El anuncio de que España prohibirá el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años no ha suscitado mayores polémicas, al menos de momento. Este aparente consenso, acostumbrados como estamos en la vida política a la trifulca y el altercado, es algo que se agradece. Y más cuando se trata, como es el caso, de una medida acertada, la proponga quien la proponga, y de sentido común (que va camino de ser, cada vez más, y en casi todos los ámbitos, el menos común de los sentidos).. Porque es muy triste y preocupante esa escena repetida a diario en todas partes de un grupo de niños o adolescentes que se reúnen no para jugar o hablar entre ellos sino para conectarse cada cual a su móvil y permanecer así absortos y ensimismados hasta que se cansan.. Y son esos mismos niños y adolescentes los que llegan soñolientos a clase porque se han pasado hasta media noche con la vista clavada en alguna pantalla (a muchos se la regalan ya para la primera comunión), los que ya no leen cuentos (muchos ya no tuvieron de pequeños quien se los leyera), los que en la escuela abren un ordenador en vez de un libro y escriben mecánicamente en un teclado y no a mano en un cuaderno de papel. Niños y adolescentes a menudo sobreprotegidos en casa por los padres y con demasiada frecuencia sobrediagnosticados en los despachos por psicólogos y pedagogos, pero tan frágiles que una simple corrección con tinta roja hiere y rebaja su autoestima, como no se cansan de advertir –ay, pobres profesores– los susodichos psicólogos y pedagogos.. Visto lo cual, a uno, aficionado como es a tirar del hilo del pasado, le ha dado por pensar que, en cierta manera, lo que les pasa a los niños y adolescentes de hoy es que no han tenido infancia. Una infancia de juegos no teledirigidos ni programados, juegos al aire libre de la calle que favorecían la actividad física y desarrollaban la creatividad, y para los que solo se necesitaban unas canicas, unas chapas, una cuerda, un pañuelo, un balón y ganas de entretenerse.. Una infancia de heridas en las rodillas y magulladuras en los brazos, con las coderas y los pantalones rotos de trepar por los árboles, correr por los caminos, saltar tapias y estacadas, buscar nidos y chapuzarse en el río: una infancia de pueblo que enseñaba a tratar con los animales y a conocer directamente la naturaleza.. La feliz infancia campesina de la que aún disfrutamos los nacidos en la década de los cincuenta y sesenta del siglo pasado, y eso que, según nos enteramos después, vivíamos en el franquismo y no había libertad. Pero, aun así, fue, no hay ninguna duda, el mejor regalo que hemos tenido.
Niños o adolescentes que se reúnen no para jugar o hablar entre ellos sino para conectarse cada cual a su móvil
El anuncio de que España prohibirá el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años no ha suscitado mayores polémicas, al menos de momento. Este aparente consenso, acostumbrados como estamos en la vida política a la trifulca y el altercado, es algo que se agradece. Y más cuando se trata, como es el caso, de una medida acertada, la proponga quien la proponga, y de sentido común (que va camino de ser, cada vez más, y en casi todos los ámbitos, el menos común de los sentidos).. Porque es muy triste y preocupante esa escena repetida a diario en todas partes de un grupo de niños o adolescentes que se reúnen no para jugar o hablar entre ellos sino para conectarse cada cual a su móvil y permanecer así absortos y ensimismados hasta que se cansan.. Y son esos mismos niños y adolescentes los que llegan soñolientos a clase porque se han pasado hasta media noche con la vista clavada en alguna pantalla (a muchos se la regalan ya para la primera comunión), los que ya no leen cuentos (muchos ya no tuvieron de pequeños quien se los leyera), los que en la escuela abren un ordenador en vez de un libro y escriben mecánicamente en un teclado y no a mano en un cuaderno de papel. Niños y adolescentes a menudo sobreprotegidos en casa por los padres y con demasiada frecuencia sobrediagnosticados en los despachos por psicólogos y pedagogos, pero tan frágiles que una simple corrección con tinta roja hiere y rebaja su autoestima, como no se cansan de advertir –ay, pobres profesores– los susodichos psicólogos y pedagogos.. Visto lo cual, a uno, aficionado como es a tirar del hilo del pasado, le ha dado por pensar que, en cierta manera, lo que les pasa a los niños y adolescentes de hoy es que no han tenido infancia. Una infancia de juegos no teledirigidos ni programados, juegos al aire libre de la calle que favorecían la actividad física y desarrollaban la creatividad, y para los que solo se necesitaban unas canicas, unas chapas, una cuerda, un pañuelo, un balón y ganas de entretenerse.. Una infancia de heridas en las rodillas y magulladuras en los brazos, con las coderas y los pantalones rotos de trepar por los árboles, correr por los caminos, saltar tapias y estacadas, buscar nidos y chapuzarse en el río: una infancia de pueblo que enseñaba a tratar con los animales y a conocer directamente la naturaleza.. La feliz infancia campesina de la que aún disfrutamos los nacidos en la década de los cincuenta y sesenta del siglo pasado, y eso que, según nos enteramos después, vivíamos en el franquismo y no había libertad. Pero, aun así, fue, no hay ninguna duda, el mejor regalo que hemos tenido.
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