A escasos kilómetros del casco histórico de Santiago de Compostela, entre el rumor del río Sar y el paso constante del ferrocarril, yacen los restos de una fortaleza que fue mucho más que un castillo. Durante más de dos siglos, la Rocha Forte encarnó el poder absoluto del arzobispado compostelano, su capacidad de control sobre la ciudad y los caminos, y también la cara más oscura del sistema feudal gallego.. Hoy, reducida a ruinas y excavaciones arqueológicas, sigue siendo uno de los escenarios más elocuentes para entender los conflictos políticos, sociales y simbólicos de la Galicia medieval.. La fortaleza fue mandada construir hacia el año 1240 por el arzobispo Juan Arias como residencia arzobispal y enclave defensivo. A diferencia de otros castillos medievales, no se alzó en lo alto de una cumbre, sino en el fondo del valle, junto a la confluencia de pequeños cursos de agua y muy cerca de las vías de acceso a Santiago desde el sur. Esa ubicación, poco habitual, respondía a una lógica clara: controlar la entrada y salida de personas y mercancías, así como los itinerarios que seguían los peregrinos del Camino Portugués y las rutas hacia Padrón, Noia o la costa atlántica.. Con el paso del tiempo, la Rocha Forte se convirtió en una auténtica aduana fortificada y en un primer escudo defensivo ante posibles ataques que llegasen desde el mar a través de la ría de Arousa y el río Ulla. Su función estratégica fue tal que los documentos del siglo XVI la describen como “la más grande y más fuerte fortaleza de todo el Reino de Galicia”.. El día de la Ira: sangre en el patio del castillo. Uno de los episodios más dramáticos de su historia se vivió en 1320. A comienzos del siglo XIV, la burguesía compostelana se había levantado contra el dominio eclesiástico y reclamaba depender directamente de la Corona. El recién nombrado arzobispo, el dominico francés Berenguel de Landoria, encontró las puertas de la ciudad cerradas a su llegada y se refugió en la Rocha Forte.. Tras meses de tensiones, una delegación de representantes del concejo acudió al castillo para negociar. No salieron vivos. El 16 de septiembre de 1320, los enviados fueron asesinados dentro de la fortaleza por los hombres del arzobispo. El suceso pasó a la historia como el “día de la Ira” y selló definitivamente la imagen del castillo como símbolo de opresión y violencia señorial.. Arquitectura del poder. Las excavaciones arqueológicas iniciadas en 2001 han permitido reconstruir, al menos en parte, la magnitud del conjunto. La fortaleza contaba con varios recintos amurallados concéntricos, una gran torre del homenaje de cuatro pisos, nueve torreones, fosos —algunos inundados—, barbacanas, poternas y una compleja red de canalizaciones de agua. En su interior había capilla, almacenes, caballerizas capaces de albergar más de doscientos caballos y dependencias para cientos de hombres.. Los hallazgos materiales refuerzan la idea de un castillo moderno para su tiempo: proyectiles de catapulta, armas, monedas de distintos reinados, cerámicas de importación y elementos arquitectónicos góticos apuntan a una fortaleza avanzada, influida por modelos europeos y vinculada al tránsito cultural del Camino de Santiago.. Churruchaos, leyendas y memoria popular. Alrededor del castillo creció también una densa capa de leyendas. La más conocida es la de los Churruchaos, una familia asociada en la tradición popular a asesinatos, saqueos y abusos cometidos bajo la protección del arzobispado. De ese imaginario surge la historia de la gallina con polluelos de oro que, según se dice, aún se aparece fugazmente entre las ruinas, sin dejarse ver dos veces por la misma persona.. Aunque muchas de estas narraciones mezclan hechos reales y fantasía, lo cierto es que los abusos cometidos por los hombres de la Rocha Forte quedaron documentados en los registros municipales y alimentaron durante décadas el odio popular hacia la fortaleza.. El final: 11.000 personas contra un símbolo. Ese odio estalló definitivamente en 1467, en el contexto de la Gran Revuelta Irmandiña. Miles de campesinos y vecinos, organizados en hermandades, sitiaron y derribaron la Rocha Forte hasta sus cimientos. Según los testimonios recogidos posteriormente, más de 11.000 personas participaron en el asalto. Fue uno de los primeros castillos en caer y, a diferencia de otros, nunca volvió a levantarse.. Sus piedras se reutilizaron para otras construcciones, incluso para obras en la propia catedral de Santiago, como si la ciudad quisiera integrar físicamente la derrota de aquel poder que la había dominado durante siglos.. Un yacimiento aún por descubrir. Hoy, la Rocha Forte es Bien de Interés Cultural y objeto de campañas arqueológicas periódicas. A pesar de los avances, gran parte del yacimiento permanece sin excavar, especialmente las áreas exteriores donde podrían aparecer nuevas murallas, graneros o dependencias auxiliares. Las ruinas, atravesadas en parte por la línea férrea del siglo XIX, siguen reclamando atención y recursos.. Entre la maleza y los muros derruidos, la Rocha Forte continúa hablando. No como castillo, sino como memoria: la de una ciudad enfrentada a su señor, la de un poder llevado al extremo y la de una rebelión que, piedra a piedra, decidió ponerle fin.
Levantado para dominar caminos y conciencias, arrasado por miles de campesinos hartos de abusos, este enclave concentra historia, violencia y leyendas de la Galicia medieval
A escasos kilómetros del casco histórico de Santiago de Compostela, entre el rumor del río Sar y el paso constante del ferrocarril, yacen los restos de una fortaleza que fue mucho más que un castillo. Durante más de dos siglos, la Rocha Forte encarnó el poder absoluto del arzobispado compostelano, su capacidad de control sobre la ciudad y los caminos, y también la cara más oscura del sistema feudal gallego.. Hoy, reducida a ruinas y excavaciones arqueológicas, sigue siendo uno de los escenarios más elocuentes para entender los conflictos políticos, sociales y simbólicos de la Galicia medieval.. La fortaleza fue mandada construir hacia el año 1240 por el arzobispo Juan Arias como residencia arzobispal y enclave defensivo. A diferencia de otros castillos medievales, no se alzó en lo alto de una cumbre, sino en el fondo del valle, junto a la confluencia de pequeños cursos de agua y muy cerca de las vías de acceso a Santiago desde el sur. Esa ubicación, poco habitual, respondía a una lógica clara: controlar la entrada y salida de personas y mercancías, así como los itinerarios que seguían los peregrinos del Camino Portugués y las rutas hacia Padrón, Noia o la costa atlántica.. Con el paso del tiempo, la Rocha Forte se convirtió en una auténtica aduana fortificada y en un primer escudo defensivo ante posibles ataques que llegasen desde el mar a través de la ría de Arousa y el río Ulla. Su función estratégica fue tal que los documentos del siglo XVI la describen como “la más grande y más fuerte fortaleza de todo el Reino de Galicia”.. El día de la Ira: sangre en el patio del castillo. Uno de los episodios más dramáticos de su historia se vivió en 1320. A comienzos del siglo XIV, la burguesía compostelana se había levantado contra el dominio eclesiástico y reclamaba depender directamente de la Corona. El recién nombrado arzobispo, el dominico francés Berenguel de Landoria, encontró las puertas de la ciudad cerradas a su llegada y se refugió en la Rocha Forte.. Tras meses de tensiones, una delegación de representantes del concejo acudió al castillo para negociar. No salieron vivos. El 16 de septiembre de 1320, los enviados fueron asesinados dentro de la fortaleza por los hombres del arzobispo. El suceso pasó a la historia como el “día de la Ira” y selló definitivamente la imagen del castillo como símbolo de opresión y violencia señorial.. Arquitectura del poder. Las excavaciones arqueológicas iniciadas en 2001 han permitido reconstruir, al menos en parte, la magnitud del conjunto. La fortaleza contaba con varios recintos amurallados concéntricos, una gran torre del homenaje de cuatro pisos, nueve torreones, fosos —algunos inundados—, barbacanas, poternas y una compleja red de canalizaciones de agua. En su interior había capilla, almacenes, caballerizas capaces de albergar más de doscientos caballos y dependencias para cientos de hombres.. Los hallazgos materiales refuerzan la idea de un castillo moderno para su tiempo: proyectiles de catapulta, armas, monedas de distintos reinados, cerámicas de importación y elementos arquitectónicos góticos apuntan a una fortaleza avanzada, influida por modelos europeos y vinculada al tránsito cultural del Camino de Santiago.. Churruchaos, leyendas y memoria popular. Alrededor del castillo creció también una densa capa de leyendas. La más conocida es la de los Churruchaos, una familia asociada en la tradición popular a asesinatos, saqueos y abusos cometidos bajo la protección del arzobispado. De ese imaginario surge la historia de la gallina con polluelos de oro que, según se dice, aún se aparece fugazmente entre las ruinas, sin dejarse ver dos veces por la misma persona.. Aunque muchas de estas narraciones mezclan hechos reales y fantasía, lo cierto es que los abusos cometidos por los hombres de la Rocha Forte quedaron documentados en los registros municipales y alimentaron durante décadas el odio popular hacia la fortaleza.. El final: 11.000 personas contra un símbolo. Ese odio estalló definitivamente en 1467, en el contexto de la Gran Revuelta Irmandiña. Miles de campesinos y vecinos, organizados en hermandades, sitiaron y derribaron la Rocha Forte hasta sus cimientos. Según los testimonios recogidos posteriormente, más de 11.000 personas participaron en el asalto. Fue uno de los primeros castillos en caer y, a diferencia de otros, nunca volvió a levantarse.. Sus piedras se reutilizaron para otras construcciones, incluso para obras en la propia catedral de Santiago, como si la ciudad quisiera integrar físicamente la derrota de aquel poder que la había dominado durante siglos.. Un yacimiento aún por descubrir. Hoy, la Rocha Forte es Bien de Interés Cultural y objeto de campañas arqueológicas periódicas. A pesar de los avances, gran parte del yacimiento permanece sin excavar, especialmente las áreas exteriores donde podrían aparecer nuevas murallas, graneros o dependencias auxiliares. Las ruinas, atravesadas en parte por la línea férrea del siglo XIX, siguen reclamando atención y recursos.. Entre la maleza y los muros derruidos, la Rocha Forte continúa hablando. No como castillo, sino como memoria: la de una ciudad enfrentada a su señor, la de un poder llevado al extremo y la de una rebelión que, piedra a piedra, decidió ponerle fin.
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