Hablo, como el lector ya habrá adivinado, de la película que obtuvo la Concha de Oro en el último Festival de San Sebastián y va camino de coronarse en los Goya tras ganar el pasado sábado en los premios Feroz 2026. Dirigida por Alauda Ruiz de Azúa, cuenta la historia de una adolescente (etiqueta que le corresponde por la edad, 17 años, pero no por la madurez de su comportamiento) en ese momento crucial, de auténtica encrucijada, en que ha de decidir su futuro. Por tradición y clase social, y porque es también una buena estudiante, todos esperan de ella que opte por una carrera universitaria, pero la joven (huérfana de madre) tiene otros ideales, que ha mantenido en secreto, y manifiesta su intención de entregarse a la vida religiosa como monja de clausura. La noticia, como es lógico, pilla desprevenida a toda la familia y provoca en ella reacciones encontradas.. Así, la aparentemente serena y un tanto distante actitud del padre, tras la que se adivina un trasfondo de dolorosa perplejidad, contrasta con la oposición frontal de la tía, agnóstica militante, que, incapaz de entender la decisión de su sobrina, manipulada a su entender por la Iglesia, procura disuadirla a toda costa. Pero ella se mantiene firme en su propósito, convencida de que la fe y la vida de clausura le proporcionarán el refugio que busca para su vida.. Ciertamente, la vocación de la joven Ainara (los protagonistas y el escenario son bilbaínos) es algo extraordinario, por lo infrecuente, en estos tiempos de descreimiento, y el régimen de vida que va a adoptar voluntariamente parece inasumible para los adolescentes actuales, sobreprotegidos y acostumbrados a una vida muelle pero frágiles como una filigrana de cristal, en apariencia desenvueltos y desprejuiciados y sin embargo íntimamente desvalidos e inseguros: la doble cara de la adolescencia (¡aquellos días tan felices, los más infelices de mi vida!, la definió alguien), que ha sido siempre le edad de la duda y el conflicto interior, y que hoy proyecta su alargada sombra hasta bien entrada la juventud.. No entro a valorar la película, pero sí quiero destacar la seriedad con que afronta el tema, tan propicio a la burla y la demagogia, y particularmente tratándose del cine español, tan amigo de tomarse a chirigota las cosas de la religión (católica). El mero hecho de que una directora actual haya contado una historia como esta, en la que además se ha dado voz a todas las opiniones, es ya en sí un mérito muy grande, y es elocuente y sintomático también el éxito que ha obtenido, de crítica y público, lo que bastaría para hacer reflexionar al clan de la progresía establecida, que no ha tenido reparo en mofarse de ella: ¡bah, misticismos!, así la ha despachado uno de sus oficiantes.
Sí quiero destacar la seriedad con que afronta el tema, tan propicio a la burla y la demagogia
Hablo, como el lector ya habrá adivinado, de la película que obtuvo la Concha de Oro en el último Festival de San Sebastián y va camino de coronarse en los Goya tras ganar el pasado sábado en los premios Feroz 2026. Dirigida por Alauda Ruiz de Azúa, cuenta la historia de una adolescente (etiqueta que le corresponde por la edad, 17 años, pero no por la madurez de su comportamiento) en ese momento crucial, de auténtica encrucijada, en que ha de decidir su futuro. Por tradición y clase social, y porque es también una buena estudiante, todos esperan de ella que opte por una carrera universitaria, pero la joven (huérfana de madre) tiene otros ideales, que ha mantenido en secreto, y manifiesta su intención de entregarse a la vida religiosa como monja de clausura. La noticia, como es lógico, pilla desprevenida a toda la familia y provoca en ella reacciones encontradas.. Así, la aparentemente serena y un tanto distante actitud del padre, tras la que se adivina un trasfondo de dolorosa perplejidad, contrasta con la oposición frontal de la tía, agnóstica militante, que, incapaz de entender la decisión de su sobrina, manipulada a su entender por la Iglesia, procura disuadirla a toda costa. Pero ella se mantiene firme en su propósito, convencida de que la fe y la vida de clausura le proporcionarán el refugio que busca para su vida.. Ciertamente, la vocación de la joven Ainara (los protagonistas y el escenario son bilbaínos) es algo extraordinario, por lo infrecuente, en estos tiempos de descreimiento, y el régimen de vida que va a adoptar voluntariamente parece inasumible para los adolescentes actuales, sobreprotegidos y acostumbrados a una vida muelle pero frágiles como una filigrana de cristal, en apariencia desenvueltos y desprejuiciados y sin embargo íntimamente desvalidos e inseguros: la doble cara de la adolescencia (¡aquellos días tan felices, los más infelices de mi vida!, la definió alguien), que ha sido siempre le edad de la duda y el conflicto interior, y que hoy proyecta su alargada sombra hasta bien entrada la juventud.. No entro a valorar la película, pero sí quiero destacar la seriedad con que afronta el tema, tan propicio a la burla y la demagogia, y particularmente tratándose del cine español, tan amigo de tomarse a chirigota las cosas de la religión (católica). El mero hecho de que una directora actual haya contado una historia como esta, en la que además se ha dado voz a todas las opiniones, es ya en sí un mérito muy grande, y es elocuente y sintomático también el éxito que ha obtenido, de crítica y público, lo que bastaría para hacer reflexionar al clan de la progresía establecida, que no ha tenido reparo en mofarse de ella: ¡bah, misticismos!, así la ha despachado uno de sus oficiantes.
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