La ceremonia del Trooping the Colour se mide al milímetro. 1.400 soldados, más de 200 caballos, centenares de músicos, el ritmo exacto de los carruajes y el esperado sobrevuelo de la RAF sobre el Palacio de Buckingham. Sin embargo, año tras año, son los pequeños gestos improvisados los que terminan convirtiéndose en las escenas más entrañables de la jornada.
La edición de 2026 no fue una excepción. Mientras el rey Carlos III presidía por cuarta vez esta celebración desde su llegada al trono, las miradas volvieron a dirigirse hacia los príncipes de Gales y sus tres hijos, auténticos protagonistas de un acto donde la institución se acerca cada vez más a la naturalidad familiar.
Una sutil enmienda
En el balcón del Palacio de Buckingham, Charlotte, que a sus once años demuestra conocer perfectamente el protocolo, apareció inicialmente situada unos pasos más a la derecha de donde correspondía. Bastó un leve movimiento de la mano de Kate Middleton, casi imperceptible, para que la pequeña entendiera inmediatamente la indicación y se desplazara hasta colocarse junto a sus padres.
Charlotte volvió además a convertirse en el perfecto reflejo de su madre. Ambas escogieron estilismos coordinados en tonos blancos y azules. Kate lució un elegante abrigo-vestido azul pastel firmado por Catherine Walker, acompañado de un sombrero de Philip Treacy y el broche de la Guardia Irlandesa. Su hija vistió un diseño blanco con discretos detalles azules y una pulsera de perlas que los expertos han señalado como un homenaje a la princesa Diana, cuyo recordado conjunto de Pascua de 1987 inspiraba claramente el atuendo de Kate.
El rubor de George
El heredero, el príncipe George, también protagonizó una de esas escenas que solo las cámaras más indiscretas consiguen captar. Durante el esperado desfile aéreo sufrió un inoportuno estornudo. Kate reaccionó inmediatamente como cualquier madre. Se volvió hacia él, le preguntó si se encontraba bien y esperó su respuesta. El joven, algo avergonzado ante millones de espectadores, respondió tranquilizador: «Estoy bien», mientras asentía con la cabeza y sonreía antes de volver a fijar la vista en los aviones.
La propia princesa de Gales tampoco escapó a un pequeño contratiempo. Horas antes había estornudado durante la ceremonia, un gesto causado por la conocida alergia que padece a los caballos y que ella misma reconoció hace años durante un partido de polo. Una circunstancia casi paradójica tratándose de una de las ceremonias ecuestres más importantes del calendario británico.
Louis dejó atrás sus travesuras
Si hubo un miembro de la familia que volvió a conquistar al público fue, una vez más, el príncipe Louis. Con ocho años, el benjamín de los Gales parece haber encontrado el difícil equilibrio entre la espontaneidad infantil que lo hizo viral durante el Jubileo de Platino de Isabel II y la compostura que exige un acto de Estado. Saludó repetidamente al público, observó con enorme curiosidad cada detalle del desfile y mantuvo durante toda la jornada una actitud sorprendentemente serena. La princesa Kate no dejó de dedicarle pequeñas sonrisas, posar cariñosamente la mano sobre su hombro y conversar con él durante el recorrido en carruaje.
La reducción de la monarquía impulsada por Carlos III volvió a hacerse evidente. Muy lejos de los tiempos de Isabel II, cuando podían reunirse más de cuarenta miembros de la familia real, este año la fotografía quedó reservada únicamente para los miembros activos de la institución: los reyes, los Gales, la princesa Ana, los duques de Edimburgo, los duques de Gloucester y la poco habitual presencia del duque de Kent, de 90 años, que reapareció públicamente pocos meses después del fallecimiento de su esposa.
La ceremonia del Trooping the Colour se mide al milímetro. 1.400 soldados, más de 200 caballos, centenares de músicos, el ritmo exacto de los carruajes y el esperado sobrevuelo de la RAF sobre el Palacio de Buckingham. Sin embargo, año tras año, son los pequeños gestos improvisados los que terminan convirtiéndose en las escenas más entrañables de la jornada.
La edición de 2026 no fue una excepción. Mientras el rey Carlos III presidía por cuarta vez esta celebración desde su llegada al trono, las miradas volvieron a dirigirse hacia los príncipes de Gales y sus tres hijos, auténticos protagonistas de un acto donde la institución se acerca cada vez más a la naturalidad familiar.
Una sutil enmienda
En el balcón del Palacio de Buckingham, Charlotte, que a sus once años demuestra conocer perfectamente el protocolo, apareció inicialmente situada unos pasos más a la derecha de donde correspondía. Bastó un leve movimiento de la mano de Kate Middleton, casi imperceptible, para que la pequeña entendiera inmediatamente la indicación y se desplazara hasta colocarse junto a sus padres.
Charlotte volvió además a convertirse en el perfecto reflejo de su madre. Ambas escogieron estilismos coordinados en tonos blancos y azules. Kate lució un elegante abrigo-vestido azul pastel firmado por Catherine Walker, acompañado de un sombrero de Philip Treacy y el broche de la Guardia Irlandesa. Su hija vistió un diseño blanco con discretos detalles azules y una pulsera de perlas que los expertos han señalado como un homenaje a la princesa Diana, cuyo recordado conjunto de Pascua de 1987 inspiraba claramente el atuendo de Kate.
El rubor de George
El heredero, el príncipe George, también protagonizó una de esas escenas que solo las cámaras más indiscretas consiguen captar. Durante el esperado desfile aéreo sufrió un inoportuno estornudo. Kate reaccionó inmediatamente como cualquier madre. Se volvió hacia él, le preguntó si se encontraba bien y esperó su respuesta. El joven, algo avergonzado ante millones de espectadores, respondió tranquilizador: «Estoy bien», mientras asentía con la cabeza y sonreía antes de volver a fijar la vista en los aviones.
La propia princesa de Gales tampoco escapó a un pequeño contratiempo. Horas antes había estornudado durante la ceremonia, un gesto causado por la conocida alergia que padece a los caballos y que ella misma reconoció hace años durante un partido de polo. Una circunstancia casi paradójica tratándose de una de las ceremonias ecuestres más importantes del calendario británico.
Louis dejó atrás sus travesuras
Si hubo un miembro de la familia que volvió a conquistar al público fue, una vez más, el príncipe Louis. Con ocho años, el benjamín de los Gales parece haber encontrado el difícil equilibrio entre la espontaneidad infantil que lo hizo viral durante el Jubileo de Platino de Isabel II y la compostura que exige un acto de Estado. Saludó repetidamente al público, observó con enorme curiosidad cada detalle del desfile y mantuvo durante toda la jornada una actitud sorprendentemente serena. La princesa Kate no dejó de dedicarle pequeñas sonrisas, posar cariñosamente la mano sobre su hombro y conversar con él durante el recorrido en carruaje.
La reducción de la monarquía impulsada por Carlos III volvió a hacerse evidente. Muy lejos de los tiempos de Isabel II, cuando podían reunirse más de cuarenta miembros de la familia real, este año la fotografía quedó reservada únicamente para los miembros activos de la institución: los reyes, los Gales, la princesa Ana, los duques de Edimburgo, los duques de Gloucester y la poco habitual presencia del duque de Kent, de 90 años, que reapareció públicamente pocos meses después del fallecimiento de su esposa.
