a la gloria de ser ella misma. Se escapó del cine a los 39, en la cumbre, cuando debía empezar su transición a señora respetable, y no se adhirió a ningún partido, ni etiqueta, nadaba sola sin realizar ningún movimiento que pretendiera explicar quién era. Tampoco se llamaba feminista, ¡mal y bien, BB! Como si aceptar esa palabra fuera una forma de disciplinarla, de archivarla en un cajón de buenas causas domesticadas o comestibles.. Se negó a ser la sex symbol ejemplar que envejece con dignidad, no cabe en ninguna pancarta sin implosionarla. Y en el catecismo de Occidente con la Virgen como el burka perfecto, la maternidad irreversible, con vientre a tiempo completo y sin cláusula de escape, Bardot llama al embarazo “tragedia personal” y al hijo “objeto de mi desgracia”. No es que se le hiciera cuesta arriba, es que la repudió en voz alta, por escrito, sabiendo que eso es casi el peor pecado que se puede confesar en una cultura que idealiza la madre abnegada, sumisa y disponible: “He elegido la soledad para defenderme. Me protejo de la humanidad que me rodea, de esta humanidad ruidosa e intrusiva. Vivo rodeada de animales, árboles, flores… Me siento mucho más cercana a la naturaleza y a los animales que a los humanos.”. Su retiro en La Madrague fue literal, monacal, gatos, gallinas, mar y un gusto impecable por la no ostentación, un lujo que pocos privilegiados se pueden permitir, el lujo (intelectual) que consiste en renunciar al lujo.. Y la rubia más hermosa que no era rubia (ninguna de las rubias míticas es rubia, por eso no nos cuestionan los chistes de rubias) era castaña, una adolescente tímida y miope, que se inventa a sí misma como chica dorada con flequillo de recién levantada; una lección de naturalidad que es el truco más elaborado. Pinta de chica descalza que seduce tanto como escandaliza: frágil y peligrosa, accesible y al mismo tiempo ingobernable.. Si hay una palabra Bardot es “libertad”. Para mostrar el cuerpo cuando nadie, para dejar de hacerlo y para negarse a la integración meliflua de lo políticamente correcto. En el mundo de las biografías ejemplares o cancelables, Bardot indecente, egoísta y hermosa, hasta el ataud, se sube al caballo por un lado y se cae por el otro.
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