Con 25 años de carrera, Andrés Suárez (Ferrol, 1983) es uno de los cantautores más sobresalientes del momento actual. A la mayoría de sus colegas de hoy día esa palabra, cantautor, les gusta poco, o más bien nada; de hecho, la evitan, pues creen que retrotrae a tiempos oscuros y no les renta, que dicen ahora los adolescentes. ¿Le pasa eso también a él, es renuente a pegarse esa etiqueta o, al contrario, la reivindica con orgullo? «Te agradezco que empieces así la entrevista, Javier –dice–, porque la única vez que mandé a la mierda a alguien de la industria musical fue cuando yo sacaba un disco llamado “Moraima”, en directo, y esa persona, alguien muy importante del mundo musical, osó aconsejarme que no dijera nunca que soy cantautor porque no iba a vender. Váyase usted a la mierda. ¿En México a Serrat, Aute, Sabina y Perales se les estudia en los colegios y llenan estadios de fútbol y en mi propio país me van a decir que no diga que soy cantautor? Insisto, váyase usted al carajo. Yo soy cantautor a mucha honra, claro que sí. Un cantautor que en su último disco ha publicado una bachata y que lleva una banda de pop/rock, más bien rock, hacia el final del concierto… Pero, ante todo, soy hacedor de canciones, escribo letra y música. Y vivimos, insisto, y obviamente me excluyo, en el país de los más grandes cantautores: Sabina, Víctor Manuel, Pedro Guerra… Creo –continúa– que nos han hecho perder un poquito el juicio, y es autocrítica, no crítica, porque yo estoy ahí: en los algoritmos, las cifras, los números, las listas viernes, las listas jueves… Estamos muuuy pendientes del escaparate, cuando lo único que importa, carajo, es la canción».. Cero ficción. «Lúa», su flamante disco, con el que anda de gira –próximas paradas: La Riviera (Madrid), 13 y 14 de marzo, con todo vendido para la primera fecha–, es deudor de un varapalo sentimental: «Este disco comienza con una depresión diagnosticada –explica–, en un dolor, en una ruptura. Sí, no soy nada original, uno más que se separa de forma no amistosa y escribe desde un pozo oscuro. Y llega a México, se enamora, graba una bachata con los músicos de Juan Luis Guerra y comienza un viaje luminoso donde ya no me duele la garganta, no me duele la voz, que ya no está afónica sino edulcorada y azucarada. ¡Hostia! Eso es un viaje que debes contar, una travesía sin estrellas y de mar negro que llega a puerto, donde te estaba esperando alguien con música de orquesta. Joder, dejadme que lo cuente. Lo que canto en este disco, en fin, lo besé, sucedió, pero siempre es así». A propósito de eso, sus discos suelen ser autobiográficos, pero ¿en qué porcentaje? «En el cien por cien de los casos –afirma–. Una cosa es que edulcores, porque la sacarina y la hipérbole le sientan bien al género canción, y eso tú lo sabes bien. Ahora, te garantizo, tienes mi palabra de honor, de que no soy un guionista. Yo envidio a mis compañeros de oficio, pero envidia de la mala, que de repente están en Libertad 8 y se empiezan a inventar una historia no vivida, de una chica que cruza un puente en París o de lo que sea… Yo me quedo acojonado, macho. Porque yo hablo de mi ex, hablo del Alzheimer de mi abuelo, hablo de lo que conocí. Y en el caso de “Lúa”, insisto, tuve una separación dolorosa, traumática, horrible, sumada a un año y medio de ciento y pico bolos, de no parar, de estar exhausto. Y sumado, también, a la única adicción que he tenido en toda mi vida: a la sustancia, a la droga más peligrosa que probé, y no probé pocas, que es el teléfono móvil. Y todo eso hizo que… Yo soy de aldea –añade–, y a mucha honra. Y en la aldea no se puede “falar de chorar” [hablar de llorar] ni decir “estoy deprimido”, porque entonces eres un enfermo. Y te dicen “no llores en público, sé un hombre”. Todavía heredé eso, por desgracia. Y ahora sí lo digo: tuve una depresión y qué bonito verla desde fuera, porque ya llegué a puerto. Entonces eso es “Lúa”, el peor momento de toda mi vida con mucha diferencia», remarca rotundo.. Le pido que me hable de esa adicción al móvil que padeció y superó: «Yo estoy con una psicóloga especializada en adicción a redes sociales en adolescentes y lleva ya un suicidio –relata–. Te estoy hablando de un chaval de 14 años al que le quitas el teléfono y se tira por un balcón. Cuidado con esto, ¿eh? Si hablamos de drogas, si abrimos ese melón, viví profundamente mi juventud, no permito que nadie me tosa, porque tenía veintipico años. Grabé “Moraima” y viví en Libertad 8 y muchísimas otras cosas, excesos, y allá cada uno con su vida. No hago apología de las drogas, no soy una escoria, no lo voy a hacer. Ahora, viví intensamente muchas cosas y no tuve el síndrome de abstinencia sobre nada que dejé, jamás en mi vida. Cuando algo comenzó a sentarme mal, lo dejé. Pero el teléfono móvil… Una expareja a la que siempre le mando un beso cuando hablo de esto y que hoy es una gran amiga –prosigue–, me sacó un día esa movida que te cuenta las horas de consumo del móvil y yo lo usaba diez horas al día. Diez. A mí que no me hablaran, porque no escuchaba; a mí que no me mirasen, porque no miraba. Y ya no es que en 10 horas no leas, no toques el piano o la guitarra y no hables con tu madre, es que no recuerdo qué miraba. Te estoy hablando de hacer “scroll” y ver vídeos de zorros haciendo surf, ja, ja, ja. Es decir, nos han dominado de un modo… Alguien está cobrando cuando haces “scroll”, y no eres tú. Ojito con eso, ¿eh? Alguien está ganando mucha plata con nosotros».. En 2015, Andrés publicó un disco titulado «Mi pequeña historia». Hoy, más de una década después, y a pesar de su éxito profesional, ¿su historia sigue siendo pequeña? «Yo creo que sí –responde en el acto–, porque aquí entramos en el personaje y la persona. Yo soy Andrés, un niño de aldea, un ferrolano de Pantín que ama a su familia y a sus amigos con toda su alma y que pasó muchas horas en el agua pillando olas o con caballos salvajes. Esa fue mi vida. Y luego está Andrés Suárez, que es una persona que se sube al escenario y, por suerte, va mucha gente a verlo y se venden sus discos y, joder, qué maravilla. Pero a la persona le interesan muy pocos. Mi historia, claro que sí, es una historia pequeña, de un chaval que ama su tierra y echa de menos a los suyos y vuelve a Galicia en cuanto puede. Lo demás es escenario, aplauso. Es Instagram, son filtros de Instagram. Pero –añade entre risas, irónico– de puta madre, ¿eh?».. Andrés. por Javier Menéndez Flores. Supón, Andrés, que el mar tenía razón, que siempre la tuvo. Que las gaviotas no hablan por hablar y en su lenguaje inmemorial anidan relatos en los que, por ejemplo, Pantín es el centro nítido de todas las cosas, por delante de París y Nueva York y Londres y Roma y Berlín y Madrid. Y así saliste tú, mitad truhan, mitad caballero de la tabla redonda. Un cantor de lamentos que parecen lemas hechos para dar caza segura a quienes se asomen a ellos y que son, sin embargo, el jarabe indispensable para minimizar las tinieblas.. Y se quebró ese cordón que creíste a salvo de la tormenta perfecta y nos lo cuentas con la potencia de una ráfaga de metáforas. Y te vistes de gotero de hospital y te bañas en la sangre contenida en las páginas de «Poeta en Nueva York», solo superada por la crecida de Blas de Otero y el millón de cadáveres de Dámaso. Y puede que a veces sintieras o temieses que no había suelo seguro, solo acantilados, solo precipicios, solo abismos. Y quizá en la cúspide del desvarío se te llegara a aparecer su rostro desleído e imaginases tu país como un toro que boquea o como un torero crucificado entre dos ladrones, o las dos cosas. Y tal vez soñaras que turistas en bermudas se hacían selfies en el Gólgota, donde quiera que se encuentre ahora, ese lugar en el que aún se respira el dolor más alto del mundo. Cosas de la fiebre, que nos lanza fuerte hacia lo absurdo o lo ignoto.. Morirse y seguir aquí es todavía posible, pero, por favor, que dure lo justo para fabricar un disco, no más. Y cuando todo eran noes y estancias con las puertas selladas y sin ventanas, volvías al sitio antes llamado Wizink Center –el sueño húmedo de todo cantante, donde te pueden adorar o abatir, dependiendo de cuán fino o grosísimo estés– y te dejabas acariciar igual que un perro manso. Porque todos necesitamos amor, y mucho más después del amor. Y tú, ahí, no eres ninguna excepción, más bien la imagen exacta de la regla.. Aunque no se ven, me juras que el teléfono tiene cuernos y rabo y empuña un tridente. Y, qué cosas, te incomunica. Y desconoces cuántas tareas útiles desatendiste y cuántos besos dejaste de dar porque estabas demasiado ocupado haciendo nada. Pero ahora solo cuenta la piel, lo que uno ve cuando mira al frente y no hacia abajo, encarando la vida real y no ese despropósito de imágenes encerradas en ese estúpido aparato que rige nuestras vidas. Adiós a aquel sindiós y bienvenido sea todo lo que puede tocarse.. Es marzo, colofón del invierno, y el mar huele a canción de Tom Waits, a sangre desatada y nudo en el cielo de la garganta. Y por eso es tan fácil perderse en sus ojos, mirarlo sin encontrar nunca el hastío; alimentarse de él en su presencia o desde muy lejos, pues fue grabado a fuego en el recuerdo. Y ante el poder del arte, año I después de don Roberto el Grande, no somos más que carne hueca, pero con la cabeza a punto de explotar.. Y no hay consuelo posible cuando cantas «si no te vuelvo a ver o si me olvidas». Pero con ese arsenal nuevo, nacido de un atracón de comas profundos, has vuelto a la carretera. Y qué bueno recuperar los sabores más puros como quien deja de fumar y verter todas tus ganas en la gente y que clamen tus canciones con idéntico ímpetu con el que tú les invitas a entrar en ti. Colorín colorado.
El cantautor gallego estrena disco de estudio, «Lúa», con el que ya anda de gira y en el que vuelve a ejercitar brillantemente el autorretrato
Con 25 años de carrera, Andrés Suárez (Ferrol, 1983) es uno de los cantautores más sobresalientes del momento actual. A la mayoría de sus colegas de hoy día esa palabra, cantautor, les gusta poco, o más bien nada; de hecho, la evitan, pues creen que retrotrae a tiempos oscuros y no les renta, que dicen ahora los adolescentes. ¿Le pasa eso también a él, es renuente a pegarse esa etiqueta o, al contrario, la reivindica con orgullo? «Te agradezco que empieces así la entrevista, Javier –dice–, porque la única vez que mandé a la mierda a alguien de la industria musical fue cuando yo sacaba un disco llamado “Moraima”, en directo, y esa persona, alguien muy importante del mundo musical, osó aconsejarme que no dijera nunca que soy cantautor porque no iba a vender. Váyase usted a la mierda. ¿En México a Serrat, Aute, Sabina y Perales se les estudia en los colegios y llenan estadios de fútbol y en mi propio país me van a decir que no diga que soy cantautor? Insisto, váyase usted al carajo. Yo soy cantautor a mucha honra, claro que sí. Un cantautor que en su último disco ha publicado una bachata y que lleva una banda de pop/rock, más bien rock, hacia el final del concierto… Pero, ante todo, soy hacedor de canciones, escribo letra y música. Y vivimos, insisto, y obviamente me excluyo, en el país de los más grandes cantautores: Sabina, Víctor Manuel, Pedro Guerra… Creo –continúa– que nos han hecho perder un poquito el juicio, y es autocrítica, no crítica, porque yo estoy ahí: en los algoritmos, las cifras, los números, las listas viernes, las listas jueves… Estamos muuuy pendientes del escaparate, cuando lo único que importa, carajo, es la canción».. Cero ficción. «Lúa», su flamante disco, con el que anda de gira –próximas paradas: La Riviera (Madrid), 13 y 14 de marzo, con todo vendido para la primera fecha–, es deudor de un varapalo sentimental: «Este disco comienza con una depresión diagnosticada –explica–, en un dolor, en una ruptura. Sí, no soy nada original, uno más que se separa de forma no amistosa y escribe desde un pozo oscuro. Y llega a México, se enamora, graba una bachata con los músicos de Juan Luis Guerra y comienza un viaje luminoso donde ya no me duele la garganta, no me duele la voz, que ya no está afónica sino edulcorada y azucarada. ¡Hostia! Eso es un viaje que debes contar, una travesía sin estrellas y de mar negro que llega a puerto, donde te estaba esperando alguien con música de orquesta. Joder, dejadme que lo cuente. Lo que canto en este disco, en fin, lo besé, sucedió, pero siempre es así». A propósito de eso, sus discos suelen ser autobiográficos, pero ¿en qué porcentaje? «En el cien por cien de los casos –afirma–. Una cosa es que edulcores, porque la sacarina y la hipérbole le sientan bien al género canción, y eso tú lo sabes bien. Ahora, te garantizo, tienes mi palabra de honor, de que no soy un guionista. Yo envidio a mis compañeros de oficio, pero envidia de la mala, que de repente están en Libertad 8 y se empiezan a inventar una historia no vivida, de una chica que cruza un puente en París o de lo que sea… Yo me quedo acojonado, macho. Porque yo hablo de mi ex, hablo del Alzheimer de mi abuelo, hablo de lo que conocí. Y en el caso de “Lúa”, insisto, tuve una separación dolorosa, traumática, horrible, sumada a un año y medio de ciento y pico bolos, de no parar, de estar exhausto. Y sumado, también, a la única adicción que he tenido en toda mi vida: a la sustancia, a la droga más peligrosa que probé, y no probé pocas, que es el teléfono móvil. Y todo eso hizo que… Yo soy de aldea –añade–, y a mucha honra. Y en la aldea no se puede “falar de chorar” [hablar de llorar] ni decir “estoy deprimido”, porque entonces eres un enfermo. Y te dicen “no llores en público, sé un hombre”. Todavía heredé eso, por desgracia. Y ahora sí lo digo: tuve una depresión y qué bonito verla desde fuera, porque ya llegué a puerto. Entonces eso es “Lúa”, el peor momento de toda mi vida con mucha diferencia», remarca rotundo.. Le pido que me hable de esa adicción al móvil que padeció y superó: «Yo estoy con una psicóloga especializada en adicción a redes sociales en adolescentes y lleva ya un suicidio –relata–. Te estoy hablando de un chaval de 14 años al que le quitas el teléfono y se tira por un balcón. Cuidado con esto, ¿eh? Si hablamos de drogas, si abrimos ese melón, viví profundamente mi juventud, no permito que nadie me tosa, porque tenía veintipico años. Grabé “Moraima” y viví en Libertad 8 y muchísimas otras cosas, excesos, y allá cada uno con su vida. No hago apología de las drogas, no soy una escoria, no lo voy a hacer. Ahora, viví intensamente muchas cosas y no tuve el síndrome de abstinencia sobre nada que dejé, jamás en mi vida. Cuando algo comenzó a sentarme mal, lo dejé. Pero el teléfono móvil… Una expareja a la que siempre le mando un beso cuando hablo de esto y que hoy es una gran amiga –prosigue–, me sacó un día esa movida que te cuenta las horas de consumo del móvil y yo lo usaba diez horas al día. Diez. A mí que no me hablaran, porque no escuchaba; a mí que no me mirasen, porque no miraba. Y ya no es que en 10 horas no leas, no toques el piano o la guitarra y no hables con tu madre, es que no recuerdo qué miraba. Te estoy hablando de hacer “scroll” y ver vídeos de zorros haciendo surf, ja, ja, ja. Es decir, nos han dominado de un modo… Alguien está cobrando cuando haces “scroll”, y no eres tú. Ojito con eso, ¿eh? Alguien está ganando mucha plata con nosotros».. En 2015, Andrés publicó un disco titulado «Mi pequeña historia». Hoy, más de una década después, y a pesar de su éxito profesional, ¿su historia sigue siendo pequeña? «Yo creo que sí –responde en el acto–, porque aquí entramos en el personaje y la persona. Yo soy Andrés, un niño de aldea, un ferrolano de Pantín que ama a su familia y a sus amigos con toda su alma y que pasó muchas horas en el agua pillando olas o con caballos salvajes. Esa fue mi vida. Y luego está Andrés Suárez, que es una persona que se sube al escenario y, por suerte, va mucha gente a verlo y se venden sus discos y, joder, qué maravilla. Pero a la persona le interesan muy pocos. Mi historia, claro que sí, es una historia pequeña, de un chaval que ama su tierra y echa de menos a los suyos y vuelve a Galicia en cuanto puede. Lo demás es escenario, aplauso. Es Instagram, son filtros de Instagram. Pero –añade entre risas, irónico– de puta madre, ¿eh?».. Andrés. por Javier Menéndez Flores. Supón, Andrés, que el mar tenía razón, que siempre la tuvo. Que las gaviotas no hablan por hablar y en su lenguaje inmemorial anidan relatos en los que, por ejemplo, Pantín es el centro nítido de todas las cosas, por delante de París y Nueva York y Londres y Roma y Berlín y Madrid. Y así saliste tú, mitad truhan, mitad caballero de la tabla redonda. Un cantor de lamentos que parecen lemas hechos para dar caza segura a quienes se asomen a ellos y que son, sin embargo, el jarabe indispensable para minimizar las tinieblas.. Y se quebró ese cordón que creíste a salvo de la tormenta perfecta y nos lo cuentas con la potencia de una ráfaga de metáforas. Y te vistes de gotero de hospital y te bañas en la sangre contenida en las páginas de «Poeta en Nueva York», solo superada por la crecida de Blas de Otero y el millón de cadáveres de Dámaso. Y puede que a veces sintieras o temieses que no había suelo seguro, solo acantilados, solo precipicios, solo abismos. Y quizá en la cúspide del desvarío se te llegara a aparecer su rostro desleído e imaginases tu país como un toro que boquea o como un torero crucificado entre dos ladrones, o las dos cosas. Y tal vez soñaras que turistas en bermudas se hacían selfies en el Gólgota, donde quiera que se encuentre ahora, ese lugar en el que aún se respira el dolor más alto del mundo. Cosas de la fiebre, que nos lanza fuerte hacia lo absurdo o lo ignoto.. Morirse y seguir aquí es todavía posible, pero, por favor, que dure lo justo para fabricar un disco, no más. Y cuando todo eran noes y estancias con las puertas selladas y sin ventanas, volvías al sitio antes llamado Wizink Center –el sueño húmedo de todo cantante, donde te pueden adorar o abatir, dependiendo de cuán fino o grosísimo estés– y te dejabas acariciar igual que un perro manso. Porque todos necesitamos amor, y mucho más después del amor. Y tú, ahí, no eres ninguna excepción, más bien la imagen exacta de la regla.. Aunque no se ven, me juras que el teléfono tiene cuernos y rabo y empuña un tridente. Y, qué cosas, te incomunica. Y desconoces cuántas tareas útiles desatendiste y cuántos besos dejaste de dar porque estabas demasiado ocupado haciendo nada. Pero ahora solo cuenta la piel, lo que uno ve cuando mira al frente y no hacia abajo, encarando la vida real y no ese despropósito de imágenes encerradas en ese estúpido aparato que rige nuestras vidas. Adiós a aquel sindiós y bienvenido sea todo lo que puede tocarse.. Es marzo, colofón del invierno, y el mar huele a canción de Tom Waits, a sangre desatada y nudo en el cielo de la garganta. Y por eso es tan fácil perderse en sus ojos, mirarlo sin encontrar nunca el hastío; alimentarse de él en su presencia o desde muy lejos, pues fue grabado a fuego en el recuerdo. Y ante el poder del arte, año I después de don Roberto el Grande, no somos más que carne hueca, pero con la cabeza a punto de explotar.. Y no hay consuelo posible cuando cantas «si no te vuelvo a ver o si me olvidas». Pero con ese arsenal nuevo, nacido de un atracón de comas profundos, has vuelto a la carretera. Y qué bueno recuperar los sabores más puros como quien deja de fumar y verter todas tus ganas en la gente y que clamen tus canciones con idéntico ímpetu con el que tú les invitas a entrar en ti. Colorín colorado.
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