Cuando hablamos de Federico García Lorca siempre nos referimos al poeta o al dramaturgo, pero nos olvidamos del estupendo prosista que también fue. La casualidad ha hecho que coincidan en estos días entre las novedades editoriales dos libros que de alguna manera se complementan. Son «Poemas en prosa» y «Mi alma no cabe en mí», publicados por Cuatro Lunas y Altamarea, respectivamente, estando el primero de ellos bajo el cuidado de Andrew A. Anderson mientras que el segundo contiene un epílogo de Mario Obrero.. En sus primeros años, cuando Lorca intentaba encontrar su voz literaria se dedicó a escribir numerosas prosas, probablemente no muy populares entre el gran público aunque no inéditos. Una pequeña selección de esos textos es lo que podemos encontrar en «Mi alma no cabe en mí» que se inicia con las páginas del proyecto autobiográfico lorquiano titulado «Mi pueblo». Leído hoy sigue impactando por el emocionado retrato que Lorca realiza de su infancia en Fuente Vaqueros, la población en la que nació en 1898, con páginas de gran sensibilidad como las centradas en sus primeras letras en la escuela o a una amiga que le sirvió para descubrir por primera vez las diferencias sociales que existían en su pueblo.. Igualmente encontramos en este pequeño volumen una colección de textos de indudable influencia musical. En este sentido, no podemos olvidar que el joven Federico en un primer momento pensó en labrarse una carrera como pianista, aunque aquellos deseos no pudieron materializarse tras la muerte, en 1916, de su querido maestro de piano Antonio Segura Mesa. A partir de ahí tomó otro camino, el de las letras, aunque no olvidó a Segura Mesa a quien dedicó su primer libro: «Impresiones y paisajes».. Muy distintos son los textos que encontramos en «Poemas en prosa» donde tenemos ante nosotros a un Lorca ya mucho más maduro y que bebe de las más modernas influencias fruto de su relación con las vanguardias artísticas. Los textos que tenemos en este pequeño gran libro son en ocasiones fruto de la indudable huella que a mediados de los años veinte ha dejado en el poeta el que es en ese momento su gran amigo: Salvador Dalí. Porque si bien podemos apreciar la estela dejada por el granadino en los cuadros del pintor, lo mismo se puede decir, pero en diferente dirección, de lo que el segundo hace en la literatura del primero. En este sentido, son imprescindibles piezas como «Santa Lucía y San Lázaro», que Lorca dedica al crítico de arte Sebastià Gasch, «Nadadora sumergida» o «Suicidio en Alejandría».. En todas estas prosas nos encontramos al Lorca más surrealista, con permiso de lo que vendría posteriormente con los poemas de «Poeta en Nueva York». El propio autor acarició la idea de hacer un libro con estos poemas en prosa, aunque aquello no pasó de proyecto, una iniciativa que nacía cuando estaba a punto de llegar a las librerías su celebérrimo «Romancero gitano», con una estética poética que seguía la tradición aunque sin olvidarse de la modernidad.. Cabe decir que además de los seis poemas en prosa que forman el libro, publicados en su momento en revistas tan prestigiosas para la vanguardia como «L’Amic de les Arts», Anderson ha tenido la buena idea de incorporar otras piezas que pueden tener cierto parecido razonable, como es el caso de «Meditaciones a la muerte de la madre de Charlot» o el cuento titulado «La gallina».. Dos libros que son dos buenas aproximaciones a un Lorca desconocido, una buena manera de prepararnos para la inundación que llegará el año que viene sobre el poeta, pero eso es otra historia.
Dos libros ofrecen una aproximación diferente a la producción literaria del gran poeta granadino
Cuando hablamos de Federico García Lorca siempre nos referimos al poeta o al dramaturgo, pero nos olvidamos del estupendo prosista que también fue. La casualidad ha hecho que coincidan en estos días entre las novedades editoriales dos libros que de alguna manera se complementan. Son «Poemas en prosa» y «Mi alma no cabe en mí», publicados por Cuatro Lunas y Altamarea, respectivamente, estando el primero de ellos bajo el cuidado de Andrew A. Anderson mientras que el segundo contiene un epílogo de Mario Obrero.. En sus primeros años, cuando Lorca intentaba encontrar su voz literaria se dedicó a escribir numerosas prosas, probablemente no muy populares entre el gran público aunque no inéditos. Una pequeña selección de esos textos es lo que podemos encontrar en «Mi alma no cabe en mí» que se inicia con las páginas del proyecto autobiográfico lorquiano titulado «Mi pueblo». Leído hoy sigue impactando por el emocionado retrato que Lorca realiza de su infancia en Fuente Vaqueros, la población en la que nació en 1898, con páginas de gran sensibilidad como las centradas en sus primeras letras en la escuela o a una amiga que le sirvió para descubrir por primera vez las diferencias sociales que existían en su pueblo.. Igualmente encontramos en este pequeño volumen una colección de textos de indudable influencia musical. En este sentido, no podemos olvidar que el joven Federico en un primer momento pensó en labrarse una carrera como pianista, aunque aquellos deseos no pudieron materializarse tras la muerte, en 1916, de su querido maestro de piano Antonio Segura Mesa. A partir de ahí tomó otro camino, el de las letras, aunque no olvidó a Segura Mesa a quien dedicó su primer libro: «Impresiones y paisajes».. Muy distintos son los textos que encontramos en «Poemas en prosa» donde tenemos ante nosotros a un Lorca ya mucho más maduro y que bebe de las más modernas influencias fruto de su relación con las vanguardias artísticas. Los textos que tenemos en este pequeño gran libro son en ocasiones fruto de la indudable huella que a mediados de los años veinte ha dejado en el poeta el que es en ese momento su gran amigo: Salvador Dalí. Porque si bien podemos apreciar la estela dejada por el granadino en los cuadros del pintor, lo mismo se puede decir, pero en diferente dirección, de lo que el segundo hace en la literatura del primero. En este sentido, son imprescindibles piezas como «Santa Lucía y San Lázaro», que Lorca dedica al crítico de arte Sebastià Gasch, «Nadadora sumergida» o «Suicidio en Alejandría».. En todas estas prosas nos encontramos al Lorca más surrealista, con permiso de lo que vendría posteriormente con los poemas de «Poeta en Nueva York». El propio autor acarició la idea de hacer un libro con estos poemas en prosa, aunque aquello no pasó de proyecto, una iniciativa que nacía cuando estaba a punto de llegar a las librerías su celebérrimo «Romancero gitano», con una estética poética que seguía la tradición aunque sin olvidarse de la modernidad.. Cabe decir que además de los seis poemas en prosa que forman el libro, publicados en su momento en revistas tan prestigiosas para la vanguardia como «L’Amic de les Arts», Anderson ha tenido la buena idea de incorporar otras piezas que pueden tener cierto parecido razonable, como es el caso de «Meditaciones a la muerte de la madre de Charlot» o el cuento titulado «La gallina».. Dos libros que son dos buenas aproximaciones a un Lorca desconocido, una buena manera de prepararnos para la inundación que llegará el año que viene sobre el poeta, pero eso es otra historia.
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