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  Cultura  Barcelona, febrero de 1976: libertad, amnistía y estatuto de autonomía
Cultura

Barcelona, febrero de 1976: libertad, amnistía y estatuto de autonomía

30 de enero de 2026
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«Los catalanes no somos separatistas», declaró Jordi Pujol en el Ateneo de Madrid en 1976. Los gestos se torcieron al oír sus palabras. Entre otros, el de Josep Tarradellas, que le conocía bien y desconfiaba profundamente de sus intenciones. Los periodistas estaban arremolinados en torno a Pujol, que advirtió de que las «cosas irían muy mal» si no se reconocía a Cataluña como una «nacionalidad dentro del Estado español». Pujol, un señor de cuarenta y seis años, era entonces secretario general de Convergencia Democrática, un «partido catalán de tendencia socialdemócrata», según escribió un periodista del diario Informaciones. Entre los asistentes a la conferencia había muchos políticos, por supuesto, pero destacaba «la señora de Pujol, sencilla y atenta», señalaba el cronista. Pujol victimizó a los catalanes diciendo que, después de muchos años de ataques inmisericordes a su identidad, había llegado el momento de hacer justicia histórica mostrando la singularidad de Cataluña. Su deseo era que el Estado cediera competencias a un gobierno autonómico, y luego ya se vería.. La reclamación política de Pujol debía estar respaldada en las calles para que resultara creíble que hablaba en nombre del «pueblo catalán». Por eso, el 1 de febrero de 1976 se organizó una manifestación por las calles de Barcelona. La convocó la Federación de Asociaciones de Vecinos, en colaboración con otras entidades. El Gobierno civil la prohibió. Estas limitaciones no servían entonces para nada más que para dar publicidad y credibilidad a las protestas, porque siempre acababan en cargas policiales.. Los manifestantes partieron del Salón de Víctor Pradera -hoy Passeig de Lluís Companys, por supuesto- y alcanzaron la plaza de Cataluña. La concentración mayor se registró en la parte alta del paseo del General Mola -ahora Passeig de Sant Joan-. Los nacionalistas empezaron a gritar pidiendo libertad y amnistía total. Aparecieron entonces las fuerzas del orden público y se produjeron las escenas ya tradicionales en esos actos: petición de disolución, negativa acompañada de cánticos y, finalmente, carga con porrazos. A algunos periodistas que tomaban declaraciones o fotografías se les retiró el material y el carné.. La utopía de los «países catalanes». Ahí no acabó la cosa. Hubo un intermedio para comer, quizá una siesta, y a primera hora de la tarde comenzaron las sardanas en la Plaza de San Jaime. Agotados pero animados, se pusieron a cantar «Els Segadors». El himno tiene una letra poco conciliadora, escrita por Emili Guanyavents, que dice: «Cataluña, triunfante, ¡volverá a ser rica y plena! ¡Atrás esta gente tan ufana y tan soberbia! ¡Buen golpe de hoz! ¡Buen golpe de hoz, defensores de la tierra! ¡Buen golpe de hoz!». Aquello debió animar a los manifestantes, que decidieron marchar a lo largo de las Ramblas hasta la calle Portaferrissa. El asunto se puso serio.. Comenzó entonces a repetirse un lema que se coreó durante meses: «Libertad, amnistía y estatuto de autonomía». El lema se alternaba con otro típico del independentismo, el viva a los «países catalanes», en referencia a Cataluña, Valencia, Baleares, «Cataluña Norte» (Francia), Andorra, La Franja de Ponent (Aragón oriental), Alguer (Cerdeña) y El Carche (Murcia). La utopía expansionista de los «Països Catalans» en su concepto político partía de Joan Fuster, valenciano, que identificaba una lengua con una nación. El objetivo de esta referencia era avanzar hacia la creación de un Estado nacional independiente. La expresión se oía en la Asamblea de Cataluña, una reunión de numerosos grupos nacionalistas y separatistas que reclamaban el restablecimiento del Estatuto de 1932. Entre otras organizaciones, el Partit Socialista d’Alliberament Nacional dels Països Catalans, leninista y nacionalista, defendía el estatuto autonómico como paso a la independencia de los «Països». El PSUC no hacía ascos a la idea. La ERC de Tarradellas estaba en un doble juego: mientras negociaba la concesión de un estatuto, agitaba las calles para presionar al Gobierno y generar la sensación de que todo el pueblo de Cataluña lo respaldaba.. El éxito de la manifestación que tuvo lugar el 1 de febrero de 1976, con su lema de exigencia autonómica, se repitió el 8 de ese mes. En esa ocasión, la concentración fue en el parque de la Ciudadela, frente al entonces Museo de Arte Moderno y que en su día, y hoy, era la sede del Parlamento de Cataluña. El día anterior, la ciudad se llenó de octavillas. La organización fue mucho más competente que el 1 de febrero. Quizá por eso el cielo de Barcelona se llenó de helicópteros y las calles fueron tomadas por policías. Los manifestantes, dirigidos por un hombre con megáfono, emprendieron la marcha, cortaron el tráfico y fueron recibidos por pelotas de goma y botes de humo. En las alturas políticas, lejos de la mundanal represión, Pujol contemplaba el avance de su plan. Mientras, Arias Navarro pensó ingenuamente que calmaría al nacionalismo catalán celebrando dos consejos de ministros en Barcelona diez días después. Se equivocó.

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Jordi Pujol victimizó a los catalanes diciendo que, después de muchos años de ataques inmisericordes a su identidad, era el momento de hacer justicia histórica

  

«Los catalanes no somos separatistas», declaró Jordi Pujol en el Ateneo de Madrid en 1976. Los gestos se torcieron al oír sus palabras. Entre otros, el de Josep Tarradellas, que le conocía bien y desconfiaba profundamente de sus intenciones. Los periodistas estaban arremolinados en torno a Pujol, que advirtió de que las «cosas irían muy mal» si no se reconocía a Cataluña como una «nacionalidad dentro del Estado español». Pujol, un señor de cuarenta y seis años, era entonces secretario general de Convergencia Democrática, un «partido catalán de tendencia socialdemócrata», según escribió un periodista del diario Informaciones. Entre los asistentes a la conferencia había muchos políticos, por supuesto, pero destacaba «la señora de Pujol, sencilla y atenta», señalaba el cronista. Pujol victimizó a los catalanes diciendo que, después de muchos años de ataques inmisericordes a su identidad, había llegado el momento de hacer justicia histórica mostrando la singularidad de Cataluña. Su deseo era que el Estado cediera competencias a un gobierno autonómico, y luego ya se vería.. La reclamación política de Pujol debía estar respaldada en las calles para que resultara creíble que hablaba en nombre del «pueblo catalán». Por eso, el 1 de febrero de 1976 se organizó una manifestación por las calles de Barcelona. La convocó la Federación de Asociaciones de Vecinos, en colaboración con otras entidades. El Gobierno civil la prohibió. Estas limitaciones no servían entonces para nada más que para dar publicidad y credibilidad a las protestas, porque siempre acababan en cargas policiales.. Los manifestantes partieron del Salón de Víctor Pradera -hoy Passeig de Lluís Companys, por supuesto- y alcanzaron la plaza de Cataluña. La concentración mayor se registró en la parte alta del paseo del General Mola -ahora Passeig de Sant Joan-. Los nacionalistas empezaron a gritar pidiendo libertad y amnistía total. Aparecieron entonces las fuerzas del orden público y se produjeron las escenas ya tradicionales en esos actos: petición de disolución, negativa acompañada de cánticos y, finalmente, carga con porrazos. A algunos periodistas que tomaban declaraciones o fotografías se les retiró el material y el carné.. Ahí no acabó la cosa. Hubo un intermedio para comer, quizá una siesta, y a primera hora de la tarde comenzaron las sardanas en la Plaza de San Jaime. Agotados pero animados, se pusieron a cantar «Els Segadors». El himno tiene una letra poco conciliadora, escrita por Emili Guanyavents, que dice: «Cataluña, triunfante, ¡volverá a ser rica y plena! ¡Atrás esta gente tan ufana y tan soberbia! ¡Buen golpe de hoz! ¡Buen golpe de hoz, defensores de la tierra! ¡Buen golpe de hoz!». Aquello debió animar a los manifestantes, que decidieron marchar a lo largo de las Ramblas hasta la calle Portaferrissa. El asunto se puso serio.. Comenzó entonces a repetirse un lema que se coreó durante meses: «Libertad, amnistía y estatuto de autonomía». El lema se alternaba con otro típico del independentismo, el viva a los «países catalanes», en referencia a Cataluña, Valencia, Baleares, «Cataluña Norte» (Francia), Andorra, La Franja de Ponent (Aragón oriental), Alguer (Cerdeña) y El Carche (Murcia). La utopía expansionista de los «Països Catalans» en su concepto político partía de Joan Fuster, valenciano, que identificaba una lengua con una nación. El objetivo de esta referencia era avanzar hacia la creación de un Estado nacional independiente. La expresión se oía en la Asamblea de Cataluña, una reunión de numerosos grupos nacionalistas y separatistas que reclamaban el restablecimiento del Estatuto de 1932. Entre otras organizaciones, el Partit Socialista d’Alliberament Nacional dels Països Catalans, leninista y nacionalista, defendía el estatuto autonómico como paso a la independencia de los «Països». El PSUC no hacía ascos a la idea. La ERC de Tarradellas estaba en un doble juego: mientras negociaba la concesión de un estatuto, agitaba las calles para presionar al Gobierno y generar la sensación de que todo el pueblo de Cataluña lo respaldaba.. El éxito de la manifestación que tuvo lugar el 1 de febrero de 1976, con su lema de exigencia autonómica, se repitió el 8 de ese mes. En esa ocasión, la concentración fue en el parque de la Ciudadela, frente al entonces Museo de Arte Moderno y que en su día, y hoy, era la sede del Parlamento de Cataluña. El día anterior, la ciudad se llenó de octavillas. La organización fue mucho más competente que el 1 de febrero. Quizá por eso el cielo de Barcelona se llenó de helicópteros y las calles fueron tomadas por policías. Los manifestantes, dirigidos por un hombre con megáfono, emprendieron la marcha, cortaron el tráfico y fueron recibidos por pelotas de goma y botes de humo. 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