Una feria como ARCO no se limita -afortunadamente- a la decena de obras que sirven para ilustrar artículos de prensa y reportajes de informativos. Cada año, y desde la víspera de la inauguración, medios de comunicación y profesionales del arte exploran apresuradamente los diferentes estands en busca de las obras más polémicas, aquellas que posean ese punto de agresividad visual o conceptual capaz de concitar el interés mayoritario del público. Nosotros, en cambio, proponemos un recorrido por la 45 edición de ARCO fuera del ruido de los focos, y conformado por obras que ocupan un lugar de silencio en la feria. Se trata de piezas que, con total seguridad, no recibirán muchas fotografías ni minutos de cámara, pero que poseen una honestidad y dimensión reflexiva que traza una ruta alternativa y disidente a la oficial.. «Whasi azul» (1990), de Aurèlia Muñoz. Galería José de la Mano: La barcelonesa Aurelia Muñoz (1926-2011) procede del campo del arte textil experimental, pero, a partir de los años ochenta, comienza a trabajar con papel hecho a mano y teñido por ella misma, que manipula casi como si fuera tejido o piel. En esta obra utiliza papel washi —tradicional japonés—, suspendido mediante hilos y estructuras de metacrilato, creando una pieza que no es ni cuadro ni escultura, sino algo intermedio: un relieve flotante que se aproxima al espacio. Formalmente, la obra se organiza en cuatro columnas verticales de fragmentos de papel azul. Cada fragmento parece una capa sedimentaria, como estratos geológicos o fragmentos de cielo superpuestos. Esta repetición genera un ritmo visual muy particular: no es una composición cerrada sino una suerte de respiración modular, donde cada elemento, al tiempo que mantiene su autonomía, participa de un conjunto.. «Constructoras de mundos muy parecidos al nuestro (bivacco)» (2025), de Ludovica Carbotta. Bombon Projects: La obra consiste en un colchón apoyado verticalmente contra la pared, completamente cubierto por una capa de resina ecológica al agua que blanquea todos los elementos adheridos a él: ropa, objetos domésticos, fragmentos de materiales, cuerdas, pequeños utensilios. Todo queda fosilizado en un mismo tono blanco, como si se tratara de un relieve arqueológico o un molde solidificado de una escena cotidiana. Lo que aparece sobre el colchón no está organizado como un collage formalista sino como un ensamblaje precario, cercano a un pequeño campamento improvisado: ropa doblada, recipientes, restos de objetos, cuerdas que sujetan. El título introduce la palabra “bivacco”, que, en italiano remite a un “refugio provisional” o “campamento de emergencia”, lo que orienta la lectura hacia la idea de supervivencia mínima.. «La llum i el temps» (1987), de Josep Grau-Garriga. Galería Sabrina Amrani: En plena efervescencia del textil, conviene regresar a Grau-Garriga -uno de los pioneros encargados de transformar el estatuto de este lenguaje en el arte contemporáneo. Aunque a primera vista pueda parecer un tapiz, en realidad forma parte de lo que se llamó “nou tapís” o new tapestry: un movimiento que, desde los años sesenta, liberó el textil de su función decorativa para convertirlo en escultura, relieve y dispositivo político. A destacar es la introducción de prendas reales dentro del tejido, lo cual nos sitúa ante un campo material cargado de biografía. El tapiz deja de ser imagen y se convierte en resto, huella, fragmento de vida. Las telas que cuelgan -camisas, fragmentos de ropa- funcionan casi como exvotos domésticos. Más que representar cuerpos, son los rastros de los cuerpos que los habitaron.. «Alegoría de la justicia» (2008), de Diana Larrea. Galería Espacio Mínimo. Este díptico fotográfico documenta una acción efímera realizada por la artista frente al Ministerio de Justicia, en Madrid. Una escultura decorativa femenina es intervenida mediante elementos bidimensionales de cartón para transformarla en la clásica alegoría de la justicia. El desplazamiento que opera, en esta obra, Larrea es doble: lo decorativo se transforma en alegórico -de manera que se añade al cuerpo de la mujer una dimensión semántica que se le niega en su mera funcionalidad estética-; y lo decorativo muta en político mediante la conversión del cuerpo – objeto de la mujer en espacio de justicia visual y, por ende, de cegamiento de la mirada patriarcal.. «Llamar la atención a través de un color» (2025), de LUCE. Projectesd. Esta composición fotográfica con dibujos muestra una de las facetas más destacadas de LUCE -nombre artístico del valenciano Lucas Oliete-: la intervención de espacios urbanos frágiles y en estado de transición. Como un eco de la cultura del grafiti con la que se familiarizó en su adolescencia, LUCE convierte estas “marcaciones cromáticas” en el resultado de un largo proceso que se inicia con un ejercicio de “wandering” urbano. A pie o en bicicleta, el artista recorre sin objetivo alguno la ciudad de Valencia hasta que descubre un enclave idóneo para la intervención. Tras un tiempo de preparación, el lugar -en este caso, un solar- es modificado mediante el cubrimiento de parte de su muro con cuatro colores. La composición resultante está condenada a desaparecer, a convertirse en víctima de la transformación urbana. Se trata de una obra que no está hecha para perdurar.
Esta es una selección de piezas muy destacadas de la 45 edición de ARCO, un océano de propuestas
Una feria como ARCO no se limita -afortunadamente- a la decena de obras que sirven para ilustrar artículos de prensa y reportajes de informativos. Cada año, y desde la víspera de la inauguración, medios de comunicación y profesionales del arte exploran apresuradamente los diferentes estands en busca de las obras más polémicas, aquellas que posean ese punto de agresividad visual o conceptual capaz de concitar el interés mayoritario del público. Nosotros, en cambio, proponemos un recorrido por la 45 edición de ARCO fuera del ruido de los focos, y conformado por obras que ocupan un lugar de silencio en la feria. Se trata de piezas que, con total seguridad, no recibirán muchas fotografías ni minutos de cámara, pero que poseen una honestidad y dimensión reflexiva que traza una ruta alternativa y disidente a la oficial.. «Whasi azul» (1990), de Aurèlia Muñoz. Galería José de la Mano: La barcelonesa Aurelia Muñoz (1926-2011) procede del campo del arte textil experimental, pero, a partir de los años ochenta, comienza a trabajar con papel hecho a mano y teñido por ella misma, que manipula casi como si fuera tejido o piel. En esta obra utiliza papel washi —tradicional japonés—, suspendido mediante hilos y estructuras de metacrilato, creando una pieza que no es ni cuadro ni escultura, sino algo intermedio: un relieve flotante que se aproxima al espacio. Formalmente, la obra se organiza en cuatro columnas verticales de fragmentos de papel azul. Cada fragmento parece una capa sedimentaria, como estratos geológicos o fragmentos de cielo superpuestos. Esta repetición genera un ritmo visual muy particular: no es una composición cerrada sino una suerte de respiración modular, donde cada elemento, al tiempo que mantiene su autonomía, participa de un conjunto.. «Constructoras de mundos muy parecidos al nuestro (bivacco)» (2025), de Ludovica Carbotta. Bombon Projects: La obra consiste en un colchón apoyado verticalmente contra la pared, completamente cubierto por una capa de resina ecológica al agua que blanquea todos los elementos adheridos a él: ropa, objetos domésticos, fragmentos de materiales, cuerdas, pequeños utensilios. Todo queda fosilizado en un mismo tono blanco, como si se tratara de un relieve arqueológico o un molde solidificado de una escena cotidiana. Lo que aparece sobre el colchón no está organizado como un collage formalista sino como un ensamblaje precario, cercano a un pequeño campamento improvisado: ropa doblada, recipientes, restos de objetos, cuerdas que sujetan. El título introduce la palabra “bivacco”, que, en italiano remite a un “refugio provisional” o “campamento de emergencia”, lo que orienta la lectura hacia la idea de supervivencia mínima.. «La llum i el temps» (1987), de Josep Grau-Garriga. Galería Sabrina Amrani: En plena efervescencia del textil, conviene regresar a Grau-Garriga -uno de los pioneros encargados de transformar el estatuto de este lenguaje en el arte contemporáneo. Aunque a primera vista pueda parecer un tapiz, en realidad forma parte de lo que se llamó “nou tapís” o new tapestry: un movimiento que, desde los años sesenta, liberó el textil de su función decorativa para convertirlo en escultura, relieve y dispositivo político. A destacar es la introducción de prendas reales dentro del tejido, lo cual nos sitúa ante un campo material cargado de biografía. El tapiz deja de ser imagen y se convierte en resto, huella, fragmento de vida. Las telas que cuelgan -camisas, fragmentos de ropa- funcionan casi como exvotos domésticos. Más que representar cuerpos, son los rastros de los cuerpos que los habitaron.. «Alegoría de la justicia» (2008), de Diana Larrea. Galería Espacio Mínimo. Este díptico fotográfico documenta una acción efímera realizada por la artista frente al Ministerio de Justicia, en Madrid. Una escultura decorativa femenina es intervenida mediante elementos bidimensionales de cartón para transformarla en la clásica alegoría de la justicia. El desplazamiento que opera, en esta obra, Larrea es doble: lo decorativo se transforma en alegórico -de manera que se añade al cuerpo de la mujer una dimensión semántica que se le niega en su mera funcionalidad estética-; y lo decorativo muta en político mediante la conversión del cuerpo – objeto de la mujer en espacio de justicia visual y, por ende, de cegamiento de la mirada patriarcal.. «Llamar la atención a través de un color» (2025), de LUCE. Projectesd. Esta composición fotográfica con dibujos muestra una de las facetas más destacadas de LUCE -nombre artístico del valenciano Lucas Oliete-: la intervención de espacios urbanos frágiles y en estado de transición. Como un eco de la cultura del grafiti con la que se familiarizó en su adolescencia, LUCE convierte estas “marcaciones cromáticas” en el resultado de un largo proceso que se inicia con un ejercicio de “wandering” urbano. A pie o en bicicleta, el artista recorre sin objetivo alguno la ciudad de Valencia hasta que descubre un enclave idóneo para la intervención. Tras un tiempo de preparación, el lugar -en este caso, un solar- es modificado mediante el cubrimiento de parte de su muro con cuatro colores. La composición resultante está condenada a desaparecer, a convertirse en víctima de la transformación urbana. Se trata de una obra que no está hecha para perdurar.
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