Asia vuelve a caminar al borde del corte de suministro justo cuando el mundo empezaba a creer que había dejado atrás una década de crisis encadenadas. La guerra en el corazón petrolero del planeta ha convertido la seguridad energética en el nuevo epicentro del riesgo macro, con el estrecho de Ormuz reducido a embudo y los grandes productores del Golfo ajustando el bombeo a la baja. El resultado es un cóctel incómodo de menos barcos, más volatilidad en los precios de referencia y la sensación creciente de que el problema ya no es solo cuánto cuesta el barril, sino si habrá suficiente crudo disponible para mantener la máquina en marcha. Esto ha precipitado un ajuste de emergencia que va de los ministerios de Islamabad hasta los campus universitarios de Hanoi o Daca.. El shock llega después de cuatro años de invasión rusa en Ucrania, una pandemia que dejó cicatrices profundas y una inflación que erosionó el poder adquisitivo incluso en las economías más sólidas. Contra la mayoría de las previsiones, el crecimiento global ha resistido gracias a mercados laborales tensos, ahorro acumulado en los hogares y políticas fiscales todavía expansivas. Ahora ese colchón se pone de nuevo a prueba en un escenario en el que el tráfico de petroleros por Ormuz se ha hundido a una fracción de sus niveles habituales y los grandes exportadores del Golfo operan con el freno puesto. La sacudida se traslada con rapidez a las cotizaciones del Brent y de los refinados, pero el debate en buena parte de Asia va ya un paso más allá mientras la preocupación es el volumen físico, no solo la factura.. Pakistán se ha convertido en el caso de estudio más crudo de este giro. La provincia de Punyab funciona estos días como un laboratorio acelerado de ajuste, donde la política educativa se ha reconvertido, de facto, en instrumento de gestión de la demanda energética. El Gobierno regional ha suspendido toda la actividad presencial en los centros de enseñanza públicos y privados entre el 10 y el 31 de marzo, mientras Balochistan aplica un calendario casi calcado, con una reapertura algo más temprana. Las clases continúan en remoto y los exámenes se mantienen, pero cientos de miles de alumnos han abandonado las aulas con el objetivo concreto de ahorrar gasolina y diésel en un país cuyas reservas de combustible apenas cubren unas cuatro semanas de consumo al ritmo actual.. Tras años de debates sobre digitalización, la enseñanza online irrumpe ahora no como vector de modernización, sino como válvula de apuro para contener la factura de los hidrocarburos. En condiciones normales, cerrar centros educativos para recortar el uso de transporte y generadores sería políticamente tóxico. En este contexto, se presenta como la pieza menos dolorosa de un ajuste que ya se deja notar en oficinas, carreteras y, en último término, en el pulso de la actividad. El aula se convierte así en indicador adelantado del estrés energético: cuanto más tiempo permanecen cerradas las puertas de los campus, mayor es la presión sobre los inventarios y más se extiende el temor a racionamientos explícitos.. La otra gran palanca está en la cúpula del poder. El gabinete de Maryam Nawaz ha decidido que la contención del consumo debe empezar arriba si quiere pedir sacrificios al resto del país. La administración de Punyab pasará a una semana laboral de cuatro días, se han eliminado las asignaciones de carburante para los miembros del Ejecutivo, se han reducido a la mitad las dotaciones de vehículos oficiales y se han vetado los actos multitudinarios y los eventos al aire libre financiados con fondos públicos. Es un intento de enviar el mensaje de que el despilfarro, en plena crisis de suministros, se ha convertido en un lujo inasumible incluso para quienes gobiernan.. El dispositivo persigue dos objetivos simultáneos. Por un lado liberar varios miles de barriles equivalentes de consumo en un margen de tiempo muy corto, actuando sobre aquellos segmentos donde el gasto de combustible es más discrecional. Por otro, construir una narrativa de ejemplaridad que permita sostener medidas impopulares en los hogares y en el tejido productivo si el deterioro de la situación obliga a dar un paso más en restricciones.. Lo que se observa en Pakistán se repite, con matices, al otro extremo del subcontinente. Vietnam ha pedido a empresas públicas y privadas que impulsen el trabajo remoto para reducir el uso de carburantes en desplazamientos, en una economía profundamente dependiente del crudo importado y con recuerdos recientes de tensiones de suministro eléctrico. El teletrabajo masivo, que durante la pandemia se justificaba por razones sanitarias, se reinterpreta ahora como herramienta de política energética. Bangladés, por su parte, ha adelantado el cierre de universidades y ha recortado la actividad en los campus, con el temor a apagones generalizados sobrevolando la industria y sus grandes ciudades.. La diferencia respecto a otros episodios de volatilidad en materias primas vividos es doble. Por un lado, el shock actual no se limita a una subida de precios por desequilibrios cíclicos entre oferta y demanda, sino que incorpora un componente de riesgo físico sobre la disponibilidad misma del recurso. Si Ormuz permanece bajo amenaza, parte del petróleo y del gas simplemente no llegará a su destino, por mucho que se esté dispuesto a pagar. Además, la capacidad fiscal de muchos países para amortiguar el impacto mediante subsidios o recortes de impuestos está muy erosionada. El resultado es que el ajuste se desplaza del presupuesto público a los márgenes de empresas y familias, y de ahí al crecimiento potencial.. El episodio funciona como un test de estrés sobre la resiliencia institucional, la elasticidad de la demanda energética y la credibilidad de la política económica. Estas naciones están tratando de ganar tiempo con medidas que combinan ahorro forzoso, señales de ejemplaridad en la élite y una narrativa de “disciplina de consumo”. Si logran estabilizar expectativas, el shock se traducirá en menor actividad y algo más de inflación, pero seguirá siendo manejable. Si fracasan, el siguiente escalón será un racionamiento más explícito, mayor inestabilidad social y una búsqueda acelerada de alternativas de suministro, desde acuerdos bilaterales con productores fuera del Golfo hasta una integración aún más profunda con las cadenas energéticas de China.. Asia, que ha sido el motor de la demanda mundial durante dos décadas, descubre así que su talón de Aquiles no está en la tecnología ni en la demografía, sino en unos pocos cuellos de botella geopolíticos.
Asia vuelve a caminar al borde del corte de suministro justo cuando el mundo empezaba a creer que había dejado atrás una década de crisis encadenadas. La guerra en el corazón petrolero del planeta ha convertido la seguridad energética en el nuevo epicentro del riesgo macro, con el estrecho de Ormuz reducido a embudo y los grandes productores del Golfo ajustando el bombeo a la baja. El resultado es un cóctel incómodo de menos barcos, más volatilidad en los precios de referencia y la sensación creciente de que el problema ya no es solo cuánto cuesta el barril, sino si habrá suficiente crudo disponible para mantener la máquina en marcha. Esto ha precipitado un ajuste de emergencia que va de los ministerios de Islamabad hasta los campus universitarios de Hanoi o Daca.. El shock llega después de cuatro años de invasión rusa en Ucrania, una pandemia que dejó cicatrices profundas y una inflación que erosionó el poder adquisitivo incluso en las economías más sólidas. Contra la mayoría de las previsiones, el crecimiento global ha resistido gracias a mercados laborales tensos, ahorro acumulado en los hogares y políticas fiscales todavía expansivas. Ahora ese colchón se pone de nuevo a prueba en un escenario en el que el tráfico de petroleros por Ormuz se ha hundido a una fracción de sus niveles habituales y los grandes exportadores del Golfo operan con el freno puesto. La sacudida se traslada con rapidez a las cotizaciones del Brent y de los refinados, pero el debate en buena parte de Asia va ya un paso más allá mientras la preocupación es el volumen físico, no solo la factura.. Pakistán se ha convertido en el caso de estudio más crudo de este giro. La provincia de Punyab funciona estos días como un laboratorio acelerado de ajuste, donde la política educativa se ha reconvertido, de facto, en instrumento de gestión de la demanda energética. El Gobierno regional ha suspendido toda la actividad presencial en los centros de enseñanza públicos y privados entre el 10 y el 31 de marzo, mientras Balochistan aplica un calendario casi calcado, con una reapertura algo más temprana. Las clases continúan en remoto y los exámenes se mantienen, pero cientos de miles de alumnos han abandonado las aulas con el objetivo concreto de ahorrar gasolina y diésel en un país cuyas reservas de combustible apenas cubren unas cuatro semanas de consumo al ritmo actual.. Tras años de debates sobre digitalización, la enseñanza online irrumpe ahora no como vector de modernización, sino como válvula de apuro para contener la factura de los hidrocarburos. En condiciones normales, cerrar centros educativos para recortar el uso de transporte y generadores sería políticamente tóxico. En este contexto, se presenta como la pieza menos dolorosa de un ajuste que ya se deja notar en oficinas, carreteras y, en último término, en el pulso de la actividad. El aula se convierte así en indicador adelantado del estrés energético: cuanto más tiempo permanecen cerradas las puertas de los campus, mayor es la presión sobre los inventarios y más se extiende el temor a racionamientos explícitos.. La otra gran palanca está en la cúpula del poder. El gabinete de Maryam Nawaz ha decidido que la contención del consumo debe empezar arriba si quiere pedir sacrificios al resto del país. La administración de Punyab pasará a una semana laboral de cuatro días, se han eliminado las asignaciones de carburante para los miembros del Ejecutivo, se han reducido a la mitad las dotaciones de vehículos oficiales y se han vetado los actos multitudinarios y los eventos al aire libre financiados con fondos públicos. Es un intento de enviar el mensaje de que el despilfarro, en plena crisis de suministros, se ha convertido en un lujo inasumible incluso para quienes gobiernan.. El dispositivo persigue dos objetivos simultáneos. Por un lado liberar varios miles de barriles equivalentes de consumo en un margen de tiempo muy corto, actuando sobre aquellos segmentos donde el gasto de combustible es más discrecional. Por otro, construir una narrativa de ejemplaridad que permita sostener medidas impopulares en los hogares y en el tejido productivo si el deterioro de la situación obliga a dar un paso más en restricciones.. Lo que se observa en Pakistán se repite, con matices, al otro extremo del subcontinente. Vietnam ha pedido a empresas públicas y privadas que impulsen el trabajo remoto para reducir el uso de carburantes en desplazamientos, en una economía profundamente dependiente del crudo importado y con recuerdos recientes de tensiones de suministro eléctrico. El teletrabajo masivo, que durante la pandemia se justificaba por razones sanitarias, se reinterpreta ahora como herramienta de política energética. Bangladés, por su parte, ha adelantado el cierre de universidades y ha recortado la actividad en los campus, con el temor a apagones generalizados sobrevolando la industria y sus grandes ciudades.. La diferencia respecto a otros episodios de volatilidad en materias primas vividos es doble. Por un lado, el shock actual no se limita a una subida de precios por desequilibrios cíclicos entre oferta y demanda, sino que incorpora un componente de riesgo físico sobre la disponibilidad misma del recurso. Si Ormuz permanece bajo amenaza, parte del petróleo y del gas simplemente no llegará a su destino, por mucho que se esté dispuesto a pagar. Además, la capacidad fiscal de muchos países para amortiguar el impacto mediante subsidios o recortes de impuestos está muy erosionada. El resultado es que el ajuste se desplaza del presupuesto público a los márgenes de empresas y familias, y de ahí al crecimiento potencial.. El episodio funciona como un test de estrés sobre la resiliencia institucional, la elasticidad de la demanda energética y la credibilidad de la política económica. Estas naciones están tratando de ganar tiempo con medidas que combinan ahorro forzoso, señales de ejemplaridad en la élite y una narrativa de “disciplina de consumo”. Si logran estabilizar expectativas, el shock se traducirá en menor actividad y algo más de inflación, pero seguirá siendo manejable. Si fracasan, el siguiente escalón será un racionamiento más explícito, mayor inestabilidad social y una búsqueda acelerada de alternativas de suministro, desde acuerdos bilaterales con productores fuera del Golfo hasta una integración aún más profunda con las cadenas energéticas de China.. Asia, que ha sido el motor de la demanda mundial durante dos décadas, descubre así que su talón de Aquiles no está en la tecnología ni en la demografía, sino en unos pocos cuellos de botella geopolíticos.
Centros educativos cierran, se fomenta el teletrabajo y se reducen los actos institucionales para ahorrar combustible
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