La idea de poseer la Luna suena, a primera vista, como una broma. Pero existe un hombre que llevó el chiste muy lejos. Se trata de Dennis Hope, un estadounidense que aprovechó los vacíos legales para crear el negocio más insólito: ser dueño de la luna y, además, vender trozos de ella al margen del derecho internacional y el futuro de la humanidad en el espacio.. La historia de Hope parte de una situación personal complicada: un divorcio, problemas económicos y la necesidad de mejorar su situación. Para ello planteó una idea absurda pero ingeniosa: si nadie es dueño de la Luna, ¿por qué no apropiársela y venderla? El razonamiento se apoyaba en una interpretación del Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967, un acuerdo que establece que ningún país puede reclamar soberanía sobre cuerpos celestes, pero no excluye explícitamente a privados.. Hope formalizó una reclamación y la envió a Naciones Unidas, sin recibir respuesta. Aun así, ese detalle bastó para declarar un «silencio administrativo» que el estadounidense interpretó como una ausencia de oposición legal. A partir de ahí, comenzó a vender parcelas de la Luna como si se tratara de terrenos aquí en la Tierra, ofreciendo documentos de «propiedad» a sus clientes.. Una estafa a gran escala. Para sorpresa de todos, el negocio funcionó. Miles de personas compraron terrenos lunares, aunque hay que darles el beneficio de la duda; quizás no es necesariamente porque creyeran que algún día podrían habitarlos, sino por el valor simbólico, emocional o incluso «humorístico» de la compra. Y es que regalar «un trozo de luna» es un gesto original, casi romántico.. Cabe aclarar que, desde el punto de vista legal, su negocio no es más que una estafa. La mayoría de expertos en derecho internacional coinciden en que no existe base jurídica para que un individuo reclame propiedad sobre la Luna. El tratado internacional no solo prohíbe la apropiación por parte de estados, sino que también establece que el espacio debe beneficiar a toda la humanidad. Permitir que una persona privatice un cuerpo celeste iría en contra de ese principio.. El caso dejó en evidencia esa zona gris del derecho internacional. Hope no puede garantizar derechos reales sobre la Luna, pero tampoco existe un mecanismo claro para impedir que venda esos «títulos». Además, genera dudas sobre la posible explotación de recursos en asteroides o en la Luna.. ¿Quién tiene derecho a esos recursos? ¿Las empresas privadas pueden beneficiarse de ellos? Algunos países ya han aprobado leyes que permiten a sus empresas explotar recursos espaciales.
Hope reclamó al gran satélite como suyo en 1980, tras aprovechar una serie de vacíos legales en los tratados internacionales y enviar una carta a las Naciones Unidas.
La idea de poseer la Luna suena, a primera vista, como una broma. Pero existe un hombre que llevó el chiste muy lejos. Se trata de Dennis Hope, un estadounidense que aprovechó los vacíos legales para crear el negocio más insólito: ser dueño de la luna y, además, vender trozos de ella al margen del derecho internacional y el futuro de la humanidad en el espacio.. La historia de Hope parte de una situación personal complicada: un divorcio, problemas económicos y la necesidad de mejorar su situación. Para ello planteó una idea absurda pero ingeniosa: si nadie es dueño de la Luna, ¿por qué no apropiársela y venderla?El razonamiento se apoyaba en una interpretación del Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967, un acuerdo que establece que ningún país puede reclamar soberanía sobre cuerpos celestes, pero no excluye explícitamente a privados.. Hope formalizó una reclamación y la envió a Naciones Unidas, sin recibir respuesta. Aun así, ese detalle bastó para declarar un «silencio administrativo» que el estadounidense interpretó como una ausencia de oposición legal. A partir de ahí, comenzó a vender parcelas de la Luna como si se tratara de terrenos aquí en la Tierra, ofreciendo documentos de «propiedad» a sus clientes.. Para sorpresa de todos, el negocio funcionó. Miles de personas compraron terrenos lunares, aunque hay que darles el beneficio de la duda; quizás no es necesariamente porque creyeran que algún día podrían habitarlos, sino por el valor simbólico, emocional o incluso «humorístico» de la compra. Y es que regalar «un trozo de luna» es un gesto original, casi romántico.. Cabe aclarar que, desde el punto de vista legal, su negocio no es más que una estafa. La mayoría de expertos en derecho internacional coinciden en que no existe base jurídica para que un individuo reclame propiedad sobre la Luna. El tratado internacional no solo prohíbe la apropiación por parte de estados, sino que también establece que el espacio debe beneficiar a toda la humanidad. Permitir que una persona privatice un cuerpo celeste iría en contra de ese principio.. El caso dejó en evidencia esa zona gris del derecho internacional. Hope no puede garantizar derechos reales sobre la Luna, pero tampoco existe un mecanismo claro para impedir que venda esos «títulos». Además, genera dudas sobre la posible explotación de recursos en asteroides o en la Luna.. ¿Quién tiene derecho a esos recursos? ¿Las empresas privadas pueden beneficiarse de ellos? Algunos países ya han aprobado leyes que permiten a sus empresas explotar recursos espaciales.
