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Contemplar para comprender: «el pico al aire» de Javier Garcerá en CentroCentro

13 de febrero de 2026
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Hasta el 3 de mayo la exposición se ofrecerá como una gran instalación pictórica, concebida para dialogar con el espacio, a partir de la luz, la pintura, el silencio y el color

  

En una época marcada por la aceleración, la sobreexposición visual y la dispersión de la atención, la exposición «El pico al aire» de Javier Garcerá hace una propuesta casi radical: detenerse. Detenerse para mirar, para permanecer y, desde ahí, comprender. La muestra, comisariada por Isabel Tejeda en CentroCentro, convierte las obras en una experiencia que apela al cuerpo, al tiempo y a la conciencia del espectador, y reivindica la contemplación como una forma activa de conocimiento.. Lejos de plantearse como una sucesión de obras en la pared, «El pico al aire» se presenta como una gran instalación pictórica concebida específicamente para dialogar con el espacio arquitectónico. Pintura, luz, silencio y color configuran un entorno inmersivo que exige una disposición distinta a la habitual: aquí no se trata de pasar imágenes, hay que habitarlas. La exposición reúne piezas monumentales realizadas expresamente para esta ocasión junto a otras producidas a lo largo de casi treinta años de trayectoria, estableciendo diálogos que evidencian la coherencia formal, conceptual y ética del trabajo de Garcerá.. Desde el primer acceso al recorrido, el visitante percibe que se encuentra ante un espacio pensado para el recogimiento. La iluminación, controlada y precisa, a veces en penumbra, cumple una función estructural. La luz se convierte en un material más del proyecto, modulando la percepción, ralentizando el paso y generando zonas de intensidad y de silencio visual. La disposición no convencional de algunas piezas contribuye a construir una atmósfera que recuerda tanto a ciertos espacios sacros como a instalaciones contemporáneas de fuerte carga introspectiva.. Las obras de Garcerá, muchas de ellas de gran formato, no se limitan al plano vertical tradicional. Algunas se apoyan en el suelo, otras se presentan como retablos contemporáneos y otras se disponen de manera que obligan al espectador a modificar su posición corporal. Esta alteración del punto de vista es una estrategia consciente para cuestionar la relación habitual entre la mirada y la imagen. Mirar, aquí implica aceptar una cierta vulnerabilidad: renunciar al dominio inmediato de la obra y asumir un tiempo de aproximación.. En este proceso, los materiales adquieren un papel decisivo. Garcerá trabaja de manera especialmente significativa con seda y temple, soportes y técnicas que introducen una relación más frágil y permeable con la pintura.. La seda, por su capacidad de absorción y su falta de rigidez, obliga a una pérdida de control que convierte cada obra en un espacio de sedimentación lenta del color, donde las capas se superponen y el tiempo queda inscrito materialmente. El temple, por su parte, refuerza una pintura mate, contenida, alejada del brillo, que intensifica la sensación de silencio y densidad visual. En estas piezas, la materia está cargada de sentido.. El título de la exposición remite a una expresión procedente de San Juan de la Cruz: el «pájaro solitario» que, entre otras condiciones, debe «poner el pico al aire». La expresión alude a una actitud de apertura, de disponibilidad ante aquello que no se puede controlar ni comprender del todo. En este sentido, «El pico al aire» funciona como una metáfora de la experiencia estética que propone la muestra: exponerse, aceptar la incertidumbre y permitir que la obra opere sin la necesidad de una explicación inmediata.. Esta dimensión espiritual atraviesa el conjunto del proyecto. La pintura de Garcerá se sitúa, de forma crítica pero poética, frente a la vida vertiginosa contemporánea y al consumo incesante de imágenes que nos aboca a una mirada superficial. Frente a ello, propone otra forma de estar en el mundo: una mirada lenta, reflexiva, que se detiene y se dirige hacia el interior.. Entorno vital. Las referencias culturales que atraviesan la exposición son múltiples y complejas. La historia de la pintura occidental aparece entretejida con naturalidad –Fra Angelico, Manet, Velázquez– junto a iconografías vinculadas a la vida cotidiana del artista, a su espacio de trabajo, a interiores domésticos cargados de memoria, a naturalezas abandonadas o arquitecturas en ruina y en proceso de mudanza. Lo autobiográfico ocupa un lugar relevante, pero no desde una lógica confesional. Los fragmentos del entorno vital del artista –el salón de su casa, un ventanal, un jardín zen, objetos encontrados, muebles rescatados– se convierten en signos que remiten a cuestiones más amplias: el paso del tiempo, la fragilidad de los espacios habitados, la idea de tránsito y de pérdida. La pintura actúa, así como un puente entre lo íntimo y lo colectivo.. La exposición no elude la dimensión crítica del presente, pero lo hace sin recurrir a la denuncia explícita ni a la ilustración directa. La crítica se articula desde la forma, desde el ritmo y desde la experiencia perceptiva que propone al espectador, invitándolo a una toma de conciencia más profunda.. En este contexto, resulta imprescindible situar «El pico al aire» dentro del proyecto cultural que CentroCentro viene desarrollando bajo la dirección artística de Julieta de Haro. Su llegada ha supuesto una reformulación clara del papel de la institución, orientada hacia la consolidación de un espacio de pensamiento, investigación y producción artística contemporánea que huye del espectáculo inmediato y de la programación complaciente. El proyecto de De Haro se caracteriza por una apuesta decidida por la calidad, el rigor curatorial y la construcción de discursos expositivos que dialogan tanto con el edificio como con el contexto social y cultural en el que se inscriben.. Julieta de Haro como directora artística e Isabel Tejeda como comisaria consiguen en este caso un proyecto expositivo que respeta la complejidad de la obra y evita imponer una lectura cerrada.. CentroCentro, bajo esta dirección y en el último año, ha reforzado su identidad como lugar de experimentación y de cruce entre disciplinas, donde la arquitectura, las artes visuales, la investigación artística y la reflexión crítica se entienden como partes de un mismo ecosistema. La elección de artistas y proyectos responde a una línea coherente que privilegia los procesos largos, las prácticas comprometidas y las propuestas que exigen una implicación activa. En este sentido, la exposición de Javier Garcerá es una manifestación especialmente lograda de esa línea de trabajo.. El espacio de CentroCentro se convierte aquí en un lugar donde cada elemento –arquitectura, luz, ritmo del recorrido– contribuye a generar un tiempo distinto. En un momento en el que la cultura visual parece dominada por el impacto rápido, «El pico al aire» apuesta por la lentitud, la dificultad y una experiencia profunda. La exposición invita a recuperar una forma de atención que hoy resulta casi subversiva: mirar sin prisa, escuchar el silencio y aceptar que no todo debe ser comprendido de inmediato.. Javier Garcerá maneja el arte como un vehículo esencial de comunicación, de expresión emocional y de testimonio de la existencia humana, con maestría y con alma. Al salir de la sala, la sensación no es la de haber visitado una exposición más, sino la de haber atravesado una experiencia que continúa operando de manera silenciosa. Como ocurre con las obras que verdaderamente importan, lo visto no se agota en la retina, sino que permanece, incomoda y acompaña.. He tardado unos días en escribir estas líneas, porque la obra de Garcerá se ha quedado en mí y de alguna forma me acompaña. No negaré que me genera una cierta inquietud escribir sobre algo que creo no haber descubierto del todo o que quizás todavía no sé expresar. Pero a la vez, no tengo dudas de que volveré a escribir sobre su obra y quizás a profundizar más en ella.. CentroCentro sigue regalándonos propuestas artísticas de gran profundidad. «El pico al aire» se sitúa, sin duda, en un nivel especialmente alto dentro de esta programación. Puede visitarse hasta el 3 de mayo de 2026.

 Arte

En una época marcada por la aceleración, la sobreexposición visual y la dispersión de la atención, la exposición «El pico al aire» de Javier Garcerá hace una propuesta casi radical: detenerse. Detenerse para mirar, para permanecer y, desde ahí, comprender. La muestra, comisariada por Isabel Tejeda en CentroCentro, convierte las obras en una experiencia que apela al cuerpo, al tiempo y a la conciencia del espectador, y reivindica la contemplación como una forma activa de conocimiento.. Lejos de plantearse como una sucesión de obras en la pared, «El pico al aire» se presenta como una gran instalación pictórica concebida específicamente para dialogar con el espacio arquitectónico. Pintura, luz, silencio y color configuran un entorno inmersivo que exige una disposición distinta a la habitual: aquí no se trata de pasar imágenes, hay que habitarlas. La exposición reúne piezas monumentales realizadas expresamente para esta ocasión junto a otras producidas a lo largo de casi treinta años de trayectoria, estableciendo diálogos que evidencian la coherencia formal, conceptual y ética del trabajo de Garcerá.. Desde el primer acceso al recorrido, el visitante percibe que se encuentra ante un espacio pensado para el recogimiento. La iluminación, controlada y precisa, a veces en penumbra, cumple una función estructural. La luz se convierte en un material más del proyecto, modulando la percepción, ralentizando el paso y generando zonas de intensidad y de silencio visual. La disposición no convencional de algunas piezas contribuye a construir una atmósfera que recuerda tanto a ciertos espacios sacros como a instalaciones contemporáneas de fuerte carga introspectiva.. Las obras de Garcerá, muchas de ellas de gran formato, no se limitan al plano vertical tradicional. Algunas se apoyan en el suelo, otras se presentan como retablos contemporáneos y otras se disponen de manera que obligan al espectador a modificar su posición corporal. Esta alteración del punto de vista es una estrategia consciente para cuestionar la relación habitual entre la mirada y la imagen. Mirar, aquí implica aceptar una cierta vulnerabilidad: renunciar al dominio inmediato de la obra y asumir un tiempo de aproximación.. En este proceso, los materiales adquieren un papel decisivo. Garcerá trabaja de manera especialmente significativa con seda y temple, soportes y técnicas que introducen una relación más frágil y permeable con la pintura.. La seda, por su capacidad de absorción y su falta de rigidez, obliga a una pérdida de control que convierte cada obra en un espacio de sedimentación lenta del color, donde las capas se superponen y el tiempo queda inscrito materialmente. El temple, por su parte, refuerza una pintura mate, contenida, alejada del brillo, que intensifica la sensación de silencio y densidad visual. En estas piezas, la materia está cargada de sentido.. El título de la exposición remite a una expresión procedente de San Juan de la Cruz: el «pájaro solitario» que, entre otras condiciones, debe «poner el pico al aire». La expresión alude a una actitud de apertura, de disponibilidad ante aquello que no se puede controlar ni comprender del todo. En este sentido, «El pico al aire» funciona como una metáfora de la experiencia estética que propone la muestra: exponerse, aceptar la incertidumbre y permitir que la obra opere sin la necesidad de una explicación inmediata.. Esta dimensión espiritual atraviesa el conjunto del proyecto. La pintura de Garcerá se sitúa, de forma crítica pero poética, frente a la vida vertiginosa contemporánea y al consumo incesante de imágenes que nos aboca a una mirada superficial. Frente a ello, propone otra forma de estar en el mundo: una mirada lenta, reflexiva, que se detiene y se dirige hacia el interior.. Las referencias culturales que atraviesan la exposición son múltiples y complejas. La historia de la pintura occidental aparece entretejida con naturalidad –Fra Angelico, Manet, Velázquez– junto a iconografías vinculadas a la vida cotidiana del artista, a su espacio de trabajo, a interiores domésticos cargados de memoria, a naturalezas abandonadas o arquitecturas en ruina y en proceso de mudanza. Lo autobiográfico ocupa un lugar relevante, pero no desde una lógica confesional. Los fragmentos del entorno vital del artista –el salón de su casa, un ventanal, un jardín zen, objetos encontrados, muebles rescatados– se convierten en signos que remiten a cuestiones más amplias: el paso del tiempo, la fragilidad de los espacios habitados, la idea de tránsito y de pérdida. La pintura actúa, así como un puente entre lo íntimo y lo colectivo.. La exposición no elude la dimensión crítica del presente, pero lo hace sin recurrir a la denuncia explícita ni a la ilustración directa. La crítica se articula desde la forma, desde el ritmo y desde la experiencia perceptiva que propone al espectador, invitándolo a una toma de conciencia más profunda.. En este contexto, resulta imprescindible situar «El pico al aire» dentro del proyecto cultural que CentroCentro viene desarrollando bajo la dirección artística de Julieta de Haro. Su llegada ha supuesto una reformulación clara del papel de la institución, orientada hacia la consolidación de un espacio de pensamiento, investigación y producción artística contemporánea que huye del espectáculo inmediato y de la programación complaciente. El proyecto de De Haro se caracteriza por una apuesta decidida por la calidad, el rigor curatorial y la construcción de discursos expositivos que dialogan tanto con el edificio como con el contexto social y cultural en el que se inscriben.. Julieta de Haro como directora artística e Isabel Tejeda como comisaria consiguen en este caso un proyecto expositivo que respeta la complejidad de la obra y evita imponer una lectura cerrada.. CentroCentro, bajo esta dirección y en el último año, ha reforzado su identidad como lugar de experimentación y de cruce entre disciplinas, donde la arquitectura, las artes visuales, la investigación artística y la reflexión crítica se entienden como partes de un mismo ecosistema. La elección de artistas y proyectos responde a una línea coherente que privilegia los procesos largos, las prácticas comprometidas y las propuestas que exigen una implicación activa. En este sentido, la exposición de Javier Garcerá es una manifestación especialmente lograda de esa línea de trabajo.. El espacio de CentroCentro se convierte aquí en un lugar donde cada elemento –arquitectura, luz, ritmo del recorrido– contribuye a generar un tiempo distinto. En un momento en el que la cultura visual parece dominada por el impacto rápido, «El pico al aire» apuesta por la lentitud, la dificultad y una experiencia profunda. La exposición invita a recuperar una forma de atención que hoy resulta casi subversiva: mirar sin prisa, escuchar el silencio y aceptar que no todo debe ser comprendido de inmediato.. Javier Garcerá maneja el arte como un vehículo esencial de comunicación, de expresión emocional y de testimonio de la existencia humana, con maestría y con alma. Al salir de la sala, la sensación no es la de haber visitado una exposición más, sino la de haber atravesado una experiencia que continúa operando de manera silenciosa. Como ocurre con las obras que verdaderamente importan, lo visto no se agota en la retina, sino que permanece, incomoda y acompaña.. He tardado unos días en escribir estas líneas, porque la obra de Garcerá se ha quedado en mí y de alguna forma me acompaña. No negaré que me genera una cierta inquietud escribir sobre algo que creo no haber descubierto del todo o que quizás todavía no sé expresar. Pero a la vez, no tengo dudas de que volveré a escribir sobre su obra y quizás a profundizar más en ella.. CentroCentro sigue regalándonos propuestas artísticas de gran profundidad. «El pico al aire» se sitúa, sin duda, en un nivel especialmente alto dentro de esta programación. Puede visitarse hasta el 3 de mayo de 2026.

 

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