En contraste con el bullicio del Paseo de la Castellana, una de sus calles colindantes presenta un pequeño museo donde los compases de la vida capitalina parecen haberse detenido. Por desgracia, no es una galería abierta al público, aunque analizando la hospitalidad de su anfitriona podría estar abierta para cualquier interesado.. En el interior del domicilio, entre otras reliquias, se guardan pinceles, pues su dueña ha dedicado su vida a la pintura, un enorme cuadro de María Blanchard, otro más pequeño de Lorca e, incluso, el escritorio en el que Concha Espina escribía sus obras. Que Concha de la Serna, la propietaria, proteja estos objetos no es casualidad, porque es la nieta de la escritora. Y la única de sus descendientes que mantiene su nombre. En su álbum de fotos, por si fueran pocas las joyas que guarda, conserva imágenes con su abuela. Rememora que los jueves durante su infancia dormía en su casa en la calle Alfonso XII, donde también habitaba el ilustre Santiago Ramón y Cajal. Entre recuerdo y recuerdo, se cuela en la conversación el motivo de este entrañable convite. «Diario de una prisionera» lo escribió la novelista durante el cautiverio que sufrió durante la Guerra Civil. Junto a once mujeres, estuvo recluida en su vivienda en Luzmela, Cantabria. Incluso fue conducida a diversas checas donde estuvo a punto de ser asesinada. Durante esos angustiosos meses fue relatando sus vivencias en esas memorias. Fueron lanzadas en 1938, pero desgraciadamente no volvieron a publicarse.. Casi 88 años más tarde, Jesús Blázquez, director de la editorial Ediciones 98, reedita este valioso escrito. Puede parecer muy extraño que un documento de tanta valía histórica y, encima, realizado por una de las plumas más poderosas de la lengua española, haya estado en un confinamiento similar al de su narradora. De la Serna afirma que su familiar tenía intención de difundirlo, pero el tono vivaz que siempre la caracterizó, pues a lo largo de las páginas menciona multitud de nombres, quizá frenara ese deseo.. En esa personalidad díscola radican los ánimos de Blázquez de sacar adelante este y otros de los libros que Concha Espina redactó, ya que tiene intención de que en unos meses vea la luz asimismo «Retaguardia», la novela que ideó durante esos meses recluida en el rural cántabro. «Diario de una prisionera» posee la característica de ser su única obra autobiográfica y, como señala Blázquez, una de las pocas confesiones femeninas sobre aquellos acontecimientos bélicos nacionales. En esa línea de reivindicación, el editor recuerda que Espina batió numerosos récords: es la única escritora que ha optado en tres ocasiones al Nobel de Literatura y la primera que fue capaz de vivir de su trabajo. Con los debidos respetos a la enorme valía de otras importantes firmas españolas, como las de Rosalía de Castro o Emilia Pardo Bazán, porque ellas provenían de familias poderosas, por lo que la labor narrativa nunca fue para ellas impedimento. Espina llegó en el amanecer del siglo XX a Madrid, con cuatro hijos y uno en el vientre, tras haber vivido un matrimonio conflictivo, y, aun así, logró convertirse en el sonado nombre que es ahora y que le mereció tantas distinciones a lo largo de su vida. En Madrid cosechó, por ejemplo, la amistad de grandes nombres, como los de los hermanos Machado o los ya invocados Lorca y Ramón y Cajal, con el que cada miércoles organizaba tertulias literarias.. Memoria histórica. Blázquez asegura que se ha respetado la prosa de la autora, por lo que aquellos que lean las confesiones se toparán con la personalidad y expresiones que utilizaba en su momento. Concha Espina ya padecía de los problemas de visión que la acompañaron en sus últimos momentos y que le provocaron irremediablemente una ceguera, y, dada las condiciones en las que habitó durante dichos tensos meses, en los que solamente podía escribir con una pequeña luz, la obra tiene un matiz valioso aún más fuerte.. La memoria histórica y democrática de los episodios vividos en este país el siglo pasado es otra de las razones por las que Blázquez lucha para que estos pequeños resquicios de la Historia española puedan ser conocidos: «Aporto el testimonio de una mujer durante la contienda y así poder escuchar voces de ambos bandos», explica. En esa línea, De la Serna siente que su figura haya sido politizada por muchos sectores, ya que, según ella, le movía la humanidad, no los intereses electorales. En ese activismo tan poco típico entre las mujeres de su época, defendió junto a Clara Campoamor el sufragio universal y luchó por la escolarización de la infancia.. Afortunadamente, mientras conversamos sobre ella y sus hazañas, estos derechos ya han sido adquiridos. Por ello, ya sea desde Madrid, su natal Santander o cualquier rincón del mundo, debemos recordar más a todas esas mujeres a las que les debemos no sólo grandes clásicos, sino también una sociedad más justa.
Publican el diario donde la escritora, que estuvo a punto de morir en una checa, relata su cautiverio durante la Guerra Civil
En contraste con el bullicio del Paseo de la Castellana, una de sus calles colindantes presenta un pequeño museo donde los compases de la vida capitalina parecen haberse detenido. Por desgracia, no es una galería abierta al público, aunque analizando la hospitalidad de su anfitriona podría estar abierta para cualquier interesado.. En el interior del domicilio, entre otras reliquias, se guardan pinceles, pues su dueña ha dedicado su vida a la pintura, un enorme cuadro de María Blanchard, otro más pequeño de Lorca e, incluso, el escritorio en el que Concha Espina escribía sus obras. Que Concha de la Serna, la propietaria, proteja estos objetos no es casualidad, porque es la nieta de la escritora. Y la única de sus descendientes que mantiene su nombre. En su álbum de fotos, por si fueran pocas las joyas que guarda, conserva imágenes con su abuela. Rememora que los jueves durante su infancia dormía en su casa en la calle Alfonso XII, donde también habitaba el ilustre Santiago Ramón y Cajal. Entre recuerdo y recuerdo, se cuela en la conversación el motivo de este entrañable convite. «Diario de una prisionera» lo escribió la novelista durante el cautiverio que sufrió durante la Guerra Civil. Junto a once mujeres, estuvo recluida en su vivienda en Luzmela, Cantabria. Incluso fue conducida a diversas checas donde estuvo a punto de ser asesinada. Durante esos angustiosos meses fue relatando sus vivencias en esas memorias. Fueron lanzadas en 1938, pero desgraciadamente no volvieron a publicarse.. Casi 88 años más tarde, Jesús Blázquez, director de la editorial Ediciones 98, reedita este valioso escrito. Puede parecer muy extraño que un documento de tanta valía histórica y, encima, realizado por una de las plumas más poderosas de la lengua española, haya estado en un confinamiento similar al de su narradora. De la Serna afirma que su familiar tenía intención de difundirlo, pero el tono vivaz que siempre la caracterizó, pues a lo largo de las páginas menciona multitud de nombres, quizá frenara ese deseo.. En esa personalidad díscola radican los ánimos de Blázquez de sacar adelante este y otros de los libros que Concha Espina redactó, ya que tiene intención de que en unos meses vea la luz asimismo «Retaguardia», la novela que ideó durante esos meses recluida en el rural cántabro. «Diario de una prisionera» posee la característica de ser su única obra autobiográfica y, como señala Blázquez, una de las pocas confesiones femeninas sobre aquellos acontecimientos bélicos nacionales. En esa línea de reivindicación, el editor recuerda que Espina batió numerosos récords: es la única escritora que ha optado en tres ocasiones al Nobel de Literatura y la primera que fue capaz de vivir de su trabajo. Con los debidos respetos a la enorme valía de otras importantes firmas españolas, como las de Rosalía de Castro o Emilia Pardo Bazán, porque ellas provenían de familias poderosas, por lo que la labor narrativa nunca fue para ellas impedimento. Espina llegó en el amanecer del siglo XX a Madrid, con cuatro hijos y uno en el vientre, tras haber vivido un matrimonio conflictivo, y, aun así, logró convertirse en el sonado nombre que es ahora y que le mereció tantas distinciones a lo largo de su vida. En Madrid cosechó, por ejemplo, la amistad de grandes nombres, como los de los hermanos Machado o los ya invocados Lorca y Ramón y Cajal, con el que cada miércoles organizaba tertulias literarias.. Blázquez asegura que se ha respetado la prosa de la autora, por lo que aquellos que lean las confesiones se toparán con la personalidad y expresiones que utilizaba en su momento. Concha Espina ya padecía de los problemas de visión que la acompañaron en sus últimos momentos y que le provocaron irremediablemente una ceguera, y, dada las condiciones en las que habitó durante dichos tensos meses, en los que solamente podía escribir con una pequeña luz, la obra tiene un matiz valioso aún más fuerte.. La memoria histórica y democrática de los episodios vividos en este país el siglo pasado es otra de las razones por las que Blázquez lucha para que estos pequeños resquicios de la Historia española puedan ser conocidos: «Aporto el testimonio de una mujer durante la contienda y así poder escuchar voces de ambos bandos», explica. En esa línea, De la Serna siente que su figura haya sido politizada por muchos sectores, ya que, según ella, le movía la humanidad, no los intereses electorales. En ese activismo tan poco típico entre las mujeres de su época, defendió junto a Clara Campoamor el sufragio universal y luchó por la escolarización de la infancia.. Afortunadamente, mientras conversamos sobre ella y sus hazañas, estos derechos ya han sido adquiridos. Por ello, ya sea desde Madrid, su natal Santander o cualquier rincón del mundo, debemos recordar más a todas esas mujeres a las que les debemos no sólo grandes clásicos, sino también una sociedad más justa.
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