Escribí hace una semana sobre la tragedia que supone envejecer y no tener quién te cuide. Nuestros países hiper desarrollados tecnológicamente y subdesarrollados humanitariamente, han puesto la solución en las residencias de ancianos. Nunca olvidaré la primera vez que entré en uno de estos lugares. Era yo joven y fui a visitar a mi tío adoptivo, el grandísimo dramaturgo olvidado José María Rodríguez Méndez, autor, por ejemplo, de «Flor de otoño» o «El pájaro solitario», obras inmortales. Mi tío, sin hijos ni familia amorosa, acabó siendo trasladado a una buena residencia, según decían. Hasta allí me acerqué enseguida un calurosísimo día de julio, allí me llevaron hasta su aseado cuarto individual con olor a rancio y lejía, allí lo sentaron en una silla de ruedas para que yo pudiera pasearlo por pasillos y jardín. Pensé, y le pregunté, si quería ir al jardín, él asintió sin entusiasmo y comenzamos el camino. Lo que vi, olí, toqué y casi degusté hasta llegar a aquel patio umbrío no lo olvidaré jamás. Sobrecogida, intenté con sonrisas disimular ante mi tío. Dormitaban algunos ancianos sin compañía. Otros miraban hacía arriba como clamando al cielo, otros se derrumbaban hacia un lado de su silla de ruedas. Entonces, mi tío, levantó la voz hacia mí y me soltó: «¿Hija, que delito he cometido para estar en esta prisión? Yo no he matado a nadie, no he robado, y he batallado, sí, pero solo con las palabras». No estás preso, tío, le contesté, tímidamente. Él, a pesar de su desgaste cognitivo, seguía siendo el artista de siempre, así que me miró con furia contenida y me dijo: «¡Pues, entonces, sácame de aquí ahora mismo!» Mi impotencia mayúscula se tradujo en un gesto idiota. No tienen por qué vernos, añadió él, yo sé por dónde escapar. Una cuidadora nos informó entonces de que era la hora de ir al comedor. Le dejé allí solito ante un plato de sopa, prometiéndole que le sacaría de la prisión. Y rogué cada día a todos los dioses para que le liberaran pronto.
Nuestros países hiper desarrollados tecnológicamente y subdesarrollados humanitariamente, han puesto la solución en las residencias de ancianos
Escribí hace una semana sobre la tragedia que supone envejecer y no tener quién te cuide. Nuestros países hiper desarrollados tecnológicamente y subdesarrollados humanitariamente, han puesto la solución en las residencias de ancianos. Nunca olvidaré la primera vez que entré en uno de estos lugares.Era yo joven y fui a visitar a mi tío adoptivo, el grandísimo dramaturgo olvidado José María Rodríguez Méndez, autor, por ejemplo, de «Flor de otoño» o «El pájaro solitario», obras inmortales. Mi tío, sin hijos ni familia amorosa, acabó siendo trasladado a una buena residencia, según decían. Hasta allí me acerqué enseguida un calurosísimo día de julio, allí me llevaron hasta su aseado cuarto individual con olor a rancio y lejía, allí lo sentaron en una silla de ruedas para que yo pudiera pasearlo por pasillos y jardín.Pensé, y le pregunté, si quería ir al jardín, él asintió sin entusiasmo y comenzamos el camino. Lo que vi, olí, toqué y casi degusté hasta llegar a aquel patio umbrío no lo olvidaré jamás. Sobrecogida, intenté con sonrisas disimular ante mi tío. Dormitaban algunos ancianos sin compañía. Otros miraban hacía arriba como clamando al cielo, otros se derrumbaban hacia un lado de su silla de ruedas. Entonces, mi tío, levantó la voz hacia mí y me soltó: «¿Hija, que delito he cometido para estar en esta prisión? Yo no he matado a nadie, no he robado, y he batallado, sí, pero solo con las palabras».No estás preso, tío, le contesté, tímidamente. Él, a pesar de su desgaste cognitivo, seguía siendo el artista de siempre, así que me miró con furia contenida y me dijo: «¡Pues, entonces, sácame de aquí ahora mismo!» Mi impotencia mayúscula se tradujo en un gesto idiota. No tienen por qué vernos, añadió él, yo sé por dónde escapar.Una cuidadora nos informó entonces de que era la hora de ir al comedor. Le dejé allí solito ante un plato de sopa, prometiéndole que le sacaría de la prisión. Y rogué cada día a todos los dioses para que le liberaran pronto.
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