Tengo la sensación que Diciembre es un mes cruel. Sí, cruel por método, no por accidente. Fíjense, llega cada año con la misma coreografía y además exige que todos entren en ella, aunque no tengan pareja, familia, refugio e incluso ganas. El «maldito» mes no admite fisuras: o se celebra o se disimula. La verdad creo que no hay un tercer espacio. Y claro en esa falta de alternativa reside buena parte de su violencia…. Diciembre es el mes que convierte la intimidad en obligación pública. Se exhiben afectos como credenciales, se narran planes como pruebas de normalidad. Todo es compartido, anunciado y confirmado. En ocasiones las personas que no tiene nada que contar aprenden a callar y a reducirse… Más que nada para no levantar sospechas. Diciembre no soporta el vacío: lo interpreta como fracaso.. Hay una crueldad estética en el mes (sonrío) todo es bonito, todo brilla y todo promete calor. Y precisamente por eso duele. Porque la belleza ajena funciona como contraste, como recordatorio constante de lo que no está. Tengo la sensación que las luces no acompañan, sí, más bien interrogan. Y lo peor es que no siempre hay respuesta.. Diciembre también es el mes del recuento. No solo del año, sino de los vínculos. Se mide la vida en invitaciones, en llamadas, en presencias repetidas. Se hace evidente quién está y quién ha dejado de estar. No hay escapatoria posible: el tiempo se detiene lo suficiente como para obligar a mirar. Y no todo lo que se ve es soportable.. Su crueldad no es ruidosa. Es educada, socialmente aceptada. Se formula en preguntas inocentes, en frases hechas, en supuestos compartidos. “¿Dónde cenas?” “¿Con quién pasas las fiestas?” Preguntas sencillas que, para algunos, funcionan como pequeñas confirmaciones de su intemperie. No hay mala intención. Hay indiferencia estructural.. Diciembre enseña (sin decirlo) que estar acompañado es una forma de éxito. Que la soledad es una situación que conviene esconder bajo respuestas neutras y sonrisas rápidas. Así, muchos atraviesan el mes representando una versión mínima de sí mismos, cuidando de no incomodar, de no romper el decorado emocional colectivo.. Cuando termina, queda el cansancio. No por lo vivido, sino por lo fingido. Por haber sobrevivido a un mes que no dejó espacio para la fragilidad sin testigos. Diciembre pasa, sí. Pero deja una huella precisa: la certeza de que hay épocas del año que no están hechas para todos. Y esa exclusión, repetida año tras año con absoluta normalidad, es su forma más refinada de crueldad.. Diciembre es ese mes que, con una cortesía impecable, se encarga de recordarte todo lo que no tienes mientras insiste en desearte felices fiestas.. Mi abuela decía una frase que le servía para todo: «a tomar por saco». ¿Va bien en el contexto?
«Se mide la vida en invitaciones, en llamadas, en presencias repetidas. Se hace evidente quién está y quién ha dejado de estar»
Tengo la sensación que Diciembre es un mes cruel. Sí, cruel por método, no por accidente. Fíjense, llega cada año con la misma coreografía y además exige que todos entren en ella, aunque no tengan pareja, familia, refugio e incluso ganas. El «maldito» mes no admite fisuras: o se celebra o se disimula. La verdad creo que no hay un tercer espacio. Y claro en esa falta de alternativa reside buena parte de su violencia…. Diciembre es el mes que convierte la intimidad en obligación pública. Se exhiben afectos como credenciales, se narran planes como pruebas de normalidad. Todo es compartido, anunciado y confirmado. En ocasiones las personas que no tiene nada que contar aprenden a callar y a reducirse… Más que nada para no levantar sospechas. Diciembre no soporta el vacío: lo interpreta como fracaso.. Hay una crueldad estética en el mes (sonrío) todo es bonito, todo brilla y todo promete calor. Y precisamente por eso duele. Porque la belleza ajena funciona como contraste, como recordatorio constante de lo que no está. Tengo la sensación que las luces no acompañan, sí, más bien interrogan. Y lo peor es que no siempre hay respuesta.. Diciembre también es el mes del recuento. No solo del año, sino de los vínculos. Se mide la vida en invitaciones, en llamadas, en presencias repetidas. Se hace evidente quién está y quién ha dejado de estar. No hay escapatoria posible: el tiempo se detiene lo suficiente como para obligar a mirar. Y no todo lo que se ve es soportable.. Su crueldad no es ruidosa. Es educada, socialmente aceptada. Se formula en preguntas inocentes, en frases hechas, en supuestos compartidos. “¿Dónde cenas?” “¿Con quién pasas las fiestas?” Preguntas sencillas que, para algunos, funcionan como pequeñas confirmaciones de su intemperie. No hay mala intención. Hay indiferencia estructural.. Diciembre enseña (sin decirlo) que estar acompañado es una forma de éxito. Que la soledad es una situación que conviene esconder bajo respuestas neutras y sonrisas rápidas. Así, muchos atraviesan el mes representando una versión mínima de sí mismos, cuidando de no incomodar, de no romper el decorado emocional colectivo.. Cuando termina, queda el cansancio. No por lo vivido, sino por lo fingido. Por haber sobrevivido a un mes que no dejó espacio para la fragilidad sin testigos. Diciembre pasa, sí. Pero deja una huella precisa: la certeza de que hay épocas del año que no están hechas para todos. Y esa exclusión, repetida año tras año con absoluta normalidad, es su forma más refinada de crueldad.. Diciembre es ese mes que, con una cortesía impecable, se encarga de recordarte todo lo que no tienes mientras insiste en desearte felices fiestas.. Mi abuela decía una frase que le servía para todo: «a tomar por saco». ¿Va bien en el contexto?
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