Durante diez extenuantes, dilatadísimos, vehementes, estirados, interminables minutos que parecen horas o cualquier otra medida temporal alternativa mucho más larga que la real, un grupo mixto de individuos amalgamados bajo el interior de unas carpas colocadas en mitad del campo, exudan sus traumas heredados y exploran arrebatados los confines desdibujados de su propio cuerpo mientras vomitan alaridos, onomatopeyas esquizofrénicas y sonidos que remiten con animalidad a los orígenes primitivos de la palabra y casi podría parecer que también del mundo mientras saltan, se retuercen, se expanden, se encogen y se tocan con los ojos vendados.. Pasada una hora de este libérrimo exorcismo colectivo, la escena se repetirá con una duración prácticamente idéntica a la citada pero sustituyendo los llantos, las expiaciones dolorosas y las convulsiones tántricas sufridas por el erotismo orgiástico y lúbrico de un explícito placer sexual. Mucho torso masculino invadido de bello, mucho sudor, mucha catarsis y mucha melena larga, que estamos en los setenta.. Pertenencia colectiva. El impacto visual y sensorial de «Aro berria» es tan evidente y singular, que reducirlo conceptualmente a un simple debut en el largo de la cineasta Irati Gorostidi resultaría insuficiente y es que este bautismo de la también guionista, enclavado históricamente en el movimiento obrero y en las experiencias comunitarias surgidas en el País Vasco al abrigo de las luchas sociales setenteras intensificadas dentro de los estertores del franquismo y centrado en un grupo de jóvenes militantes desencantados que tras la muerte del dictador deciden integrarse en una comunidad aislada en la localidad navarra de Lizaso llamada Arco Iris –la misma de la que formaron parte los padres de la directora durante unos años– y liberarse tanto física como espiritualmente, opera como una experiencia más que como una película.. Comparte Gorostidi en entrevista con este periódico que «a pesar del componente tan político que efectivamente tiene el contexto en el que se desarrolla la película, mi compromiso siento que no está en ese lugar. No hago películas desde ahí, no quiero trasladar ningún mensaje. Lo que quiero es compartir con el mundo una serie de imágenes, de elementos simbólicos que para mí son elocuentes, son profundos, son complejos y son misteriosos, que ni siquiera yo misma entiendo en toda su complejidad, ¿no?».. Preguntada por una posible réplica contemporánea de esa arcadia utópica que constituyó Arco Iris, la directora parece tenerlo claro: «Ahora no hay mucho margen para la disidencia y por eso sería complicado. Creo que hay unas carencias grandes respecto a esta forma de pertenecer y relacionarnos de forma social, de forma íntima con las personas con las que convivimos en el mundo», concluye.
Irati Gorostidi bucea en la comuna tántrica setentera de Arco Iris en su debut en el largo
Durante diez extenuantes, dilatadísimos, vehementes, estirados, interminables minutos que parecen horas o cualquier otra medida temporal alternativa mucho más larga que la real, un grupo mixto de individuos amalgamados bajo el interior de unas carpas colocadas en mitad del campo, exudan sus traumas heredados y exploran arrebatados los confines desdibujados de su propio cuerpo mientras vomitan alaridos, onomatopeyas esquizofrénicas y sonidos que remiten con animalidad a los orígenes primitivos de la palabra y casi podría parecer que también del mundo mientras saltan, se retuercen, se expanden, se encogen y se tocan con los ojos vendados.. Pasada una hora de este libérrimo exorcismo colectivo, la escena se repetirá con una duración prácticamente idéntica a la citada pero sustituyendo los llantos, las expiaciones dolorosas y las convulsiones tántricas sufridas por el erotismo orgiástico y lúbrico de un explícito placer sexual. Mucho torso masculino invadido de bello, mucho sudor, mucha catarsis y mucha melena larga, que estamos en los setenta.. El impacto visual y sensorial de «Aro berria» es tan evidente y singular, que reducirlo conceptualmente a un simple debut en el largo de la cineasta Irati Gorostidi resultaría insuficiente y es que este bautismo de la también guionista, enclavado históricamente en el movimiento obrero y en las experiencias comunitarias surgidas en el País Vasco al abrigo de las luchas sociales setenteras intensificadas dentro de los estertores del franquismo y centrado en un grupo de jóvenes militantes desencantados que tras la muerte del dictador deciden integrarse en una comunidad aislada en la localidad navarra de Lizaso llamada Arco Iris –la misma de la que formaron parte los padres de la directora durante unos años– y liberarse tanto física como espiritualmente, opera como una experiencia más que como una película.. Comparte Gorostidi en entrevista con este periódico que «a pesar del componente tan político que efectivamente tiene el contexto en el que se desarrolla la película, mi compromiso siento que no está en ese lugar. No hago películas desde ahí, no quiero trasladar ningún mensaje. Lo que quiero es compartir con el mundo una serie de imágenes, de elementos simbólicos que para mí son elocuentes, son profundos, son complejos y son misteriosos, que ni siquiera yo misma entiendo en toda su complejidad, ¿no?».. Preguntada por una posible réplica contemporánea de esa arcadia utópica que constituyó Arco Iris, la directora parece tenerlo claro: «Ahora no hay mucho margen para la disidencia y por eso sería complicado. Creo que hay unas carencias grandes respecto a esta forma de pertenecer y relacionarnos de forma social, de forma íntima con las personas con las que convivimos en el mundo», concluye.
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