La entrevista transcurría como un retrato más del impacto del cambio climático en el litoral catalán cuando, de pronto, la política se quebró en directo. Joan Roig, alcalde de Alcanar (Tarragona), ante el presentador de Salvados verbalizó lo que llevaba tiempo gestándose: no podía continuar. Su dimisión no era un gesto teatral, sino la consecuencia de años gestionando emergencias encadenadas en un municipio que vive permanentemente al límite.. El programa se había desplazado a Alcanar, una localidad de unos 10.000 habitantes golpeada por cinco riadas en apenas siete años. Casas en mal estado, infraestructuras destrozadas y proyectos vitales arrasados forman ya parte del paisaje habitual. Mientras las cámaras recorrían calles y barrancos, una alerta de Protección Civil interrumpió la grabación: lluvias torrenciales inminentes. Nadie se sorprendió demasiado. Para el alcalde, aquello no era una excepción, sino la normalidad.. Roig puso nombre al problema sin rodeos. Por un lado, el cambio climático, que ha convertido episodios extremos en rutina. Por otro, un modelo urbanístico heredado del siglo XX que ignoró la lógica del territorio. Décadas de construcción sobre barrancos y zonas de desagüe natural han reducido la capacidad de absorción del suelo y multiplicado los efectos de cada tormenta. La orografía hace el resto: el Montsià, cercano y abrupto, canaliza el agua hacia el pueblo en cuestión de minutos, dejando escaso margen de reacción.. Gobernar en ese contexto, explicó, es una experiencia devastadora. La política municipal, cuando la emergencia es constante, se convierte en una trituradora. Desde que asumió la alcaldía ha tenido que gestionar una pandemia global y una sucesión de alertas climáticas que han puesto a prueba tanto la estructura del Ayuntamiento como su propia resistencia personal. Reconoció haber llegado a un límite físico y psicológico, incapaz de seguir viendo a vecinos y amigos perderlo todo una y otra vez.. El momento decisivo llegó cuando asumió públicamente que seguir al frente del consistorio ya no era lo mejor para el pueblo. Para afrontar lo que viene —insistió— hacen falta energías renovadas, nuevas miradas y un empuje que él ya no puede ofrecer. Admitió incluso que, con la perspectiva actual, habría querido ejecutar más medidas para mitigar los efectos del cambio climático, aunque las limitaciones presupuestarias y la lentitud de las ayudas hayan sido un lastre constante. «Lo que viene es muy grave», advirtió.
El primer edil de Alcanar asegura estar al límite físico y psicológico
La entrevista transcurría como un retrato más del impacto del cambio climático en el litoral catalán cuando, de pronto, la política se quebró en directo. Joan Roig, alcalde de Alcanar (Tarragona), ante el presentador de Salvados verbalizó lo que llevaba tiempo gestándose: no podía continuar. Su dimisión no era un gesto teatral, sino la consecuencia de años gestionando emergencias encadenadas en un municipio que vive permanentemente al límite.. El programa se había desplazado a Alcanar, una localidad de unos 10.000 habitantes golpeada por cinco riadas en apenas siete años. Casas en mal estado, infraestructuras destrozadas y proyectos vitales arrasados forman ya parte del paisaje habitual. Mientras las cámaras recorrían calles y barrancos, una alerta de Protección Civil interrumpió la grabación: lluvias torrenciales inminentes. Nadie se sorprendió demasiado. Para el alcalde, aquello no era una excepción, sino la normalidad.. Roig puso nombre al problema sin rodeos. Por un lado, el cambio climático, que ha convertido episodios extremos en rutina. Por otro, un modelo urbanístico heredado del siglo XX que ignoró la lógica del territorio. Décadas de construcción sobre barrancos y zonas de desagüe natural han reducido la capacidad de absorción del suelo y multiplicado los efectos de cada tormenta. La orografía hace el resto: el Montsià, cercano y abrupto, canaliza el agua hacia el pueblo en cuestión de minutos, dejando escaso margen de reacción.. Gobernar en ese contexto, explicó, es una experiencia devastadora. La política municipal, cuando la emergencia es constante, se convierte en una trituradora. Desde que asumió la alcaldía ha tenido que gestionar una pandemia global y una sucesión de alertas climáticas que han puesto a prueba tanto la estructura del Ayuntamiento como su propia resistencia personal. Reconoció haber llegado a un límite físico y psicológico, incapaz de seguir viendo a vecinos y amigos perderlo todo una y otra vez.. El momento decisivo llegó cuando asumió públicamente que seguir al frente del consistorio ya no era lo mejor para el pueblo. Para afrontar lo que viene —insistió— hacen falta energías renovadas, nuevas miradas y un empuje que él ya no puede ofrecer. Admitió incluso que, con la perspectiva actual, habría querido ejecutar más medidas para mitigar los efectos del cambio climático, aunque las limitaciones presupuestarias y la lentitud de las ayudas hayan sido un lastre constante. «Lo que viene es muy grave», advirtió.
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