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  España  Andalucía  Alfredo Taján: “Roma alimentó el imaginario de Cleopatra VII”
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Alfredo Taján: “Roma alimentó el imaginario de Cleopatra VII”

15 de febrero de 2026
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El mar suena más allá de las palmeras en la tarde de Málaga, mientras Alfredo Taján (Rosario, 1960) apura un güisqui. Sus ojos se posan en las nubes del atardecer, entorna los párpados y recuerda a la gran reina ptolemaica. Entonces el escritor se transmuta en un torrente, en una catarata; Taján ya es el propio Nilo desbordado que resucita en la mujer que pudo poner en jaque al Imperio Romano.. ¿Por qué Cleopatra VII?. Según el crítico Harold Bloom, Cleopatra VII fue la primera celebridad del mundo, es decir, su influencia traspasó la esfera de lo estrictamente político: sus decisiones tuvieron un campo ilimitado de expansión, hasta tal punto, que Roma se vio amenazada y llegó a considerarla, en las décadas treinta y cuarenta del siglo I a. C. una de sus más peligrosas enemigas, al igual que lo habían sido, salvando las distancias, el cartaginés Aníbal o el rey del Ponto Mitrídates VI. El odio era mutuo. La heredera de Ptolomeo Lago veían a los romanos como una civilización inmadura y violenta, unos nuevos ricos, en oposición a ellos, que se reivindicaban como representantes de civilizaciones más antiguas cuyos ancestros se hundían en los siglos. Cleopatra lo demostró en sus estancias en Roma; ella consideraba que a la lengua latina le faltaba un hervor, un idioma que se iba puliendo precisamente en aquellas décadas cruciales, con las cartas de Cicerón, las crónicas de Julio César, y poco después, con los poemas laudatorios de Virgilio y Horacio al nuevo orden instaurado por Octavio, la denominada Pax Romana, que, paradójicamente, costó miles de muertos a Roma mientras, a la vez y en sentido inverso, Roma alimentó el imaginario de Cleopatra VII como sátrapa oriental, meretriz, “fatale monstrum”, envenenadora, bruja, entre otras lindezas. No olvidemos que los estadistas, diplomáticos, y comerciantes, la élite de aquel mundo, se entendía en griego koiné, dómine de la “paideia” o educación principal, y Cleopatra VII, desde su primera entronización, se presentó como Señora de la Perfección que hablaba todas las lenguas conocidas, manejaba la medicina, y además, descendía de dioses y monarcas multiformes y multinacionales -ella misma lo era-, tanto egipcios como macedónicos; esta aspiración cristalizaría en la titulatura de Reina de Reyes, que le donará, a modo de triunfo, su aliado, amante, y padre de tres de sus cuatro hijos, el general romano Marco Antonio. No podemos obviar una cuestión primordial: las fuentes históricas manejadas pertenecen a escritores sicofantes de una República en crisis, y luego de un Principado en alza, que desde el advenimiento de Cleopatra en Alejandría (51 a.C.), hasta su derrocamiento veinte años más tarde, logró desprestigiarla. Y, sin embargo, ese empeño no hace más que subrayar la naturaleza poliforme de la última de los Ptolomeos, fusión divinizada entre Nectanebo y Alejandro Magno, esto es, única en su género, flor excéntrica que creció (Wolfgang Schuller) al amparo de tres culturas, la macedónica, la egipcia y la romana. En realidad, el saturnal dios Serapis se encarnará en ella con diversos rostros que fueron cambiando por sus innumerables viajes, vasto conocimiento de credos y culturas, también según los conflictos político-familiares, traiciones y rebeliones dentro y fuera de Egipto: el toro Bujis, Isis, Osiris, Afrodita, Venus, y el mimético Serapis, dioses protectores que desfilarán a través de sus heterogéneas reencarnaciones.. Se piensa que fue la última faraona (faraón) pero no es del todo ajustado ese término porque en realidad fue una soberana griega, la última de los ptolomeos.. Efectivamente, fue una reina griega, concretamente una basilissa macedónica, que, sin embargo, para acentuar aún más su legitimación al trono egipcio, añadió elementos del acervo milenario de su país, acción que puede comprobarse en el esquematismo de sus gigantescas representaciones, junto a Cesarión, en el Templo de Hathor en Dendera. En realidad, el fundador de su dinastía, Ptolomeo Lago, general de Alejandro Magno, ya había iniciado esa apropiación trescientos años antes, en el 323 a.C., primero como diadoco (gobernador), y después como el primer faraón de una nueva dinastía, los Lágidas, cuyo centro político (Palacios del Bruquion), cultural (Biblioteca) y religioso, (Serapeum), se erigió en esa Alejandría que poco a poco fue desapareciendo a causa de una mezcla de fanatismo religioso (cristianismo e islamismo) a las que se unen después irreversibles catástrofes naturales (tsunamis). Precisamente este ensayo biográfico con aliento narrativo -resulta compleja su definición-, navega entre contrarios y no pretende pontificar, sino que alimenta incógnitas y formula preguntas. Las distintas coronas de Cleopatra VII simbolizan las mutaciones a las que se entregó, no sólo como deidad, sino como monarca: si en la estatuaria y retratos griegos, e incluso en las estatuas romanas, la reina aparece con diadema, por el contrario, en la egipcia, un armazón dorado con dos ureos (serpientes) cubren su frente: esos ureos encarnan su potestad sobre el Alto y el Bajo Nilo.. ¿Por qué era tan importante el control del Mediterráneo para los Ptolomeos?. Aquel flanco mediterráneo pertenecía, desde su fundación, al Reino Ptolemaico, cuyos territorios comprendían, aparte de Alejandría, el sur de Egipto hasta Meroe, la Cirenaica libia, Pelusio, las costas del Líbano, Chipre y algunas ciudades de la actual Turquía. La influencia de Cleopatra VII también se dejó sentir en Éfeso y en la península ática. Con objeto de incrementar el intercambio comercial de la élite griega gobernante, de la activa comunidad judía, y de los egipcios autóctonos, el puerto de Alejandría, la misma ciudad, urbanísticamente superior a cuantas urbes entonces existían, estaba iluminada por el mítico Faro, una de las siete maravillas del mundo antiguo, que poseía una carga histórica superior. Alejandría no podía compararse, en prestigio y esplendor, a Roma, su grandeza provenía de otra época estratificada, palimpsesto que en su origen iba desde las dinastías faraónicas primigenias, medias y antiguas a la Liga Ática, Macedonia, los primeros diádocos. Sin ir más lejos, la filosofía clásica y los relatos de Homero, entre otras perlas del saber antiguo, se custodiaban en su Gran Biblioteca, que no solo fue contenedor de saberes sino también guía educativa, editora, espacio de debates y academia de ciencias y letras universales. La dinastía oficiante, los Ptolomeos, creían descender de dioses, eran reyes que procedían de otros reyes, sobre todo de uno, mezcla de ambos: Alejandro Magno, para el que, además, promovieron el dios sincrético Serapis, al que construyeron un templo a medida, el Serapeum, destruido posteriormente, en el siglo III d. C, a través del fanatismo político-religioso desatado por el obispo Cirilo y emperador Teodosio sobre las minorías intelectuales alejandrinas por el obispo Cirilo y el emperador Teodosio, ambos cristianos.. Una de las armas de Cleopatra fue la seducción…. Cleopatra VII fue moneda de cambio en la guerra de propaganda entre Octavio y Marco Antonio. Este último llegó a acusar al primero de tenerle envidia por yacer con una reina mientras él debía conformarse con aristócratas republicanas. Era famosa la precoz lascivia de las Cleopatras, que no hacían más que representar a su dinastía utilizando su sexo como reproductoras, piezas fundamentales en los matrimonios con otros diádocos, por ejemplo, los seléucidas, con quienes los Ptolomeos intercambiaron varias princesas reales. Las Cleopatras sobrevivieron a asesinatos, adulterios, incestos, derrocamientos y destierros, y por su inteligencia y adiestramiento afianzaron su poder en el Soma, centro neurálgico de los Palacios Reales alejandrinos. Sin embargo, la campaña de denigración de la figura de Cleopatra VII, lanzada desde Roma, traspasó todos los límites, fue virulenta, tuvo momentos paroxísticos. Si bien es cierto que la reina de Egipto había exhibido su unión con el general romano como un triunfo “por el bien de Asia” en la esfera simbólico-política, lo que inmediatamente la transformó, tras hacerse público el testamento de Antonio, en una ramera lasciva, la primera y peor enemiga de Roma. Al contrario, Cleopatra vivió su reinado a la defensiva, su existencia fue un melodrama en el que prevaleció el rechazo y el aplastamiento. Shakespeare no lo tuvo tan difícil para elevar a esta figura a lo más alto de su dramaturgia.. La crónica histórica juzga muy mal a Ptolomeo XII, (Auletes/flautista), padre de Cleopatra VII. Por lo que se desprende de su ensayo biográfico, usted no está de acuerdo.. Ptolomeo XII, el flautista, fue un personaje contradictorio que no poseía la entereza ni el valor de otros miembros de su dinastía, pero su obsesión primordial era mantener la soberanía de Egipto, y para ello utilizó todos los recursos que tuvo a su alcance, al igual que su hija Cleopatra haría años después, utilizando otros fundamentos como la legitimidad dinástica de Cesarión, fruto de su unión con Julio César. En la dilatada nómina de sobornados de Ptolomeo XII se encuentran buena parte de los líderes romanos, entre ellos Pompeyo y Julio César, lo que situó a su reino como estado clientelar de Roma. También entregó el orden público de Alejandría al control de los gabinianos, unas violentas e indisciplinadas legiones galo-romanas y nombró al banquero romano Rabirio como ministro de finanzas, lo que colmó la paciencia de los alejandrinos que le invitaron a abandonar el trono y sustituyeron por su hija mayor Berenice que ejecutó a su regreso. Aun así Ptolomeo XII logró que Roma no anexionara Egipto como provincia romana, y su testamento es un documento político sensato y equilibrado, y en él otorga a su hija Cleopatra un papel preponderante en los conflictos con Roma.. El 10 de agosto del 30 a. C. Cleopatra se suicida en Alejandría: muere la reina pero nace una leyenda…. Para Luciano de Samosata (siglo II d C.) el suicidio de Cleopatra marcó el final de la Historia. La Historia se detuvo, al menos el glorioso mundo de las monarquías helenísticas, nada de lo que sucedió después, según Luciano, debe conocerse con la solemnidad adecuada durante el reinado de la heredera de tantos dioses y reyes, como hace decir Shakespeare a Carmion. Lo que queda claro es que Cleopatra se superó a sí misma a través de una teatralidad apabullante despertando la codicia de sus amantes, y la envidia de la potencia de esa época. Por su parte, ella se hizo impenetrable. La Historia del mundo se detuvo en el misterio y el secreto de su muerte. No existe, no se ha encontrado, son todo conjeturas, su rostro se adivina, pero se desconoce a ciencia cierta, la imaginación ha hecho su trabajo. Sus contemporáneos terminaron por aniquilarla. Pero no fue suficiente ya que su enigma permanece y permanecerá durante siglos.

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El mar suena más allá de las palmeras en la tarde de Málaga, mientras Alfredo Taján (Rosario, 1960) apura un güisqui. Sus ojos se posan en las nubes del atardecer, entorna los párpados y recuerda a la gran reina ptolemaica. Entonces el escritor se transmuta en un torrente, en una catarata; Taján ya es el propio Nilo desbordado que resucita en la mujer que pudo poner en jaque al Imperio Romano.. ¿Por qué Cleopatra VII?. Según el crítico Harold Bloom, Cleopatra VII fue la primera celebridad del mundo, es decir, su influencia traspasó la esfera de lo estrictamente político: sus decisiones tuvieron un campo ilimitado de expansión, hasta tal punto, que Roma se vio amenazada y llegó a considerarla, en las décadas treinta y cuarenta del siglo I a. C. una de sus más peligrosas enemigas, al igual que lo habían sido, salvando las distancias, el cartaginés Aníbal o el rey del Ponto Mitrídates VI. El odio era mutuo. La heredera de Ptolomeo Lago veían a los romanos como una civilización inmadura y violenta, unos nuevos ricos, en oposición a ellos, que se reivindicaban como representantes de civilizaciones más antiguas cuyos ancestros se hundían en los siglos. Cleopatra lo demostró en sus estancias en Roma; ella consideraba que a la lengua latina le faltaba un hervor, un idioma que se iba puliendo precisamente en aquellas décadas cruciales, con las cartas de Cicerón, las crónicas de Julio César, y poco después, con los poemas laudatorios de Virgilio y Horacio al nuevo orden instaurado por Octavio, la denominada Pax Romana, que, paradójicamente, costó miles de muertos a Roma mientras, a la vez y en sentido inverso, Roma alimentó el imaginario de Cleopatra VII como sátrapa oriental, meretriz, “fatale monstrum”, envenenadora, bruja, entre otras lindezas. No olvidemos que los estadistas, diplomáticos, y comerciantes, la élite de aquel mundo, se entendía en griego koiné, dómine de la “paideia” o educación principal, y Cleopatra VII, desde su primera entronización, se presentó como Señora de la Perfección que hablaba todas las lenguas conocidas, manejaba la medicina, y además, descendía de dioses y monarcas multiformes y multinacionales -ella misma lo era-, tanto egipcios como macedónicos; esta aspiración cristalizaría en la titulatura de Reina de Reyes, que le donará, a modo de triunfo, su aliado, amante, y padre de tres de sus cuatro hijos, el general romano Marco Antonio. No podemos obviar una cuestión primordial: las fuentes históricas manejadas pertenecen a escritores sicofantes de una República en crisis, y luego de un Principado en alza, que desde el advenimiento de Cleopatra en Alejandría (51 a.C.), hasta su derrocamiento veinte años más tarde, logró desprestigiarla. Y, sin embargo, ese empeño no hace más que subrayar la naturaleza poliforme de la última de los Ptolomeos, fusión divinizada entre Nectanebo y Alejandro Magno, esto es, única en su género, flor excéntrica que creció (Wolfgang Schuller) al amparo de tres culturas, la macedónica, la egipcia y la romana. En realidad, el saturnal dios Serapis se encarnará en ella con diversos rostros que fueron cambiando por sus innumerables viajes, vasto conocimiento de credos y culturas, también según los conflictos político-familiares, traiciones y rebeliones dentro y fuera de Egipto: el toro Bujis, Isis, Osiris, Afrodita, Venus, y el mimético Serapis, dioses protectores que desfilarán a través de sus heterogéneas reencarnaciones.. Se piensa que fue la última faraona (faraón) pero no es del todo ajustado ese término porque en realidad fue una soberana griega, la última de los ptolomeos.. Efectivamente, fue una reina griega, concretamente una basilissa macedónica, que, sin embargo, para acentuar aún más su legitimación al trono egipcio, añadió elementos del acervo milenario de su país, acción que puede comprobarse en el esquematismo de sus gigantescas representaciones, junto a Cesarión, en el Templo de Hathor en Dendera. En realidad, el fundador de su dinastía, Ptolomeo Lago, general de Alejandro Magno, ya había iniciado esa apropiación trescientos años antes, en el 323 a.C., primero como diadoco (gobernador), y después como el primer faraón de una nueva dinastía, los Lágidas, cuyo centro político (Palacios del Bruquion), cultural (Biblioteca) y religioso, (Serapeum), se erigió en esa Alejandría que poco a poco fue desapareciendo a causa de una mezcla de fanatismo religioso (cristianismo e islamismo) a las que se unen después irreversibles catástrofes naturales (tsunamis). Precisamente este ensayo biográfico con aliento narrativo -resulta compleja su definición-, navega entre contrarios y no pretende pontificar, sino que alimenta incógnitas y formula preguntas. Las distintas coronas de Cleopatra VII simbolizan las mutaciones a las que se entregó, no sólo como deidad, sino como monarca: si en la estatuaria y retratos griegos, e incluso en las estatuas romanas, la reina aparece con diadema, por el contrario, en la egipcia, un armazón dorado con dos ureos (serpientes) cubren su frente: esos ureos encarnan su potestad sobre el Alto y el Bajo Nilo.. ¿Por qué era tan importante el control del Mediterráneo para los Ptolomeos?. Aquel flanco mediterráneo pertenecía, desde su fundación, al Reino Ptolemaico, cuyos territorios comprendían, aparte de Alejandría, el sur de Egipto hasta Meroe, la Cirenaica libia, Pelusio, las costas del Líbano, Chipre y algunas ciudades de la actual Turquía. 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Era famosa la precoz lascivia de las Cleopatras, que no hacían más que representar a su dinastía utilizando su sexo como reproductoras, piezas fundamentales en los matrimonios con otros diádocos, por ejemplo, los seléucidas, con quienes los Ptolomeos intercambiaron varias princesas reales. Las Cleopatras sobrevivieron a asesinatos, adulterios, incestos, derrocamientos y destierros, y por su inteligencia y adiestramiento afianzaron su poder en el Soma, centro neurálgico de los Palacios Reales alejandrinos. Sin embargo, la campaña de denigración de la figura de Cleopatra VII, lanzada desde Roma, traspasó todos los límites, fue virulenta, tuvo momentos paroxísticos. Si bien es cierto que la reina de Egipto había exhibido su unión con el general romano como un triunfo “por el bien de Asia” en la esfera simbólico-política, lo que inmediatamente la transformó, tras hacerse público el testamento de Antonio, en una ramera lasciva, la primera y peor enemiga de Roma. Al contrario, Cleopatra vivió su reinado a la defensiva, su existencia fue un melodrama en el que prevaleció el rechazo y el aplastamiento. Shakespeare no lo tuvo tan difícil para elevar a esta figura a lo más alto de su dramaturgia.. La crónica histórica juzga muy mal a Ptolomeo XII, (Auletes/flautista), padre de Cleopatra VII. Por lo que se desprende de su ensayo biográfico, usted no está de acuerdo.. Ptolomeo XII, el flautista, fue un personaje contradictorio que no poseía la entereza ni el valor de otros miembros de su dinastía, pero su obsesión primordial era mantener la soberanía de Egipto, y para ello utilizó todos los recursos que tuvo a su alcance, al igual que su hija Cleopatra haría años después, utilizando otros fundamentos como la legitimidad dinástica de Cesarión, fruto de su unión con Julio César. En la dilatada nómina de sobornados de Ptolomeo XII se encuentran buena parte de los líderes romanos, entre ellos Pompeyo y Julio César, lo que situó a su reino como estado clientelar de Roma. También entregó el orden público de Alejandría al control de los gabinianos, unas violentas e indisciplinadas legiones galo-romanas y nombró al banquero romano Rabirio como ministro de finanzas, lo que colmó la paciencia de los alejandrinos que le invitaron a abandonar el trono y sustituyeron por su hija mayor Berenice que ejecutó a su regreso. Aun así Ptolomeo XII logró que Roma no anexionara Egipto como provincia romana, y su testamento es un documento político sensato y equilibrado, y en él otorga a su hija Cleopatra un papel preponderante en los conflictos con Roma.. El 10 de agosto del 30 a. C. Cleopatra se suicida en Alejandría: muere la reina pero nace una leyenda…. Para Luciano de Samosata (siglo II d C.) el suicidio de Cleopatra marcó el final de la Historia. La Historia se detuvo, al menos el glorioso mundo de las monarquías helenísticas, nada de lo que sucedió después, según Luciano, debe conocerse con la solemnidad adecuada durante el reinado de la heredera de tantos dioses y reyes, como hace decir Shakespeare a Carmion. Lo que queda claro es que Cleopatra se superó a sí misma a través de una teatralidad apabullante despertando la codicia de sus amantes, y la envidia de la potencia de esa época. Por su parte, ella se hizo impenetrable. La Historia del mundo se detuvo en el misterio y el secreto de su muerte. No existe, no se ha encontrado, son todo conjeturas, su rostro se adivina, pero se desconoce a ciencia cierta, la imaginación ha hecho su trabajo. Sus contemporáneos terminaron por aniquilarla. Pero no fue suficiente ya que su enigma permanece y permanecerá durante siglos.

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