Ahora que todos volvemos a leer a Hannah Arendt, es necesario mencionar que la idea central de su pensamiento político es la de “nacimiento”: la del comienzo como matriz generadora de historias imprevisibles que se trenzan en un tejido común. “A pesar de que todo el mundo comienza su propia historia, al menos la historia de su propia vida, nadie es su autor o su productor”, dice Arendt en La condición humana, recordando que la existencia siempre nos viene dada y siempre se inscribe en un mundo preconstituido que, sin embargo, gracias a esa novedad puede ser transformado. A Arendt le importaba mucho insistir en el “nacimiento” como lo más decisivo de la vida humana, y ello en clara ruptura con su maestro y amante Martin Heidegger, al que guardó hasta el final una fidelidad pugnaz. Nada resume mejor esta ruptura con el existencialismo (y su ser-para-la-muerte) que esta breve entrada de sus Diarios filosóficos: “Parece como si los hombres desde Platón no hayan podido tomar en serio el hecho de haber nacido, y solo se hayan tomado en serio el hecho de tener que morir”. Esa obsesión por la muerte y la inmortalidad, tan dominante hoy en la ideología de los tenebrosos tecnobros de Sillicon Valley, olvida, en efecto, la importancia política y filosófica del nacimiento. Si la “gran decisión de la filosofía contemporánea” es la disyuntiva entre el Ser y la Tierra, según la última obra del profesor Villacañas, no cabe duda que el énfasis natalicio de Arendt es una clara apuesta por la Tierra frente al Ser.Seguir leyendo
Hay que defender la ingenuidad frente al optimismo y recordar sus fuentes: los niños, el trabajo y la belleza
Ahora que todos volvemos a leer a Hannah Arendt, es necesario mencionar que la idea central de su pensamiento político es la de “nacimiento”: la del comienzo como matriz generadora de historias imprevisibles que se trenzan en un tejido común. “A pesar de que todo el mundo comienza su propia historia, al menos la historia de su propia vida, nadie es su autor o su productor”, dice Arendt en La condición humana, recordando que la existencia siempre nos viene dada y siempre se inscribe en un mundo preconstituido que, sin embargo, gracias a esa novedad puede ser transformado. A Arendt le importaba mucho insistir en el “nacimiento” como lo más decisivo de la vida humana, y ello en clara ruptura con su maestro y amante Martin Heidegger, al que guardó hasta el final una fidelidad pugnaz. Nada resume mejor esta ruptura con el existencialismo (y su ser-para-la-muerte) que esta breve entrada de sus Diarios filosóficos: “Parece como si los hombres desde Platón no hayan podido tomar en serio el hecho de haber nacido, y solo se hayan tomado en serio el hecho de tener que morir”. Esa obsesión por la muerte y la inmortalidad, tan dominante hoy en la ideología de los tenebrosos tecnobros de Sillicon Valley, olvida, en efecto, la importancia política y filosófica del nacimiento. Si la “gran decisión de la filosofía contemporánea” es la disyuntiva entre el Ser y la Tierra, según la última obra del profesor Villacañas, no cabe duda que el énfasis natalicio de Arendt es una clara apuesta por la Tierra frente al Ser.De todos los que aún no hemos muerto, es verdad, se puede decir que vamos a morir, pero también puede decirse —de todos sin excepción— que hemos nacido. ¡Que levante la mano el que no haya nacido! Hace un mes, en estas mismas páginas, escribía que la única cosa que aún pueden hacer los humanos mejor que la IA es morirse. Es cierto, a condición de que recordemos que la IA tampoco puede nacer. Y que, mientras no aprenda a nacer, y a nacer de otra vida, podrá contar historias, e historias bien trabadas, pero no introducir en el mundo nada radicalmente nuevo.Pero cuidado. El caso es que los ya nacidos no nacemos una sola vez. Por ejemplo, hace unos días encontré a un amigo al que no veía hace mucho tiempo y que me contó que había sufrido un infarto fulminante, con tan buena suerte que se encontraba en ese momento en el hospital para una revisión rutinaria y los médicos pudieron salvarle la vida. “Es como si hubiera nacido de nuevo”, me dijo. Condenados a muerte, todos los días sobrevivimos a un posible infarto y a un posible accidente de coche y a una posible caída. Cada día que no nos morimos volvemos a nacer. Aún más: volvemos a parir. Porque todos, cada vez que no nos morimos, cada vez que nacemos de nuevo, contribuimos a asegurar las condiciones de re-nacimiento del mundo, con todas sus cursilerías y todas sus porquerías. Es verdad que las mujeres saben de nacimientos más que los hombre
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