Armenia cerró ayer la campaña electoral para los comicios parlamentarios de este domingo en un clima que va más allá de la política doméstica. Por primera vez desde su independencia en 1991, los armenios tienen la percepción de que su país camina en la cuerda floja entre dos potencias que se disputan su favor: Rusia y Occidente. Las encuestas dan la victoria al primer ministro Nikol Pashinian y su partido Contrato Cívico, con el 24,3% de intención de voto frente al 13,4% de Armenia Fuerte, el partido opositor del empresario armenio-ruso Samvel Karapetián.. Estas elecciones tienen como telón de fondo el trauma que sacudió a la sociedad armenia en 2023, cuando Azerbaiyán desmanteló en cuestión de horas las estructuras políticas armenias en Nagorno Karabaj, región que durante más de tres décadas fue el eje de la identidad nacional. Más de 100.000 armenios étnicos huyeron de sus hogares siendo testigos de cómo las fuerzas de paz rusas desplegadas allí desde el acuerdo de 2020 no intervinieron. Para una sociedad que había construido su seguridad sobre la alianza con Moscú, aquello supuso una sacudida que aún no ha terminado de procesarse. Muchos consideran que de esa fractura ha nacido la línea de ruptura más profunda de la política actual.. Politólogos del país predijeron la caída de Pashinian tras la derrota en Karabaj. No cayó. Y ahora, ocho años después de la Revolución de Terciopelo que lo llevó al poder en 2018, busca consolidar un proyecto político radicalmente distinto al de sus inicios: aceptar las fronteras existentes, normalizar las relaciones con Azerbaiyán y Turquía, reducir la dependencia de Moscú y avanzar hacia Europa, después de anunciar la reapertura de la frontera con Turquía y la restauración de las conexiones ferroviarias cerradas desde 1993. Ankara observa el proceso con satisfacción. Azerbaiyán también prefiere un gobierno armenio dispuesto a avanzar en el acuerdo de paz.. Pero el síntoma más revelador del distanciamiento armenio con Rusia fue la ausencia de Pashinian a la reunión de jefes de Estado de la Unión Económica Euroasiática celebrada la semana pasada en Astana. Este hecho confirmó algo que los analistas llevan meses describiendo: el vínculo entre Ereván y Moscú no está roto del todo, pero sí está seriamente deshilachado. Rusia no observa en silencio. En las últimas semanas ha desplegado una batería de instrumentos de presión que van desde las restricciones comerciales hasta las advertencias diplomáticas. Ha prohibido o limitado la importación de flores, agua mineral, vino, coñac, frutas y verduras armenias bajo pretextos fitosanitarios. Y ha deslizado la amenaza más grave de todas: la revisión del acuerdo de 2013 por el que Armenia recibe gas ruso a 177,50 dólares por cada mil metros cúbicos, frente a los 633 dólares que pagan los países europeos, más de tres veces y media el precio subsidiado.. El propio Putin ya ha advertido que es imposible mantener la membresía en la Unión Económica Euroasiática si en paralelo se avanza hacia la Unión Europea. Pashinian sostiene que el acuerdo de gas está firmado y Rusia no puede rescindirlo unilateralmente. Los armenios también recuerdan que en 2020 también había un acuerdo de asistencia militar en vigor cuando Karabaj cayó.. Desde el otro lado del tablero, Estados Unidos ha acelerado su implicación en el Cáucaso Sur con una intensidad desconocida en décadas. El secretario de Estado Marco Rubio visitó hace unas semanas Ereván, donde firmó una Carta de Asociación Estratégica Integral, un memorando sobre minerales críticos y un acuerdo para desarrollar el corredor TRIPP, la ruta que Washington promueve para conectar Azerbaiyán con Turquía atravesando Armenia. Un mes antes, más de cuarenta líderes europeos habían participado en la Cumbre de la Comunidad Política Europea celebrada en la propia capital armenia. El mensaje geopolítico era difícil de malinterpretar. Sin embargo, ninguno de estos movimientos supone garantías de seguridad ni perspectiva real de adhesión a la OTAN a corto plazo. La política occidental hacia Armenia es principalmente económica y diplomática, no militar.. Entre los principales problemas que los armenios identifican en su país a día de hoy destacan la seguridad nacional y las cuestiones fronterizas, con el 17%, seguidos por la economía y el desempleo con el 15%, y la falta de paz con el 12%. Son tres preguntas a las que Pashinian y sus rivales dan respuestas radicalmente distintas.. Este domingo Armenia no elige solo un parlamento. Elige el marco en el que quiere resolver esas preguntas. Y el resto de la región escucha con atención, porque las consecuencias de lo que ocurra en Ereván se proyectan sobre todo el Cáucaso Sur.
Armenia cerró ayer la campaña electoral para los comicios parlamentarios de este domingo en un clima que va más allá de la política doméstica. Por primera vez desde su independencia en 1991, los armenios tienen la percepción de que su país camina en la cuerda floja entre dos potencias que se disputan su favor: Rusia y Occidente. Las encuestas dan la victoria al primer ministro Nikol Pashinian y su partido Contrato Cívico, con el 24,3% de intención de voto frente al 13,4% de Armenia Fuerte, el partido opositor del empresario armenio-ruso Samvel Karapetián.. Estas elecciones tienen como telón de fondo el trauma que sacudió a la sociedad armenia en 2023, cuando Azerbaiyán desmanteló en cuestión de horas las estructuras políticas armenias en Nagorno Karabaj, región que durante más de tres décadas fue el eje de la identidad nacional. Más de 100.000 armenios étnicos huyeron de sus hogares siendo testigos de cómo las fuerzas de paz rusas desplegadas allí desde el acuerdo de 2020 no intervinieron. Para una sociedad que había construido su seguridad sobre la alianza con Moscú, aquello supuso una sacudida que aún no ha terminado de procesarse. Muchos consideran que de esa fractura ha nacido la línea de ruptura más profunda de la política actual.. Politólogos del país predijeron la caída de Pashinian tras la derrota en Karabaj. No cayó. Y ahora, ocho años después de la Revolución de Terciopelo que lo llevó al poder en 2018, busca consolidar un proyecto político radicalmente distinto al de sus inicios: aceptar las fronteras existentes, normalizar las relaciones con Azerbaiyán y Turquía, reducir la dependencia de Moscú y avanzar hacia Europa, después de anunciar la reapertura de la frontera con Turquía y la restauración de las conexiones ferroviarias cerradas desde 1993. Ankara observa el proceso con satisfacción. Azerbaiyán también prefiere un gobierno armenio dispuesto a avanzar en el acuerdo de paz.. Pero el síntoma más revelador del distanciamiento armenio con Rusia fue la ausencia de Pashinian a la reunión de jefes de Estado de la Unión Económica Euroasiática celebrada la semana pasada en Astana. Este hecho confirmó algo que los analistas llevan meses describiendo: el vínculo entre Ereván y Moscú no está roto del todo, pero sí está seriamente deshilachado. Rusia no observa en silencio. En las últimas semanas ha desplegado una batería de instrumentos de presión que van desde las restricciones comerciales hasta las advertencias diplomáticas. Ha prohibido o limitado la importación de flores, agua mineral, vino, coñac, frutas y verduras armenias bajo pretextos fitosanitarios. Y ha deslizado la amenaza más grave de todas: la revisión del acuerdo de 2013 por el que Armenia recibe gas ruso a 177,50 dólares por cada mil metros cúbicos, frente a los 633 dólares que pagan los países europeos, más de tres veces y media el precio subsidiado.. El propio Putin ya ha advertido que es imposible mantener la membresía en la Unión Económica Euroasiática si en paralelo se avanza hacia la Unión Europea. Pashinian sostiene que el acuerdo de gas está firmado y Rusia no puede rescindirlo unilateralmente. Los armenios también recuerdan que en 2020 también había un acuerdo de asistencia militar en vigor cuando Karabaj cayó.. Desde el otro lado del tablero, Estados Unidos ha acelerado su implicación en el Cáucaso Sur con una intensidad desconocida en décadas. El secretario de Estado Marco Rubio visitó hace unas semanas Ereván, donde firmó una Carta de Asociación Estratégica Integral, un memorando sobre minerales críticos y un acuerdo para desarrollar el corredor TRIPP, la ruta que Washington promueve para conectar Azerbaiyán con Turquía atravesando Armenia. Un mes antes, más de cuarenta líderes europeos habían participado en la Cumbre de la Comunidad Política Europea celebrada en la propia capital armenia. El mensaje geopolítico era difícil de malinterpretar. Sin embargo, ninguno de estos movimientos supone garantías de seguridad ni perspectiva real de adhesión a la OTAN a corto plazo. La política occidental hacia Armenia es principalmente económica y diplomática, no militar.. Entre los principales problemas que los armenios identifican en su país a día de hoy destacan la seguridad nacional y las cuestiones fronterizas, con el 17%, seguidos por la economía y el desempleo con el 15%, y la falta de paz con el 12%. Son tres preguntas a las que Pashinian y sus rivales dan respuestas radicalmente distintas.. Este domingo Armenia no elige solo un parlamento. Elige el marco en el que quiere resolver esas preguntas. Y el resto de la región escucha con atención, porque las consecuencias de lo que ocurra en Ereván se proyectan sobre todo el Cáucaso Sur.
El primer ministro Nikol Pashinian busca consolidar un proyecto político radicalmente distinto al de sus inicios: aceptar las fronteras existentes, normalizar las relaciones con Azerbaiyán y Turquía, reducir la dependencia de Moscú y avanzar hacia Europa
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