Durante décadas, Australia funcionó como una anomalía útil. Un país levantado sobre oleadas migratorias, lejos de las fracturas religiosas que marcaron a Europa y Oriente Próximo, convencido de haber domesticado el conflicto identitario. Diversidad sin guetos y pluralismo sin miedo. En ese relato, la comunidad judía ocupaba un lugar casi modélico: integrada, visible, sin escuelas fortificadas ni sinagogas blindadas, sin la liturgia del estado de excepción. La vida judía se desplegaba en abierto y sin pedir permiso.. Ese relato se quebró en la playa de Bondi. A mediados de diciembre, durante una celebración pública de Janucá, dos hombres armados abrieron fuego contra una multitud desarmada. Familias, niños y ancianos. Quince personas murieron y decenas quedaron heridas en el ataque antisemita más letal en la historia australiana. Pero, sobre todo, fue la confirmación de algo que llevaba tiempo gestándose. La violencia no llegó de improviso.. Una minoría fundacional, no periférica. La presencia judía en Australia no es marginal ni reciente. Llegó con la Primera Flota en 1788. Desde el siglo XIX, participó en el comercio, la prensa, la medicina o la política local. Tras la Segunda Guerra Mundial, el país recibió a supervivientes del exterminio nazi y consolidó una comunidad pequeña en número —unas 117.000 personas en una nación de casi 28 millones— pero central en la vida cívica. El antisemitismo existía, como en cualquier sociedad, pero era socialmente sancionado. Había límites y se respetaban.. Ese consenso empezó a erosionarse tras el 7 de octubre de 2023. El ataque de Hamás en Israel y la guerra posterior en Gaza actuaron como catalizador. El conflicto se filtró en el espacio público australiano con una rapidez que el sistema político, mediático y universitario no supo —o no quiso— contener.. Cuando el conflicto entra en casa. El 9 de octubre, la bandera israelí fue proyectada sobre la Ópera de Sídney como gesto simbólico de duelo. Esa misma noche, manifestantes marcharon hacia el recinto, bloquearon accesos y corearon consignas hostiles. La policía optó por no intervenir. El argumento fue el orden público, pero el efecto fue otro: la intimidación directa quedó tolerada si se presentaba como protesta política. Para los líderes comunitarios judíos, aquel episodio funcionó como advertencia. Para los sectores más radicalizados, como luz verde. Los límites se habían movido.. De la consigna al hostigamiento. Entre finales de 2023 y todo 2024, los incidentes se multiplicaron. Pintadas con simbología nazi, amenazas a escuelas, agresiones verbales en la calle, campañas coordinadas en redes. Negocios kosher fueron incendiados. Sinagogas atacadas de madrugada. El antisemitismo dejó de ser anecdótico y pasó a ser persistente. Lo inquietante no fue solo el volumen, sino la normalización. La violencia simbólica se convirtió en parte del paisaje.. Campus universitarios como incubadora. Las universidades se transformaron en amplificadores. Acampadas permanentes, interrupciones de clases, señalamientos públicos. Estudiantes judíos denunciaron exclusión académica, hostigamiento en aulas y plataformas internas. Listas negras informales de docentes “sionistas”. Escraches. Un clima en el que la identidad judía se volvía sospecha.. La respuesta institucional fue una neutralidad, que, en este contexto, operó como permiso. El coste social del acoso se redujo. El mensaje implícito fue claro, esto entra dentro del debate.. Un Estado que reacciona tarde. El Gobierno federal acabó reconociendo el problema, pero lo hizo tarde. Demasiado tarde. Cuando se crearon oficinas, planes y enviados especiales, el fenómeno ya estaba arraigado. El silencio previo había hecho su trabajo. En política, como en la calle, la ausencia de límites no desescala, invita, según expertos.. En el atardecer del 14 de diciembre, Bondi Beach parecía una escena rutinaria. Una menorá frente al mar donde familias cantaban canciones. Sin controles extraordinarios. Durante años, ese había sido el pacto tácito, la visibilidad no implicaba riesgo. Los atacantes —un padre inmigrado en los años noventa y su hijo, nacido y criado en Australia— llegaron armados con escopetasy rifles obtenidos legalmente. Abrieron fuego durante varios minutos. Dos agentes resultaron gravemente heridos y quince inocentes murieron. La radicalización no fue importada, fue doméstica.. El duelo bajo vigilancia. Una semana después, más de diez mil personas regresaron a Bondi Beach. Esta vez, bajo un despliegue policial sin precedentes. Fusiles visibles. Controles. El paisaje cambió. Las imágenes de las víctimas, de entre 10 y 87 años, fueron proyectadas frente al mar. Waltzing Matilda sonó en honor a la más joven, una niña australiana hija de padres ucranianos que habían elegido “el nombre más australiano que conocían”.. El primer ministro, Anthony Albanese estuvo presente, junto a ex primeros ministros y el gobernador general. Cuando su presencia fue mencionada, una parte del público abucheó. No fue un gesto impulsivo, fue una acusación. La sensación compartida era de abandono y de advertencias ignoradas.. David Ossip, presidente del Consejo Judío de Nueva Gales del Sur, habló de un punto más bajo, de un nadir. Dijo que ese debía ser el momento en que la luz empezara a imponerse a la oscuridad. Una frase cargada de agotamiento. La líder de la oposición fue aplaudida. El contraste no fue ideológico, sino emocional. La política había entrado en duelo.. Héroes incómodos y gestos que desarman. Desde su cama de hospital, Ahmed al Ahmed, inmigrante sirio, envió un mensaje a la comunidad judía. Había sido herido tras arrebatarle un arma a uno de los atacantes. “El Señor está cerca de los corazones rotos”, escribió. Su padre fue invitado a encender una vela de la menorá en la última noche de Janucá. El gesto fue sencillo y devastador. Recordó, sin discursos, que el conflicto no era civilizacional, sino moral.. En todo el país, a la misma hora del primer disparo, los hogares encendieron velas. La televisión y la radio guardaron silencio. El Gobierno declaró el día como Jornada Nacional de Reflexión. Las banderas ondearon a media asta. Los edificios se iluminaron de amarillo. Los símbolos llegaron. Tarde, pero llegaron.. La ficción de la violencia súbita. Australia tiende a apuntar la violencia como erupción repentina, aberrante e inexplicable. Ha sido una narrativa cómoda hasta ahora. Ha permitido tratar la masacre como anomalía y no como consecuencia. Pero los analistas apuntan a que los climas morales no aparecen de la nada. Se cultivan. Se construyen con lenguaje, omisiones, repeticiones selectivas. La violencia rara vez llega sin aviso. Entra por puertas que alguien decidió no cerrar.. Después de Bondi. El parlamento de Nueva Gales del Sur debatirá nuevas leyes sobre armas y discurso de odio. Se revisarán protocolos policiales. Se limitará la cantidad de armas por persona. Todo eso es necesario. Porque el problema no empezó con las armas ni terminó con ellas. Inició cuando se decidió mirar hacia otro lado. Cuando se confundió neutralidad con virtud. Bondi Beach quedará registrado no sólo como escenario de una masacre, sino como el punto exacto en el que la “excepción australiana” dejó de existir. El atentado no cerró un debate, lo abrió definitivamente.
Durante décadas, Australia funcionó como una anomalía útil. Un país levantado sobre oleadas migratorias, lejos de las fracturas religiosas que marcaron a Europa y Oriente Próximo, convencido de haber domesticado el conflicto identitario. Diversidad sin guetos y pluralismo sin miedo. En ese relato, la comunidad judía ocupaba un lugar casi modélico: integrada, visible, sin escuelas fortificadas ni sinagogas blindadas, sin la liturgia del estado de excepción. La vida judía se desplegaba en abierto y sin pedir permiso.. Ese relato se quebró en la playa de Bondi. A mediados de diciembre, durante una celebración pública de Janucá, dos hombres armados abrieron fuego contra una multitud desarmada. Familias, niños y ancianos. Quince personas murieron y decenas quedaron heridas en el ataque antisemita más letal en la historia australiana. Pero, sobre todo, fue la confirmación de algo que llevaba tiempo gestándose. La violencia no llegó de improviso.. Una minoría fundacional, no periférica. La presencia judía en Australia no es marginal ni reciente. Llegó con la Primera Flota en 1788. Desde el siglo XIX, participó en el comercio, la prensa, la medicina o la política local. Tras la Segunda Guerra Mundial, el país recibió a supervivientes del exterminio nazi y consolidó una comunidad pequeña en número —unas 117.000 personas en una nación de casi 28 millones— pero central en la vida cívica. El antisemitismo existía, como en cualquier sociedad, pero era socialmente sancionado. Había límites y se respetaban.. Ese consenso empezó a erosionarse tras el 7 de octubre de 2023. El ataque de Hamás en Israel y la guerra posterior en Gaza actuaron como catalizador. El conflicto se filtró en el espacio público australiano con una rapidez que el sistema político, mediático y universitario no supo —o no quiso— contener.. Cuando el conflicto entra en casa. El 9 de octubre, la bandera israelí fue proyectada sobre la Ópera de Sídney como gesto simbólico de duelo. Esa misma noche, manifestantes marcharon hacia el recinto, bloquearon accesos y corearon consignas hostiles. La policía optó por no intervenir. El argumento fue el orden público, pero el efecto fue otro: la intimidación directa quedó tolerada si se presentaba como protesta política. Para los líderes comunitarios judíos, aquel episodio funcionó como advertencia. Para los sectores más radicalizados, como luz verde. Los límites se habían movido.. De la consigna al hostigamiento. Entre finales de 2023 y todo 2024, los incidentes se multiplicaron. Pintadas con simbología nazi, amenazas a escuelas, agresiones verbales en la calle, campañas coordinadas en redes. Negocios kosher fueron incendiados. Sinagogas atacadas de madrugada. El antisemitismo dejó de ser anecdótico y pasó a ser persistente. Lo inquietante no fue solo el volumen, sino la normalización. La violencia simbólica se convirtió en parte del paisaje.. Campus universitarios como incubadora. Las universidades se transformaron en amplificadores. Acampadas permanentes, interrupciones de clases, señalamientos públicos. Estudiantes judíos denunciaron exclusión académica, hostigamiento en aulas y plataformas internas. Listas negras informales de docentes “sionistas”. Escraches. Un clima en el que la identidad judía se volvía sospecha.. La respuesta institucional fue una neutralidad, que, en este contexto, operó como permiso. El coste social del acoso se redujo. El mensaje implícito fue claro, esto entra dentro del debate.. Un Estado que reacciona tarde. El Gobierno federal acabó reconociendo el problema, pero lo hizo tarde. Demasiado tarde. Cuando se crearon oficinas, planes y enviados especiales, el fenómeno ya estaba arraigado. El silencio previo había hecho su trabajo. En política, como en la calle, la ausencia de límites no desescala, invita, según expertos.. En el atardecer del 14 de diciembre, Bondi Beach parecía una escena rutinaria. Una menorá frente al mar donde familias cantaban canciones. Sin controles extraordinarios. Durante años, ese había sido el pacto tácito, la visibilidad no implicaba riesgo. Los atacantes —un padre inmigrado en los años noventa y su hijo, nacido y criado en Australia— llegaron armados con escopetas y rifles obtenidos legalmente. Abrieron fuego durante varios minutos. Dos agentes resultaron gravemente heridos y quince inocentes murieron. La radicalización no fue importada, fue doméstica.. El duelo bajo vigilancia. Una semana después, más de diez mil personas regresaron a Bondi Beach. Esta vez, bajo un despliegue policial sin precedentes. Fusiles visibles. Controles. El paisaje cambió. Las imágenes de las víctimas, de entre 10 y 87 años, fueron proyectadas frente al mar. Waltzing Matilda sonó en honor a la más joven, una niña australiana hija de padres ucranianos que habían elegido “el nombre más australiano que conocían”.. El primer ministro, Anthony Albanese estuvo presente, junto a ex primeros ministros y el gobernador general. Cuando su presencia fue mencionada, una parte del público abucheó. No fue un gesto impulsivo, fue una acusación. La sensación compartida era de abandono y de advertencias ignoradas.. David Ossip, presidente del Consejo Judío de Nueva Gales del Sur, habló de un punto más bajo, de un nadir. Dijo que ese debía ser el momento en que la luz empezara a imponerse a la oscuridad. Una frase cargada de agotamiento. La líder de la oposición fue aplaudida. El contraste no fue ideológico, sino emocional. La política había entrado en duelo.. Héroes incómodos y gestos que desarman. Desde su cama de hospital, Ahmed al Ahmed, inmigrante sirio, envió un mensaje a la comunidad judía. Había sido herido tras arrebatarle un arma a uno de los atacantes. “El Señor está cerca de los corazones rotos”, escribió. Su padre fue invitado a encender una vela de la menorá en la última noche de Janucá. El gesto fue sencillo y devastador. Recordó, sin discursos, que el conflicto no era civilizacional, sino moral.. En todo el país, a la misma hora del primer disparo, los hogares encendieron velas. La televisión y la radio guardaron silencio. El Gobierno declaró el día como Jornada Nacional de Reflexión. Las banderas ondearon a media asta. Los edificios se iluminaron de amarillo. Los símbolos llegaron. Tarde, pero llegaron.. La ficción de la violencia súbita. Australia tiende a apuntar la violencia como erupción repentina, aberrante e inexplicable. Ha sido una narrativa cómoda hasta ahora. Ha permitido tratar la masacre como anomalía y no como consecuencia. Pero los analistas apuntan a que los climas morales no aparecen de la nada. Se cultivan. Se construyen con lenguaje, omisiones, repeticiones selectivas. La violencia rara vez llega sin aviso. Entra por puertas que alguien decidió no cerrar.. Después de Bondi. El parlamento de Nueva Gales del Sur debatirá nuevas leyes sobre armas y discurso de odio. Se revisarán protocolos policiales. Se limitará la cantidad de armas por persona. Todo eso es necesario. Porque el problema no empezó con las armas ni terminó con ellas. Inició cuando se decidió mirar hacia otro lado. Cuando se confundió neutralidad con virtud. Bondi Beach quedará registrado no sólo como escenario de una masacre, sino como el punto exacto en el que la “excepción australiana” dejó de existir. El atentado no cerró un debate, lo abrió definitivamente.
Desde el atentado del 7 de octubre, el antisemitismo dejó de ser anecdótico y pasó a ser persistente. Lo inquietante no fue solo el volumen, sino la normalización
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