En 2011, cuando tenía 82 años, el Museo Reina Sofía de Madrid le dedicó la primera gran retrospectiva de su obra celebrada en España
Yayoi Kusama tuvo una relación especial con España, aunque quizá no tan conocida como su vínculo con Estados Unidos o Reino Unido. En 2011, cuando tenía 82 años, el Museo Reina Sofía de Madrid le dedicó la primera gran retrospectiva de su obra celebrada en España, una exposición organizada junto a la Tate Modern de Londres que después viajaría al Centre Pompidou de París, la propia Tate y el Whitney Museum de Nueva York.. La muestra reunió unas 150 obras y recorría seis décadas de una carrera marcada por los lunares, los espejos, las redes infinitas y, sobre todo, una de sus obsesiones más reconocibles: las formas fálicas. Kusama había comenzado a cubrir muebles y objetos con protuberancias blandas que simulaban penes, una provocación que convirtió en una de sus señas de identidad durante su etapa neoyorquina de los años sesenta.. Y había algo casi perfecto en el lugar elegido para aquella retrospectiva. El Reina Sofía ocupa el antiguo Hospital General de Madrid, un edificio cuya historia hospitalaria contrastaba con el universo psicodélico y obsesivo de Kusama. La propia prensa de la época reparó en la ironía: el antiguo hospital parecía un escenario particularmente apropiado para una artista que había pasado buena parte de su vida vinculada voluntariamente a una institución psiquiátrica de Tokio.. La exposición incluía además una instalación creada expresamente para la ocasión, Infinity Mirrored Room – Filled with the Brilliance of Life, uno de esos espacios de espejos y luces que acabarían convirtiendo a Kusama en una de las artistas más populares del mundo.. En cierto modo, Madrid fue entonces su puerta de entrada oficial al gran circuito museístico europeo. Y el Reina Sofía fue el primer escenario español de una artista que, décadas después, terminaría convertida en un fenómeno global.
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Yayoi Kusama tuvo una relación especial con España, aunque quizá no tan conocida como su vínculo con Estados Unidos o Reino Unido. En 2011, cuando tenía 82 años, el Museo Reina Sofía de Madrid le dedicó la primera gran retrospectiva de su obra celebrada en España, una exposición organizada junto a la Tate Modern de Londres que después viajaría al Centre Pompidou de París, la propia Tate y el Whitney Museum de Nueva York.. La muestra reunió unas 150 obras y recorría seis décadas de una carrera marcada por los lunares, los espejos, las redes infinitas y, sobre todo, una de sus obsesiones más reconocibles: las formas fálicas. Kusama había comenzado a cubrir muebles y objetos con protuberancias blandas que simulaban penes, una provocación que convirtió en una de sus señas de identidad durante su etapa neoyorquina de los años sesenta.. Y había algo casi perfecto en el lugar elegido para aquella retrospectiva. El Reina Sofía ocupa el antiguo Hospital General de Madrid, un edificio cuya historia hospitalaria contrastaba con el universo psicodélico y obsesivo de Kusama. La propia prensa de la época reparó en la ironía: el antiguo hospital parecía un escenario particularmente apropiado para una artista que había pasado buena parte de su vida vinculada voluntariamente a una institución psiquiátrica de Tokio.. La exposición incluía además una instalación creada expresamente para la ocasión, Infinity Mirrored Room – Filled with the Brilliance of Life, uno de esos espacios de espejos y luces que acabarían convirtiendo a Kusama en una de las artistas más populares del mundo.. En cierto modo, Madrid fue entonces su puerta de entrada oficial al gran circuito museístico europeo. Y el Reina Sofía fue el primer escenario español de una artista que, décadas después, terminaría convertida en un fenómeno global.
