Creo que hemos convertido el futuro en una especie de religión civil. No, no se ve, ni se toca. Pero organiza conductas, justifica sacrificios y promete sentido… Vivimos en su nombre, posponiendo el ahora con la esperanza de que más adelante todo encaje, todo se calme y todo valga la pena.. Pensamos que el presente es un borrador torpe y el futuro (opinión subjetiva) la versión definitiva de la vida.. Pensándolo bien el futuro es una idea brillante y a su vez un lugar pésimo para vivir. ¡Nunca está disponible! Es curioso, siempre está un paso más allá, moviéndose de sitio justo cuando creemos alcanzarlo.. Y lo «bueno» es que cuando por fin llega, ya no se llama futuro: se llama hoy, y siempre suele venir cargado de nuevas urgencias, nuevas metas, nuevas excusas para seguir aplazando lo importante. Y así pasamos los días entrenando para una vida que, técnicamente, ya está ocurriendo.. La verdad es que hay algo profundamente absurdo en dedicar lo mejor de nuestra energía a un tiempo que no existe todavía, mientras tratamos con desgana lo único que sí tenemos.. Organizamos la vida como un proyecto a largo plazo, pero descuidamos la experiencia cotidiana que, sumada, es exactamente eso que llamamos vida.. ¿Han pensado alguna vez que el futuro funciona como coartada? Sí, sirve para justificar ausencias, para tolerar rutinas que nos vacían, para sostener decisiones que no nos convencen del todo.. “Es por ahora”, nos decimos, como si el ahora no fuera, precisamente, la sustancia de la que está hecha la vida. Como si los años no se acumularan exactamente en ese tiempo provisional que nunca termina de pasar.. Tal vez habría que desconfiar un poco de esa fe ciega en lo que viene…. Con tanta fe puesta en lo que viene, hemos convertido el hoy en un trámite, sin darnos cuenta de que era el único momento que no necesitaba prometer nada para ser real.. Porque mientras confiamos en un mañana que nunca termina de llegar, el presente (silencioso, imperfecto, irrepetible) se nos va gastando entre las manos.. Tal vez no estamos perdiendo el tiempo, sino entregándolo, día tras día, a un futuro que siempre llega demasiado tarde para devolvernos el presente que ya le dimos.
«Pensamos que el presente es un borrador torpe y el futuro la versión definitiva de la vida»
Creo que hemos convertido el futuro en una especie de religión civil. No, no se ve, ni se toca. Pero organiza conductas, justifica sacrificios y promete sentido… Vivimos en su nombre, posponiendo el ahora con la esperanza de que más adelante todo encaje, todo se calme y todo valga la pena.. Pensamos que el presente es un borrador torpe y el futuro (opinión subjetiva) la versión definitiva de la vida.. Pensándolo bien el futuro es una idea brillante y a su vez un lugar pésimo para vivir. ¡Nunca está disponible! Es curioso, siempre está un paso más allá, moviéndose de sitio justo cuando creemos alcanzarlo.. Y lo «bueno» es que cuando por fin llega, ya no se llama futuro: se llama hoy, y siempre suele venir cargado de nuevas urgencias, nuevas metas, nuevas excusas para seguir aplazando lo importante. Y así pasamos los días entrenando para una vida que, técnicamente, ya está ocurriendo.. La verdad es que hay algo profundamente absurdo en dedicar lo mejor de nuestra energía a un tiempo que no existe todavía, mientras tratamos con desgana lo único que sí tenemos.. Organizamos la vida como un proyecto a largo plazo, pero descuidamos la experiencia cotidiana que, sumada, es exactamente eso que llamamos vida.. ¿Han pensado alguna vez que el futuro funciona como coartada? Sí, sirve para justificar ausencias, para tolerar rutinas que nos vacían, para sostener decisiones que no nos convencen del todo.. “Es por ahora”, nos decimos, como si el ahora no fuera, precisamente, la sustancia de la que está hecha la vida. Como si los años no se acumularan exactamente en ese tiempo provisional que nunca termina de pasar.. Tal vez habría que desconfiar un poco de esa fe ciega en lo que viene…. Con tanta fe puesta en lo que viene, hemos convertido el hoy en un trámite, sin darnos cuenta de que era el único momento que no necesitaba prometer nada para ser real.. Porque mientras confiamos en un mañana que nunca termina de llegar, el presente (silencioso, imperfecto, irrepetible) se nos va gastando entre las manos.. Tal vez no estamos perdiendo el tiempo, sino entregándolo, día tras día, a un futuro que siempre llega demasiado tarde para devolvernos el presente que ya le dimos.
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