Cada mes de abril leo el Don Quijote de Cervantes, una tradición que comencé en septiembre de 1987 al llegar a España, hace exactamente 25 años. En casa y durante mi infancia, siempre había algunos ejemplares de varias ediciones, pero mi primer Quijote oficial lo compré en la Casa del Libro en el Gran Camino, unos tres días después de llegar en tren con la esperanza inicial de obtener un doctorado en la Complutense. La edición de bolsillo y de dos volúmenes de Alianza Editorial, con un casco en la portada -probablemente diseñado por Daniel Gil- sirvió de salvoconducto para una aventura duradera y un alivio de una deuda personal: no pocos postres y charlas familiares con amigos destilados en referencias e incluso citas de la mejor novela jamás escrita, todo bajo la vergonzosa pretensión de no haberla leído. Varios parientes y compañeros de clase mencionaron parlamentos y escenarios de Quijote que en realidad no provenían del milagro de leer el libro, sino de recuerdos de la adaptación cinematográfica donde Cantinflas fue recastado como Sancho Panza, o el musical Man of La Mancha en el que Sophia Loren retrató a Dulcinea del Toboso. Leer más.
Muchos postres y charlas con familiares y amigos hicieron referencias e incluso citas de la mejor novela de todos los tiempos, Don Quijote, bajo la ignoble pretensión de nunca haberlo leído.
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