Estamos ya ante una nueva edición del Festival Focus, esa didáctica y bien planteada iniciativa creada por la Orquesta y Coro Nacionales, organismos que dirige Félix Palomero. En esta ocasión la propuesta se dirige a glosar la personalidad y la obra de distintas compositoras españolas que vivieron gran parte de sus días en la América hispana. La Guerra Civil y la posterior instauración de la dictadura franquista abocaron a muchas de ellas a un doble exilio: el exterior y el interior, marcado este por el silencio, la marginalidad y la represión.. La comisaria encargada de programar e ilustrar es la musicóloga Elena Torres Clemente, que quiere recuperar la voz y la memoria de las mujeres de esa “España peregrina, atendiendo tanto a aquellas que se vieron forzadas a salir físicamente al extranjero, como a esas otras que sufrieron un exilio interior; otra forma de aislamiento muy común en el período”. Todo ello se podrá comprobar y analizar a través de los cinco conciertos programados, dos en la sala Sinfónica del Auditorio Nacional y tres en el ámbito de la Fundación March, asociada desde el comienzo a estas interesantes y esclarecedoras iniciativas.. La muestra se ha abierto con una primera sesión dirigida por Carlos Miguel Prieto, sobrino-nieto de María Teresa Prieto, una de las eximias exiliadas, de quien se ha interpretado la Sinfonía cantabile de 1954, una obra de gran impacto orquestal, en la que se aprecia una suerte de mixtura entre la tradición española y el sinfonismo del país de adopción. En el primer movimiento escuchamos una canción popular, el segundo es especialmente cantábile, el tercero, un vals, es refinado y entrecortado y el cuarto, un Rondó, comenta un tema de once notas con un clarificador coral de los metales. Todo envuelto en una atractiva politonalidad. Composición bien diseñada y no especialmente amena.. El concierto se abrió con la recogida y breve «Suite» de Rosita García Ascot, demostrativa de las enseñanzas de Falla. Refinada, evocativa, discreta; como la autora. Situada en un plano estético muy alejado del que representó Carlos Chávez, siempre arrollador y racial, que en sus Sinfonía India reclama la participación de singulares instrumentos de percusión de raíz indígena, no siempre audibles. Obra motórica que recoge temas y ritmos procedentes de tribus nativas del norte de México. Con ella, nos dice Torres, el compositor quiso plasmar un “lenguaje auténticamente mexicano”.. En línea similar se sitúa otro mexicano, Silvestre Revueltas (famosísima su Sensemayá), aquí representado por la suite de la película «Redes» (1936) en la que se trata de evocar imágenes fílmicas. Ritmos acentuados y fornidos, pasajeras disonancias, rasgos populares y una fuerza muy representativa del autor hacen que los 15 minutos de duración se pasen en un suspiro. Algo en lo que también participa la música de la contemporánea Gabriela Ortiz, Antrópolis, en donde se alude a la música popular de la ciudad. Como dice la propia autora, la obra “fue concebida desde la mirada nostálgica a las rumberas y orquestas en vivo de los cabarets y salones de baile.”. El concierto se remató con otra partitura de “pegada”, el «Huapango de Moncayo», escrita en 1941 y famosísima desde entonces. Energía rítmica, raíces populares, magistral elaboración y sentido de la progresión a partes iguales. Lo necesario para que al final el público -para el que se había destinado solo una parte del gran Auditorio- braveara de lo lindo e hiciera salir al director repetidas veces. Con toda lógica, ya que Carlos Miguel Prieto, alto, elegante, movedizo, dio muestras de conocimiento, sentido del ritmo y fácil comunicatividad con la orquesta y el público, al que fue informando e ilustrando en relación con cada composición. Maneja con soltura la batuta y gesticula armoniosamente, con ocasionales y repetidos movimientos, curiosas sacudidas eléctricas, que en algún caso podrían alterar la línea expositiva.
Obras de Rosa García Ascot, María Teresa Prieto, Carlos Chávez, Silvestre Revueltas, Gabriela Ortiz y José Pablo Moncayo. Orquesta Nacional. Director: Carlos Miguel Prieto. Festival Focus.
Estamos ya ante una nueva edición del Festival Focus, esa didáctica y bien planteada iniciativa creada por la Orquesta y Coro Nacionales, organismos que dirige Félix Palomero. En esta ocasión la propuesta se dirige a glosar la personalidad y la obra de distintas compositoras españolas que vivieron gran parte de sus días en la América hispana. La Guerra Civil y la posterior instauración de la dictadura franquista abocaron a muchas de ellas a un doble exilio: el exterior y el interior, marcado este por el silencio, la marginalidad y la represión.. La comisaria encargada de programar e ilustrar es la musicóloga Elena Torres Clemente, que quiere recuperar la voz y la memoria de las mujeres de esa “España peregrina, atendiendo tanto a aquellas que se vieron forzadas a salir físicamente al extranjero, como a esas otras que sufrieron un exilio interior; otra forma de aislamiento muy común en el período”. Todo ello se podrá comprobar y analizar a través de los cinco conciertos programados, dos en la sala Sinfónica del Auditorio Nacional y tres en el ámbito de la Fundación March, asociada desde el comienzo a estas interesantes y esclarecedoras iniciativas.. La muestra se ha abierto con una primera sesión dirigida por Carlos Miguel Prieto, sobrino-nieto de María Teresa Prieto, una de las eximias exiliadas, de quien se ha interpretado la Sinfonía cantabile de 1954, una obra de gran impacto orquestal, en la que se aprecia una suerte de mixtura entre la tradición española y el sinfonismo del país de adopción. En el primer movimiento escuchamos una canción popular, el segundo es especialmente cantábile, el tercero, un vals, es refinado y entrecortado y el cuarto, un Rondó, comenta un tema de once notas con un clarificador coral de los metales. Todo envuelto en una atractiva politonalidad. Composición bien diseñada y no especialmente amena.. El concierto se abrió con la recogida y breve «Suite» de Rosita García Ascot, demostrativa de las enseñanzas de Falla. Refinada, evocativa, discreta; como la autora. Situada en un plano estético muy alejado del que representó Carlos Chávez, siempre arrollador y racial, que en sus Sinfonía India reclama la participación de singulares instrumentos de percusión de raíz indígena, no siempre audibles. Obra motórica que recoge temas y ritmos procedentes de tribus nativas del norte de México. Con ella, nos dice Torres, el compositor quiso plasmar un “lenguaje auténticamente mexicano”.. En línea similar se sitúa otro mexicano, Silvestre Revueltas (famosísima su Sensemayá), aquí representado por la suite de la película «Redes» (1936) en la que se trata de evocar imágenes fílmicas. Ritmos acentuados y fornidos, pasajeras disonancias, rasgos populares y una fuerza muy representativa del autor hacen que los 15 minutos de duración se pasen en un suspiro. Algo en lo que también participa la música de la contemporánea Gabriela Ortiz, Antrópolis, en donde se alude a la música popular de la ciudad. Como dice la propia autora, la obra “fue concebida desde la mirada nostálgica a las rumberas y orquestas en vivo de los cabarets y salones de baile.”. El concierto se remató con otra partitura de “pegada”, el «Huapango de Moncayo», escrita en 1941 y famosísima desde entonces. Energía rítmica, raíces populares, magistral elaboración y sentido de la progresión a partes iguales. Lo necesario para que al final el público -para el que se había destinado solo una parte del gran Auditorio- braveara de lo lindo e hiciera salir al director repetidas veces. Con toda lógica, ya que Carlos Miguel Prieto, alto, elegante, movedizo, dio muestras de conocimiento, sentido del ritmo y fácil comunicatividad con la orquesta y el público, al que fue informando e ilustrando en relación con cada composición. Maneja con soltura la batuta y gesticula armoniosamente, con ocasionales y repetidos movimientos, curiosas sacudidas eléctricas, que en algún caso podrían alterar la línea expositiva.
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