En julio de 1928 un estadounidense se adentraba en el Madrid de las vanguardias, de los cafés, de las verbenas… En ese momento irrepetible en el que un grupo de jóvenes creadores estaba estampando su personal sello en el panorama cultural. La Residencia de Estudiantes era uno de los principales focos de esa producción y fue allí a donde llegó ese muchacho que respondía al nombre de Philip Cummings. No tardó en quedar hechizado ante la presencia de uno de los residentes de aquella docta casa que se hacía dueño del ambiente tocando el piano. Cummings sintió atracción por Federico García Lorca, naciendo al instante una relación que tuvo como consecuencia que durante sus días en Estados Unidos, el granadino viajara hasta Vermont para pasar una decena de días en una cabaña junto al lago Eden al lado del amigo americano.. Patricia A. Billingsley firma un libro largamente esperado por los lorquistas, una investigación de la que hace tiempo que se venía hablando. No ha defraudado con este «Lorca en Vermont», publicado por Taurus y que arroja nueva luz sobre un importante episodio en la vida de Federico, como es su relación con Cummings. Con un desconocimiento total del inglés y aprovechando que se encontraba en Nueva York, Lorca aceptó la invitación que Cummings le había hecho para viajar hasta Vermont, a un paraíso inédito después de sentirse «asesinado por el cielo» en la ciudad de los rascacielos. Los dos ya se habían hecho amantes tiempo atrás, en Madrid, cuando Lorca pasaba una de sus peores épocas personales tras su ruptura con el escultor Emilio Aladrén.. Philip Cummings estuvo durante años, demasiado años, olvidado en la ingente bibliografía lorquiana por motivos extraliterarios. Algunos de los amigos del poeta se encargaron de silenciar su papel en esos días estadounidenses, como fue el caso de Ángel del Río, preocupado de que saliera a la luz –hablamos de la década de los cincuenta– la relación homosexual entre Lorca y Cummings. No fue hasta un tiempo más tarde cuando una nueva generación de investigadores encabezados por Daniel Eisenberg comenzó la reivindicación hablando directamente con la fuente. Fue entonces cuando poco a poco surgió la verdadera naturaleza de aquella amistad que se tradujo en una parte de los poemas que forman parte del libro «Poeta en Nueva York». Cabe decir que tampoco lo puso muy fácil el propio Cummings, quien se disfrazó de heterosexual para convertir todo aquello en una falsa amistad platónica.. Uno de los grandes aciertos de la obra es su propuesta de nuevas lecturas de varios poemas lorquianos. Es el caso de «Amantes asesinados por una perdiz», donde Billingsley identifica una referencia al primer encuentro sexual de la pareja: «Se acostaban./ No había otro espectáculo más tierno». Pero fueron los diez días pasados en Vermont los que propiciaron algunas de las composiciones más interesantes del llamado ciclo neoyorquino, como son «Cielo vivo», «Muerte», «Tierra y luna» y «Poema doble del lago Eden», donde el poeta quiere llorar pronunciando su nombre «para decir mi verdad de hombre de sangre/ matando en mí la burla y la sugestión del vocablo». Porque en Vermont, pese a encontrarse feliz en un ambiente bucólico y generosamente cuidado por la familia de Cummings, se veía, según la autora, «atormentado por amenazas, tanto reales como imaginarias, que lo mantenían despierto y nervioso», y que también se llevó con él hasta las montañas Catskill, en el Estado de Nueva York, donde estuvo viviendo unos días junto a Ángel del Río y su familia. La relación no acabó muy bien y el propio Lorca se encargó de alguna manera de silenciarla. Los dos amigos volvieron a reencontrarse en España durante un momento de gran tensión política, a las puertas de la proclamación de la Segunda República. El poeta decidió acabar con todo ello de una manera abrupta, pidiendo que no le volviera escribir cartas, entre otras cosas, por miedo a que la correspondencia fuera leída por otros, sobre todo, por su familia. Cuando a partir de 1932 empezó a dar su conferencia-recital alrededor de «Poeta en Nueva York», Lorca suprimió toda mención al amigo americano.. De todas formas, en julio de 1936, cuando por fin dio el paso para que sus versos se publicaran en la editorial de su amigo José Bergamín, Lorca debió reconsiderar los días pasados en Vermont junto a Cummings; junto a Felipe, como él lo llamaba. En el sobre que dejó en las oficinas de Cruz y Raya antes de tomar el fatídico tren que lo llevó a Granada por última vez, Lorca dejó todas las composiciones, incluida «Amantes asesinados por una perdiz», y que situó al final de una sección que bautizó como «Introducción a la muerte (Poemas de soledad en Vermont)». Para la biógrafa aquel gesto representaba aceptar por fin lo vivido junto a Cummings.. Lorca debía al estadounidense algunas cosas, una de ellas fue su primera aproximación a la poesía del viejo y hermoso Walt Whitman, protagonista de una conmovedora oda dentro del ciclo neoyorquino. Cummings le propuso el ejercicio de traducir entre los dos «Hojas de hierba», aunque no se acabó de materializar la propuesta. Igualmente ambos también intentaron adaptar, aunque en este caso al inglés, los poemas del libro «Canciones» de Lorca, un proyecto que finalmente vio la luz en 1976.. Pero el amigo americano también tomó algunas decisiones equivocadas en su intento por proteger el legado lorquiano. Probablemente la más cuestionable de todas –por desgracia, no muy estudiada en el libro que nos ocupa– fue la decisión de destruir una serie de páginas manuscritas de García Lorca.. En 1961, Cummings había redescubierto en su casa un sobre con una suerte de «Yo acuso» lorquiano donde pasaba cuentas con todos aquellos que lo habían traicionado. Así se lo transmitió a Daniel Eisenberg. Eran 53 cuartillas en las que pasaba cuentas con, entre otros, Salvador Dalí y Rafael Alberti. Lorca le pidió a Cummings que si alguna vez le pasaba algo echara al fuego esos papeles. Tras pensarlo mucho no lo dudó y destruyó todo en vez de, por ejemplo, depositarlo en una caja fuerte o hacer una copia.. Patricia A. Billingsley también es muy cuidadosa a la hora de adentrarse en terrenos muy espinosos, como son los últimos años de Philip Cummings, con alguna grave acusación pública –porque se hizo durante un acto abierto al público– en la que no vamos a entrar ahora. Tampoco se recuerda, por ejemplo, cómo fueron los encuentros entre Cummings y Dionisio Cañas y que este último se ha encargado de explicar y airear en artículos. Lo que queda, y eso es lo importante, es una gran investigación, una de las más importantes aportaciones a los estudios lorquianos.
Un libro profundiza en la relación del poeta granadino con un joven estadounidense llamado Philip Cummings, decisivo para que escribiera su obra «Poeta en Nueva York»
En julio de 1928 un estadounidense se adentraba en el Madrid de las vanguardias, de los cafés, de las verbenas… En ese momento irrepetible en el que un grupo de jóvenes creadores estaba estampando su personal sello en el panorama cultural. La Residencia de Estudiantes era uno de los principales focos de esa producción y fue allí a donde llegó ese muchacho que respondía al nombre de Philip Cummings. No tardó en quedar hechizado ante la presencia de uno de los residentes de aquella docta casa que se hacía dueño del ambiente tocando el piano. Cummings sintió atracción por Federico García Lorca, naciendo al instante una relación que tuvo como consecuencia que durante sus días en Estados Unidos, el granadino viajara hasta Vermont para pasar una decena de días en una cabaña junto al lago Eden al lado del amigo americano.. Patricia A. Billingsley firma un libro largamente esperado por los lorquistas, una investigación de la que hace tiempo que se venía hablando. No ha defraudado con este «Lorca en Vermont», publicado por Taurus y que arroja nueva luz sobre un importante episodio en la vida de Federico, como es su relación con Cummings. Con un desconocimiento total del inglés y aprovechando que se encontraba en Nueva York, Lorca aceptó la invitación que Cummings le había hecho para viajar hasta Vermont, a un paraíso inédito después de sentirse «asesinado por el cielo» en la ciudad de los rascacielos. Los dos ya se habían hecho amantes tiempo atrás, en Madrid, cuando Lorca pasaba una de sus peores épocas personales tras su ruptura con el escultor Emilio Aladrén.. Philip Cummings estuvo durante años, demasiado años, olvidado en la ingente bibliografía lorquiana por motivos extraliterarios. Algunos de los amigos del poeta se encargaron de silenciar su papel en esos días estadounidenses, como fue el caso de Ángel del Río, preocupado de que saliera a la luz –hablamos de la década de los cincuenta– la relación homosexual entre Lorca y Cummings. No fue hasta un tiempo más tarde cuando una nueva generación de investigadores encabezados por Daniel Eisenberg comenzó la reivindicación hablando directamente con la fuente. Fue entonces cuando poco a poco surgió la verdadera naturaleza de aquella amistad que se tradujo en una parte de los poemas que forman parte del libro «Poeta en Nueva York». Cabe decir que tampoco lo puso muy fácil el propio Cummings, quien se disfrazó de heterosexual para convertir todo aquello en una falsa amistad platónica.. Uno de los grandes aciertos de la obra es su propuesta de nuevas lecturas de varios poemas lorquianos. Es el caso de «Amantes asesinados por una perdiz», donde Billingsley identifica una referencia al primer encuentro sexual de la pareja: «Se acostaban./ No había otro espectáculo más tierno». Pero fueron los diez días pasados en Vermont los que propiciaron algunas de las composiciones más interesantes del llamado ciclo neoyorquino, como son «Cielo vivo», «Muerte», «Tierra y luna» y «Poema doble del lago Eden», donde el poeta quiere llorar pronunciando su nombre «para decir mi verdad de hombre de sangre/ matando en mí la burla y la sugestión del vocablo». Porque en Vermont, pese a encontrarse feliz en un ambiente bucólico y generosamente cuidado por la familia de Cummings, se veía, según la autora, «atormentado por amenazas, tanto reales como imaginarias, que lo mantenían despierto y nervioso», y que también se llevó con él hasta las montañas Catskill, en el Estado de Nueva York, donde estuvo viviendo unos días junto a Ángel del Río y su familia. La relación no acabó muy bien y el propio Lorca se encargó de alguna manera de silenciarla. Los dos amigos volvieron a reencontrarse en España durante un momento de gran tensión política, a las puertas de la proclamación de la Segunda República. El poeta decidió acabar con todo ello de una manera abrupta, pidiendo que no le volviera escribir cartas, entre otras cosas, por miedo a que la correspondencia fuera leída por otros, sobre todo, por su familia. Cuando a partir de 1932 empezó a dar su conferencia-recital alrededor de «Poeta en Nueva York», Lorca suprimió toda mención al amigo americano.. De todas formas, en julio de 1936, cuando por fin dio el paso para que sus versos se publicaran en la editorial de su amigo José Bergamín, Lorca debió reconsiderar los días pasados en Vermont junto a Cummings; junto a Felipe, como él lo llamaba. En el sobre que dejó en las oficinas de Cruz y Raya antes de tomar el fatídico tren que lo llevó a Granada por última vez, Lorca dejó todas las composiciones, incluida «Amantes asesinados por una perdiz», y que situó al final de una sección que bautizó como «Introducción a la muerte (Poemas de soledad en Vermont)». Para la biógrafa aquel gesto representaba aceptar por fin lo vivido junto a Cummings.. Lorca debía al estadounidense algunas cosas, una de ellas fue su primera aproximación a la poesía del viejo y hermoso Walt Whitman, protagonista de una conmovedora oda dentro del ciclo neoyorquino. Cummings le propuso el ejercicio de traducir entre los dos «Hojas de hierba», aunque no se acabó de materializar la propuesta. Igualmente ambos también intentaron adaptar, aunque en este caso al inglés, los poemas del libro «Canciones» de Lorca, un proyecto que finalmente vio la luz en 1976.. Pero el amigo americano también tomó algunas decisiones equivocadas en su intento por proteger el legado lorquiano. Probablemente la más cuestionable de todas –por desgracia, no muy estudiada en el libro que nos ocupa– fue la decisión de destruir una serie de páginas manuscritas de García Lorca.. En 1961, Cummings había redescubierto en su casa un sobre con una suerte de «Yo acuso» lorquiano donde pasaba cuentas con todos aquellos que lo habían traicionado. Así se lo transmitió a Daniel Eisenberg. Eran 53 cuartillas en las que pasaba cuentas con, entre otros, Salvador Dalí y Rafael Alberti. Lorca le pidió a Cummings que si alguna vez le pasaba algo echara al fuego esos papeles. Tras pensarlo mucho no lo dudó y destruyó todo en vez de, por ejemplo, depositarlo en una caja fuerte o hacer una copia.. Patricia A. Billingsley también es muy cuidadosa a la hora de adentrarse en terrenos muy espinosos, como son los últimos años de Philip Cummings, con alguna grave acusación pública –porque se hizo durante un acto abierto al público– en la que no vamos a entrar ahora. Tampoco se recuerda, por ejemplo, cómo fueron los encuentros entre Cummings y Dionisio Cañas y que este último se ha encargado de explicar y airear en artículos. Lo que queda, y eso es lo importante, es una gran investigación, una de las más importantes aportaciones a los estudios lorquianos.
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