Se ha publicado recientemente un estudio de naturaleza pretendidamente epigráfica acerca del amplio conjunto de grabados de origen auriñaciense que, realizados sobre objetos mueble de diverso tipo, han ido documentando con el tiempo los arqueólogos. Lo anterior significa que los investigadores han tratado de dilucidar si los diseños geométricos que nuestros antecesores de hace 40.000 años dejaron, de modo intencionado y sin una función práctica aparente, sobre huesos o figurillas talladas en marfil (como grupos de puntos, cruces, estrellas o líneas quebradas) pueden considerarse una suerte de protoescritura. Para ello, determinaron si existía una semejanza estadísticamente significativa entre dichos grabados y textos escritos en diferentes épocas, lenguas y sistemas de escritura, en términos de algunos de los parámetros que permiten distinguir un texto escrito de lo que no lo es, como la diversidad de los signos empleados o el modo en que estos se repiten o se alternan para formar secuencias. La conclusión fue negativa. No obstante, los autores del artículo afirman haber encontrado un parecido significativo con el denominado protocuneiforme, un sistema de notación empleado en Próximo Oriente hacia el tercer milenio antes de Cristo para el inventario de bienes, como medidas de cereal o cabezas de ganado. En el protocuneiforme una parte de los signos corresponde a números, pero otra consiste ya en ideogramas, esto es, en representaciones más o menos naturalistas de las entidades a las que se quiere hacer referencia (como cuando se dibuja una cabeza de vaca estilizada para querer decir «vaca»). A pesar de todo, en el caso de los grabados auriñacienses no se ha podido demostrar de modo fehaciente que tengan un carácter numérico, ni mucho menos ideográfico. Así pues, la llamativa semejanza que presentan, en términos distributivos, con formas primitivas de escritura solo sugiere que podrían haber tenido alguna otra función al margen de la puramente estética.. Aunque no es, en modo alguno, la intención última de los autores, el trabajo anterior es representativo de una tendencia cada vez más generalizada a minimizar las diferencias entre los seres humanos de hoy y nuestros antepasados más o menos remotos. Otro ejemplo sería el creciente cuestionamiento de la idea de que nuestro comportamiento se volvió más sofisticado de modo abrupto en Europa en la época en la que se realizaron estos grabados auriñacienses, que es también cuando se vuelven frecuentes la mayor parte de los útiles y conductas que solemos asociar al hombre paleolítico, como las puntas de flecha o los arpones con un diseño complejo o las representaciones pictóricas elaboradas, como las de Altamira. En general, se viene buscando retrotraer en el tiempo y extender en el espacio dicho comportamiento avanzado. Así, se defiende que esa supuesta «revolución paleolítica» nunca tuvo lugar y que los indicios de cultura y tecnología complejas pueden encontrarse ya en África desde hace, cuando menos, 100.000 años. Algo semejante ha pasado con nuestra visión de los neandertales (la especie más próxima a nosotros, que se extinguió hace alrededor de 20.000 años): de ser considerados en el siglo XIX poco menos que simios cavernícolas, en la actualidad muchos investigadores defienden que su forma de pensar y de comportarse (al menos tal como podemos inferirla de los restos que han dejado) entraría dentro de la variabilidad propia de nuestra especie. No obstante, hace poco se ha constatado que grupos de neandertales que vivían a unos pocos centenares de kilómetros unos de otros no interactuaron durante decenas de miles de años. Difícilmente esta falta de curiosidad por el entorno inmediato (y, sobre todo, por otros congéneres) puede considerarse representativa de nuestra especie (salvo de condiciones como el autismo). Hay muchos otros indicios de que los neandertales tenían un comportamiento poco flexible y escasamente innovador, que sugieren que su mente estaba estructurada de manera distinta a la nuestra.. Sorprende, por consiguiente, ese empeño creciente por considerarlos nuestros iguales. Claro que esta tendencia a reducir al mínimo la idiosincrasia humana se observa también en las comparaciones que hacemos entre nuestra especie y las restantes, especialmente cuando se trata de los grandes simios, como orangutanes o chimpancés. En general, tendemos cada vez más a destacar los parecidos y a llevar a un segundo plano todo aquello que nos separa, conductual y cognitivamente, de ellos. Y pasa algo similar con la variabilidad existente dentro de nuestra propia especie. Hoy, por ejemplo, usamos el término «neurodiversidad» para referirnos a los diferentes modos de pensar y de comportarse que podemos observar en las poblaciones humanas, incluso aunque se trate de modos tan dispares como los que entraña el autismo o la esquizofrenia. El propio término «diversidad» indica que además procuramos evitar calificar dicha variabilidad desde un punto de vista funcional, en términos de peor o mejor capacidad de procesamiento o ejecución, cuando es algo que cualquier prueba revela (y cuantifica) de modo inmediato.. Como siempre, damos bandazos entre dos extremos igualmente indeseables. Por un lado, el puro darwinismo social, según el cual toda diversidad debe estimarse únicamente en términos de su adecuación a las necesidades de nuestras actuales sociedades (y en particular, de las occidentales). Desde esta perspectiva, todo lo que no suponga un desempeño óptimo en tareas de tipo intelectual o físico y que no produzca beneficios máximos desde un punto de vista económico habrá de considerarse inferior y, por consiguiente, una carga que tolerar (en el mejor de los casos) o un fardo del que desembarazarse (en el peor de ellos). Frente a esta postura, ha surgido con fuerza en los últimos años un movimiento que defiende un igualitarismo radical de la condición humana, según el cual toda diversidad es positiva. Ahora bien, que la neurodiversidad, por ejemplo, entrañe formas diferentes de comprender el mundo e interactuar con él, no implica que no conlleve habitualmente carencias cognitivas y/o conductuales, a menudo bastante incapacitantes. Defender que no se discrimine a alguien (o se lo maltrate o incluso se lo elimine) por presentar un déficit o realizar un desempeño con menor eficacia debe ser compatible con cuestionar que se ponga en pie de igualdad tener una habilidad y estar privado de ella. Porque no es lo mismo ser sordo, que tener oído perfecto. Ni es igual saber resolver integrales a los diez años, que no conseguir restar números de dos dígitos en toda la vida. Ni ayudar a recoger basura en un parque es equivalente a pasarse la tarde mirando cómo limpian los demás.. Y desde luego, no es lo mismo intentar algo que lograrlo. Sin duda, debemos valorar el esfuerzo por conseguir las cosas, pero hay que otorgar su propio mérito al hecho de obtenerlas. En realidad, cuando defendemos que ser sordo no es tener una discapacidad, que ignorar los rudimentos de la aritmética no supone un menoscabo en nuestra formación o que cada cual es libre de conducirse como le dicte su personalidad, solo estamos minimizando las carencias reales de sordos, ignorantes y sociópatas, que es el primer paso para socavar cualquier política efectiva destinada a compensarlas y a la postre a ayudar a quienes adolecen de ellas. La visión radicalmente igualitaria de la diversidad humana es quizás la menos humanitaria de todas las visiones, porque supone dejar a cada cual a merced de las fortalezas y debilidades que la naturaleza y el ambiente hayan podido concederles. En esto, como San Agustín: «si precisas una mano, recuerda que yo tengo dos».
«Ha surgido con fuerza un movimiento que defiende un igualitarismo radical de la condición humana»
Se ha publicado recientemente un estudio de naturaleza pretendidamente epigráfica acerca del amplio conjunto de grabados de origen auriñaciense que, realizados sobre objetos mueble de diverso tipo, han ido documentando con el tiempo los arqueólogos. Lo anterior significa que los investigadores han tratado de dilucidar si los diseños geométricos que nuestros antecesores de hace 40.000 años dejaron, de modo intencionado y sin una función práctica aparente, sobre huesos o figurillas talladas en marfil (como grupos de puntos, cruces, estrellas o líneas quebradas) pueden considerarse una suerte de protoescritura. Para ello, determinaron si existía una semejanza estadísticamente significativa entre dichos grabados y textos escritos en diferentes épocas, lenguas y sistemas de escritura, en términos de algunos de los parámetros que permiten distinguir un texto escrito de lo que no lo es, como la diversidad de los signos empleados o el modo en que estos se repiten o se alternan para formar secuencias. La conclusión fue negativa. No obstante, los autores del artículo afirman haber encontrado un parecido significativo con el denominado protocuneiforme, un sistema de notación empleado en Próximo Oriente hacia el tercer milenio antes de Cristo para el inventario de bienes, como medidas de cereal o cabezas de ganado. En el protocuneiforme una parte de los signos corresponde a números, pero otra consiste ya en ideogramas, esto es, en representaciones más o menos naturalistas de las entidades a las que se quiere hacer referencia (como cuando se dibuja una cabeza de vaca estilizada para querer decir «vaca»). A pesar de todo, en el caso de los grabados auriñacienses no se ha podido demostrar de modo fehaciente que tengan un carácter numérico, ni mucho menos ideográfico. Así pues, la llamativa semejanza que presentan, en términos distributivos, con formas primitivas de escritura solo sugiere que podrían haber tenido alguna otra función al margen de la puramente estética.. Aunque no es, en modo alguno, la intención última de los autores, el trabajo anterior es representativo de una tendencia cada vez más generalizada a minimizar las diferencias entre los seres humanos de hoy y nuestros antepasados más o menos remotos. Otro ejemplo sería el creciente cuestionamiento de la idea de que nuestro comportamiento se volvió más sofisticado de modo abrupto en Europa en la época en la que se realizaron estos grabados auriñacienses, que es también cuando se vuelven frecuentes la mayor parte de los útiles y conductas que solemos asociar al hombre paleolítico, como las puntas de flecha o los arpones con un diseño complejo o las representaciones pictóricas elaboradas, como las de Altamira. En general, se viene buscando retrotraer en el tiempo y extender en el espacio dicho comportamiento avanzado. Así, se defiende que esa supuesta «revolución paleolítica» nunca tuvo lugar y que los indicios de cultura y tecnología complejas pueden encontrarse ya en África desde hace, cuando menos, 100.000 años. Algo semejante ha pasado con nuestra visión de los neandertales (la especie más próxima a nosotros, que se extinguió hace alrededor de 20.000 años): de ser considerados en el siglo XIX poco menos que simios cavernícolas, en la actualidad muchos investigadores defienden que su forma de pensar y de comportarse (al menos tal como podemos inferirla de los restos que han dejado) entraría dentro de la variabilidad propia de nuestra especie. No obstante, hace poco se ha constatado que grupos de neandertales que vivían a unos pocos centenares de kilómetros unos de otros no interactuaron durante decenas de miles de años. Difícilmente esta falta de curiosidad por el entorno inmediato (y, sobre todo, por otros congéneres) puede considerarse representativa de nuestra especie (salvo de condiciones como el autismo). Hay muchos otros indicios de que los neandertales tenían un comportamiento poco flexible y escasamente innovador, que sugieren que su mente estaba estructurada de manera distinta a la nuestra.. Sorprende, por consiguiente, ese empeño creciente por considerarlos nuestros iguales. Claro que esta tendencia a reducir al mínimo la idiosincrasia humana se observa también en las comparaciones que hacemos entre nuestra especie y las restantes, especialmente cuando se trata de los grandes simios, como orangutanes o chimpancés. En general, tendemos cada vez más a destacar los parecidos y a llevar a un segundo plano todo aquello que nos separa, conductual y cognitivamente, de ellos. Y pasa algo similar con la variabilidad existente dentro de nuestra propia especie. Hoy, por ejemplo, usamos el término «neurodiversidad» para referirnos a los diferentes modos de pensar y de comportarse que podemos observar en las poblaciones humanas, incluso aunque se trate de modos tan dispares como los que entraña el autismo o la esquizofrenia. El propio término «diversidad» indica que además procuramos evitar calificar dicha variabilidad desde un punto de vista funcional, en términos de peor o mejor capacidad de procesamiento o ejecución, cuando es algo que cualquier prueba revela (y cuantifica) de modo inmediato.. Como siempre, damos bandazos entre dos extremos igualmente indeseables. Por un lado, el puro darwinismo social, según el cual toda diversidad debe estimarse únicamente en términos de su adecuación a las necesidades de nuestras actuales sociedades (y en particular, de las occidentales). Desde esta perspectiva, todo lo que no suponga un desempeño óptimo en tareas de tipo intelectual o físico y que no produzca beneficios máximos desde un punto de vista económico habrá de considerarse inferior y, por consiguiente, una carga que tolerar (en el mejor de los casos) o un fardo del que desembarazarse (en el peor de ellos). Frente a esta postura, ha surgido con fuerza en los últimos años un movimiento que defiende un igualitarismo radical de la condición humana, según el cual toda diversidad es positiva. Ahora bien, que la neurodiversidad, por ejemplo, entrañe formas diferentes de comprender el mundo e interactuar con él, no implica que no conlleve habitualmente carencias cognitivas y/o conductuales, a menudo bastante incapacitantes. Defender que no se discrimine a alguien (o se lo maltrate o incluso se lo elimine) por presentar un déficit o realizar un desempeño con menor eficacia debe ser compatible con cuestionar que se ponga en pie de igualdad tener una habilidad y estar privado de ella. Porque no es lo mismo ser sordo, que tener oído perfecto. Ni es igual saber resolver integrales a los diez años, que no conseguir restar números de dos dígitos en toda la vida. Ni ayudar a recoger basura en un parque es equivalente a pasarse la tarde mirando cómo limpian los demás.. Y desde luego, no es lo mismo intentar algo que lograrlo. Sin duda, debemos valorar el esfuerzo por conseguir las cosas, pero hay que otorgar su propio mérito al hecho de obtenerlas. En realidad, cuando defendemos que ser sordo no es tener una discapacidad, que ignorar los rudimentos de la aritmética no supone un menoscabo en nuestra formación o que cada cual es libre de conducirse como le dicte su personalidad, solo estamos minimizando las carencias reales de sordos, ignorantes y sociópatas, que es el primer paso para socavar cualquier política efectiva destinada a compensarlas y a la postre a ayudar a quienes adolecen de ellas. La visión radicalmente igualitaria de la diversidad humana es quizás la menos humanitaria de todas las visiones, porque supone dejar a cada cual a merced de las fortalezas y debilidades que la naturaleza y el ambiente hayan podido concederles. En esto, como San Agustín: «si precisas una mano, recuerda que yo tengo dos».
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