“Empecé porque en aquella época era de los más jóvenes del pueblo. Con el tiempo fui aprendiendo la dinámica y ahora casi podría hacerlo con los ojos cerrados. Supongo que eso es algo que tienen en cuenta para volver a elegirme. A mí no me importa hacerlo, si me preguntas si quiero seguir siendo presidente de la mesa, te diría que sí”.. Con esa naturalidad resume Chema Rodríguez, vecino de Aguasal, sus más de dos décadas al frente de la mesa electoral del municipio. Lo que comenzó como una responsabilidad puntual, casi circunstancial, ha terminado convirtiéndose en una tradición en este pequeño municipio vallisoletano. En un pueblo donde apenas hay relevo generacional y con solo dieciocho vecinos censados, su nombre aparece una y otra vez ligado al mismo cometido.. La primera vez que Chema fue nombrado presidente de la mesa nunca llegó a imaginar el recorrido que alcanzaría esa decisión. «Aquella jornada electoral aislada acabó marcando mi calendario durante más de veinte años. Entonces era uno de los vecinos más jóvenes y cumplía los requisitos exigidos por la ley. Con el paso del tiempo me fui familiarizando con cada fase del proceso: la constitución de la mesa a primera hora, la organización de las papeletas, la atención a los votantes, el cierre de las urnas y el posterior escrutinio”, relató con la seguridad que da la experiencia acumulada elección tras elección.. Chema recuerda con “nostalgia” una etapa que antaño tenía un aire más festivo. “Años atrás, las elecciones eran también una cita de convivencia, era la Fiesta de la Democracia y siempre se organizaba una comida improvisada a las puertas del local electoral, junto al alcalde y en la que se reunían interventores, vecinos y fuerzas de seguridad. Aquella estampa «reflejaba el carácter cercano y casi familiar con el que se vivía la jornada».. Hoy el escenario es distinto. Las votaciones se celebran en las antiguas escuelas del municipio y el protocolo es más sobrio. A lo largo de los años, según reconoce a Ical, Chema ha visto como se modificaban los procedimientos, formatos de actas y sistemas de recuento, y se adaptaban a las nuevas normativas y tecnologías. Sin embargo, hay detalles que permanecen inalterables. “Lo único que sigue siendo igual es que las notificaciones se entregan en mano”, incidió, subrayando ese contacto directo que en los pueblos pequeños sigue siendo imprescindible.. La legislación establece que los miembros de la mesa deben ser menores de 70 años y contar con un determinado nivel de estudios. En Aguasal, donde la población envejece y apenas hay nuevas incorporaciones al censo, solo tres personas cumplen actualmente esas condiciones. Esto hace inviable un sorteo real y reduce las opciones a los mismos nombres de siempre. “Somos tan pocos vecinos que al final acabamos siendo siempre los mismos. El resto son ya demasiado mayores para ejercer esa tarea y los que podemos tenemos que hacerlo por obligación”.. Lejos de incomodarle, Chema asume el papel con sentido de responsabilidad. Los vecinos ven ya como algo natural que sea él quien presida la mesa cada vez que hay elecciones. “No quiero ser presuntuoso, pero la costumbre te hace estar más preparado a la hora de cerrar las urnas y hacer el escrutinio. Prácticamente solo tenemos que transcribir los resultados en las actas. La experiencia te da ventaja y este año repito otra vez”, comenta con una mezcla de orgullo y humor.. El desarrollo de la jornada puede resultar monótono, aunque también tiene su lado amable. En un municipio con tan pocos votantes, el ritmo es tranquilo y el recuento rápido. “Si los colegios cierran a las 20.00, a las 20.30 estamos ya en casa”, asegura. Solo en los procesos con doble elección el trabajo se alarga algo más y exige mayor atención en el escrutinio.. Para hacer más llevaderas las horas, la mesa se organiza de manera flexible. “Puedes poner la radio o hablar con tus compañeros. Te relevan para salir a tomar un café. Entre todos hacemos que se nos haga lo menos aburrido posible”, relata. Esa colaboración constante convierte la obligación legal en una pequeña rutina compartida.. Aguasal puede presumir, además, de la tranquilidad con la que se desarrollan sus votaciones. No hay colas, ni tensiones, ni incidencias reseñables. “No tenemos ninguna anécdota destacable. Hay tan pocas papeletas que no hay espacio para la duda”, señala Chema. En un pueblo donde todos se conocen, la jornada electoral transcurre con la misma calma que cualquier otro día, con la diferencia de que, detrás de la mesa, él continúa ejerciendo un papel que ya forma parte de la historia reciente del municipio.
Al frente de las votaciones en Aguasal (Valladolid), relata la jornada electoral como algo que puede hacer con los ojos cerrados y con lo que disfruta
“Empecé porque en aquella época era de los más jóvenes del pueblo. Con el tiempo fui aprendiendo la dinámica y ahora casi podría hacerlo con los ojos cerrados. Supongo que eso es algo que tienen en cuenta para volver a elegirme. A mí no me importa hacerlo, si me preguntas si quiero seguir siendo presidente de la mesa, te diría que sí”.. Con esa naturalidad resume Chema Rodríguez, vecino de Aguasal, sus más de dos décadas al frente de la mesa electoral del municipio. Lo que comenzó como una responsabilidad puntual, casi circunstancial, ha terminado convirtiéndose en una tradición en este pequeño municipio vallisoletano. En un pueblo donde apenas hay relevo generacional y con solo dieciocho vecinos censados, su nombre aparece una y otra vez ligado al mismo cometido.. La primera vez que Chema fue nombrado presidente de la mesa nunca llegó a imaginar el recorrido que alcanzaría esa decisión. «Aquella jornada electoral aislada acabó marcando mi calendario durante más de veinte años. Entonces era uno de los vecinos más jóvenes y cumplía los requisitos exigidos por la ley. Con el paso del tiempo me fui familiarizando con cada fase del proceso: la constitución de la mesa a primera hora, la organización de las papeletas, la atención a los votantes, el cierre de las urnas y el posterior escrutinio”, relató con la seguridad que da la experiencia acumulada elección tras elección.. Chema recuerda con “nostalgia” una etapa que antaño tenía un aire más festivo. “Años atrás, las elecciones eran también una cita de convivencia, era la Fiesta de la Democracia y siempre se organizaba una comida improvisada a las puertas del local electoral, junto al alcalde y en la que se reunían interventores, vecinos y fuerzas de seguridad.Aquella estampa «reflejaba el carácter cercano y casi familiar con el que se vivía la jornada».. Hoy el escenario es distinto. Las votaciones se celebran en las antiguas escuelas del municipio y el protocolo es más sobrio. A lo largo de los años, según reconoce a Ical, Chema ha visto como se modificaban los procedimientos, formatos de actas y sistemas de recuento, y se adaptaban a las nuevas normativas y tecnologías. Sin embargo, hay detalles que permanecen inalterables. “Lo único que sigue siendo igual es que las notificaciones se entregan en mano”, incidió, subrayando ese contacto directo que en los pueblos pequeños sigue siendo imprescindible.. La legislación establece que los miembros de la mesa deben ser menores de 70 años y contar con un determinado nivel de estudios. En Aguasal, donde la población envejece y apenas hay nuevas incorporaciones al censo, solo tres personas cumplen actualmente esas condiciones. Esto hace inviable un sorteo real y reduce las opciones a los mismos nombres de siempre. “Somos tan pocos vecinos que al final acabamos siendo siempre los mismos. El resto son ya demasiado mayores para ejercer esa tarea y los que podemos tenemos que hacerlo por obligación”.. Lejos de incomodarle, Chema asume el papel con sentido de responsabilidad. Los vecinos ven ya como algo natural que sea él quien presida la mesa cada vez que hay elecciones. “No quiero ser presuntuoso, pero la costumbre te hace estar más preparado a la hora de cerrar las urnas y hacer el escrutinio. Prácticamente solo tenemos que transcribir los resultados en las actas. La experiencia te da ventaja y este año repito otra vez”, comenta con una mezcla de orgullo y humor.. El desarrollo de la jornada puede resultar monótono, aunque también tiene su lado amable. En un municipio con tan pocos votantes, el ritmo es tranquilo y el recuento rápido. “Si los colegios cierran a las 20.00, a las 20.30 estamos ya en casa”, asegura. Solo en los procesos con doble elección el trabajo se alarga algo más y exige mayor atención en el escrutinio.. Para hacer más llevaderas las horas, la mesa se organiza de manera flexible. “Puedes poner la radio o hablar con tus compañeros. Te relevan para salir a tomar un café. Entre todos hacemos que se nos haga lo menos aburrido posible”, relata. Esa colaboración constante convierte la obligación legal en una pequeña rutina compartida.. Aguasal puede presumir, además, de la tranquilidad con la que se desarrollan sus votaciones. No hay colas, ni tensiones, ni incidencias reseñables. “No tenemos ninguna anécdota destacable. Hay tan pocas papeletas que no hay espacio para la duda”, señala Chema. En un pueblo donde todos se conocen, la jornada electoral transcurre con la misma calma que cualquier otro día, con la diferencia de que, detrás de la mesa, él continúa ejerciendo un papel que ya forma parte de la historia reciente del municipio.
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